La tesis de Iván Karamazov
Respuesta a Antonio Cicero

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Al amigo José Humberto

El poeta y filósofo brasileño Antonio Cicero (Río de Janeiro, 1945) es un hombre que se tutea con las altas cumbres de la poesía latinoamericana, a la vez que filosofa con particular incisión y apertura de miras.

 

Ciertamente, su tránsito poético es un umbral no sólo indispensable sino incluso superior para acceder a un pensar más hondo y abarcador.

 

Así, este carioca de ley, también es, un testigo de lo cotidiano que se expresa a la vez periodísticamente.

 

En este sentido, su artículo del pasado 21 de abril en el diario Folha de São Paulo, versa sobre la tesis de Iván Karamazov, (parte misma de la novela “Los hermanos Karamazov”, de Fiódor Dostoievski), que dice lo siguiente: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

 

Cícero coloca un subtítulo al artículo en cuestión, a modo de sustanciación de su propia idea del asunto, que dice lo siguiente: “Lejos de ser el fundamento de la ética, la fe en Dios es la condición de relativizar la ética.”

 

Cicero, a lo largo de su reflexión, que uno no puede dejar de recomendar sea leída en su totalidad, tanto visita la obra de Dostoiévski, cuanto la del propio Sören Kierkegaard, no sin antes referirse –razón por la cual luego apela a Kierkegaard- al bíblico Abraham y la prueba a que Dios lo enfrenta, respecto de su fidelidad a éste y el amor a su propio hijo, cuya vida, en principio, Aquel pide en muestra de fe.

 

La reflexión del poeta brasileño, atiende a una realidad, cual es la de intentar comprender sobre la fe y la religiosidad de los brasileños, algo que aquí se extiende al resto de la América del Sur, como eje de nuestra mirada.

 

Disquisición mediante sobre la pertinencia de la tesis de Iván Karamazov, si esta puede ser tomada por válida o no, Cicero se interna en cuestiones aun más serias al entrar, por ejemplo, en la posibilidad de contradicción entre los mandamientos de Dios y su propia actitud contradictoria por acciones e inacciones, frente a los mismos.


Asimismo, y al citar a Kierkegaard, Cicero alega, con razón, que: “Como se sabe, fue sobre ese episodio –el de Dios, Abraham y el hijo de éste- que Kierkegaard escribió las páginas impresionantes de “Temor y Temblor”. En ellas, él muestra que, desde el punto de vista  puramente ético, no se justificaría la prontitud de Abraham.”

 

A lo que añade, Antonio Cicero, un elemento que considero clave en su exposición sobre el punto: “Sólo la fe –superior, según Kierkegaard a la ética, por constituir una relación individual y absoluta con Dios- justifica la actitud de Abraham. De ese modo, gracias a la religión, la esfera de la ética es relativizada por la fe.

 

Y así, llega Cicero a su propia lectura de la situación objeto de estudio: “Siendo así” –alega nuestro poeta y filósofo- “debemos invertir la tesis de Iván Karamazov: no sólo no es verdad que, si Dios no existe, todo está permitido –ya que, como vimos, no es permitido matar, sino, y al contrario, es si Dios existe que todo está permitido. Lejos de ser el fundamento de la ética, la fe en Dios es la condición de relativizar y, en el límite, negar la ética.

 

Por tanto, termina alegando Antonio Cicero, “Eso recuerda las palabras del físico norteamericano Steven Weinberg, poseedor de un Premio Nobel de Física: “Con o sin religión, las personas bien intencionadas harán el bien y las personas mal intencionadas harán el mal; pero, para que las personas bien intencionadas hagan el mal, es preciso la religión”. Fin del artículo aquí citado.

 

A modo de reflexión inicial:

Reflexión la mía que, lejos de pretender evaluar, continuar o siquiera criticar, busca, eso sí, complementarla con mi propia lectura crítica de un asunto caro a la humanidad entera: qué actitud debe tener el hombre ante sí y para con sus semejantes, luego qué debe esperarse del ser humano en su tránsito por este instante de vida.

