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La tesis de Iván
Karamazov
Respuesta a Antonio Cicero
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Al amigo José Humberto
El poeta y filósofo
brasileño Antonio Cicero (Río de Janeiro, 1945) es
un hombre que se tutea con las altas cumbres de la
poesía latinoamericana, a la vez que filosofa con
particular incisión y apertura de miras.
Ciertamente, su
tránsito poético es un umbral no sólo indispensable
sino incluso superior para acceder a un pensar más
hondo y abarcador.
Así, este carioca de
ley, también es, un testigo de lo cotidiano que se
expresa a la vez periodísticamente.
En este sentido, su
artículo del pasado 21 de abril en el diario
Folha de São Paulo, versa sobre la tesis de Iván
Karamazov, (parte misma de la novela Los hermanos
Karamazov, de Fiódor Dostoievski), que dice lo
siguiente: Si Dios no existe, todo está permitido.
Cícero coloca un
subtítulo al artículo en cuestión, a modo de
sustanciación de su propia idea del asunto, que dice
lo siguiente: Lejos de ser el fundamento de la
ética, la fe en Dios es la condición de relativizar
la ética.
Cicero, a lo largo de
su reflexión, que uno no puede dejar de recomendar
sea leída en su totalidad, tanto visita la obra de
Dostoiévski, cuanto la del propio Sören Kierkegaard,
no sin antes referirse razón por la cual luego
apela a Kierkegaard- al bíblico Abraham y la prueba
a que Dios lo enfrenta, respecto de su fidelidad a
éste y el amor a su propio hijo, cuya vida, en
principio, Aquel pide en muestra de fe.
La reflexión del
poeta brasileño, atiende a una realidad, cual es la
de intentar comprender sobre la fe y la religiosidad
de los brasileños, algo que aquí se extiende al
resto de la América del Sur, como eje de nuestra
mirada.
Disquisición mediante
sobre la pertinencia de la tesis de Iván Karamazov,
si esta puede ser tomada por válida o no, Cicero se
interna en cuestiones aun más serias al entrar, por
ejemplo, en la posibilidad de contradicción entre
los mandamientos de Dios y su propia actitud
contradictoria por acciones e inacciones, frente a
los mismos.
Asimismo, y al citar a Kierkegaard, Cicero alega,
con razón, que: Como se sabe, fue sobre ese
episodio el de Dios, Abraham y el hijo de éste-
que Kierkegaard escribió las páginas
impresionantes de Temor y Temblor. En ellas, él
muestra que, desde el punto de vista puramente
ético, no se justificaría la prontitud de Abraham.
A lo que añade,
Antonio Cicero, un elemento que considero clave en
su exposición sobre el punto: Sólo la fe
superior, según Kierkegaard a la ética, por
constituir una relación individual y absoluta con
Dios- justifica la actitud de Abraham. De ese modo,
gracias a la religión, la esfera de la ética es
relativizada por la fe.
Y así, llega Cicero a
su propia lectura de la situación objeto de estudio:
Siendo así alega nuestro poeta y filósofo-
debemos invertir la tesis de Iván Karamazov: no
sólo no es verdad que, si Dios no existe, todo está
permitido ya que, como vimos, no es permitido
matar, sino, y al contrario, es si Dios existe que
todo está permitido. Lejos de ser el fundamento de
la ética, la fe en Dios es la condición de
relativizar y, en el límite, negar la ética.
Por tanto, termina
alegando Antonio Cicero, Eso recuerda las
palabras del físico norteamericano Steven Weinberg,
poseedor de un Premio Nobel de Física: Con o sin
religión, las personas bien intencionadas harán el
bien y las personas mal intencionadas harán el mal;
pero, para que las personas bien intencionadas hagan
el mal, es preciso la religión. Fin del
artículo aquí citado.
A modo de reflexión
inicial:
Reflexión la mía que,
lejos de pretender evaluar, continuar o siquiera
criticar, busca, eso sí, complementarla con mi
propia lectura crítica de un asunto caro a la
humanidad entera: qué actitud debe tener el hombre
ante sí y para con sus semejantes, luego qué debe
esperarse del ser humano en su tránsito por este
instante de vida.
