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Maestro del
Periodismo Uruguayo
Dr. Carlos Quijano: una vida en el siglo
por Omar Prego Gadea
Nos parece importante esta reseña
sobre el Dr. Carlos Quijano y su trayectoria, que
nos muestra un personaje sin igual. Más de cuarenta
años de periodismo - muchas veces profético - que
nos permiten una visión del país y del mundo que le
toco vivir. Nos tocó en suerte, desde fines de la
década del 50 hasta su exilio en México en 1974 y
luego desde ahí, seguir sus trabajos periodísticos.
En nuestra humilde opinión nadie como él vio al
país, sus problemas y su incapacidad para
encontrarle solución. Casi olvidado- salvo para unos
pocos- y desconocido en el Uruguay de hoy - para la
mayoría-, que trata de resolver los problemas que el
vio con lucidez en la década del 50 y 60.
La memoria histórica es la mejor
herramienta para iluminar el camino del futuro si
actuamos con el espíritu de Quijano: Plantear los
problemas y tratar de buscarles solución sin
preconceptos, sin espíritu de sistema o de clan.
Abrir, todo lo ancho que nos está permitido, la
realidad nacional al viento purificador y
vivificador del espíritu. Optar por el análisis y
despreciar la diatriba y preferir, como el verso de
Machado, las voces a los ecos.
Lo que sigue a continuación es el trabajo del
escritor
Omar Prego Gadea, publicado inicialmente por
la Fundación "Lolita Rubial".
Pedro Hernández
-
La de Carlos Quijano (1900-1984) fue
auténticamente una vida en el siglo y su pensamiento
el que, acaso con mayor hondura, marcó al
menos a tres generaciones en este Uruguay
que tanto lo desvelara y cuyos avatares siguió (y
hasta profetizó, en la medida en que es profetizable
la historia), lúcidamente, muchas veces solo y a
contracorriente. Puede afirmarse que nada de
importancia acaeció en Uruguay en los años que
corren entre 1917 y 1984 que no tuviera en Quijano
un testigo insobornable, cuando no un actor
visceralmente comprometido.
Fue capaz, como
pocos, de atisbar tempranamente los lejanos
estremecimientos de la tempestad (cultural,
económica, política) que empezaba a cernirse en el
horizonte, cuando la clase dirigente, tras los
fastos de los dos centenarios, dormía su "siesta
feliz", confiada en la eterna bienaventuranza de
aquella "Suiza de América", de aquel remanso de paz
en un continente azotado por los malos vientos de la
miseria, el analfabetismo, las pestes y las
dictaduras.
Esa vocación
revisionista funcionó así desde su impetuosa
adolescencia, signada por las luchas
estudiantiles de la Reforma Universitaria, hasta
su muerte en el exilio mexicano, dispuesto ya a
emprender el regreso y a reanudar la lucha desde
adentro, desde su tribuna por excelencia, Marcha.
("La muerte siempre gana", había premonitoriamente
titulado uno de sus editoriales).
Nacido con el siglo,
Quijano vivió apasionadamente su estremecida
peripecia, los ojos puestos sobre todo en su país,
la "patria chica", entrañable, pero también en
América Latina, esa patria grande a la que,
inevitablemente, habría de arribarse un día a pesar
de los innumerables escollos, de las inevitables
traiciones y renuncias.
Fue fundador en 1917
del Centro de Estudios Ariel, de proclamada raíz
rodoniana, militante en las encendidas luchas
universitarias que por ese entonces sacudían al
Uruguay y a la Argentina: abogado a los 23 años tras
un curso brillante que le valió la Medalla de Oro de
la Facultad de Derecho, profesor de Literatura en
Enseñanza Secundaria entre 1918 y 1923 y desde 1924
"peregrino alucinado" en esa Europa de la primera
posguerra.
La obra de Quijano,
ha dicho Arturo Ardao, "excede con amplitud al
conjunto, por sí mismo amplísimo, de los escritos
salidos de su pluma", al tiempo que señala lo
difícil que resulta establecerla en todos sus
aspectos. Es que Quijano fue, en efecto, uno de esos
hombres que requieren instrumentos idóneos para el
cumplimiento de sus altos fines. Así, creó en
Montevideo, en París y en México, instituciones
culturales: el ya mencionado Centro de Estudios
Ariel, en Montevideo; la Asociación General de
Estudiantes Latinoamericanos (AGELA), en París, en
1924, poco después de su llegada; la Agrupación
Nacionalista Demócrata Social, en 1928. Fue asimismo
diputado entre 1928 y 1931, y sobre todo fundador de
un diario, El Nacional (1930), del semanario Acción
(1932) y de Marcha (1939).