 

Sin agotar, en modo alguno, lo que deberá ser sustanciado en sendos escritos, puedo sí argüir lo siguiente, a modo de inicio:

 

-         Que el tema, a mi modesto entender, no es, no debe ser, con o sin fe sino, y antes bien, con conciencia moral y cómo a partir del ejercicio permanente de la misma, cada quien manifiesta, a su leal saber y entender, el sentido de lo trascendente o si se prefiere llamarlo de otro modo, su religiosidad.

 

-         Manifestación ésta que se sustanciará tanto y a partir de una creencia positiva, bien como los que profesan la religión de los ateos –llamo así a esa machacona fijación psicopatológica en destruir permanentemente cualquier atisbo de otredad que otro pueda argumentar como suya, a la vez que carecer de un código ético y moral aplicable, conciencia mediante, en su tránsito vital.

 

-         Que lo trascendente, también, está, para otros, digamos los terceros en discordia, en las acciones cotidianas y en la precariedad de nuestra vida humana, vida que, en esta tercera visión, fenece, acaba –en cuanto al sujeto y al ego, por caso el propio Héctor Valle- con su propia muerte. Trascendencia, pues, que dice relación a vivir este instante de vida como la eternidad misma: a pleno, con conciencia, con vergüenza y con responsabilidad social para con los otros.

 

 

La clave de bóveda de la vida humana: el amor.

Tengo la presunción, y si estoy errado aguardo se me esclarezca al respecto, que la clave de bóveda en la construcción de una vida humana en el hombre, refiere a un concepto que, por lo general, no nos atrevemos a manejar públicamente: me refiero al amor.

 

Y el amor, a mi criterio, no sólo es la clave de bóveda sino que precede a toda manifestación de religiosidad o trascendencia, luego que, para quienes profesan una creencia positiva como para el que no, el amor está antes.

 

El amor es el mismo umbral de vida, el pórtico que nos permitirá atravesarla con dignidad, con respeto y desde la entrega, abierta y generosa, al otro humano que, sin conocernos –ni tampoco nosotros conocerle- incluso por distante, y hasta por diferente, nos interpela y a quien debemos “pensar” para construir una vida auténticamente trascendente, generadora de espacio vital para desarrollarnos, en hondura y en altura, a cabalidad.

 

Y esto es posible. Los ejemplos cotidianos, cercanos como lejanos, de seres que así construyeron y construyen sus vidas, los tenemos en la punta de la lengua, en el centro de nuestra retina, en las paredes mismas, cálidas y vitales, de nuestro corazón.

 

Este no es un ejercicio de huida mística sino la mera constatación de lo que ser humano es o debiera ser. Apenas eso y con ello, la apelación, incluso a mí mismo –se entiende- a ser o acercarme a ser, y así cada quien, a estadios de humanidad elevada con los ejemplos de vida que todos conocemos pero que no suelen estar en las pantallas del televisor ni tampoco en la portadas de los periódicos.

 

Por eso, creo yo, traer a colación esta seria reflexión de Antonio Cicero, es una vía adecuada para realizar lo que debemos realizar permanentemente: el ejercicio de nuestra conciencia moral.

 

Sören Kierkegaard

El filósofo danés Sören Kierkegaard se cuestiona, en el segundo problema planteado en su obra “Temor y Temblor”[i] respecto de si existe un deber absoluto para con Dios. Aduce así, e inicialmente, que: “Lo ético es lo general y como tal, también lo divino. Por eso se puede decir con razón que todo deber es, en el fondo, deber para con Dios; una vez afirmado esto, puedo añadir que, hablando con propiedad, no tengo ningún deber para con Dios.”

 

Esto mismo, que el danés ya lo adelantara en esta misma obra, y a propósito de si existe una suspensión teleológica de lo ético, era apuntado de la siguiente manera: “(...) El héroe trágico no establece una relación privada con la divinidad, sino que para él lo ético es lo divino; por eso lo paradójico de su situación puede referirse por mediación a lo general.”[ii]

 

Ahora bien, de regreso a la cuestión planteada por Kierkegaard en el segundo problema, notamos que desbroza el sendo de bosque que va creando, con marchas y contramarchas, para llegar, a poco de iniciado el camino,  y lo hace de un modo singular que entiendo debe ser citado a título expreso: “La paradoja de la fe consiste, por lo tanto, en que el Particular es superior a lo general; en que el Particular –para echar mano de una distinción dogmática usada hoy muy raras veces-  determina su relación con lo general por su relación con lo absoluto, y no su relación con lo absoluto por su relación con lo general. La paradoja se puede también expresar del siguiente modo: existe un deber absoluto para con Dios, pues en esta relación de deber, el Particular como tal se relaciona absolutamente con el absoluto.”[iii]

 

Bien. La cuestión es que, según mi propio y personal juicio, el deber, exista religiosidad y ésta se manifieste en una creencia determinada, el deber primero es, siempre y en toda circunstancia, para con el otro humano, para con el otro hombre como para con la otra mujer.