Sin agotar, en modo
alguno, lo que deberá ser sustanciado en sendos
escritos, puedo sí argüir lo siguiente, a modo de
inicio:
-
Que el tema, a mi modesto entender,
no es, no debe ser, con o sin fe sino, y antes bien,
con conciencia moral y cómo a partir del ejercicio
permanente de la misma, cada quien manifiesta, a su
leal saber y entender, el sentido de lo trascendente
o si se prefiere llamarlo de otro modo, su
religiosidad.
-
Manifestación ésta que se sustanciará
tanto y a partir de una creencia positiva, bien como
los que profesan la religión de los ateos llamo así
a esa machacona fijación psicopatológica en destruir
permanentemente cualquier atisbo de otredad que otro
pueda argumentar como suya, a la vez que carecer de
un código ético y moral aplicable, conciencia
mediante, en su tránsito vital.
-
Que lo trascendente, también, está,
para otros, digamos los terceros en discordia, en
las acciones cotidianas y en la precariedad de
nuestra vida humana, vida que, en esta tercera
visión, fenece, acaba en cuanto al sujeto y al ego,
por caso el propio Héctor Valle- con su propia
muerte. Trascendencia, pues, que dice relación a
vivir este instante de vida como la eternidad misma:
a pleno, con conciencia, con vergüenza y con
responsabilidad social para con los otros.
La clave de bóveda de
la vida humana: el amor.
Tengo la presunción,
y si estoy errado aguardo se me esclarezca al
respecto, que la clave de bóveda en la construcción
de una vida humana en el hombre, refiere a un
concepto que, por lo general, no nos atrevemos a
manejar públicamente: me refiero al amor.
Y el amor, a mi
criterio, no sólo es la clave de bóveda sino que
precede a toda manifestación de religiosidad o
trascendencia, luego que, para quienes profesan una
creencia positiva como para el que no, el amor está
antes.
El amor es el mismo
umbral de vida, el pórtico que nos permitirá
atravesarla con dignidad, con respeto y desde la
entrega, abierta y generosa, al otro humano que, sin
conocernos ni tampoco nosotros conocerle- incluso
por distante, y hasta por diferente, nos interpela y
a quien debemos pensar para construir una vida
auténticamente trascendente, generadora de espacio
vital para desarrollarnos, en hondura y en altura, a
cabalidad.
Y esto es posible.
Los ejemplos cotidianos, cercanos como lejanos, de
seres que así construyeron y construyen sus vidas,
los tenemos en la punta de la lengua, en el centro
de nuestra retina, en las paredes mismas, cálidas y
vitales, de nuestro corazón.
Este no es un
ejercicio de huida mística sino la mera constatación
de lo que ser humano es o debiera ser. Apenas eso y
con ello, la apelación, incluso a mí mismo se
entiende- a ser o acercarme a ser, y así cada quien,
a estadios de humanidad elevada con los ejemplos de
vida que todos conocemos pero que no suelen estar en
las pantallas del televisor ni tampoco en la
portadas de los periódicos.
Por eso, creo yo,
traer a colación esta seria reflexión de Antonio
Cicero, es una vía adecuada para realizar lo que
debemos realizar permanentemente: el ejercicio de
nuestra conciencia moral.
Sören Kierkegaard
El filósofo danés Sören
Kierkegaard se cuestiona, en el segundo problema
planteado en su obra Temor y Temblor[i]
respecto de si existe un deber absoluto para con
Dios. Aduce así, e inicialmente, que: Lo ético
es lo general y como tal, también lo divino. Por eso
se puede decir con razón que todo deber es, en el
fondo, deber para con Dios; una vez afirmado esto,
puedo añadir que, hablando con propiedad, no tengo
ningún deber para con Dios.
Esto mismo, que el
danés ya lo adelantara en esta misma obra, y a
propósito de si existe una suspensión teleológica de
lo ético, era apuntado de la siguiente manera:
(...) El héroe trágico no establece una relación
privada con la divinidad, sino que para él lo ético
es lo divino; por eso lo paradójico de su situación
puede referirse por mediación a lo general.[ii]
Ahora bien, de
regreso a la cuestión planteada por Kierkegaard en
el segundo problema, notamos que desbroza el sendo
de bosque que va creando, con marchas y
contramarchas, para llegar, a poco de iniciado el
camino, y lo hace de un modo singular que entiendo
debe ser citado a título expreso: La paradoja de la
fe consiste, por lo tanto, en que el Particular es
superior a lo general; en que el Particular para
echar mano de una distinción dogmática usada hoy muy
raras veces- determina su relación con lo general
por su relación con lo absoluto, y no su relación
con lo absoluto por su relación con lo general. La
paradoja se puede también expresar del siguiente
modo: existe un deber absoluto para con Dios, pues
en esta relación de deber, el Particular como tal se
relaciona absolutamente con el absoluto.[iii]
Bien. La cuestión es
que, según mi propio y personal juicio, el deber,
exista religiosidad y ésta se manifieste en una
creencia determinada, el deber primero es, siempre y
en toda circunstancia, para con el otro humano, para
con el otro hombre como para con la otra mujer.
