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Imperios,
historias y Américas
Anotaciones intempestivas en torno a
la obra de Luiz Alberto Moniz Bandeira
por Juan Carlos Herken Krauer
El
historiador y politólogo Luiz Alberto Moniz Bandeira
recibió en agosto del 2006 el Troféu Juca Pato, que
premió en Brasil al mejor intelectual del año 2005,
en gran parte debido a su libro Formação do Império
Americano [1], pero que corona su larga trayectoria
como historiador, a través de contribuciones de
mucha relevancia para la historia de América Latina
y en particular del Río de la Plata. En su discurso
de recepción del premio, Moniz Bandeira, realiza un
balance de su trayectoria política y profesional,
ofreciéndonos así una perspectiva de toda una
generación iberoamericana, aquella que a mediados
del siglo pasado se encontró en el núcleo de lava
ardiente de la guerra fría, por un lado con la
súbita emergencia de la Cuba de Fidel Castro, y por
el otro lado con proyectos voluntaristas y
contradictorios: democratización, desarrollo e
industrialización, integración latinoamericana y
confrontación con los intereses de los EE.UU.
Años sísmicos de
búsqueda y desencuentros digamos entre 1959 y
1973, con un cierto epicentro en el Río de la Plata
y otro alrededor de Centroamérica, México y el
Caribe cuyas consecuencias fueron marcantes para
más de una generación y aún perduran hasta
nuestros días. Resalta el hecho de que tuviese lugar
una gran efervescencia intelectual en muchos países,
quizás única en todo el siglo XX, con cientos de
obras intentando configurar, a veces
inconscientemente, una visión del mundo
iberoamericana, ya sea dentro de las perspectivas
del nacionalismo, en todas sus vertientes, del
marxismo o del liberalismo, y a su vez configurar
con un filtro iberoamericano las disciplinas
intelectuales, desde la antropología (Darcy Ribeiro
en Brasil, un ejemplo
) a la filosofía (Leopoldo Zea
en México) pasando por la economía (R. Prebisch,
C. Furtado,
) y la historia. Pero esa construcción
de un pensamiento iberoamericano, a ser acoplado o
contrapuesto a la manera de pensar europea o
estadounidense, o quizás incluso a la tradición
asiática, es decir, ese hacer que un continente
forjado en el mestizaje y con una cierta
homogeneidad lingüística (casi un unicum en la
historia mundial de los últimos cuatro siglos),
pueda conceptualizar y juzgar el devenir histórico
con su propia perspectiva, quedó en gran parte
truncada.
La debacle de las
frágiles democracias de entonces, la consolidación
de los regímenes militares y las guerras civiles
que se prolongarían luego, hasta hace poco, con
otros ribetes en países como Perú y Colombia y la
gran diáspora subsiguiente explican en gran parte
esa frustración. Dentro del imaginario europeo y
estadounidense, pareciera como si la única herencia
de esa época fuese una cierta variante de la
literatura iberoamericana, la del así llamado
realismo mágico, denominación que por otra parte
tampoco es original. Pero el balance de esas décadas
no deja de ser inquietante: entre la frontera
mexicana y la Patagonia argentina, varios cientos de
miles de muertos, países traumatizados o
resquebrajados, y sociedades de emigración. Con la
excepción del Brasil, y en parte Chile, casi toda
América del Sur exporta gente, en términos netos al
resto del mundo como lo siguen haciendo México y
Centroamérica, ya desde hace mucho tiempo.
Iberoamérica avanzó y sigue avanzando pero lo
hizo con grandes traspiés y varios pasos hacia
atrás. Cabe preguntarse sobre el costo de
oportunidad - presente y futuro de ese retraso
relativo frente al auge más sistemático de algunas
sociedades, por ejemplo, las asiáticas.
El papel de los EE.UU.
en esta radiografía es cabe repetirlo clave.
Moniz Bandeira acomete con la Formação do Imperio
Americano un rescate de esas historias, desde el
ángulo de un sudamericano. Y eso es un rescate de
la posibilidad de construcción de una manera
diferente de ver el mundo. Si los europeos y
estadounidenses se arrojan el quasi-monopolio de
escribir la historia del mundo, y de las sociedades
iberoamericanas, por qué no dar vuelta al espejo.
