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La moral de los hombres públicos
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Con
pasmosa frecuencia, solemos ver cómo las personas, y
no sólo en la esfera de la política, cuando acceden
a cargos con una cuota importante de poder, o de
supuesto poder, varían su pensamiento, en un sentido
negativo para la ética de la responsabilidad y de la
convicción.
Así, las más de las
veces, y con una media sonrisa entre socarrona y
afectada por estar, o sentir ellos que están lo que
no siempre condice con la realidad, imbuidos de una
suerte de alo divino, chasquean los labios y dicen
respecto del vulgo: no entienden lo que es estar
aquí...
Y los que confiaron
en ellos, al creerles que iban a llevar adelante las
ideas propuestas y aceptadas en la campaña
electoral, del orden que fuere: nacional,
provincial, departamental, distrital, etcétera, ven
con dolorosa frecuencia, cuán errados estuvieron al
creer que iban a ser coherentes, dignos y, por qué
no decirlos, valientes a la hora de cruzar el
Rubicón...
La persona humana, en
todo caso, no es, aunque a veces lo parezca, la
manifestación de un solo tipo de actitud sino que
lleva consigo una escala de semitonos que unas veces
la hacen ascender y otras, como en el caso que
motiva esta reflexión, descender a la altura del
cordón de la vereda.
En todo caso,
convengamos, la responsabilidad primera e
indelegable de la suerte de los asuntos públicos, es
nuestra. Es la responsabilidad del ciudadano y que
nadie menee la cabeza diciendo ellos tienen
el control, porque la acción de un hombre como de
una mujer en la esfera de los asuntos del dominio
público de su comunidad, de su nación, no sólo les
compete sino que les obliga a ser contestes en la
defensa de lo que cada comunidad, y su cuerpo de
leyes y normas, confieren como lo justo y lo digno.
Así, las medias
sonrisas de los hombres públicos que, imbuidos de
estar en una suerte de Olimpo terrenal,
inmediatamente miran al costado del horizonte de su
pueblo, son gestos de seres que paulatinamente van
ganando espacio en la cosificación de su ser,
quitando, pues, aliento y vida, a la dignidad, a la
responsabilidad y a la decencia de saber que, en
toda hora y en todo lugar, por más encumbrado que
uno esté o crea estarlo, tan sólo es un ser humano
que se debe, inexorablemente, a la suerte de otro
ser humano, que le exige, que le alienta y que,
desde el silencio de un desconocimiento personal, le
interpela.
Desoír, entonces, la voz de la conciencia, es el
resultado de una mente y un espíritu que ha dejado
de mirarse en el espejo de sus propias acciones e
inacciones cotidianas, tanto privadas como públicas,
dejando, apenas, que sus ojos miren, y así dejar ver
la cerviz, en el charco vano de los Narcisos huecos.
Cuando la tropelía y
el interés mezquino, campean en las esferas de
dirección de las sociedades, es que éstas mismas
están gravemente enfermas porque el cuerpo social lo
está. No son aquellos miserables en el poder los
raros especimenes sino el cuerpo social todo el que
comienza a esclerosarse, al no permitirse asumir
como propia la pestilencia que comienza a expandir
su aroma fétido al conjunto de la sociedad.
Es, así, cuando la
hora de los hombres y de las mujeres libres, llega
para quedarse. Cuando debemos hacer gala de una
altura de miras, de la mano de una hondura de
pensamiento y sentimiento, que nos permita campear
la amarga hora, por vía del ejercicio cotidiano y
personal de nuestra responsabilidad social, en una
sociedad donde la democracia republicana, luego el
respeto a las libertades individuales, en todas sus
manifestaciones, entre las que caben, ciertamente,
la equidad y la dignidad, deben ser expuestas como
el logro supremo.
