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Pregunta a Mijaíl Gorbachov,
¿No frustró usted las esperanzas
de millones de personas
?
Mijaíl
Gorbachov fue elegido secretario general del Partido
Comunista de la URSS(PCUS), en marzo de 1985. Sus
reformas estructurales de la vida política y
económica de la URSS, son conocidaspor sus nombres
rusos glasnost y perestroika. El 25 de diciembre de
1991 fue disuelta oficialmente la URSS, tras la
renuncia de los presidentes de los estados de la
nueva Comunidad de Estados Independientes (CEI) a
reconocer la necesidad de un órgano político
central.Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1990,
por su contribución a la distensión mundial. Lo que
sigue es una entrevista a Mijaíl Gorbachov, del The
New York Times. La traducción al español es de
Angela Atadía de Borghetti, que fue reproducida en
varias publicaciones.
- ¿No cree usted que
cometió un error al desmantelar el denominado grupo
socialista, en lugar de corregir sus defectos y, al
hacerlo, fortalecer sus virtudes? ¿No frustró usted
las esperanzas de millones de personas que
necesitaban una alternativa ante la situación en la
que se encontraban? Tal vez hoy el mundo no sería
tan unipolar (Aníbal Pérez Sorolla, España).
- Una pregunta
formulada con sinceridad merece una respuesta
sincera.
Indirectamente, la
pregunta es una crítica a la perestroika y de todo
lo hecho en nuestro país, así como alrededor del
mundo, durante esa época. Estoy en desacuerdo con
esa crítica.
Comencé a promover la
perestroika a mediados de la década de 1980 como una
política de reestructuración y reforma de los
sistemas económico, político y social de la URSS
(Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). La
Unión Soviética necesitaba un cambio radical como
ese, sobre todo por razones internas. Nuestro país
vivía en un sistema cuyas estructuras principales
habían sido dispuestas por Joseph Stalin. La falta
de democracia y libertad estaba restringiendo su
futuro.
El "ablandamiento" de
Nikita Khrushchev después del vigésimo Congreso del
Partido Comunista, en el año 1956, y las reformas
económicas propuestas en el año 1965 por su sucesor,
Alexei Kosygin, dirigidas hacia la creación de
incentivos para la iniciativa del pueblo, fueron
intentos de responder a la necesidad de un cambio
real.
Sin embargo, ambos
intentos fueron frustrados.
La clase gobernante
de la Unión Soviética temía a las innovaciones y,
con el pretexto de defender los beneficios del
socialismo, ponía freno al desarrollo del país,
bloqueando toda reforma.
Sin embargo, para
mediados de la década de 1980, resultó evidente que
continuar empujando a la sociedad soviética a lo
largo de la senda de Stalin era un callejón sin
salida. En todas partes sabían que "no podían
continuar viviendo de esa manera".
Recuerdo mi
conversación, en marzo del año 1985, en vísperas de
mi elección como secretario general, con Andrei
Gromyko, ministro de relaciones exteriores y miembro
del Politburó. Le pregunté si consideraba que era
necesario implementar cambios radicales en la URSS.
Respondió que los cambios "ya no podrían posponerse"
y que tanto la sociedad soviética como el grupo
socialista los necesitaban en forma urgente.
Le dije que todos
entendíamos lo difícil que esto sería. Pero debíamos
actuar. Hace tiempo que se necesitaba el cambio.
Gromyko respondió que estaba totalmente de acuerdo
conmigo.
El entrevistador
considera que deberíamos haber preservado y
fortalecido las ventajas del sistema soviético y que
deberíamos haber corregido las desventajas. Esto es
lo que intentamos hacer en un principio cuando
propusimos utilizar los avances de la ciencia y la
tecnología para acelerar el desarrollo del país.
Pero los dos primeros
años de perestroika demostraron que los mecanismos
políticos y económicos propuestos por Stalin se
habían tornado tan rígidos y "oxidados" que era
imposible lograr un progreso significativo sin
cambiarlos. Las reformas se veían obstaculizadas por
la "nomenklatura" conservadora, el partido y la
burocracia gubernamental que consideraban a la
perestroika como algo pasajero. Su pensamiento
parecía ser el siguiente: "Sobrevivimos a Khrushchev
y Kosygin; sobreviviremos a Gorbachov también".
La fuerza que podía
romper esa resistencia era el pueblo. Debíamos darle
una oportunidad para participar en el proceso de
cambio. Esa es la razón por la cual dimos el paso
radical de implementar una reforma política amplia y
una democratización total.