Los cuatro años de
París suponen una línea de partición de aguas.
Aquellos fueron tiempos de afiebrada actividad
(política, estudiantil, periodística), de
reafirmación de convicciones en muchos terrenos, de
revisión y apertura en otros. París fue, en primer
lugar, el encuentro con los compañeros de generación
provenientes de toda América Latina: Haya de la
Torre (a quien había conocido en Montevideo y de
quien se alejará bien pronto), el cubano Julio
Antonio Mella, el mexicano Carlos Pellicer, el
guatemalteco Miguel Angel Asturias, Toño Salazar, de
El Salvador y el nicaragüense León de Bayle.
Durante ese período, Quijano dedicó una parte
sustancial de su tiempo a los estudios económicos
(que de ahí en más teñirían su pensamiento), al
conocimiento de Marx. Pero en la hora de las
definiciones, como lo señala Ardao, optó por el
nacionalismo contra el internacionalismo, como
"encauzamiento aconsejable" en América Latina. La
elección no fue fácil: "Me ha costado cuatro años,
los cuatro años de Europa, de desgarramientos, de
dudas, de observación, pero al fin creo que he
encontrado mi "verdad", y que ella ha de servir para
que encontremos "nuestra verdad", la verdad de toda
la generación a la que pertenecemos [...] creo que
nuestra fórmula de acción debe estar en tres
palabras: nacionalismo, socialismo y democracia".
1
En
cierta ocasión, en un editorial escrito precisamente
en París en 1960, Quijano repasó esos años de sueños
y esperanzas, y confesó haber experimentado la
tentación de la renuncia. En un emotivo pasaje,
imagina un diálogo con su propia sombra, con aquel
joven de los años veinte: "Esa sombra está aquí, en
el estrecho cuarto poblado de papeles y recuerdos,
en esta minúscula, perdida y alejada isla, en esta
fecunda y lacerante soledad. [...] A miles de
kilómetros está mi tierra. Hacia ella miraba,
cuando, joven, aquí me corroían la nostalgia, el
ardor. Hacia ella miro, ahora, desde este París que
una vez quise no abandonar y sobre el que ha caído
la noche".
2
En París, Quijano
completará una rigurosa formación económica,
revisará parte de las convicciones, devociones o
certidumbres que llevaba en sus maletas al embarcar.
Muchas de esas "ideas fuerza", sin embargo, se
afianzarán, serán afinadas. En un editorial escrito
muy poco antes de su partida, hizo algo así como una
profesión de fe personal y un programa de las tareas
que aguardaban a la Nueva Generación, la suya:
"Repudio del positivismo y orientación filosófica
idealista, y además socialismo exento de todo
dogmatismo sectario, nacionalismo antiarmamentista,
liberalismo democrático.
Por
último: hispanoamericanismo como postulado básico en
materia internacional o como instrumento eficaz de
redención social, difusión de la cultura, he aquí
los elementos comunes, principios y medios del
movimiento. Puede que todavía, alrededor de las tres
ideas nucleares (nacionalismo, liberalismo y
socialismo) no se hayan podido consolidar mucho los
conceptos; pero lo que es evidente [...] es que una
renovación ideológica de trascendencia se está
produciendo y que la nueva generación, colocada por
mandato del tiempo en las izquierdas, está buscando
superar el contenido, ya envejecido entre moldes
rígidos, del marxismo, y dotar, lo que es más
importante, a América, de una ideología nueva, que
no sufra la deprimente y extraña tutela europea".
3
Uno de los temas
cuyos fundamentos políticos e históricos serán
analizados a la luz de una argumentación siempre
fervorosa, pero sobre todo economicista, será el del
imperialismo. En agosto de 1925, Quijano participa
en París de una acto de solidaridad con el
presidente de México, Calles, por ese entonces
enzarzado en un duro enfrentamiento con Estados
Unidos. En su discurso, sostendrá que "el conflicto
actual entre México y EE.UU. no es sólo un episodio
más de la lucha entre el imperialismo yanqui y
América Latina [...] -Es también un episodio de la
lucha entre dos concepciones económicas diferentes.