Eso sería algo así como una democratización de la
historia, y a su vez una auténtica globalización: el
globo puede ser visto desde diferentes ángulos, y no
hay ninguno, ad initium, que tenga prioridad sobre
el otro.
La tentación de
encuadrar la álgida y aún humeante entramada entre
los EE.UU. e Iberoamérica como la de una telenovela
de odio-amor debe ser puesta de lado. Existe eso
sí, una relación cíclica que se ha alimentado de
expectativas frustradas, a veces decepción, a veces
envidia (de ambos lados), y sobre todo, como
reacción a las turbulencias de peso mayor en la
lucha por la consolidación del poder mundial. Moniz
Bandeira señala con justeza esa contradicción, ya
percibida en su juventud en Bahía:
ao mesmo tempo
em que recebia o impacto da luta contra o
nazifascismo, durante a Segunda Guerra Mundial que,
embora travada em cenário longínquo, repercutiu na
Bahia e marcou minha infância. Os Estados Unidos
afiguravam-se então o baluarte da democracia, o
paladino da liberdade. Aos 18 anos de idade, no
entanto, percebi o outro aspecto da realidade.
Acompanhei de perto, no Rio de Janeiro, a crise
político-militar durante a qual o grande presidente
Getúlio Vargas se suicidou, denunciando o domínio e
a espoliação do Brasil pelos grupos econômicos e
financeiros internacionais..:[2]
Una paradoja que
habría de sacudir a más de un iberoamericano. El
primer resultado de sus investigaciones sobre el rol
de los Estados Unidos en Iberoamérica, Presença dos
Estados Unidos no Brasil (Dois séculos de História),
fue publicado en 1973, cuando el autor se encontraba
encarcelado en un regimiento militar. Siguieron
varios libros y ensayos sobre historia del
continente, en particular el Río de la Plata, y con
Formação do Império Americano (2004), culmina,
expande y refina una reflexión científica sobre la
emergencia de esa especie de ultra-imperio, en las
palabras de Antônio de Sousa Lara, citadas por Moniz
Bandeira, el único Estado que tem poder político
sem igual na orden interna, superior na orden
externa (
), o único Estado verdadeiramente soberano
à face da Terra[3], y que nos permite a su vez
enfocar, reflexionar sobre esa amalgama, América,
todavía en pleno estado de ebullición y emitiendo
bocanadas de humo y de revueltas, que dominase el
siglo XX, y dentro de la cual el patio (o
jardín) trasero seguía como furgones de cola de
una locomotora de alta velocidad, a veces
descarrilándose, a veces intentando seguir por un
ramal mal tolerado, o mal conservado, a veces
dejándose llevar con ojos cerrados.
Tarea nada fácil, y
por ende más que necesaria, a la luz de esas
continuas y cambiantes contradicciones entre el
norte y el sur de la amalgama América, en la
que muchos sureños siguen encontrando allá arriba la
única posibilidad de avance personal y económico, y
muchos otros consideran que ahí se generan los
principales obstáculos para que las sociedades
iberoamericanas consigan romper el ciclo de medianos
avances y grandes retrocesos, ese peculiar
trastabillar de los países al sur del Río Grande. De
hecho, ya casi un tercio de la población
estadounidense es de etnia latina, y el español
perdura como lengua familiar a diferencia de la
mayoría de las otras etnias que emigraron a EE.UU.
desde el siglo XIX - lo que presagia nuevos, e
impredecibles, cambios en su dinámica interna.
La primera cualidad
de la reflexión de Moniz Bandeira, brasilero e
iberoamericano, es que confronta su objeto de
estudio sin ser sesgado por su origen, dado que la
mejor manera de pensar el problema es justamente ir
más allá de lo que podría ser el efecto específico
sobre la región de origen. No existen prejuicios de
revancha, o de crítica populista, ni tampoco un
exceso de perspectiva continentalista, sino el
interés científico de explicar la emergencia y la
consolidación de ese animal sui generis en la
historia moderna, un Estado nacional que, en
realidad, intenta actuar como substituto de un
Estado Mundial, y que no oculta su autoestima como
la única empresa político-militar capaz de asegurar
un cierto orden mundial, o mejor, poner parches y
remiendos a una especie de caos más o menos
controlado. Tarea hoy en día más que necesaria,
teniendo en cuenta que tanto dentro de las escuelas
tradicionales de política internacional, así como de
economía internacional, existe un tal batifondo de
desorientación y perplejidad para explicar las
nuevas erupciones de viejos volcanes, y la aparición
de otros nuevos, que nos confrontamos con curiosas
piruetas lingüísticas: el fin de la historia,
conflicto de civilizaciones, unilateralismo
versus multilateralismo, economía mundial
globalizada (como si el primer adjetivo no fuera
sinónimo del segundo
). Mero barullo. Lo que está en
juego es algo muy simple e inevitable: el nuevo
diseño del poder mundial.
