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Francia y el
espíritu de la libertad
¡Trabajadores del mundo, unios!
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Las
elecciones han pasado y Francia tiene un nuevo
Presidente: el señor Nicolas Sarkozy, quien asumirá
el día 16 de mayo por la tarde.
El señor Sarkozy ha
recibido, en esta segunda instancia, el apoyo de
casi 19 millones de franceses y francesas, mientras
que su rival, la señora Ségolène Royal, recibió el
de otros 17 millones de compatriotas.
Importa, pues, que
una instancia de esta significación ha dejado varias
lecciones en Francia, como en el mundo.
Francia tiene algo
del espíritu libre del mundo, ciertamente.
Podrá decirse y no
estoy yo para negarlo, que el país galo,
especialmente en sus antiguas colonias, tuvo oscuros
comportamientos, podrán alegarse sombras en su
historia, pero sin duda alguna es indudable el
influjo y la osadía de la atmósfera francesa para
adelantarse, también pero singular y especialmente,
a la mejora de lo humano por vía de la manifestación
más plena de las libertades individuales y sociales.
Así, Francia tenga a
su comando un espíritu de signo contrario a lo
solidario y a lo comprometido con la mejora en
equidad y en dignidad de todos sus hijos e hijas,
igualmente Francia permanece en la proa del buque de
la libertad y hacia ella va, por más escollos que se
presenten a su frente.
Esta hora,
convengamos, es la hora de su pueblo, como hace
mucho no le tocaba asumir su rol en la conducción de
su propio destino. Y esto no es ni una contradicción
a las jornadas electorales vividas, ni tampoco una
declaración de guerra a un establishment que
parece haber copado las instancias de control del
poder formal en la nación gala, no.
Estoy hablando de un
estado de situación en el mundo, donde la economía
financiera, luego la especulación en sus más
variadas formas y manifestaciones, han dado por
tierra con la economía industrial y,
fundamentalmente con la concepción del trabajo y
así, esto parece claro, con la propia clase
trabajadora.
Asimismo, sea en
Francia, como es el caso, como en tantos otros
países, los sindicatos o bien se han automarginado
de las instancias electorales, de la contienda misma
de la política en su estadio decisorio en
renovaciones de cargos nacionales, o bien se ha
esclerosado y convertido en grupos de presión que
detentan un poder que se compra o se vende en
función de los propios y subalternos intereses de
tal o cual corporación pero ya no de la clase
trabajadora en general.
Francia, oigámoslo y asumámoslo, refleja nuestra
propia conciencia, nuestras propias miserias y
virtudes.
Este momento es tan
amargo como provocador y yo, con todo respeto, lo
tomo a partir de la provocación de intentar ser más
comprometido socialmente, en mi propia y peculiar
faena, por caso la del pensar, y cada quien en la
suya.
De tal forma que,
codo con codo, en el pleno e irrestricto uso de las
libertades individuales y sociales, busquemos que el
espíritu que siempre encarnó Francia no devenga en
un espíritu mezquino de seres cosificados que están
o estarán en el poder por la propia determinación de
seres que por imperio del dogma imperante pero
también por su propia transferencia de la
responsabilidad a otro ser, han delegado su
conciencia. No.
Nos hemos dejado
convencer que el miedo debe ser superado mediante la
seguridad y ésta, viene con la mayor represión y
quizá con la queda de libertades civiles.
Esto, en mayor o en
menor medida, la cultura del miedo, está vigente en
todo el mundo, hoy por hoy.
Hemos dejado de ser
ciudadanos, por haber renunciado a nuestra
responsabilidad social, y aceptado volver a ser
meros átomos, individuos disociados y desocializados
que se contentan con ver en el mundo desde el sofá
de su living, sin prestar oídos a los gritos que
puedan venir del propio vecindario.
Hemos dejado que el
totalitarismo mediático nos invente una realidad y
nos la hayamos creído, de pe a pa. Y eso es de
nuestra responsabilidad.
Debemos fomentar en
nosotros como en los otros, el espíritu crítico y la
hermosa porfía de defender las banderas más caras al
espíritu de la libertad. Francia es una de ellas, y
deberá volver a serlo.
No debemos perder las
esperanzas pues en ese suelo también supieron estar
a su comando seres grises pero el pueblo galo pudo
avanzar pese a ellos como nosotros podremos avanzar
pese a los nuestros, toda vez que asumamos que el
poder, mientras haya espacio y de eso se trata, de
luchar por la permanencia de esos espacios de lucha,
mientras lo haya, entonces, habrá esperanza, habrá
un mejor mañana.
Ha terminado un
capítulo en Francia y comenzado otro.
El mundo asiste
expectante a su dilucidación pero nosotros, seres
responsables no estamos para mirarlo desde una
platea sino para luchar desde las posiciones mismas
en que siempre luchó la inteligencia y la voluntad
de ser libres: en la propia calle.
Mayo del 68, no ha
muerto. Las libertades no mueren, apenas cesan
cuando el propio pueblo reniega de ellas y se
acomoda plácidamente en el living de su casa.
Hay que salir
nuevamente a las plazas para hacer oír nuestras
voces y dejar que otros sean escuchados.
La lucha simplemente
ha tenido un momento de queda. Retemplarnos es
volver a creer y así volver a insistir, tozudamente,
en que es posible lograr la equidad y la dignidad
para el hombre que se relaciona con otro hombre,
para las mujeres, para los desposeídos, para todos
sin excepciones.
Francia un día lo
enseñó. Veamos si nosotros ahora somos capaces de
hacer valer ese legado e ir adelante con las
reivindicaciones más caras al espíritu humano.
Hay en todo pecho
libre, de hombre como de mujer, una invocación que
por utópica no deja de ser realmente posible y yo
ahora, si me permiten, voy a gritarla de cara al
viento y quizá también de cara al otro lado del
Atlántico, para que, si usted y usted y tú también,
lo hacen, los hombres y las mujeres de Francia y del
mundo oigan y repitan esta noble invocación:
¡Libertad, Igualdad,
Fraternidad!
LA
ONDA®
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