Esencialmente, la
perestroika era un proyecto de democracia social.
La implementación de
nuestros planes no fue completamente exitosa. La
reforma de la URSS, con su gran economía
militarizada y su población multi-étnica, era un
duro desafío. Cometimos errores, algunas veces por
actuar demasiado tarde; otras, por apurar el paso.
La caída catastrófica de los precios del petróleo,
de 25 dólares el barril a apenas 10 dólares el
barril, en el año 1986, golpeó duramente los planes
económicos y sociales de la perestroika.
En agosto de 1991,
los opositores reaccionarios de la perestroika
concretaron un golpe de Estado. Trajeron tropas a
las calles y me aislaron en Crimea. Buscaban hacer
retroceder el reloj hasta los tiempos anteriores a
la perestroika. Estaban apurados porque sólo unos
pocos días más tarde se firmaría el tratado de la
nueva unión.
Considerando que la
antigua Unión Soviética fue nominalmente una
federación, en verdad, fue un estado rígidamente
centralizado. El tratado de la nueva unión habría
dado a las repúblicas una oportunidad para lograr un
desarrollo cada vez más independiente como parte de
una federación democrática. La descentralización era
la manera de evitar la desintegración, para
construir sobre los logros del pasado y avanzar
hacia el futuro.
El golpe de Estado
falló. Sus organizadores fueron detenidos. No
obstante, fue un duro golpe para la perestroika: el
tratado de la unión no se firmó, y mi credibilidad e
influencia, así como la de las nuevas instituciones
democráticas, se vieron socavadas.
Esto abrió camino a
otro grupo de opositores de la perestroika, los
seudo-demócratas radicales dirigidos por el
Presidente de Rusia Boris Yeltsin. Al destruir
nuestra unión, causaron una tragedia para millones
de ciudadanos que de la noche a la mañana se
transformaron en ciudadanos de diferentes estados.
La era Yeltsin fue
una negación a la perestroika, no su continuación.
Ocasionó un deterioro doble en la producción y
profundas divisiones en la sociedad, una enorme
brecha entre la riqueza de unos pocos y la pobreza
masiva.
La lección que el
siglo XX debería darnos es que el pueblo ha
rechazado tanto el "socialismo" de Stalin, sin
democracia ni libertad, como el "capitalismo
descontrolado" de la época de Yeltsin. Aun así, se
conservaron los principales beneficios de la
perestroika: las libertades democráticas y el
pluralismo político y económico. Actualmente, Rusia
busca su camino hacia una sociedad libre y justa.
Asimismo, la
perestroika merece ser reconocida por haber abierto
el camino hacia el fin de la Guerra Fría. Se ha dado
la oportunidad a muchas naciones de elegir
libremente su futuro. Hemos dejado en el pasado el
peligro de un holocausto nuclear que habría dejado
sin sentido cualquier conversación acerca de métodos
alternativos para el desarrollo de la sociedad.
Concuerdo con quien
realizó la pregunta en rechazar un mundo unipolar.
No obstante, no siento nostalgia por la
confrontación y menos aún por un mundo dividido en
grupos hostiles. Si miramos atentamente el mundo
actual, se torna evidente que no es, ni puede ser,
unipolar. Los intentos por crear un nuevo imperio
han fracasado. Estados Unidos debe reconocer, aunque
le cueste, que las políticas de fuerza unilaterales
no están funcionando.
Estoy convencido de
que, al final, prevalecerán las políticas que se
basan en el nuevo pensamiento que ayudó a poner fin
a la Guerra Fría. Tanto la derecha, como las fuerzas
conservadoras y la izquierda, comprometida con una
agenda socialista, deberían reflejarse en las
lecciones del siglo XX. La derecha debe finalmente
darse cuenta de que las políticas que ensanchan la
brecha entre los ricos y los pobres son la receta
para una explosión social desastrosa, cuyas luces de
advertencia ya pueden verse en diferentes partes del
mundo.
Respecto de las
fuerzas de izquierda, deben aprender a resistirse a
las tentaciones del autoritarismo, que desacredita
las ideas socialistas, y a deshacerse de las
ilusiones de omnipotencia del Estado. La alternativa
que propongan debe ser democrática.
Espero que el siglo
XXI se caracterice por la rivalidad democrática
entre propuestas competitivas para el desarrollo de
la sociedad. La perestroika, que buscaba mayor
libertad, justicia y una vida digna para todos,
ofrecía una verdadera alternativa. Aún es válida.
Estoy convencido de que el futuro lo confirmará.
LA
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