El trabajo de Moniz
Bandeira se articula sobre varias perspectivas. Una
de ellas es la revisión de las teorías del
imperialismo, poniendo el acento sobre las variantes
propuestas por Karl Kautzky y V.I. Lenin. La
hipótesis de este último, el imperialismo como
última fase del capitalismo es relativizada bajo la
óptima de Kautsky, uno de los padres de la corriente
social-demócrata europea, quien advertía de una
mayor capacidad de renovación dinámica del
capitalismo, y pronosticaba el avenir de un super
o ultra imperialismo, con hegemonía del capital
financiero. Aquí se da obviamente una conexión con
algunas reflexiones de Leon Trotzky y sus
seguidores, que apuntaban a la fragilidad del
llamado socialismo soviético de Estado, y para
quienes la implosión de la Unión Soviética y sus
aliados, así como la reconversión salvaje a un
turbo-capitalismo de sorprendentes elites
oligárquicas (la nueva burguesía fraudulenta de
Europa del Este, en gran parte articulada sobre la
privatización, no transparente y a precios de
mercadillo de legumbres y cachivaches varios, de los
activos socializados), y la introducción más
controlada de mecanismos de la economía de mercado
en China, constituyen una corroboración de que los
efectos innovadores y propulsores de una nueva
expansión de las fuerzas productivas del capitalismo
no se han agotado.
Independientemente de
que uno acepte o rechace la validez de la teoría del
imperialismo como modelo económico explicativo de
las transacciones internacionales queda, sobre
todo, su carácter de método de reflexión sobre el
devenir en la historia del poder con aspiraciones
mundiales no cabe duda de que la así llamada
globalización de hoy en día (ya hubo varias
otras
), tiene el mérito de hacer resonar los
desiertos teóricos y la crisis del lenguaje
académico y popular que intenta explicar la nueva
topografía. Como bien señala Moniz Bandeira en su
discurso, en Iberoamérica misma los primeros
postulados anti-imperialistas tuvieron más bien un
carácter nacionalista y en ocasiones geopolítico,
incluso vinculado a tendencias políticas anti-británicas,
espoleadas por la emergencia de los movimientos
fascistas en Europa desde la década del veinte del
siglo pasado, antes que una coherente argumentación
teórico-económica. Teniendo en cuenta que Karl Marx
mismo no tenía una teoría del comercio internacional
aceptaba, de manera implícita, la teoría de las
ventajas comparativas de Adam Smith y David Ricardo
los diferentes esfuerzos por perfeccionar una
teoría del imperialismo adolecieron y adolecen
de una gran fragilidad, sobre todo teniendo en
cuenta que no se lo puede considerar sólo una
manifestación del capitalismo tardío Además de
estar altamente sujetos a las manipulaciones que
demanda la coyuntura política inmediata:
um
fenômeno da América Latina, onde o nacionalismo, que
se manifestara, em larga medida, sob formas
nazi-fascistas, durante os anos 30 e 40, angulou
cada vez mais para e esquerda, até ao ponto de
identificar-se com o comunismo, como no caso de Cuba
(....) Desde que a vis atractiva de Alemanha
nazista, como pólo de poder econômico, político e
militar, desaparecera com o término da Segunda
Guerra Mundial, a União Soviética afigurava-se como
a única força capaz de contrapor-se ao predomínio
dos Estados Unidos. [4]
Este peculiar
camaleonismo del nacionalismo iberoamericano exige a
su vez mucha precaución en el uso de los términos de
izquierda y derecha conceptos por otra parte
netamente europeos, que ni siquiera tienen mucha
aplicabilidad en los EE.UU. cuando se refieren a
las sociedades al sur del Río Grande. Como señala
Moniz Bandeira, as contradições da América Latina
com os Estados Unidos levaram o nacionalismo, que na
Europa constituiu expressão da direita, a
manifestar-se, em países da América Latina como
força de esquerda, mesmo quando usou a retórica do
nazi-fascismo.[5] De ahí que muchos de los
esfuerzos surgidos, hasta ahora, en Iberoamérica ,
para diseñar una teoría que confronte la vigencia
del imperialismo como la ahora bastante olvidada
escuela de dependencia y subdesarrollo estaban
en parte viciados por la pirotecnia de los diversos
nacionalismos, y por una cierta incapacidad de
asumir el fenómeno como algo global, antes que
continental, es decir limitado a la región sureña
de la amalgama América.