Ese es, a mi
criterio, el deber irrenunciable de un hombre que,
además, quiere ser humano y así, crecer con una
eticidad y una moral, directamente emparentada, por
qué no, con el código bíblico, esa Tabla de
premisas o leyes a ser perseguidas como justas.
Pero la búsqueda de
tales cumplimientos son desde un hombre en situación
erguida y para con sus semejantes y no, permítaseme
decirlo así, en una situación de genuflexión para
con una entidad de otro orden que lo humano que, si
bien puedo aprehender, de hacerlo tiene cabida en
mí, llámese chispa divina, llámese -¿por qué no?- la
propia razón que, al estar de algunos es, habida
cuenta de la diferencia que establece entre el
hombre y el resto de los animales, el toque divino
en aquel, al ser su rasgo distintivo por elevado.
Por otra parte, y ya
en el epílogo de esta obra, Kierkagaard aduce que: Lo
que yo considero como genuinamente humano es la
pasión, en la que cada generación comprende
plenamente a las otras y se comprende a sí misma.
Y continúa: De modo
que ninguna generación ha enseñado a otra a amar, ni
ninguna ha podido comenzar desde un punto que no sea
el inicial, y ninguna ha tenido una tarea más corta
que la precedente; y si no se quiere, como en las
generaciones anteriores, quedarse en el amar, sino
ir más allá, todo esto no será más que un parloteo
tonto tan carente de sentido como inútil.
Para agregar esto que
considero vital en su visión de la cuestión: Pero
la fe es la pasión más grande del hombre y ninguna
generación comienza aquí en otro punto que la
precedente; cada generación comienza desde el
principio, y la siguiente generación no llega más
lejos que la precedente, a condición de que haya
sido fiel a su tarea y no haya renunciado a ella.
Así, Sören Kierkegaard se dispone a culminar su obra
tan recordada y lo hace con conceptos tales como el
siguiente, con el cual termino su cita y
tratamiento: La fe es la
más alta pasión del hombre.
Y yo me rebelo a tal
consideración no por negar la posibilidad de la fe
en el hombre sino por creer y entender que el amor
es constitutivo del hombre, luego su más alta
manifestación de humanidad y así, diferenciándose
del animal, procede, con el instrumento de la razón
convengamos que de una razón sensible, al estar
esta matizada, profundizada por el amor, en sus
diferentes vertientes: fraternal, erótico, etcétera-
Colocar al hombre, en
posición genuflexa ante una supuesta divinidad es, a
mi entender, empequeñecerlo a la vez que tratar a
esa supuesta divinidad de negadora del respeto para
con el humano, luego contradictoria, ambivalente y
carente de ejemplo ético a ser compartido.
Kierkegaard, por otra
parte, debe ser también recordado por un aspecto de
otra de sus obras, a saber O esto o lo otro
que, trata el recordado Diario de un seductor.
Allí, este gran pensador danés, muestra una faceta
de su condición humana, profunda pero turbada, al
dar a conocer no sólo un amor contrariado sino su
propia duda existencial a este respecto y respecto
del amor erótico en sí mismo.
Dice el danés, casi al
finalizar su Diario[iv]
que: (...) Todo a mi alrededor toma un valor
figurado y, yo mismo, delante de mí, me siento un
mito. ¿Acaso no encierra algo mitológico mi correr
de ahora a este encuentro? ¿Qué importa quién soy
yo? Que lo finito y lo mortal desaparezcan y quede
sólo lo eterno: la fuerza del amor, el deseo
infinito y la beatitud. Mi alma es como un arco
tenso, los pensamientos dardos, ya prontos en la
aljaba, no envenenados, mas prontos a penetrar en la
sangre.
