La importancia de ser libre
(I) – El factor ciudadanía
por  Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

El hombre se construye como ser social o no es hombre. No al menos, como humano que se piensa, luego se relaciona con el otro y a partir de ahí, toma conciencia de sí, al conocerse y así, sucesivamente, construirse como persona.

 

La persona por tanto es no ya lo contrario del individuo, del átomo, sino su ampliación en sensibilidad, en racionalidad y, ciertamente, en responsabilidad. Una responsabilidad que, como suelo decir -recogiendo el mejor legado de los hombres y de las mujeres que pensaron, y actuaron, en función del ser social, de su consolidación-, lo es en tanto y en cuanto social. Es decir, la responsabilidad personal existe como tal en un ser humano que tiene muy presente y actúa, por tanto, en función de las necesidades de ese otro que lo interpela y convoca.

 

Así, creo yo, llegamos a estar al descampado, conscientes e interpelándonos respecto de cómo construir, es decir de qué manera proceder a una mejora de nuestra condición humana, luego la de nuestra comunidad, como parte de la humanidad toda, nunca en forma aislada, menos aun, enfrentada.

 

Dos maestros del pensar –y, especialmente, del obrar- vienen a mi memoria ahora: Hannah Arendt y Norberto Bobbio.

 

Aquella mujer libre y ciudadana del mundo, femenina, valerosa y abierta a la escucha del otro, nos dijo que un ciudadano, una ciudadana, lo es, lo son, cuando se atreven a salir, desde su espacio íntimo –esa casa donde tantas veces opera el “pater familias”- y van hacia la plaza a escuchar como a hacer oír su voz, asumiendo su corresponsabilidad en los destinos de la polis que los congrega. A ella, a la señora Hannah Arendt, volveré, específicamente, en posteriores entregas del asunto que aquí inicio.

 

Asimismo, el italiano Bobbio, ese hombre superior, afirmaba que: “(...) En la teoría política  se recurre a la distinción entre voluntad colectiva o “general” (usando la expresión rousseauniana), que sería la verdadera voluntad del cuerpo social, y voluntad individual, es decir, la de ciudadanos singulares tomados individualmente; y se considera libre la voluntad que también en este caso obedece a la primera y no a la segunda.”[i]

 

Claro está que, como el propio pensador italiano reflexiona inmediatamente después, esto dicho así, sin más, presenta no sólo a los defensores de la libertad “negativa”, en su contra, sino y más importante aun, si nosotros mismos no lo adensamos, no lo especificamos con mayor detenimiento y profundidad, podría, perfectamente, caer una sombra sobre qué tipo de libertad es la que nos convoca.

 

Luego, debemos decir, junto con Bobbio que: “La verdadera dificultad estriba si acaso en identificar históricamente y en proyectar prácticamente una voluntad colectiva tal que las decisiones por ella tomadas hayan de asumirse como la máxima y mejor expresión de la voluntad de cada individuo, de modo que cada uno, “obedeciendo a todos”, por decirlo con Rousseau, “no obedezca a nadie y sea libre como antes”. Se trata, por lo demás, de una dificultad política, no de una dificultad conceptual. Que políticamente la libertad positiva, como autodeterminación colectiva sea  un ideal-límite, no obsta para que sea un ideal continuamente propuesto y que sea lícito considerar un régimen tanto más deseable cuanto más se le acerque.”[ii]

 

Convengamos, entonces, en que este es un punto de partida, por decirlo de alguna manera, más que válido. Luego, cada quien irá proyectando sus propias y respetables objeciones o aportaciones a la mejora de lo que aquí vamos tratando de discernir, en comunidad con los otros.

 

Digamos también que si el “yo” y la individualidad son cosas del pensamiento moderno, y por tanto, dignas de mención y de tener en cuenta, en lo que a las libertades específicas se refiere, no obstante no debemos dejar de considerar, y respetar tanto o más, la consideración del “nosotros”, como forma y sentido de sustanciación de ese “yo” moderno, en armonía con lo dicho inicialmente: la búsqueda de una complementariedad que, a la vez, le permita a la individuo devenir en persona y, así, autoconocerse y construirse como un humano. Es decir, un ser con el uso de la razón, en armonía con lo sensible y ciertamente, con sentido de lo trascendente, en la proyección y profundidad que cada quien le de.

 

Son el “Tú” y el “nosotros”, por consiguiente, determinantes en nuestra consideración del mundo como así también en lo que a nuestro propio “yo” y su despliegue, se refiere. Porque son los “otros” los que permiten uno acceda a la propia identificación. Luego, el lenguaje, la comunicación y la pertenencia, tan consciente como voluntaria, a la comunidad, dictará el grado de desarrollo que esta última tenga.

 

Si el nosotros es o viene a ser el reflejo, o espejo, de mi identidad, el territorio, a la vez, es o debiera ser territorio interpretado, es decir, objetivado en mi comprensión y asunción de lo que la realidad circundante es y representa, en compromiso y en calidad de vida.