Moniz Bandeira, con
su Formação do Império Americano, da un gran paso
adelante para recentrar la discusión, sacudiendo la
polvareda más folclorista, y poniendo el acento
sobre la emergencia y la dinámica aturdidora de,
primero, la ambición de poder mundial, y segundo, la
efectivización. Su relevancia destella hoy en día
más fuerte, teniendo en cuenta los fenómenos
políticos recientes de Venezuela, Bolivia, Ecuador,
y otros países, donde se observa una retórica mezcla
de fraseología de la guerra fría, pero a su vez de
elementos nuevos: la insistencia sobre la revancha
etno-indígena, y a su vez un notable pragmatismo en
cuanto a relaciones económicas internacionales,
antes que el flirteo con confrontaciones extremas
que pudiesen llegar al nivel militar. Es aún
temprano para establecer si estas manifestaciones
corresponden a una nueva madurez política, pero no
cabe la menor duda de que la relación con el
Imperio sigue marcando el terreno de juego de los
grandes desvíos de camino político. Y no sólo en
Iberoamérica.
Otro de los aciertos
de la obra de Moniz Bandeira, es haber titulado y
especificado el objeto de estudio de su trabajo como
Imperio, antes que imperialismo o dependencia,
o dominación
de
con
.. Eso nos permite abandonar
el terreno de las disquisiciones viscosas sobre
determinismos económicos o alucinaciones
ideológicas, y centrarnos en: ... uma análise
estrutural, em sua dimensão histórica, do processo
que possibilitou aos Estados Unidos se tornarem, em
menos de um século, uma superpotência, um super-Estado
internacional, entendido como o dominium que exerce
imperium (poder) sobre os homens (no caso sobre
outros Estados), conforme o conceito amplo de
Niccolò Machiavelli... [6]
Podría ser que
algunos piensen que esta perspectiva simplifique
demasiado el análisis, pero tiene el mérito de
confrontarnos con lo que resulta irrefutablemente
evidente: cómo los Estados Unidos, ese producto
directo de la gran revolución inglesa de 1684, cuya
antorcha de la libertad del individuo enceguecería
pronto todo el imaginario mundial, y que fuera
hasta bien entrado el siglo XX en algunas regiones
de su sur la más grande sociedad esclavista de los
tiempos modernos, se convirtiera, en menos de un
siglo, en un Estado nacional que no se presenta como
Imperio, pero actúa y tiene vigencia como tal. Más
aun, un Estado nacional que intenta imponerse como
substituto de Estado Mundial (Ersatzweltstaat), y
que, en ocasiones, intenta camuflar su voluntad de
poder mundial con el arrastre de algunas
organizaciones internacionales, cuya retórica de un
supuesto multilateralismo se agota con su notable
ineficacia, y sus aceptaciones del Diktat emitido,
explícita- o implícitamente, por los cónsules del
Imperio.
El análisis de Moniz
Bandeira, sólidamente asentado sobre fuentes
primarias y secundarias, otorga prioridad a la
entramada económico-política, y a la expansión de lo
que es, hoy en día, la más grande potencia militar
del mundo. Pero cualquier país que exporte capitales
y realice inversiones extranjeras directas no puede
ser calificado de imperialista. Se requieren otras
dimensiones, y en el caso de los EE.UU. se constata
en esa voluntad de poder y conciencia de un destino
mundial, ya anticipada por Tocqueville y otros, y
que hoy incluso puede tener ribetes
quasi-religiosos, al menos en algunos sectores
fundamentalistas de la América profunda, en donde
el destino de poder mundial casi se vuelve sinónimo
de una nueva cruzada, en la que Jerusalén sería
una mera estación intermedia para alcanzar objetivos
más lejanos. Pero las diferentes variaciones
oníricas sobre un privilegiado destino mundial
existieron en diferentes culturas y sociedades, y
siguen pululando hoy en día, ya sea en las variantes
más apocalípticas del fundamentalismo islámico o en
la más recatada de sociedades asiáticas, en
particular China, la que por otra parte se basa en
un pasado histórico que no estuvo muy lejos, hace
siglos, de ejemplificar una contundente hegemonía
quasi-mundial. La pregunta es: qué es lo que explica
que sea justamente los EE.UU. el Estado que,
habiendo aspirado siempre a eso, haya llegado a esa
posición, quizás transitoria, de substituto de
Estado Mundial, que sería una nueva manera, a
comienzos del siglo XXI, de revestir el concepto de
imperium.