Combatir al lado de México,es combatir por la
revolución contra el capitalismo [...] El
imperialismo yanqui es una cuestión económica, un
sistema económico; el latinoamericanismo debe serlo
también pero un sistema opuesto al yanqui".
4
El
tema ocupará buena parte de su correspondencia, de
sus notas periodísticas. Fruto de esas reflexiones
será su primer libro Nicaragua: Ensayo sobre el
imperialismo de los Estados Unidos.
5
Otro
de los temas acuciantes (y no sólo de este período
"parisiense", ya que su íntima discusión se
prolongará hasta mucho más tarde) es el de la
revisión de su fervor rodoniano: "Todos estos
procesos que Quijano vivió tan intensamente durante
su experiencia europea no podían sino cuestionar y
desafiar al menos ciertos componentes de su anterior
fervor rodoniano", entienden Caetano y Rilla.
6
Según este punto de vista, las bases centrales del
idealismo de filiación arielista estaban
estrechamente vinculadas al desinterés. Actitud que,
piensan, no podía compadecerse con las exigencias de
su forja ideológica, "mucho más proclive a un
compromiso de neto cuño político y por ello más
realista en sus aspiraciones. [...] Su renovada
adhesión a la democracia como sistema, su apertura
al socialismo, su antiimperialismo mucho más
concreto y militante, y sobre todo, el carácter de
su nueva conciencia latinoamericana, constituían
todos factores que tendían a debilitar en Quijano
las resonancias de la filosofía del "Maestro",
contribuyendo así a un planteo revisionista que era,
al mismo tiempo, el punto de partida de un nuevo
marco de pensamiento".
7
Quijano hará públicas
estas objeciones en 1927, poco antes de su regreso
al Uruguay, en una Carta a un lector (El País de
Montevideo 26/9/27), incluida en este volumen. Allí,
entre otras cosas, escribió lo siguiente: "... para
cerrar esta serie de cartas, nada mejor que hacer
conocer a Ud. las impresiones que una reciente
lectura de un viejo libro nos ha producido: la
lectura de "Ariel" que durante estos años de Europa
no habíamos vuelto a abrir. Por extraña
coincidencia, el libro cayó en nuestras manos en un
ambiente que contribuía a dar a su lectura cierto
carácter simbólico. Estábamos trabajando [...]
empeñados en conocer las vicisitudes de la política
de Estados Unidos en Panamá, cuando buscando unos
libros, tropezamos con el de Rodó. Nos pareció bien
releerlo. [...] ¿Será necesario decir a Ud. que
nuestro respeto y nuestra admiración por Rodó no son
menores ahora que antes? Y, sin embargo, ¡cuántas
objeciones a su "sistema" esta nueva lectura nos ha
hecho aparecer!".
Creemos que vale la
pena detenerse aquí, para profundizar en esta
inflexión (política, histórica, filosófica incluso)
del pensamiento de Quijano. En esa misma carta,
Quijano escribe que "... en un continente que
todavía no ha sabido ganarse su pan, Rodó predica la
educación autiutilitaria, el culto de la belleza; en
un continente enfermo de "dilettantismo", la cultura
integral; en un continente enfermo de idealismo y de
pereza, el "ocio noble", la despreocupación del
presente; en un continente idolátrico y atrasado, en
marcha todavía detrás del "hombre", el culto del
héroe; y en un continente que no sabe lo que es la
democracia y que menos lo sabía en la época de la
aparición de "Ariel", cuando las oligarquías y las
dictaduras se expandían de Norte a Sur, se lanza a
combatir los presuntos y en todo caso lejanos
peligros de aquel régimen. Lo repetimos, nosotros no
discutimos a fondo la tesis de Rodó.
Discutimos su
oportunidad libresca, pero no la observancia de la
realidad [...] En América no habrá ni cultura, ni
arte, ni ciencias propias, ni organización política
estable, mientras no hayamos resuelto nuestra
independencia económica, mientras no adquiramos la
disciplina del trabajo; mientras no seamos fuertes y
ricos, es decir, mientras nosotros no explotemos
nuestras propias riquezas. En alguna parte perdida
de su libro, Rodó debe reconocerlo. Lo malo es que
no saque las conclusiones que se imponen".