 

Ese es, a mi criterio, el deber irrenunciable de un hombre que, además, quiere ser humano y así, crecer con una eticidad y una moral, directamente emparentada, por qué no, con el código bíblico, esa “Tabla” de premisas o leyes a ser perseguidas como justas.

 

Pero la búsqueda de tales cumplimientos son desde un hombre en situación erguida y para con sus semejantes y no, permítaseme decirlo así, en una situación de genuflexión para con una entidad de otro orden que lo humano que, si bien puedo aprehender, de hacerlo tiene cabida en mí, llámese chispa divina, llámese -¿por qué no?- la propia razón que, al estar de algunos es, habida cuenta de la diferencia que establece entre el hombre y el resto de los animales, el toque divino en aquel, al ser su rasgo distintivo por elevado.

 

Por otra parte, y ya en el epílogo de esta obra, Kierkagaard aduce que: “Lo que yo considero como genuinamente humano es la pasión, en la que cada generación comprende plenamente a las otras y se comprende a sí misma.

 

Y continúa: “De modo que ninguna generación ha enseñado a otra a amar, ni ninguna ha podido comenzar desde un punto que no sea el inicial, y ninguna ha tenido una tarea más corta que la precedente; y si no se quiere, como en las generaciones anteriores, quedarse en el amar, sino ir más allá, todo esto no será más que un parloteo tonto tan carente de sentido como inútil.”

 

Para agregar esto que considero vital en su visión de la cuestión: “Pero la fe es la pasión más grande del hombre y ninguna generación comienza aquí en otro punto que la precedente; cada generación comienza desde el principio, y la siguiente generación no llega más lejos que la precedente, a condición de que haya sido fiel a su tarea y no haya renunciado a ella”.


Así, Sören Kierkegaard se dispone a culminar su obra tan recordada y lo hace con conceptos tales como el siguiente, con el cual termino su cita y tratamiento: “
La fe es la más alta pasión del hombre.”

 

Y yo me rebelo a tal consideración no por negar la posibilidad de la fe en el hombre sino por creer y entender que el amor es constitutivo del hombre, luego su más alta manifestación de humanidad y así, diferenciándose del animal, procede, con el instrumento de la razón –convengamos que de una razón sensible, al estar esta matizada, profundizada por el amor, en sus diferentes vertientes: fraternal, erótico, etcétera-

 

Colocar al hombre, en posición genuflexa ante una supuesta divinidad es, a mi entender, empequeñecerlo a la vez que tratar a esa supuesta divinidad de negadora del respeto para con el humano, luego contradictoria, ambivalente y carente de ejemplo ético a ser compartido.

 

Kierkegaard, por otra parte, debe ser también recordado por un aspecto de otra de sus obras, a saber “O esto o lo otro” que, trata el recordado “Diario de un seductor”. Allí, este gran pensador danés, muestra una faceta de su condición humana, profunda pero turbada, al dar a conocer no sólo un amor contrariado sino su propia duda existencial a este respecto y respecto del amor erótico en sí mismo.

 

Dice el danés, casi al finalizar su Diario[iv] que: “(...) Todo a mi alrededor toma un valor figurado y, yo mismo, delante de mí, me siento un mito. ¿Acaso no encierra algo mitológico mi correr de ahora a este encuentro? ¿Qué importa quién soy yo? Que lo finito y lo mortal desaparezcan y quede sólo lo eterno: la fuerza del amor, el deseo infinito y la beatitud. Mi alma es como un arco tenso, los pensamientos dardos, ya prontos en la aljaba, no envenenados, mas prontos a penetrar en la sangre.”