Podría a su vez
mencionarse que aún sería demasiado temprano para
analizar, de manera exhaustiva, el unicum del
Imperio Americano. Válido, pero se requieren
aproximaciones sólidas y tentativas, y la de Moniz
Bandeira se ubica en esa trayectoria. Es probable
que se necesiten otras dimensiones para seguir
profundizando el tema. En particular, el carácter de
sociedad de inmigración de los EE.UU. un
elemento que diferencia en mucho a lo que fuera el
Imperio Británico (hasta el siglo XIX), o al Imperio
Otomano, o incluso al Imperio Romano (dentro de una
visión occidental de la historia) que no sólo
permitió el rapidísimo poblamiento de una gigantesca
fracción del globo terráqueo, sino que otorgó una
palanca de apoyo al destino mundial, al abrir sus
puertas a la fuerza de trabajo excedente en Europa o
en Iberomérica, y sobre todo, al conseguir, hasta
hoy día, constituirse en un imán para mucho de los
mejores cerebros científicos e intelectuales del
mundo, lo que pronto generaría su hegemonía en la
innovación tecnológica.
Queda, al mismo
tiempo, la evaluación del peso específico en la
emergencia de la ambición de poder de esa visión del
mundo y esa mentalidad, a veces caricaturizada, a
veces subestimada, que en ocasiones ha sido
categorizada como american pragmatism, ese
pragmatismo americano, que para muchos puede
incluso llegar al nivel de un sub-sistema
filosófico, a ser opuesto, por ejemplo, a la
preeminencia de la metafísica occidental, es decir
griega, en el pensamiento filosófico europeo. Una
pregunta válida, pero cuyas respuestas potenciales,
incluso tentativas, deben ser tomadas con pinzas. De
la misma manera que, en un comienzo, la tesis de Max
Weber sobre la ética protestante y el espíritu del
capitalismo despertase una amplia fascinación por su
aparente fuerza explicativa, bastó que se dirigiesen
las miradas al continente asiático, siglos ha, y
observar etapas de rápida acumulación de capital y
expansión económica rigurosa, que se amparaban sobre
otras concepciones éticas y religiosas, para
relativizar las tesis de Weber. Sería arriesgado,
entonces, establecer una relación causal demasiado
mecánica entre destino y poder mundial - con la
consolidación de un american pragmatism, a su vez
como Zeitgeist (espíritu de los tiempos, y como
Weltgeist (espíritu del mundo). Sobre todo porque
al costado de ese pragmatismo americano
insuficientemente definible, por ahora, como una
manera de pensar que sacraliza la rápida consecución
de objetivos sin importar los medios, y a costa, en
ocasiones, de valores metafísicos (es decir, una
sacralización de la solución del problema en sí
mismo, antes que la manera de solucionarlo )
coexisten, incluso en las elites de mayor poder,
visiones del mundo incluyendo voluntarismo de
poder densamente religiosas, e incluso
mesiánicas. La confrontación actual de los EE.UU.,
directa e indirecta, con una gran parte del mundo
islámico, si bien tiene claras raíces
geoestratégicas y geoeconómicas, es espoleada por
las percepciones de ambos costados de que se da
una violenta contradicción en cuánto a la percepción
del mundo, y a las esferas de preeminencia del
espiritualismo religioso.
Moniz Bandeira
asevera una declinación pronta y ruidosa del Imperio
Americano, un pronóstico que requiere coraje y
destinado, obviamente, a encontrar oposición y
contrapropuestas. Señala que se observan ya signos
parecidos a los que marcaron la declinación y la
caída del Imperio Romano, tal cual fueran analizadas
por Edward Gibbon, en particular el hecho de que
sem um estado de guerra permanente a economia dos
Estados Unidos deixa de funcionar. [7]Y agrega que
si la declinación del Imperio Romano llevó siglos,
la del Imperio Americano probablemente, llevará
sólo algunas décadas, hipótesis fundamentada en que
la actual tecnología de comunicaciones y de
transporte han acelerado el tiempo, reduciendo la
inercia y la resistencia de los desfasajes
institucionales.