Caetano y Rilla piensan que "Las diferencias se
expresaban muy nítidamente en el cotejo entre la
nueva conciencia latinoamericana que Quijano había
adquirido en sus "años europeos", y aquel
americanismo algo difuso, de cuño moral y cultural,
que defendiera desde las filas del Centro Ariel y
desde la redacción de su revista, antes de su
partida a París".
8
Arturo Ardao, en
cambio, entiende que esa "revisión" del espíritu
arielista fue matizada. Reconoce que "a la
primeriza conciencia antimperialista, tal como
emergía de las páginas de Ariel y perduraba de algún
modo en el propio Ingenieros [...] aportaron a
Quijano los años de París el sólido fundamento
económico, entendido como científico, de que hasta
entonces había carecido. Pero no sólo en esta
dirección, sino en todas las demás de su pensamiento
político, el economismo [...] pasa a primer plano,
como dominante inspiración del realismo a que se
inclina cada vez más".
Quijano destaca
Ardao sin dejar de profundizar en las décadas
posteriores a 1930 (que él llama sus "décadas de
Maestro") el realismo de cuño económico que fue la
culminación intelectual de sus años de París,
desplegó su magisterio económico y político, social
y cultural, conforme a la norma eminente de
Próspero: "Que los diarios afanes por la utilidad
cedan transitoriamente su imperio a una mirada noble
y serena tendida de lo alto de la razón sobre las
cosas. [...] no tratéis, pues, de justificar, por la
absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de
vuestro espíritu".
En
definitiva, en el pensamiento de Quijano gravitan de
manera muy importante "Rodó y Vaz Ferreira al fondo,
Marx más acá, asumidos todos ellos del modo más
libre o menos dogmático, como lo quería el Gorgias
de la parábola y el psico-lógico de la "lógica
viva"; así asumidos, para la definición de un
pensamiento tan incitante y original como su acción
y su personalidad". En la evolución de la
inteligencia uruguaya concluye Quijano es el
sucesor del magisterio de Rodó y Vaz Ferreira: "Por
debajo de los obligados ajustes y reajustes
impuestos por las épocas, al par que por la vocación
y el carácter incoercibles electores en cada paso
del propio terreno y de la propia manera la gran
trilogía de maestros uruguayos del siglo XX se
integra y se potencia sin contradicción ni ruptura".
9
El magisterio de
Quijano está vinculado de manera estrecha,
indisoluble, a la tarea periodística, rastreable ya
en el diario El Nacional, en el semanario Acción,
que deja de aparecer en 1938, pero sobre todo a
partir de la aparición de Marcha. Y es que Marcha no
fue solamente el medio que utilizó Quijano para
expresar su pensamiento; Marcha fue un instrumento
idóneo para indagar acerca de la crisis que padecía
el país, en torno a su fácil optimismo, a sus
hipocresías, para aventar sus cómodas certidumbres.
También para expresar sus angustias respecto al
futuro del Uruguay (la patria chica) y de América
Latina (la patria grande). A través de Marcha, desde
Marcha, se expresaron al menos tres generaciones,
esas que Angel Rama incluye en el abarcador título
de su libro La generación crítica (1939-1963), y que
reconocieron a Quijano como a su Maestro.
Quijano, entonces, fue esencialmente un periodista,
alguien tironeado por el diario acontecer, por el
fragor de una realidad acuciante, enmascarada, cuyo
auténtico rostro es necesario develar. El suyo fue
"un estilo expositivo sin par entre nosotros,
"periodístico" por estricto ajuste funcional pero
"ensayístico", en su médula, por la libertad, la
invención y el acento personal que lo norman y
"literario" al fin, por su sostenido nivel de
excelencia. Un estilo inconfundible es, en el que se
inscriben variadamente el fervor y el humor, el
sarcasmo, la ironía y una ocasional demoledora
agresividad, la autoridad natural del que sabe bien
de lo que habla, el manejo ejemplar de dichos,
adagios, refranes y una siempre imprevisible
imaginación tituladora"
10
Podría agregarse que
muchos de los mejores artículos de Quijano, en
particular numerosas necrológicas u oraciones
fúnebres, fueron escritos al pie de la rotativa, en
lucha contra el tiempo. Una memoria privilegiada,
una felicidad de escritura, un vasto conocimiento de
hombres y hechos, insondables lecturas, eran la
clave de esa (aparente) espontaneidad.
