|
¿Quién recuerda a Primo Levi?
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
A veinte años de su
muerte, hoy es vital preguntarse quién le recuerda,
a quién le ocupa la vigencia de su legado, la
pertinencia de su defensa de lo humano en el hombre,
por la vía de la denuncia de su grotesca y grosera
animalidad.
Hablo de aquel
italiano piamontés, luchador desde la resistencia
del embate oscurantista del nazi-fascismo que,
además, era judío y, por sobre todo, un hombre
sensible, solidario y culto.
Primo Levi fue,
también, víctima del universo concentracionario de
la Alemania nazi.
Víctima, pues, de una
razón desprovista de sensibilidad pues, hay que
decirlo, venía siendo desde larga data, una razón a
medias, una razón de un solo lado en la que el
hombre volcaba su apetencia de poder, luego de
dominio, desde una ignorancia palmaria de todo rasgo
humanitario, de toda defensa del otro.
Y Primo Levi, como
judío que era, como humanista que fue, tenía,
ciertamente lo tenía, un especial cuidado en el
respeto al otro hombre, a la otra mujer.
Es, convengamos, el
gran y magistral aporte del judaísmo a la filosofía
occidental: la cuestión del otro, la alteridad,
promovida desde su decálogo, para unos de fe, para
muchos otros, del respeto irrestricto a la vida, y a
la vida humana por excelencia.
Ese judaísmo que ya
desde el disfrute del sábado, del shabbat momento
en que todo hombre y toda mujer, sea de la condición
socioeconómica que fuere, por ejemplo, es dueño y
señor, dueña y señora, de su día, de su momentum.
OH, cuánto parecemos
haber olvidado el mensaje de Levi, el de Primo, el
de la solidaridad con escucha, el de la
responsabilidad social, desde el respeto irrestricto
a la unicidad del ser humano, a su libertad de ser y
de expresarse, de sentir y de hacer, desde que
respete también y al mismo tiempo, a ese otro que
tiene para sí y para con el mundo, igual derecho que
aquel.
Lo decía
recientemente Marc Auge, al referirse a la
ideología del presente, a ese pretendido intento
del hombre contemporáneo en creer que el hoy lo es
todo y en el mismo, por tanto, todo vale, todo
cuenta. Pero ese mismo hombre, esa misma mujer,
lacerado, lacerada, por la soledad, por la
imposibilidad fáctica de permitirse ser en plenitud,
toda vez que a modo de realización, toman para sí
mismos que el consumo lo es todo, hace con que nos
vayamos alejando de todo rasgo de humanidad y
devengamos, poco a poco, una subespecie que, a
resultas de la pérdida de afectividad, de
sensibilidad, devenimos consumidores, luego, nos
cosificamos.
El poder, cuándo no
el poder, la apetencia del mismo, el hambre de
mandar, que tan a diario observamos en el mundo y
desde luego que en los países de nuestra región, es
otro modo de constatar la pobreza espiritual, por
vía de la renuncia a la responsabilidad social, es
decir a la vergüenza, del hombre contemporáneo.
Ese ser que cree que
por un instante de pretendida gloria, permanecerá en
ella vean cuán falaz lectura del poder ostenta- es
el máximo perpetuador de pesadillas. Pero, claro
está, para ser así, para permitirse tal
expresividad, cuenta, y vaya que cuenta, con la
pasividad de los pueblos, más veces que las que
cualquiera pudiera admitir -ya no digo desear, pues
sería una contradicción con el pensar reflexivo y
crítica.
Esa pasividad de los
pueblos refiere a la servidumbre voluntaria que un
día sí y el siguiente también, vamos cosechando en
una cosecha amarga y ruin- al ir permitiendo cada
vez más, que nuestra responsabilidad la transfiramos
a ese supuesto poderoso, a ese caudillo, a ese
visionario, que ocupa el vértice del poder.
Que la base tiene
especial responsabilidad en quiénes ocupen los
estamentos superiores de la cadena de mandos del
poder de un pueblo.
Primo Levi: un ser
superior, un hombre ilustrado y sensible, un químico
que vio en los mismos elementos, rasgos esenciales
del hombre y de este mundo. Y los vertió al papel,
los llevó a su verbo de vida. Dio ejemplo de
dignidad y altura. No claudicó, no se hincó. Murió
como un hombre, pues eso fue.
Que otros puedan
decir lo mismo, si es que aun tienen tiempo.
Hoy, a comienzos del
año 2007, en momentos en que los totalitarismos
larvados, camuflados, van cobrando más y más
preponderancia, es esencial recordar a Primo Levi, y
con él también a Theodor W. Adorno, con su
imperativo categórico: Nunca más Auschwitz.
Porque Auschwitz no
fue ni es un patrimonio del sufrimiento judío, que
ciertamente respetamos y sin duda lo comprende. No,
Auschwitz fue y es, la ejemplificación más atroz,
más lacerante, que lamentablemente el tiempo ha
demostrado que pudo reeditarse, de las miserias del
hombre; de nuestras miserias.
Por tanto, antes los
problemas de nuestro diario vivir, aquí como allá,
cerca como lejos, no miremos al costado, no tapemos
nuestras narinas. La hediondez, que en apariencia es
lejana, es nuestra propia hediondez. Porque nuestra
responsabilidad sobre la suerte de los otros y de
las otras, no tiene ni distancia para cesar, ni
cualesquiera otras limitaciones para no operar.
Es tiempo, entonces,
de recordar a Primo Levi en esta primera y
fundamental faceta que es la de su legado; que ahora
es nuestro. Como nuestra es la responsabilidad de
velar por las libertades del individuo, de los
pueblos y el crecimiento, en equidad y en dignidad,
de la humanidad toda.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|