El argumento de la
correlación entre el funcionamiento eficaz de la
economía estadounidense y los conflictos bélicos ha
ocupado a muchos científicos sociales, desde todas
las escuelas, y con todos los matices ideológicos.
Parte a su vez de una evidencia, muchas veces
olvidada, de que estas confrontaciones bélicas
tienen lugar siempre fuera de los EE.UU., lo que
permite salvaguardar la infraestructura física y
asegurar la continuidad de la producción industrial,
a la vez que se dinamiza la investigación
tecnológica sin ataduras. De que ha existido un
efecto multiplicador positivo de algunos conflictos
bélicos sobre la economía de los EE.UU., no cabe la
menor duda. Hasta que punto eso es una condición
sine quan non para su crecimiento vigoroso, aún
sigue siendo objeto de debate. Lo que sí resulta
evidente es que existe hoy en día un
sobre-dimensionamiento del aparato militar, que
está imponiendo costos exorbitantes a las finanzas
públicas, y agravando el déficit en la cuenta
corriente de la balanza de pagos (hasta el momento
financiado por el ahorro del resto del mundo que
sigue teniendo confianza en la seguridad y la
rentabilidad de la inversión en activos mobiliarios
e inmobiliarios en los EE.UU.), y aquí se están
dando los signos de un desgaste de las bases de
poder, generado por el sobre-esfuerzo, a lo que se
suma la profunda deterioración de la imagen acaecida
en los últimos años debidos a los conflictos en
Oriente Medio.
Por el otro lado, no
cabe olvidar el efecto positivo y así ha sido
siempre, lamentablemente, en toda la historia de la
humanidad de las grandes confrontaciones militares
sobre el avance tecnológico, y como trampolín para
nuevas industrias y servicios. El mundo de hoy sería
muy diferente si en la segunda fase de la Guerra
Mundial del Siglo XX los británicos no hubiesen
creado la computadora para quebrar la máquina
codificadora de las transmisiones del ejército
alemán que habría de ser perfeccionada y mejor
comercializada por los estadounidenses, y si no se
hubiesen sentado las bases de la tecnología
aeroespacial, que, pragmáticamente, habría de ser
reciclada por los EE.UU. material, diseños y
personal incluidos. Es todavía muy temprano para
diagnosticas cuales serán las repercusiones
económicas futuras, de los conflictos bélicos
hiper- tecnologizados de hoy en día, pero su
función innovadora para la re-dinamización económica
puede seguir dando sorpresas.
Es evidente, de todas
maneras, que el Imperio sufre cada vez más grietas,
y algunas de éstas se hacen más evidentes. Una
consecuencia de esa aceleración del tiempo que
estamos viviendo, y a su vez del achicamiento del
espacio es que resulta cada vez más difícil
proteger el monopolio de una innovación tecnológica,
sobre todo las de carácter militar, lo que
resquebraja el carácter sustentador del poder
mundial de un cierto avance técnico. En la medida en
que avanzamos cada vez más hacia una sociedad
global post-industrial, con una creciente
preeminencia del sector servicios y de productos
intangibles, y con sólidas restricciones impuestas
por el desequilibrio ecológico, se está creando la
matriz de un nuevo paradigma de poder mundial, que
poco tendrá que ver con los Hércules industriales y
tecno-militares de antaño. Es decir, se requerirá
cada vez menos hard power, y cada vez más soft
power, esto último no tanto en su carácter de
blando, sino en su carácter de poder intangible.
Quiénes y cómo se atribuirán esa nueva
jerarquía, queda abierto a todo tipo de astrología.