Hombre de Marcha,
Maestro de generaciones, con su divisa marinera que,
de alguna manera, resumirá y asumirá el sentido de
su vida: Navigare necesse Vivere non necesse. Marcha
fue un instrumento, dijimos, pero extremadamente
afinando; también un atalaya y un ámbito
privilegiado, dentro del cual Quijano luchó y (puede
decirse con entera verdad) murió. "Nuestra lucha se
da en Marcha y desde Marcha", escribió en un
editorial.
En 1974 Marcha fue
definitivamente clausurada por la dictadura y
Quijano debió abandonar el país en dramáticas
circunstancias. Convendría detenerse, aunque sólo
sea brevemente, en la extrema acuidad de la mirada
con la que Quijano desveló una realidad travestida,
llegó a las zonas más íntimas de una país que, con
falsos pudores, trataba de ocultar sus males y
seguir viviendo en una artificiosa bonanza. Y ello
desde una fecha que puede situarse alrededor de
1930. Y es que, si se mira bien insistimos es
prácticamente imposible discernir la vida de Quijano
del tormentoso y por momentos dramático destino del
país: tras los fastos de los centenarios en 1929,
seguida casi en seguida por la crisis mundial, por
la proliferación de dictaduras militares en América
Latina (al Uruguay esa peste llegará en 1933), por
el estancamiento e incluso el retroceso del país.
"País de estancieros y de empleados públicos [...]
El campo es la estancia, el latifundio, el patrón un
si es no es paternal que se considera distinto y
superior a sus peones, a quienes maneja a su antojo
y que hace de ellos carne de aventuras o fuerza
electoral. [...] La jubilación y la "casita"; he ahí
la única meta de miles y miles de nuestros
ciudadanos. [...] Se acorta el horizonte, así; pero
al mismo tiempo se crea una clase media estable,
cómoda y poco dada a la aventura. (Ver el editorial
Un país que se busca a sí mismo, Acción, 1/2/34,
Mensajes) "Quijano, crisis del país, conciencia de
la crisis, aparecen como términos indisolubles de
una ecuación muy uruguaya que conviene rescatar en
sus perfiles más notorios. [...] En tren de
simplificar, puede afirmarse que [Quijano]
representó la conciencia de un cambio, de un momento
decisivo en el que el país y el mundo jugaban su
destino, la afligente, lúcida y casi solitaria
convicción de estar parado en el cruce de caminos,
la necesidad de someter a la duda todas las certezas
complacientes y de levantar propuestas sobre las
bases más sólidas".
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La argumentación de
Quijano apunta, sobre todo, a destruir una serie de
lugares comunes, de frases hechas, detrás de los
cuales se agazapan la pereza mental, cuando no la
estulticia, el optimismo "panglosiano" de gobierno y
oposición, la frivolidad de una clase política que
se negaba a enfrentar los verdaderos problemas del
país. Claro que Quijano no se limita (ni siquiera le
concede una prioridad) a criticar el sistema
político uruguayo, su "política del avestruz", su
ceguera: para él, la crisis uruguaya proviene sobre
todo del agotamiento de un modelo. Hecho éste que
nadie quería admitir.
Ataca asimismo la
desenfrenada burocratización, el clientelismo, la
improvisación, la postergación de los grandes
intereses nacionales fustiga el engolado discurso
oficial, pero también el no menos vacuo de unos
opositores siempre dispuestos a acortar distancias a
cambio de prebendas. "Hay que rascar hasta el
hueso", repetirá.
Con Quijano,
entienden Caetano y Rilla, surge en el Uruguay un
nuevo tipo de intelectual, "agrio, criticón,
orgullosamente desvinculado del amparo oficial y sin
mayor mecenazgo que el de sus pares".
12 Tono éste (o
impronta) que marcaría a fuego a los jóvenes
congregados en torno a Marcha a partir de los años
40, quienes trasladarían a sus áreas propias
(literatura, plástica, teatro, música) esa visión
corrosiva ("lúcida" es la palabra clave) del
Maestro.