 

Aquí podríamos perfectamente ubicar las categorías de “dentro” y “fuera”, como asimismo manifestar que la propia condición ciudadana se da cita, generándose, imbricándose, desde una dialéctica “inclusión-exclusión” tan fermental como motivadora.

 

Vale decir que, una ciudadanía que trascienda tal dialéctica, habiéndola internalizado en el sentido de asumido, es no sólo ciudadanía del lugar, de la “circunstancia” propia de mi vida, sino también, y especialmente, ciudadanía cosmopolita.

 

Pues nunca debiéramos olvidar que somos, ciertamente, ciudadanos del mundo. Que todos estamos comprendidos en este planeta Tierra y que lo aparentemente distante, puede ser –como lo es, cotidianamente- de honda repercusión en nuestra propia vida cotidiana.

 

Podría también hablar de una axiología, o teoría de los valores, respecto de la condición ciudadana. Es decir, de la ética, como de la estética, que la comprenden, en sus respectivas vertientes, positiva y negativa. Quizá sea del caso dejar esta consideración para más adelante, en mérito a tratar aquí, un aspecto que considero vital en esta fase de la reflexión: el factor ciudadanía, su conceptualización.

 

Dice, y a mi modesto entender lo dice muy bien, el geógrafo y urbanista catalán Jordi Borja, que “la ciudadanía es un status, es decir, un reconocimiento social y jurídico por el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad, en general, de base territorial y cultural.” Para agregar seguidamente, que: “Los ciudadanos” son iguales entre ellos, en la teoría no se puede distinguir entre ciudadanos de primera, de segunda, etcétera. En el mismo territorio, sometidos a las mismas leyes, todos deben de ser iguales. La ciudadanía acepta la diferencia, no la desigualdad.”[iii]

 

Y sobre algo tan valedero, que al menos consideramos como obvio, el presente permanece tozudamente contradictorio a una definición sustantiva en la vida de las personas: aceptar la diferencia, rechazar la desigualdad.

 

Hay hondas y permanentes desigualdades en esta, como en todas las comunidades. Y es nuestro deber no sólo el denunciarlas, presentándolas, sino el ofrecer –desde una acción comprometida- vías posibles, por cercanas, para su solución.

 

Agrega este catalán, y ciudadano del mundo, que: “Sin instituciones fuertes y representativas no hay ciudadanía. El status, los derechos y deberes reclaman instituciones públicas para garantizar el ejercicio o el cumplimiento de los mismos. La igualdad requiere acción pública permanente, las libertades urbanas soportan mal las exclusiones que generan las desigualdades económicas, sociales o culturales. La ciudadanía va estrechamente vinculada a la democracia representativa para poder realizar sus promesas.”

 

Y ¿qué democracia representativa es ésta –me pregunto- que valida, desde el silencio de sus actores, los ciudadanos, la queda abierta y manifiesta de dos de los poderes de un Estado?

 

¿O acaso podemos negar que, tanto en el Uruguay como en diversos países de la región y del mundo -y no de ahora sino que viene dándose, progresivamente, desde larga data- el Poder Legislativo homologa lo que el Ejecutivo le envía, en grandes líneas, pero ciertamente comprobables, en tanto que el Poder Judicial, permanece prisionero, luego sujeto a los vaivenes políticos- del Ejecutivo en materia presupuestaria?

 

¿Acaso también podemos negar que se procede, aquí en el Uruguay, como en la región y en otras partes del mundo occidental, a una judicialización de la política?

 

¿No hay en esto una renuncia del cuerpo político, de los representantes del pueblo, a tratar como a dirimir por sí y ante la asamblea de ciudadanos, los asuntos más candentes de sus comunidades?

 

¿Podemos alegar prescindencia nosotros, los ciudadanos de a pie en todas estas cuestiones?

¿Tenemos, acaso, una clara idea de lo que nuestra prescindencia en el tratamiento de las grandes cuestiones públicas trae y traerá aparejado?

 

Cuando hace décadas se hablaba de una democracia formal o tutelada, ¿acaso se avizoraba esta mueca de democracia que hoy, por nuestra propia corresponsabilidad, nos hemos dado en tener?

 

¿No ha llegado el momento de replantearnos nuestra propia condición de ciudadanos y lo que ella trae, o debería de traer, aparejado?

 

Por todo esto, y por mucho más, es que estimo necesario considerarlo reflexiva y abiertamente con el cuerpo de nuestra comunidad.

 

Vaya, pues, esta reflexión inicial como motivadora a la participación de todos.

 

Estamos en la plaza pública y el pueblo necesita ser oído. Y precisa actuar: Escuchémoslo, entonces, escuchándonos.

 

La invitación ha sido formulada.

 

[i] Bobbio, Norberto, Igualdad y Libertad, Editorial Paidós, Barcelona, año 2000, Pág. 122.
[ii] Idem, Pág. 123.
[iii] Borja, Jordi, “La ciudad y la nueva ciudadanía”, Conferencia pronunciada en el “Forum Europa”, Barcelona, junio de 2001.

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