Para culminar
diciendo, una vez profundamente contrariado por su
amada Cordelia, manifestando lo que sigue:
Hubo un tiempo en que la amé; pero, de aquí en
adelante, mi alma no puede pertenecerle. Si yo fuese
dios, haría con ella lo mismo que Neptuno hizo con
una ninfa: la transformaría en hombre...[v]
Así culmina
desgarradoramente, un espíritu tan contrariado como
temeroso de manifestar sin ambages sus más profundos
deseos.
Luego, refrendo lo
antes expuesto respecto a que lo más importante, por
esencial y primero en el hombre, es el amor y su
manifestación plena, en un ser que se conoce a sí
mismo. Con ello digo que se acepta, se puede mirar
en el espejo de su interioridad y construirse, en
diálogo con lo humano.
Y si lo requiere,
avanzar en lo trascendente, pero habiendo dado forma
y contenido a su propia existencia, sin
mutilaciones, ni carencias o, menos aun, siguiendo
un camino de fe que, por un dogma, le imponga
mediante el temor, ha vivir en el temblor...
Quizá sea oportuno,
acercándonos al final de esta reflexión inicial, a
la muy buena pieza reflexiva del brasileño Antonio
Cicero, recordar al maestro Immanuel Kant.
Immanuel Kant
El filósofo de
Köningsberg es un maestro del pensar que siempre y
en todo tiempo conviene, siquiera, tener muy
presente a la hora de dirimir cuestiones esenciales
a lo humano.
Esta ocasión, por
cierto, no es menos propicia para su recuerdo. Por
ello, visito su obra La Metafísica de las
Costumbres que, en la introducción a la Doctrina de
la Virtud, expone, a mi criterio con justeza y
claridad, algo que guarda directa relación con lo
aquí tratado y que paso a citar: (379) El término
é t i c a significaba antaño
doctrina de las costumbres (philosophia moralis)
en general, que también se llamaba doctrina de
los deberes. Más tarde se ha creído
conveniente transferir este nombre sólo a una parte
de la doctrina de las costumbres, es decir, a la
doctrina de los deberes que no están sometidos a
leyes externas (...), de modo que ahora el sistema
de la doctrina universal de los deberes se divide en
el sistema de la doctrina del derecho (ius),
que es adecuada para las leyes externas, y de la
doctrina de la virtud (ethica), que no es
adecuada para ellas. Démoslo por bueno.[vi]
Seguidamente, Kant se
interna en el propio examen del concepto de una
doctrina de la virtud, hallando nosotros, entre la
vastedad y alcance de las reflexiones de este
maestro esencial del pensamiento, una distinción, a
propósito del término coacción, que el
propio Kant, por vía de una llamada (o, nota al
pie), encuentra del caso extenderse y que ahora
transcribo: Pero el hombre, como ser
moral, se descubre a la vez (cuando se contempla
objetivamente, a lo cual está determinado por su
razón pura práctica (atendiendo a la humanidad
en su propia persona)) lo suficientemente santo como
para transgredir la ley interna a disgusto;
porque no hay ningún hombre tan perverso que no
sienta en sí una resistencia y un odio hacia
sí mismo con esta transgresión, con lo cual tiene
que coaccionarse a sí mismo.- Ahora bien, es
imposible explicar de que el hombre en esta
encrucijada (donde la hermosa fábula sitúa a
Hércules entre la virtud y la voluptuosidad) muestre
una tendencia más acusada a prestar oído a la
inclinación que a la ley: porque sólo podemos
explicar lo que sucede derivándolo a una causa,
según leyes de la naturaleza; pero con ello no
concebiríamos el arbitrio como libre.- Ahora bien,
esta auto coacción en oposición recíproca y el hecho
de que sea inevitable dan a conocer la inconcebible
propiedad de la libertad misma.[vii]
Y de esto, creo yo,
que se trata la cuestión misma del hombre: de cómo
se dé este, se tutee con la posibilidad de ser
libre, luego, de atreverse a ser, existencial y
trascendentemente, pleno.
Apenas una cita más
de esta obra monumental del pensamiento y del propio
Kant, para luego adentrarnos ya en la culminación de
estas indagaciones preliminares, de la mano de otra
obra del filósofo de Köningsberg o, más exactamente,
de algunas de sus reflexiones morales.