En muchos artículos,
algunos temas se hacen presentes de manera casi
obsesiva: el de la soledad, el la fidelidad a los
principios, a los fervores juveniles. Quijano fue un
"profeta del desencanto" se ha dicho. En cierto
modo, lo fue, a pesar de que sus análisis iban, a
menudo, acompañados de propuestas alternativas, ya
que no de fórmulas "milagrosas" (su prédica negó
siempre ese facilismo de un Paraíso a la vuelta de
la esquina), de caminos posibles en la medida en que
se abandonara la pereza intelectual y la esperanza
en una curación a base de "cataplasmas".
Los editoriales y
notas incluidos en "Cultura. Personalidades.
Mensajes." Vol. VI, abarcan un período que va del
año 1919 (Los restos de Rodó, Revista "Ariel") hasta
1983 (Derrotas que serán efímeras. Cuadernos de
Marcha, Tercera época, N°1). Los recopiladores
acordamos dividir el material en tres grandes
grupos: Cultura, Personalidades, Mensajes. (El
título de este último apartado nos fue sugerido por
Arturo Ardao). Nos consta que la selección pudo ser
más amplia, pero creemos que el material escogido es
representativo de los intereses e inquietudes del
Quijano juvenil y del Quijano ya maduro, el que
empieza a escribir alrededor de los años treinta.
Aparte una o dos
notas (el reportaje a Unamuno en el París de los
años 20), los temas dominantes del apartado Cultura
son el de la Nueva Generación (la suya), su tarea y
su destino, y el de la Enseñanza como un todo, en
función de las necesidades y carencias del país. El
tema de la Nueva Generación, surge primero como
evocación misionera de un trabajo, como repaso
(melancólico) después. Son ejemplares los
editoriales La nueva generación, escrito en 1924, y
Mensaje de Navidad, que es de 1960.
El de la Enseñanza,
cuya inadaptación a las necesidades del país es
tempranamente subrayada y analizada, mereció una
serie de editoriales, entre ellos uno
particularmente lúcido. (El mundo es una gota de
agua). En esa serie, Quijano analiza los fines de la
enseñanza, la aparente oposición entre Ciencia y
Tecnología por un lado y Humanidades por otro,
preguntándose si la querella encubría (encubre) una
falsa oposición. Y concluye con esta grave
interrogante: "¿De qué valdría la autonomía,
puramente formal, por otra parte, en un país
sometido al extranjero, en un país que tiene
necesidad, o cree tenerla, de recurrir a la
asistencia técnica de los ajenos para resolver sus
problemas y dar consuelo a sus cuitas?".
En el último
editorial dedicado al tema (Cara al desafío),
sostiene que la democratización de la enseñanza se
ha detenido en los umbrales, que está esclerosada,
que es una inversión, no un consumo y que existe un
divorcio entre "la vida y la escuela". En
conclusión, piensa que no habrá una reforma
sustancial de la enseñanza sin una reforma en
profundidad del país y sus estructuras. "Unamos el
destino de la enseñanza al destino del país.
Situemos a aquella, bien hondas las raíces, en la
dramática realidad nacional".
Quijano fue asimismo
un Maestro en la necrológica, un género al parecer
"insanablemente rutinarizado", como dice Real de
Azúa, atiborrado de lugares comunes, previsible,
casi siempre engolado. Algunas de las piezas
escogidas para este capítulo, el de Personalidades,
son memorables. Baste mencionar las dedicadas a Luis
Alberto de Herrera, Juan Andrés Ramírez, Luis
Batlle, Frugoni, en lo nacional; y de Gaulle o
Kennedy en el ámbito internacional.
En ellas, Quijano fue
capaz de apresar en una frase, en un giro a veces,
aquello de secreto y entrañable que lleva consigo
cada ser humano, más allá de las contingencias, de
las horas fastas o funestas de una existencia. Con
una agudeza sorprendente (y con un conocimiento de
causa admirable) Quijano supo captar aquellos rasgos
que definen a un personaje, ciertas insistentes
fidelidades a causas o ideas que no tenían por qué
ser las suyas, más allá de distanciamientos y de
largos silencios.
En casi todas ellas,
lo que importa es eso que Real de Azúa llamó "la
melancolía de las posibilidades individuales nunca
alumbradas, su conciencia de un "patrimonio humano"
nacional por encima de diferencias y de bandos,
filiaciones e ideologías y (aún), penumbrosos
entresijos de su propia intimidad".
El de la fidelidad
sin fallas a ciertos principios juveniles es un tema
que vuelve una y otra vez, con sus graves acentos.
