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Extraña forma de gobernar el mundo
por José Luiz Fiori
El deseo de todos
los estados, o de sus gobernantes,
es alcanzar una paz
perpetua, la través de
la conquista de todo
el mundo,
si esto fuese
posible.
Immanuel Kant,
Hay
quien asocie el derrocamiento del presidente
Kennedy, en 1963, al fracaso de la intervención
americana en Cuba, en 1961, como en el caso de la
renuncia del presidente Nixon, en 1974, que sería
impensable sin la derrota de los Estados Unidos, en
la guerra de Vietnam. Dos derrotas militares que
dividieron el establishment norteamericano, como
está aconteciendo de nuevo, en este momento, después
del fracaso del Oriente Medio. Estas tres
intervenciones militares cambiaron radicalmente la
historia de Cuba y de América Latina, después de
1961; la historia de Vietnam y del sudeste
asiático, después de 1973; y la historia de Irak y
del Oriente Medio, después de 2003. Lo interesante
es que en los tres casos, quien tomó la iniciativa
fueron los Estados Unidos, y en los tres casos, esta
iniciativa desorganizó un orden establecido y acabó
desfavoreciendo los propios intereses americanos.
Cómo explicar la repetición de este comportamiento
compulsivo y auto-destructivo de la
superpotencia que quedó como responsable por el
orden político mundial, después de la Segunda Gran
Guerra ?
En 1939, el inglés
Edward Carr - padre de la teoría política
internacional contemporánea reconoció, por primera
vez, la necesidad de un super-estado, más poderoso
que todos los demás, para que pudiese existir en el
mundo una paz duradera.[1] La misma tesis defendida
por el sociólogo francés, Raymond Aron: no habrá
paz mundial, mientras la humanidad no se haya unido
en un Estado Universal[2]. Por otro lado, durante
la crisis económica mundial de los años 70, los
norteamericanos, Charles Kindelberger[3] y Robert
Gilpin[4], llegaron por separado a la misma
conclusión, de que es indispensable la existencia de
una potencia hegemónica en el mundo, para que la
economía internacional funcione de forma adecuada.
Edward Carr y Raymond Aron estaban preocupados con
las guerras, y Charles Kindelberger y Robert Gilpin
con las crisis económicas, pero existe un
denominador común entre ellos: la idea de que un
estado todopoderoso o hegemónico, sería
indispensable para la obtención de la paz y de la
estabilidad económica, dentro del sistema mundial.
Ahora bien, desde
1945, los Estados Unidos vienen concentrando en sus
manos una cantidad de poder cada vez mayor, y vienen
ocupando una posición hegemónica, como potencia
política y económica, tal como fue preconizado, por
Carr, Aron, Kindelberger y Gilpin. Pero, a pesar de
esto, las guerras y las crisis económicas no
desaparecieron, y lo que es peor, casi todas las
grandes crisis del sistema mundial, en este período,
fueron provocadas por el superpoder que debería
pacificar y estabilizar el sistema. Fue lo que
ocurrió en Cuba, en Vietnam y en Irak, pero fue
también lo que ocurrió, cuando los Estados Unidos
abandonaron el Sistema de Bretton Woods, en 1973, o
cuando subieron sus tasas de intereses en 1979,
derribando la economía mundial. En todos los casos,
lo que se observa es el mismo movimiento expansivo y
desestabilizador que se hizo aún más visible después
de 1991, cuando los Estados Unidos se transformaron
en la única superpotencia militar y económica del
mundo. Nunca el mundo estuvo tan cerca de un
imperio mundial como en la década de 1990, pero
aún así se continuaron las guerras, las crisis
económicas y el aumento geométrico de los arsenales
militares. Siendo así, como explicar esta distancia
tan grande entre las expectativas teóricas de Carr,
Aron, Kindelberger y Gilpin, y la manera en que
funciona de hecho el gobierno del mundo?
Comenzando por el
reconocimiento de que el punto débil de sus teorías
es su carácter excesivamente normativo, casi
utópico. Se mueven en el campo del deber ser y no
toman en cuenta el hecho de que la hegemonía es
siempre una posición relativa que fue conquistada,
durante algún tiempo, por algún estado en
particular, a través de la competencia y de la lucha
con otros estados que ambicionan la misma posición.
Y tampoco toman en cuenta, el hecho de que esta
competencia y esta lucha no paran, en el momento que
una de las grandes potencias vence y conquista
transitoriamente la posición hegemónica, porque los
derrotados no abandonan la competencia, y porque
siempre surgen nuevos candidatos dispuestos a luchar
por un lugar al sol. Por esto, al analizar el
expansionismo norteamericano, y la cuestión más
general del gobierno del mundo, se debe reconocer
y partir de algunas premisas fundamentales:
1)
dentro del sistema mundial, formado
por los estados nacionales, todo y cualquier
superpoder o potencia hegemónica, estará siempre
condenado a expandir su poder de forma continua,
para mantener su posición relativa dentro del
sistema;
2)
esta expansión o acumulación de poder
se hace a través de la competencia y de la lucha con
los demás estados que también anhelan la conquista -
en última instancia - de un imperio mundial, que
nunca podrá ser alcanzado sin la automática
desaparición del propio sistema mundial que vive de
la competencia entre los estados;
3)
por esto mismo, la competencia y la lucha entre las
grandes potencias se reproduce de forma permanente,
y ningún superpoder será jamás capaz de
estabilizar el sistema mundial, porque él mismo
precisa de la competencia y de la guerra virtual
crónica, para poder seguir expandiendo su poder;
4)
en este sentido, se puede decir que es la propia
potencia ganadora quien desestructura su situación
hegemónica, porque sólo ella tiene condiciones de
deshacerse de las reglas e instituciones que
construyó en algún momento como en el caso de las
Naciones Unidas y de Bretton Woods - toda vez que
estas reglas e instituciones obstaculicen su camino
expansivo;
5)
por fin, el secreto más bien guardado de este
sistema político mundial, que nació en Europa, en
los siglos XVII y XVIII, y se globalizó en la
segunda mitad del siglo XX: en la mayoría de los
casos, es el propio poder expansivo o hegemónico
que crea o inventa sus competidores y adversarios,
porque como ya vimos - el superpoder o hegemon
no puede crecer y expandirse sin tener competidores,
aún cuando su poder parezca absoluto e
incontestable.
Traducido para LA ONDA DIGITAL
por Cristina Iriarte.
LA
ONDA®
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