Lo que sí podría
aseverarse es que la institución y los conceptos
que la rodean- de Imperio está destinada a una
decadencia, y si es paulatina o abrupta, es algo que
sólo el tiempo podrá responder. Un signo irrefutable
de esa fragmentación es la emergencia de animales
híbridos, algo así como confusos y superpuestos
roles de substituto de estado mundial,
(Ersatzweltstaat), y que hoy en día están
representados, tanto por los EE.UU., que no se
presenta como Imperio, pero actúa cada vez más
desenfrenadamente como tal, como por esa nebulosa de
organizaciones internacionales, a su vez, díscolas,
impredecibles y de eficacia más que mediocre, en
cuánto al menos disminuir la altura del fuego de la
hoguera. Sin subestimar los concretos logros que se
han alcanzado, en algunas regiones, y en algunos
niveles del confort y del bienestar de la sociedad
actual, el desprestigio creciente de toda la
aparatosidad burocrática mundial, es decir de todo
ese andamiaje-laberinto de intentos por sustituir, o
jugar al rol, de un Estado Mundial, se debe a que
no ha logrado evitar, desde el final de la segunda
fase de la Guerra Mundial del siglo XX, ninguna de
las confrontaciones militares y los múltiples
genocidios ocurridos en Asia, África, Oriente Medio,
Iberoamérica e, incluso, en Europa del Este. No sólo
fracaso, sino asimismo, impotencia. ¿Impotencia
deseada?
La gran contradicción
que puede muy bien podría debilitar la vigencia
fáctica del Imperio Americano es que éste hace gala
de una retórica ruidosa, sobre su rol
auto-legitimista como valuarte de la libertad, y
defensor y propagador de la democracia occidental
este último concepto, más que resbaladizo y
traicionero. No nos corresponde desmenuzar aquí el
impacto crucial que han tenido los EE.UU. en la
iconografía y el modus vivendi de la libertad
individual hasta nuestros tiempos, y cómo ello ha
marcado toda la cultura mundial. El problema es
que, haciendo uso del concepto de proporcionalidad
(qué es indispensable al de democracia
parlamentaria), cerca del cincuenta por ciento de
los votos mundiales se encuentra, ya hoy en términos
poblacionales, y dentro de diez años, en términos de
dimensión económica, en
Asia. Y es evidente que la
proporcionalidad democrática deberá ser
correspondida con una proporcionalidad de poder. La
historia diplomática mundial no puede ser encarada
de manera simplista, pero es irrefutable a su vez
que el esfuerzo en los últimos sesenta años por
camuflar el factotum de la jerarquía del poder
mundial desde tiempos inmemoriales - es la
estructura de poder la que manufactura, ex post, su
propia legitimidad, y no al revés (lo legítimo
determina el poder
) ya está haciendo agua. Nos
espera una etapa de transición confusa, agitada e
impredecible.
A los mequetrefes que
hablaron en alguna ocasión del fin de la historia,
cabe recordarles la perogrullada, que hoy podría
resonar como alucinante descubrimiento, de que la
historia no tiene, ni comienzo, ni fin. Es
simplemente eso: historia, es decir, constante y
fluido devenir, con sorpresas resonantes.
La
recuperación de la historia no es una, sino
múltiple. Los trabajos de Moniz Bandeira representan
esa posibilidad, de democratizar la percepción de lo
histórico, en este caso centrado en la dicotomía
poder mundial-EE-UU. Se puede criticarlo, pero no
cuestionar su pertinencia, y su validez
lógico-teórica. Aquellos que hablaron, y tampoco
sería sorprendente que lo sigan haciendo, del fin
de la historia, cabe mencionarles que confunden la
historia con su concepción de la historia.
Demasiados acostumbrados, en los últimos siglos, a
creer que la percepción occidental del devenir
histórico era la única científica, nos encontramos
cada vez más, y viniendo sobre todo de Asia, con
nuevos datos, nuevas cronologías y la nueva vigencia
de antiguas perspectivas, que sacuden algunos de los
cimientos más sólidos que- creíamos explicaban la
historia moderna. Ese terremoto en el terreno
intelectual abre aun más el camino para un nuevo
tipo de poder mundial, que difícilmente podrá ser
monopolizado.
Marzo del 2007.
[1] Formação do Império Americano. Da
guerra contra Espanha à guerra no Iraque,
Civilização Brasileira, Rio de Janeiro 2006.
[2] Discurso pronunciado pelo Prof.
Fr. Luiz Alberto Moniz Bandeira, por ocasião do
recebimento do Prêmio Intelectual do Ano de 2005 (Troféu
Juca Prato), em 03 de agosto de 2006.
[3] Discurso
[4] Discurso
[5] Discurso
[6] Discurso
[7] Discurso
LA
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