 

Para culminar diciendo, una vez profundamente contrariado por su amada Cordelia, manifestando lo que sigue: “Hubo un tiempo en que la amé; pero, de aquí en adelante, mi alma no puede pertenecerle. Si yo fuese dios, haría con ella lo mismo que Neptuno hizo con una ninfa: la transformaría en hombre...”[v]

 

Así culmina desgarradoramente, un espíritu tan contrariado como temeroso de manifestar sin ambages sus más profundos deseos.

 

Luego, refrendo lo antes expuesto respecto a que lo más importante, por esencial y primero en el hombre, es el amor y su manifestación plena, en un ser que se conoce a sí mismo. Con ello digo que se acepta, se puede mirar en el espejo de su interioridad y construirse, en diálogo con lo humano.

 

Y si lo requiere, avanzar en lo trascendente, pero habiendo dado forma y contenido a su propia existencia, sin mutilaciones, ni carencias o, menos aun, siguiendo un camino de fe que, por un dogma, le imponga mediante el temor, ha vivir en el temblor...

 

Quizá sea oportuno, acercándonos al final de esta reflexión inicial, a la muy buena pieza reflexiva del brasileño Antonio Cicero, recordar al maestro Immanuel Kant.

 

Immanuel Kant

El filósofo de Köningsberg es un maestro del pensar que siempre y en todo tiempo conviene, siquiera, tener muy presente a la hora de dirimir cuestiones esenciales a lo humano.

 

Esta ocasión, por cierto, no es menos propicia para su recuerdo. Por ello, visito su obra “La Metafísica de las Costumbres” que, en la introducción a la Doctrina de la Virtud, expone, a mi criterio con justeza y claridad, algo que guarda directa relación con lo aquí tratado y que paso a citar: “(379) El término  é t i c a significaba antaño doctrina de las costumbres (philosophia moralis) en general, que también se llamaba doctrina de los deberes. Más tarde se ha creído conveniente transferir este nombre sólo a una parte de la doctrina de las costumbres, es decir, a la doctrina de los deberes que no están sometidos a leyes externas (...), de modo que ahora el sistema de la doctrina universal de los deberes se divide en el sistema de la doctrina del derecho (ius), que es adecuada para las leyes externas, y de la doctrina de la virtud (ethica), que no es adecuada para ellas. Démoslo por bueno.”[vi]

 

Seguidamente, Kant se interna en el propio examen del concepto de una doctrina de la virtud, hallando nosotros, entre la vastedad y alcance de las reflexiones de este maestro esencial del pensamiento, una distinción, a propósito del término coacción, que el propio Kant, por vía de una “llamada” (o, nota al pie), encuentra del caso extenderse y que ahora transcribo: “ Pero el hombre, como ser moral, se descubre a la vez (cuando se contempla objetivamente, a lo cual está determinado por su razón pura práctica (atendiendo a la humanidad en su propia persona)) lo suficientemente santo como para transgredir la ley interna a disgusto; porque no hay ningún hombre tan perverso que no sienta en sí una resistencia y un odio hacia sí mismo con esta transgresión, con lo cual tiene que coaccionarse a sí mismo.- Ahora bien, es imposible explicar de que el hombre en esta encrucijada (donde la hermosa fábula sitúa a Hércules entre la virtud y la voluptuosidad) muestre una tendencia más acusada a prestar oído a la inclinación que a la ley: porque sólo podemos explicar lo que sucede derivándolo a una causa, según leyes de la naturaleza; pero con ello no concebiríamos el arbitrio como libre.- Ahora bien, esta auto coacción en oposición recíproca y el hecho de que sea inevitable dan a conocer la inconcebible propiedad de la libertad misma.[vii]

 

Y de esto, creo yo, que se trata la cuestión misma del hombre: de cómo se dé este, se tutee con la posibilidad de ser libre, luego, de atreverse a ser, existencial y trascendentemente, pleno.

 

Apenas una cita más de esta obra monumental del pensamiento y del propio Kant, para luego adentrarnos ya en la culminación de estas indagaciones preliminares, de la mano de otra obra del filósofo de Köningsberg o, más exactamente, de algunas de sus reflexiones morales.

