El imperialismo no es la
“fase superior del capitalismo”
por el profesor José Luis Fiori

“Nunca debería olvidarse que así fue como

comenzó el Imperio Británico: en un torbellino

de violencia y expolio acarreado por mar”.

 Niall Ferguson, Empire, Penguin Books, pág. 1.

 

Inglaterra fue una potencia secundaria, dentro de Europa, hasta el siglo XVII. No tenía recursos para participar en la gran guerra europea de los “30 años”, entre 1618 y 1648 y, en 1688, el rey James II todavía recibía una “mensualidad” por parte de Luís XIV para poder cerrar su presupuesto. Por esto, los ingleses  entraron en la carrera colonial europea muy tarde, después de 1660, primero en el Caribe, y después en la India. Pero, desde entonces, el poder de Inglaterra creció de forma rápida y continua, permitiendo que impusiera su supremacía colonial en el mundo, y su hegemonía en Europa, antes de la Revolución Industrial. Y cuando la libra se transformó en la moneda de referencia internacional, a partir de 1870, el Imperio Británico ya era el más extenso y poderoso de toda la historia de la humanidad.

 

Existe un consenso entre los historiadores respecto del papel que tuvieron tanto la India como los Estados Unidos en la historia de este éxito político y económico de Gran Bretaña, aun después de la Revolución Americana, que no interrumpió la expansión inglesa en América. Por el contrario, fue después de la independencia norteamericana y de la victoria inglesa sobre Francia en 1815, que los Estados Unidos se transformaron en la frontera de expansión del capital financiero y del capitalismo inglés, sellando una alianza estratégica, y creando un “territorio económico” casi continuo. Sin esta alianza, por otro lado, sería imposible entender la osadía precoz y el éxito del propio expansionismo americano, que comenzó prácticamente al año siguiente de la independencia. Desde entonces, como en el caso de Gran Bretaña, los Estados Unidos acumularon de forma continua territorios y posiciones de poder internacional. Apenas un año después de la firma del Tratado de paz con Gran Bretaña, en 1784, los comerciantes americanos ya estaban presentes en los puertos de Asia y de África.

 

Y luego, al iniciarse el siglo XIX, el gobierno americano ya se sentía autorizado a proteger a sus comerciantes enviando “expediciones punitivas” para bombardear las ciudades de Trípoli y Argel, en 1801 y 1815, una práctica que sólo era común entre las viejas potencias coloniales europeas. De la misma manera, los Estados Unidos participaron y se beneficiaron, al lado de las grandes potencias europeas, de varios Tratados Comerciales –los “tratados infames”- impuestos a países africanos y asiáticos, como en el caso de China, en 1844, y de Japón, en 1854.

 

Además de esto, dentro de América del Norte, los Estados Unidos expandieron su territorio de forma permanente, conquistando de forma sucesiva Florida en 1819, Texas en 1835, Oregon en 1846, Nuevo México y California en 1848, más otros territorios indígenas que sólo se rindieron completamente después de 27 guerras, acontecidas entre 1811 y 1891.

 

Finalmente, después de la formulación de la Doctrina Monroe, en 1823, los Estados Unidos se consideraron con derecho a la hegemonía exclusiva dentro del “hemisferio occidental”, y en nombre de esta supremacía intervinieron en Santo Domingo en 1861, en México, en 1867, en Venezuela, en 1887, y en Brasil, en 1883. Después declararon y ganaron la Guerra Hispano-Americana, en 1898, conquistando Cuba, Guam, Puerto Rico y Filipinas, para enseguida intervenir en Haití, en 1902, Panamá, en 1903, República Dominicana, en 1905, Cuba, en 1906 y, nuevamente, Haití, en 1912. Asumiendo, entre 1900 y 1914, el protectorado militar y financiero de la República Dominicana, de Haití, de Nicaragua, de Panamá y de Cuba, y transformando definitivamente el Caribe y América Central en su “zona de seguridad” inmediata e incontestable.

 

Como consecuencia, en el momento de la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos ya detentaban la hegemonía en América, poseían una presencia relevante en Asia, y tuvieron una participación decisiva para la victoria de Gran Bretaña y de Francia, en Europa, y en las decisiones de la Conferencia de Paz de Versalles, en 1919. Pero fue sólo después de la Segunda Gran Guerra que los norteamericanos ocuparon el lugar de Gran Bretaña dentro del sistema mundial, imponiendo su hegemonía en Europa y en Asia, y también en Medio Oriente, después de la Crisis de Suez, en 1956.

 

 El nuevo orden mundial bipolar construido después de la Segunda Gran Guerra, mantuvo la vieja alianza estratégica de los Estados Unidos con Gran Bretaña y con los demás “pueblos de lengua inglesa”. Pero, además, estableció un férreo control militar sobre Europa y Asia, y creó una ingeniería económica original y virtuosa con relación a Alemania y Japón, que fueron transformados en “protectorados militares” de los Estados Unidos y en pivotes del proceso de reconstrucción económica de Europa y del Sudeste Asiático.

 

Es importante percibir que fue sólo después de la consolidación definitiva de este poder global de los Estados Unidos, que se estabilizó el nuevo sistema monetario internacional “dólar-euro” y se aceleró el proceso de internacionalización productiva del capital, liderado por las grandes corporaciones multinacionales norteamericanas. Pero este proceso de expansión del poder americano no paró con la victoria de la Segunda Guerra, y dio un nuevo salto con el fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría, en 1991. Y de nuevo sucedió la misma cosa: después de esta nueva victoria del poder global de los Estados Unidos, se aceleró la “globalización financiera” y la moneda americana se transformó en la primera moneda internacional sin referencia metálica, sustentada apenas en el poder de los Estados Unidos, y en la “credibilidad” de sus títulos de Deuda Pública.

 

Como puede verse, las historias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos se funden y se prolongan en una misma dirección, pero no existe aun una explicación definitiva del expansionismo de estos Estados imperiales. A pesar de esto, su historia permite extraer dos conclusiones muy probables: 1) el liderazgo económico liberal de la acumulación capitalista –a escala mundial- siempre estará en las manos de potencias expansionistas; y 2) el imperialismo no es la “fase superior del capitalismo”; por el contrario, es su punto de partida y su condición permanente, o, por lo menos, fue y ha sido así en el caso del capitalismo liberal anglo-americano. 

José Luis Fiori: profesor de ciencia política en la Universidad de Río de Janeiro

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