En un nota acerca de Washington Beltrán, escrita en
1932, aparece ya ese motivo: "Buscó su verdad, a
ella permaneció fiel, por ella conoció la pobreza y
la lucha, por ella dio, generosamente, su vida".
Ese tema suele unirse
a otro, muy frecuente en estas notas: el del
silencio en la (aparente) derrota, el de la grandeza
para aceptar el olvido, el ostracismo o la muerte.
Tal el artículo dedicado a Eduardo Acevedo Díaz a
propósito de la publicación de un libro: "Durante
largos años, casi veinte de 1903 al 21 Acevedo
Díaz calló. Entre su expatriación y su muerte, el
silencio. Y después de muerto, siempre el silencio,
porque como ahora nos lo revela o confirma su hijo,
no dejó nada escrito. [...] Ni explicaciones ni
justificaciones".
El mismo tema, con
algunos matices, reaparece en la necrológica
dedicada a Lorenzo Carnelli:, "...fue una extraña
figura y tuvo también un destino melancólico y
extraño". Quijano piensa que así como Argentina es
una país de suicidas (políticos), Uruguay lo es de
desterrados: "Carnelli fue un desterrado, perseguido
por la calumnia, que marchó al encuentro de la
soledad, impulsado por su propia rebeldía".
En ambos artículos
están presentes los temas ya mencionados: el retiro
o el ostracismo, la soledad, la derrota, la
fidelidad a un rumbo. Habría que mencionar, por
último, su inclinación a hacer las veces de un
"Plutarco criollo", de enfrentar a dos personajes en
una suerte de Vidas Paralelas. En ese sentido,
descolla su oposición de Juan Andrés Ramírez con
Luis Alberto de Herrera.
El tercer apartado
recoge una serie de editoriales que aquí se publican
bajo el título Mensajes. Salvo el primero de ellos,
que remonta a 1934, los restantes fueron escritos en
los tumultuosos años sesenta. El tema dominante,
prácticamente del primero al último, es el destino
del país. "El Uruguay es lo que es. Los uruguayos
somos lo que somos, porque el pasado, dominado por
la geografía, fue lo que fue". En suma, un país,
como un hombre, es él y su circunstancia.
En los editoriales de
los años sesenta es rastreable una modificación del
tono, del estilo: se ha hecho más fervoroso, menos
académico. Por momentos es irónico, y siempre es
cálido, confidencial. Pocas veces ese estilo se hizo
agresivo, y cuando así ocurrió, Quijano siempre supo
arreglárselas para no incurrir en el agravio.
Llegado el caso, prefirió el desdén, el humor.
Pero más allá y por
encima, está su acuciosa búsqueda de eso que él
llamó "el país real". Antes de la acción, dice, hay
que hacer una análisis previo. El país, sostiene, ha
perdido "la facultad de pensar". Carece de mitos
vitales, de principios, ignora sus posibilidades y
limitaciones, no tiene conciencia de su destino,
colectivo y trascendente; la tarea primordial
consiste en crearle esos mitos, en ayudarlo a
encontrar "ese su destino".
De esta serie, acaso
el más representativo sea el titulado Atados al
mástil (Marcha, 26/6/64), que es a la vez una
reflexión en torno a la crisis del Uruguay y un
repaso de esos 25 años en los que vivió "atado al
mástil" de Marcha. Allí Quijano recurre una vez más
a una imagen marinera para sugerirnos el sentido de
su lucha, librada desde el puente del semanario,
"planteando los problemas sin la mira puesta en los
hombres que tienen la responsabilidad de
resolverlos".
En el último
editorial dedicado al tema (Los mitos y los hechos)
Quijano piensa que el país debe comprender que es
débil y pequeño; que está en un continente
enfeudado; que el peligro y la amenaza rondan sus
fronteras; que las nuevas técnicas, lanzadas ya a la
conquista del espacio y de otros mundos, llevan
camino de trastornar toda la escala de valores; que
la victoria será de los más eficientes y lo más
capaces; que en la insularidad no encontrará
refugio; que el pasado no vuelve, que sus mitos
están muertos y no le sirven ya, ni de arma ni de
escudo. Y, por último, nos advierte que sólo se vive
cuando se vive peligrosamente y que nuestra gran
aventura "es la de recrear el país y crear la gran
patria o las grandes patrias americanas".