Dice
Kant, en el tercer tercio de la parte que trata
sobre los principios metafísicos de la doctrina de
la virtud, en su obra La Metafísica de las
Costumbres, y al preguntarse sobre ¿Qué es un deber
de virtud?, lo que sigue:¿
La virtud es la fuerza de la máxima del
hombre en el cumplimiento de su deber.- (...) Todos
los deberes encierran el concepto de una coerción
por la ley; los éticos implican una coerción
para la que sólo es posible una legislación interna,
mientras que los deberes jurídicos encierran una
coerción para la que también es posible una
legislación externa; una coerción, por tanto, en
ambos casos, sea auto coacción o coacción ajena; en
tal caso la facultad moral de la primera puede
llamarse virtud y la acción que surge de tal
intención (del respeto a la ley) puede llamarse
acción virtuosa (ética), aunque la ley exprese un
deber jurídico; porque es la doctrina de la
virtud la que ordena considerar sagrado el
derecho de los hombres.
Luego, y sin negar
posibilidad alguna de fe, de creencia religiosa de
especie alguna, claro está, aquellas que lejos de
cerrarse en sí mismas, se permiten estar o quedar
abiertas a la completud de lo humano en lo
trascendente, soy de la idea siguiente:
Todo hombre, como
toda mujer, puede, claro que puede mirar al cielo.
Ahora bien, si la mirada refiere a levantar la cara
en busca de respuestas a la propia existencia, sería
del caso, mirar sí hacia el cielo, pero al cielo de
nuestra interioridad. Al cielo de nuestra morada
interior, algunos suelen llamarle templo interior,
en busca de una respuesta cuya clave de bóveda, como
dijera en la primera parte de esta demorada
reflexión, está en nosotros mismos.
Así, creo yo, es en
el vasto trabajo de edificarnos a nosotros mismos,
con el coraje, el esfuerzo y, ciertamente, el dolor
que ello implica (el ahondar en nuestras fuentes, en
el agua de aljibe que yace en el interior de nuestra
morada), es que podremos avanzar en un sentido
humano y por qué no, trascendente, en mejores por
más nobles, estadios de vida codo a codo con el otro
humano.
En la tentación de
continuar indagando desde las reflexiones del
filósofo Kant, apenas dejaré, en esta ocasión, las
siguientes.
Dice Kant: 6802.
La más alta y suprema ley de la razón es: que la
razón tiene que determinar las acciones libres. Sólo
podemos sentir agrado con ello en tanto que veamos
que ellas están en consonancia con la razón.
Para un ser racional es necesario, antes que nada,
poner la libertad bajo la ley universal de la razón.
Esto consiste en que la disposición de ánimo de la
acción, considerada universalmente, coincida con
el libre arbitrio (consigo mismo) y en que la
libertad, antes que nada, deje de ser libre de
ataduras y carente de leyes.[viii]
Y agrega, en otro
apartado (6964), lo siguiente: La condición
práctica de la razón es que toda acción esté bajo
una regla universalmente válida. La libertad es,
de acuerdo con la naturaleza, una carencia de ley,
por lo tanto, al modo de una cualidad fisiológica y
un simple juego de las inclinaciones;
pero, si es que debe ser objetiva, esto es, estar de
acuerdo con la razón, entonces tiene que tener
reglas universalmente válidas.[ix]
Una última referencia
a este maestro del pensar, que viene de la mano con
lo que queremos profundizar en esta cuestión
planteada.
Dice Kant, lo que sigue: 6966. Todos los
deberes para con uno mismo brotan de la dignidad
interna. Y agrega: 6968.
Lo que constituye la moralidad no son las
consecuencias físicas de las acciones que redundan
en el sujeto, sino la constitución interna. El buen
comportamiento resplandece más sobre el fondo negro
de la infelicidad.[x]
Grande es la cuestión
que el hombre tiene planteada, toda vez que se
atreva a enfrentarse consigo mismo: si la
responsabilidad la transfiere o la asume y, si toma
para sí el coraje de conocerse, o sea, crecer, a y
desde sí mismo, el camino de la reflexión moral
habrá de conducirle, ciertamente, a una conciencia
moral que le permita erguirse ante los suyos y ahí
sí, de quererlo, mirar al cielo en actitud, no de
sumisión sino de indagación.
