Cine alemán y argentino
Los funcionarios y el poder
por Oribe Irigoyen

A veces se da. Existen coincidencias peculiares en films de procedencias y culturas lejanas, que se aproximan en la temática y algunos detalles de su aparato expresivo, aunque, desde luego, ambas películas sean totalmente diferentes. Como corresponde, además de otras consideraciones, por el hecho mismo de ser productos de calidad, verosimilitud y honestidad artística. Eso ocurre con la presente cartelera de estrenos con “La vida de los otros” ( Das leben der anderen, Alemania, 2006 ) del realizador Florian Henckel Donnersmarck  y con “El custodio” ( Argentina-Alemania, 2006 ) de Rodrigo Moreno.

 

Ambas películas son obras de debutantes en el largometraje de ficción que alcanzan un elevado nivel de calidad, relatan historias acerca de dos funcionarios estatales, el alemán un burócrata de la Stasi, la policía secreta del régimen comunista de la República Democrática Alemana ( RDA ) hacia 1984, el argentino es guardaespaldas de un ministro de Estado en los tiempos actuales.

 

Son personajes solitarios, de vida mezquina y vacía, que son mostrados en su rutina cotidiana, en la cual se procesa un cambio  radical en su existencia y que están interpretados dos actores enormes, Ulrich Mühe, el alemán, y Julio Chávez, el argentino, poseedores de una similar técnica de interpretación, caracterizada por interiorizar la vida de su personaje con dominio absoluto del silencio, los pequeños gestos y la mirada.

 

Una requisitoria majestuosa

 En 1984, la Stasi contabilizaba 100.000 agentes a sueldo y 200.000 informantes ocasionales, para espiar a la población de la RDA hasta en los detalles más íntimos de su vida privada, según dice al comienzo el propio film, a renglón seguido describir en forma dramática la paranoia demencial de un régimen político y su contexto social significado por el terror generalizado de la población, la obsecuencia burocrática también asustada y la impunidad de la jerarquía comunista.

 

La trama muestra a un funcionario de la Stasi ( Ulrich Mühe ), el cual tiene la misión de espiar a un dramaturgo de probada lealtad al régimen y de gran éxito y a la actriz que convive con él, también ella goza de enorme popularidad y talento. El funcionario instala en la casa del dramaturgo numerosos micrófonos y se dedica a registrar hasta las escenas más íntimas de la pareja, además de las reuniones y visitas con amigos, turnándose con un subalterno. Las grabaciones se transforman en informes sucintos del funcionario, “20 horas, cenó”, “22.30, hizo el amor”, etc. De modo sucesivo y lento,  el funcionario de vida vacía enajenada en su trabajo, se va apropiando de esa vida de los otros, que va dotando datos, hechos, conceptos, gustos artísticos de los espiados, que de algún modo llena de contenido tal existencia vacua, hasta procesarse una verdadera identificación del victimario con sus víctimas. El complejo entramado de esa tarea de espionaje incluye diversos personajes, amigos del dramaturgo, algún director que se suicida por tener prohibido trabajar en el teatro durante años, un jerarca de la Stasi obsecuente, un ministro que sabe abusar del poder, etc.

 

El libretista y director debutante Florian Henckel Von Donnersmarck estructura un drama de ritmo lento que atrapa al espectador, a través de un drama excelente apoyado de modo constante en la sutileza y el detalle, el enorme poder de sugerencia de las imágenes en su ritmo calmo y sereno. De un modo casi invisible, pero inequívoco para el espectador, además del retrato profundo y sensible de los distintos personajes encarnados por un elenco de elevada convicción, encabezado por el notable Ulrich Mühe,  surge un demoledor contexto social acerca de un sistema político opresivo hasta el hartazgo, sin apelar a la denuncia, el panfleto o la crítica explícitos. Todo es admirable en esa requisitoria de extrema diafanidad narrativa y profundo sentido humano.

 

 Historia de un robot

Lo mismo que en “La vida de los otros”, también en “El custodio” se trata de un funcionario en relación con el poder, pero ahora éste no espía, protege y no se sabe si tiene las mismas ideas de su protegido, que más parece un robot, totalmente enajenado a su labor profesional, que el libretista y director debutante Rodrigo Moreno encara como un profundo y enigmático retrato con la ayuda de la formidable interpretación del actor Julio Chávez y de un estilo minimalista de extremo rigor expresivo, pese a las dificultades que plantea el hermetismo silencioso de su protagonista. Silencios abundantes, miradas de expresión interior, parquedad casi absoluta en los diálogos, salvo en algunas escenas, encuadres de larga duración que abarcan a los actores de cuerpo entero, escasez de primeros planos, dominan este drama existencial de un guardaespaldas.

 

El guardaespaldas ( Julio Chávez ) a cargo de la custodia de un ministro de Estado, vive una existencia solitaria, mezquina, que es mostrada en su rutina profesional de acompañar a todos lados a su protegido. A esos efectos es un ser inexistente, un objeto móvil más, invisible para su jerarca y su comitiva. Ante él se puede hablar de lo que sea, porque seguramente no entiende o no le interesa, siempre en silencio el custodio camina unos pasos detrás del ministro o se adelanta en acción protectora, lo espera en algún hall para luego ir a otro lado, lo acompaña  en un fin de semana al campo, siempre distante, borroso como ausente, pero a la orden. No se sabe qué piensa o siente en sus silencios, sólo se mueve, se prepara para proteger, con las acciones y predisposición de su oficio de guardaespaldas. Hasta que un día, el custodio robot cambia su rutina.

 

El debutante Rodrigo Moreno, desde el libreto y la dirección, despliega el drama de esa existencia vacía, a pesar del prestigio pasado del custodio como experto tirador del ejército y de su afición a dibujar, con un estilo narrativo que se apoya en el silencio casi constante del protagonista y en su rutina profesional cotidiana, en la que los diálogos, por lo general del ministro y su comitiva se oyen apenas como un sonido ambiental, casi ininteligible para el custodio pero también para el espectador. Sin embargo, a pesar del hermetismo y los silencios, a través de una serie de momentos independientes que constituye el contenido de las imágenes, surgen numerosos datos sueltos o no que refieren a la vida privada del custodio, pero también acerca del ministro y su familia. Del primero se conoce: la existencia de una hermana internada en un hospital psiquiátrico que tiene una hija también trastornada, la austeridad mezquina de su vivienda, alguna torpe experiencia sexual con prostituta, el festejo de su cumpleaños que casi termina en tragedia y anticipa el cambio final, la inexistencia de amigos, sólo conocidos en la profesión que le hacen algún favor. Del ministro se sabe de la existencia de una amante y de una hija adolescente propensa a alguna travesura sexual en el auto del ministro.

 

A través de ese cine de momentos, en que la cámara muestra mucho pero dice poco en los diálogos, Moreno traza un retrato profundo y excelente, del personaje, su circunstancia vital y contexto, aunque elusivo,  puesto que el público nunca llega a saber más que la cámara y las imágenes le exigen un trabajo arduo pero fructífero en el estar atento a ese formidable actor que es Julio Chávez, un silencioso por antonomasia, aunque muy elocuente.

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