Quijano fue a menudo
acusado de practicar un pesimismo enfermizo, de
estar sólo capacitado para la demolición, y de haber
contribuido a la formación de una o dos generaciones
de desencantados, de escépticos, de hipercríticos.
La verdad es mucho más matizada, más compleja que
esta simplificación.
"Hay
quienes piensan que la obligación del director de
opinión pública es la constante sugestión de
arbitrios, remedios, recetas, fórmulas "para ir
tirando". Olvidan (entre muchísimas otras cosas) que
puede existir la conciencia de un deber antagónico:
el de aventar ilusiones, el de desarmar errores mil
veces reiterados, mutuamente sostenidos y
reforzados, el de tajar toda maraña viciosa, el de
dejar que el curso de las cosas siga hasta el final
la pura dialéctica de su nocividad y todo ir sea un
ir hasta el fondo de los males para que los males
tengan remedio, para que, en último término, en la
intemperie dura, tónica, la tarea de una pueblo
pueda reiniciarse en toda su ambición y desde el
limpio principio".
13
El malentendido viene
de lejos. Contra lo que Quijano luchó, desde sus
años juveniles, fue precisamente contra el
facilismo, contra el panglosiano optimismo, contra
la arraigada creencia de que todo, o casi, está al
alcance de la mano y que sólo basta estirar el brazo
para recoger el fruto; contra "los vendedores de
baratijas" y los mercaderes de ilusiones. Pocas
veces propuso soluciones puntuales. Como el Gorgias
de la parábola rodoniana, Quijano estaba dispuesto a
brindar "por quien me venza con honor en vosotros".
La suya jamás fue
una prédica dogmática, sino libre y abierta. En el
ya citado editorial Atados al mástil escribió: "No
hay retornos, decíamos en el comienzo de este largo
autoexamen. Sí, los hay. Y no dejan de ser
conmovedores. Porque después de haber andado tanto,
debemos reconocer que hemos vuelto, sin quererlo ni
buscarlo, a los mentores de nuestra adolescencia. A
Rodó que nos enseñó a reverenciar a los que nos
vencerán con honor en los otros. A Vaz Ferreira que
nos enseñó a desconfiar del espíritu de sistema y de
las verdades acuñadas".
Y esto, tan
revelador: "El fin de la economía es el hombre. Su
libertad, su dignidad, su poder creador".
1
Cuadernos de MARCHA, Tercera época, Montevideo,
junio de 1987, N° 20, p. 3. Citado por Arturo Ardao
en su Introducción al tomo I de las obras de Carlos
Quijano, Montevideo, Ed. de la Cámara de
Representantes, 1989.
2 "Mensaje de Navidad", MARCHA, 30/12/60.
3 "La nueva generación", El País, Montevideo,
11/2/1924, p. 3, recogido en esta recopilación. El
artículo fue publicado parcialmente en el libro El
joven Quijano, de Gerardo Caetano y José Pedro Rilla,
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1986, y
citado por Arturo Ardao, op.cit., p. XXXIV, XXXV.
4 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 51. El
artículo fue publicado en el diario El País, de
Montevideo, en dos ediciones consecutivas (12 y
13/8/1925, p. 3), bajo el título "¿Existe un
imperialismo yanqui?"
5 Carlos Quijano, Nicaragua: Ensayo sobre el
imperialismo de los Estados Unidos, 1927. Existe una
edición de la Cámara de Representantes, Montevideo,
1989, con prólogos de Arturo Ardao y Pablo González
Casanova.
6 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 57.
7 Ibidem, p. 58.
8 Ibidem, p. 60.
9 Arturo Ardao, op.cit. p. XLV.
10 Carlos Real de Azúa, prólogo a la Antología del
Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Tomo II,
Publicaciones de la Universidad de la República,
Montevideo, 1964, p. 319.
11 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 225.
12 Ibidem p. 226.
13 Carlos Real de Azúa, op. cit. p. 326.
Este texto corresponde al prólogo de: "Cultura.
Personalidades. Mensajes." Vol. VI, recopilación por
Omar Prego, Gerardo Caetano y José Rilla (Mdeo.,
Ediciones de la Banda Oriental, junio 1992, 375 pág.)
de la obra "Carlos Quijano", editada por la Cámara
de Representantes de la República Oriental del
Uruguay.
Publicado inicialmente en la web de
la Fundación "Lolita Rubial"
LA
ONDA®
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