Porque el hombre
tiene en sí mismo lo divino y esto es, a mí
entender, la propia razón. Pero, advierto que una
razón sensible, una razón que esté matizada,
profundizada desde la pertinencia y entrega de un
ser humano al libre ejercicio del amor, en todas sus
manifestaciones.
Tiempo es que
aquellos y recuerdo a un hombre que desde la colina
donde Rómulo y Remo fueran amamantados por una loba-
entiendan que la razón es cuestión de hombres, de
seres humanos, hombres y mujeres.
Que la libertad es
esencialmente la posibilidad de ser responsable,
amando en el aquí y en el ahora con una ley, con y
ante una norma de comportamiento pero que ésta se
asienta y se comprende en la interioridad misma del
hombre, de la mujer y no, no primeramente al menos,
en una Otredad a la que rendir pleitesía o sufrir
temor por su castigo.
Que si hay que
recordar al bíblico Abraham, prefiero recordarle de
niño cuando, advertido que su padre construía dioses
de barro que otros le encargaban y pagaban para
luego reverenciarlos, éste, el niño Abraham,
enfurecido, destrozó los que estaban a su alrededor,
no reconociendo forma alguna en una divinidad que
obligara a postrarse ante sí.
Luego fue Abraham
creciendo y la Biblia continúa, como lo hace el ser
humano en la tierra, en la aventura cotidiana, dura,
abnegada y no exenta de dolores y fracasos, de
construirse a sí mismo, junto a los otros;
responsablemente.
Reniego de toda
sumisión. Sea ésta ante un Papa o ante otro clérigo
de otra creencia dogmática.
Vano intento, dicho
sea de paso, el intento del primado de la Iglesia
Católica, al intentar colocarse desde la razón para
a partir de ahí construir un cuerpo dogmático tal
que, como contradicción intrínseca y absurda lo
tiene a él mismo: Un hombre que mantiene sin
intención de alterar tal dispositivo, la condición
de infalible, no puede, no debe, por fútil, intentar
argüir ante el resto del mundo intelectual, y
trascendentemente, libre, pasar por un hombre de
razón o de razón sensible.
Podrá ser él, el
Papa, un ser digno con un cuerpo dogmático que hace
relación a la defensa de las leyes de su Dios, pero
jamás podrá, con argumentos, sostener que él mismo
es un hombre libre pues no permite que otro lo
interpele y si le halla en error, ceder ante el
desconocido.
Bueno sería, en este difícil
intento del Papa, que renunciara ya a su
infalibilidad. Infalibilidad que, si recordamos
incluso leyendo a ese gran teólogo católico pero
ecuménico, llamado Hans Küng, en su obra El
Cristianismo[xi]-
fue conseguida de manera oprobiosa, en una lucha
palaciega burda y teñida de oscuras situaciones para
arribar a un consenso que encorseta a esa creencia
religiosa cuando quiere pretende ser una doctrina
con base racional y abierta.
A todas las creencias
dogmáticas, pues, el respetarlas, desde sus
respectivos corpus, en tanto estos valoren las
libertades del individuo, desde que uno mismo
suscribe a la propia y natural religiosidad y antes
bien, a permitirse amar y ser amado. Y así crecer,
en lo humano.
El hombre, en sí y
por sí, tiene interioridad, tiene religiosidad y,
por cierto que no carece de trascendencia. Posee
todo esto en tanto en cuanto recuerde recordemos-
que hay un deber ético primero e indelegable:
construirnos como humanos en la mirada atenta, y
responsable, para con el otro, pues en el hombre es
un ser en relación con otro hombre.
[i]
Kierkegaard, Sören, Temor y Temblor,
Editorial Tecnos, Madrid, año 1998, Págs.
57- 68.
[iii]
Ídem, Págs. 58 y 59.
[iv]
Kierkegaard, Sören, Diario de un seductor,
Ediciones Fontamara, México, año 1999, Pág.
130.
[vi]
Kant, Immanuel, La Metafísica de las
Costumbres, editorial Tecnos, Madrid, año
2005, Pág. 379.
[viii]
Kant, Immanuel, Reflexiones sobre Filosofía
Moral, Ediciones Sígueme, Salamanca, año
2004, Pág.131.
[xi]
Küng, Hans, El Cristianismo, Editorial
Trotta, Madrid, año 1997, Págs. 329 y ss.
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