 

Dice Kant, en el tercer tercio de la parte que trata sobre los principios metafísicos de la doctrina de la virtud, en su obra “La Metafísica de las Costumbres”, y al preguntarse sobre ¿Qué es un deber de virtud?,  lo que sigue:¿ “La virtud es la fuerza de la máxima del hombre en el cumplimiento de su deber.- (...) Todos los deberes encierran el concepto de una coerción por la ley; los éticos implican una coerción para la que sólo es posible una legislación interna, mientras que los deberes jurídicos encierran una coerción para la que también es posible una legislación externa; una coerción, por tanto, en ambos casos, sea auto coacción o coacción ajena; en tal caso la facultad moral de la primera puede llamarse virtud y la acción que surge de tal intención (del respeto a la ley) puede llamarse acción virtuosa (ética), aunque la ley exprese un deber jurídico; porque es la doctrina de la virtud la que ordena considerar sagrado el derecho de los hombres.”

 

Luego, y sin negar posibilidad alguna de fe, de creencia religiosa de especie alguna, claro está, aquellas que lejos de cerrarse en sí mismas, se permiten estar o quedar abiertas a la completud de lo humano en lo trascendente, soy de la idea siguiente:

 

Todo hombre, como toda mujer, puede, claro que puede mirar al cielo. Ahora bien, si la mirada refiere a levantar la cara en busca de respuestas a la propia existencia, sería del caso, mirar sí hacia el cielo, pero al cielo de nuestra interioridad. Al cielo de nuestra morada interior, algunos suelen llamarle templo interior, en busca de una respuesta cuya clave de bóveda, como dijera en la primera parte de esta demorada reflexión, está en nosotros mismos.

 

Así, creo yo, es en el vasto trabajo de edificarnos a nosotros mismos, con el coraje, el esfuerzo y, ciertamente, el dolor que ello implica (el ahondar en nuestras fuentes, en el agua de aljibe que yace en el interior de nuestra morada), es que podremos avanzar en un sentido humano y por qué no, trascendente, en mejores por más nobles, estadios de vida codo a codo con el otro humano.

 

En la tentación de continuar indagando desde las reflexiones del filósofo Kant, apenas dejaré, en esta ocasión, las siguientes.

 

Dice Kant: “6802. La más alta y suprema ley de la razón es: que la razón tiene que determinar las acciones libres. Sólo podemos sentir agrado con ello en tanto que veamos que ellas están en consonancia con la razón. Para un ser racional es necesario, antes que nada, poner la libertad bajo la ley universal de la razón. Esto consiste en que la disposición de ánimo de la acción, considerada universalmente, coincida con el libre arbitrio (consigo mismo) y en que la libertad, antes que nada, deje de ser libre de ataduras y carente de leyes.”[viii]

 

Y agrega, en otro apartado (6964), lo siguiente: “La condición práctica de la razón es que toda acción esté bajo una regla universalmente válida. La libertad es, de acuerdo con la naturaleza, una carencia de ley, por lo tanto, al modo de una cualidad fisiológica y un simple juego de las inclinaciones; pero, si es que debe ser objetiva, esto es, estar de acuerdo con la razón, entonces tiene que tener reglas universalmente válidas.”[ix]

 

Una última referencia a este maestro del pensar, que viene de la mano con lo que queremos profundizar en esta cuestión planteada.


Dice Kant, lo que sigue:  “6966. Todos los deberes para con uno mismo brotan de la dignidad interna.” Y agrega: “
6968. Lo que constituye la moralidad no son las consecuencias físicas de las acciones que redundan en el sujeto, sino la constitución interna. El buen comportamiento resplandece más sobre el fondo negro de la infelicidad.”[x]

 

Grande es la cuestión que el hombre tiene planteada, toda vez que se atreva a enfrentarse consigo mismo: si la responsabilidad la transfiere o la asume y, si toma para sí el coraje de conocerse, o sea, crecer, a y desde sí mismo, el camino de la reflexión moral habrá de conducirle, ciertamente, a una conciencia moral que le permita erguirse ante los suyos y ahí sí, de quererlo, mirar al cielo en actitud, no de sumisión sino de indagación.

 

Porque el hombre tiene en sí mismo lo “divino” y esto es, a mí entender, la propia razón. Pero, advierto que una razón sensible, una razón que esté matizada, profundizada desde la pertinencia y entrega de un ser humano al libre ejercicio del amor, en todas sus manifestaciones.