En esta hora, donde
las iniquidades de los que están en el poder, no de
todos, por ejemplo en el Uruguay, pero ciertamente
los más encumbrados, parece estar oscureciéndose, es
que todos y cada uno de nosotros, debemos velar por
el ejercicio de la democracia republicana, en
equidad y en dignidad, y tener la memoria suficiente
para que esto no vuelva a ocurrir.
No más escapes por
ventanas o por aviones, no. No más engaños en
títulos de programas que en la práctica nunca se
cumplieron, salvo para beneficios de unos pocos. Y
en esto, recuerdo, en el Uruguay, a varios gobiernos
en los últimos tiempos.
El pueblo finalmente
triunfará, estemos seguro de esto.
Decía el filósofo Max Horkheimer algo que suelo
recordar tantas veces lo entienda necesario. Y es
que uno no puede dejar de ser, en su espíritu,
liberal. Pero inmediatamente argüía, para mí con
toda razón, que es uno mismo el que morigera este
aspecto, por vía, por ejemplo, de la solidaridad que
lleva a que pensemos más en el otro y un poco menos
en nosotros mismos, siendo como somos
corresponsables en la vida y, consiguientemente, en
la suerte de nuestros pueblos.
Cuando la rapacidad y
la mezquindad, arropadas en gruesos trajes de
soberbia y ambición, parece comenzar a instalarse en
las zonas más altas del poder, es la hora en que los
hombres y las mujeres libres, lejos de sentir que ha
fracasado una manera de pensar, por ejemplo ser de
izquierda (que, dicho sea de paso, es mucho más,
por más ancho, espiritual y políticamente, que un
cuerpo doctrinario de una ideología equis), note
que no es así.
No. No es así porque
apenas, aunque duela, nos habremos encontrado con
falsos portavoces de superiores ideales. Portavoces
que saldrán, a su tiempo y modo democrático, de
escena y para tal momento habrán otros y otras que
tomen las banderas que aquellos traicionaron, para
llevar a buen puerto la nave de la dignidad y de la
equidad en pueblos fraternos que esperan, desde la
larga historia, merecer la suerte de su
emancipación.
La emancipación,
asimismo, no viene, no se la espere, de la mano de
endilgar al imperialismo de turno, todos los males.
Estos males, siendo ciertos son verificables en
nuestros medios de vida porque aquellos poderosos
tienen en nuestra comarca y en nuestra hacienda, a
cipayos que hablan nuestras lenguas y nuestros
dialectos, si bien no se consideren parte de su
circunstancia de vida, sino elementos del poder
global o como quieran llamar a las huestes a sueldo
de la globalidad mordaz.
El mal, si puede
llamársele así, está en nosotros mismos. La
manifestación del error en nuestros propios
procedimientos de elección de candidatos, está en
esos parias que ostentan cargos que los llevan a
olvidar para lo que fueron electos.
Somos, pues, nosotros mismos los hacedores de
nuestro destino.
Está en que queramos ser, también, señores y señoras
de nuestro destino, de nuestro momento de vida.
Y esto sólo lo
lograremos, o al menos haremos el más valeroso
intento, si somos, en todo tiempo y en toda
circunstancia, responsables tanto de nuestro
personal destino como así también del de nuestra
sociedad.
Recordemos que esos
supuestos poderosos, al huir por ventanas o al subir
escalerillas de aviones, muestran lo que tienen, una
joroba que denota la falta de estructura moral y
ética acorde a lo que sus pueblos merecen.
El futuro está en
nuestras manos, no en otras. Asumámoslo desde el
activo presente. En democracia y con empecinada
permanencia en los ideales que ciertamente son
permanentes: justicia social, de la mano de la
equidad; respeto por las libertades; valoración de
la dignidad humana, sin distingo de especie alguna;
ubicación de los medios como instrumentos de cambio
y no como el cambio en sí, por ejemplo en economía.
Y, finalmente, decencia y apego a una ética de la
responsabilidad en equilibrio con la ética de la
convicción.
Es posible;
ciertamente lo es.
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