 

Tiempo es que aquellos –y recuerdo a un hombre que desde la colina donde Rómulo y Remo fueran amamantados por una loba- entiendan que la razón es cuestión de hombres, de seres humanos, hombres y mujeres.

 

Que la libertad es esencialmente la posibilidad de ser responsable, amando en el aquí y en el ahora con una ley, con y ante una norma de comportamiento pero que ésta se asienta y se comprende en la interioridad misma del hombre, de la mujer y no, no primeramente al menos, en una Otredad a la que rendir pleitesía o sufrir temor por su castigo.

 

Que si hay que recordar al bíblico Abraham, prefiero recordarle de niño cuando, advertido que su padre construía dioses de barro que otros le encargaban y pagaban para luego reverenciarlos, éste, el niño Abraham, enfurecido, destrozó los que estaban a su alrededor, no reconociendo forma alguna en una divinidad que obligara a postrarse ante sí.

 

Luego fue Abraham creciendo y la Biblia continúa, como lo hace el ser humano en la tierra, en la aventura cotidiana, dura, abnegada y no exenta de dolores y fracasos, de construirse a sí mismo, junto a los otros; responsablemente.

 

Reniego de toda sumisión. Sea ésta ante un Papa o ante otro clérigo de otra creencia dogmática.

 

Vano intento, dicho sea de paso, el intento del primado de la Iglesia Católica, al intentar colocarse desde la razón para a partir de ahí construir un cuerpo dogmático tal que, como contradicción intrínseca y absurda lo tiene a él mismo: Un hombre que mantiene sin intención de alterar tal dispositivo, la condición de infalible, no puede, no debe, por fútil, intentar argüir ante el resto del mundo intelectual, y trascendentemente, libre, pasar por un hombre de razón o de razón sensible.

 

Podrá ser él, el Papa, un ser digno con un cuerpo dogmático que hace relación a la defensa de las leyes de su Dios, pero jamás podrá, con argumentos, sostener que él mismo es un hombre libre pues no permite que otro lo interpele y si le halla en error, ceder ante el desconocido.

 

Bueno sería, en este difícil intento del Papa, que renunciara ya a su “infalibilidad”. Infalibilidad que, si recordamos –incluso leyendo a ese gran teólogo católico pero ecuménico, llamado Hans Küng, en su obra “El Cristianismo”[xi]- fue conseguida de manera oprobiosa, en una lucha palaciega burda y teñida de oscuras situaciones para arribar a un consenso que encorseta a esa creencia religiosa cuando quiere pretende ser una doctrina con base racional y abierta.

 

A todas las creencias dogmáticas, pues, el respetarlas, desde sus respectivos corpus, en tanto estos valoren las libertades del individuo, desde que uno mismo suscribe a la propia y natural religiosidad y antes bien, a permitirse amar y ser amado. Y así crecer, en lo humano.

 

El hombre, en sí y por sí, tiene interioridad, tiene religiosidad y, por cierto que no carece de trascendencia. Posee todo esto en tanto en cuanto recuerde –recordemos- que hay un deber ético primero e indelegable: construirnos como humanos en la mirada atenta, y responsable, para con el otro, pues en el hombre es un ser en relación con otro hombre.

 

[i] Kierkegaard, Sören, Temor y Temblor,  Editorial Tecnos, Madrid, año 1998, Págs. 57- 68.

[ii] Ob. Cit., Pág. 50.

[iii] Ídem, Págs. 58 y 59.

[iv] Kierkegaard, Sören, Diario de un seductor, Ediciones Fontamara, México, año 1999, Pág. 130.

[v] Ídem, Pág. 131.

[vi] Kant, Immanuel, La Metafísica de las Costumbres, editorial Tecnos, Madrid, año 2005, Pág. 379.

[vii] Idem, Pág, 380. 

[viii] Kant, Immanuel, Reflexiones sobre Filosofía Moral, Ediciones Sígueme, Salamanca, año 2004, Pág.131.

[ix] Ídem, Pág. 132.

[x] Ibidem, Pág. 133. 

[xi] Küng, Hans, El Cristianismo, Editorial Trotta, Madrid, año 1997, Págs. 329 y ss.

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