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¿Hay soluciones progresistas
en el siglo XXI, que no sean sólo retóricas?
por Werner A. Perder
El analista Werner
A. Perder del semanario alemán Die Zeit, Revista y
Foreign Policy, desarrolla este trabajo a partir de
una reciente reunión
de los progresistas
europeos en Londres.
¿Hay soluciones
progresistas a las exigencias del siglo XXI,
genuinas y reales, que no sean sólo retóricas? ¿O
sigue vigente el principio TINA There Is No
Alternative (no hay alternativa) de Thatcher? De
no responder la izquierda europea a algunas de las
cuestiones que plantea la derecha, ésta capitalizará
el descontento popular que atizan los extremistas.
El antiguo
Ayuntamiento de Shoreditch se halla en un rincón de
East London, la zona este de la capital británica,
de tradición obrera y agitada historia política
local, hoy convertida en zona de moda para las
salidas nocturnas. El pasado marzo se reunió
allí una gran convención de entre 50 y 60
representantes de la izquierda democrática
europea: los progresistas, como se
denominan a veces, o los partidos de
centro-izquierda, etiqueta preferida por los
británicos del new labour, coanfitriones del
encuentro junto con los socialdemócratas alemanes;
el motivo, un diálogo estratégico sobre inmigración,
cohesión social y populismo de derechas en Europa,
un fenómeno ya no tan novedoso, pero que sólo ahora
se han tomado en serio algunas izquierdas.
Más de uno pensará:
Ya era hora de que se trataran estos asuntos. Se
ha hecho patente lo necesario que es este debate, en
vista de la situación de la izquierda en Europa.
Quizá por eso en algunos momentos de la reunión de
Londres llegaron a coincidir varios ministros,
secretarios de Estado y ex ministros británicos, lo
que sólo ocurre en los actos internos de los
laboristas en los que participa en persona el
maestro Blair. Igual de extraordinario fue que
España enviara una delegación de tres miembros y que
se implicara activamente en las deliberaciones. La
crisis de las izquierdas se manifiesta incluso donde
menos visible resulta.
Pero antes de nada
vayamos al encuentro de Shoreditch. Como aperitivo,
el diputado laborista local Charles Clarke, que fue
ministro de Interior del Ejecutivo de Blair [hasta
mayo de 2006], habló a los invitados de otros países
de los salvajes años 30 británicos, cuando los
ultraderechistas protestaban con violencia contra la
llegada al país de inmigrantes judíos. Entre ellos y
los extranjeros venidos del continente europeo se
producían auténticas batallas campales. La
conclusión del relato de Clarke fue que el Reino
Unido ya había pasado por todo esto. En efecto, la
inmigración, la xenofobia, el populismo, el
extremismo y la crisis de la democracia no son nada
nuevo (lo cual no quiere decir que resulten
inofensivos: los años 30 no le sentaron bien a
Europa).
Las líneas de
conflicto discurren de otro modo en la era de la
globalización, no sólo en Londres sino en París,
Ámsterdam, Berlín... Sin embargo, aunque la
situación se ha calmado un poco en el barrio que
rodea al antiguo Ayuntamiento de Shoreditch, el
problema no ha desaparecido. Los chovinistas
radicales, que a finales de los 70 volvieron a hacer
de esa zona de la capital británica uno de sus
centros, se han establecido a un par de kilómetros
de distancia. La agitación de los ultras contra
Europa, la democracia liberal y las personas
diferentes a ellos (por su religión, procedencia o
ideología) calan en el electorado tradicional de los
laboristas. Sus votantes de siempre no son inmunes a
los lemas simplificadores de los demagogos
derechistas del Partido Nacional Británico, que
pulsan mejor el ambiente de los pubs, en los que ya
casi no seduce la deslumbrante y escurridiza
retórica reformista de Tony Blair, a pesar de su
victoria en tres elecciones sucesivas. Así, el
supuesto liderazgo de los progresistas de las islas
se encuentra en apuros. Si la izquierda quiere que
éste sea un siglo progresista tiene que lidiar con
la inmigración, se quejó Liam Byrne, secretario de
Estado del Ministerio del Interior, ante los
invitados venidos del continente. Su discurso
recordaba a una declaración de objetivos, pero
también sonaba a aviso. Sólo si detenemos la
inmigración permaneceremos en el poder, parecía
avisar. Difícil empresa, pero además, ¿bastará sólo
con eso?
La izquierda
británica en el poder no está sola ante el dilema.
Los socialdemócratas de toda Europa buscan un triple
equilibrio entre la nueva constelación de problemas
y sus soluciones históricas (en el ámbito de las
políticas económicas, laborales, sociales, de
inmigración e integración); entre los principios del
Estado de Derecho y la estrategia antiterrorista y,
por último, entre los intereses nacionales y las
necesidades internacionales, en el ámbito de la
política exterior y de seguridad.
¿Hay respuestas
progresistas a las exigencias del siglo XXI,
genuinas y reales, que no sean sólo posibilidades
retóricas de elegir entre una política u otra? ¿O
bien se mantiene vigente el principio TINA, llamado
así por el acrónimo del dogma tristemente célebre en
el que Margaret Thatcher basó la infalibilidad
vaticanista del neoliberalismo: There Is No
Alternative (no hay alternativa)?
Hace tiempo que los
socialdemócratas, desde Escandinavia hasta Grecia,
se sirven de los mismos argumentos para imponer
algunas de sus dolorosas reformas sociales. También
en los debates de East London, el ministro del
Interior británico, John Reid, justificó el
endurecimiento de la política de inmigración
apelando a la opinión pública. Habría que tenerla en
cuenta. Si no lo hacemos nosotros (la izquierda
progresista), otros se aprovecharán de este asunto,
alertó este militante laborista escocés que, además,
prometió medidas fuertes para proteger a las
capas vulnerables del país (que son también los
inmigrantes, pero en primer lugar las propias
clases bajas), que se centren en el interés de
las familias que trabajan duro (es decir, de los
autóctonos que tienen un trabajillo y suponen que
todos los extranjeros son vagos y viven del cuento)
y que son necesarias para todos aquellos que se
atienen a las normas (¡atención: los inmigrantes
ilegales no respetan las normas!). Y entonces, ¿en
qué se diferenciaría esta táctica de una política de
inmigración conservadora? Nosotros basamos las
medidas fuertes en nuestros valores progresistas.
En modo alguno la intención es tan cínica como
suena. En realidad, lo que quiere decir es: Tenemos
en cuenta los temores (y los prejuicios) de nuestro
electorado tradicional, pues de otro modo llegan los
xenófobos y racistas, seducen a nuestros votantes y
nos los arrebatan, y entonces hacen girar el país a
la derecha. Sólo faltó que formulara una pregunta
que estaba en la mente de todos: ¿es eso lo que
queréis?, dirigida a los escépticos del continente y
a la izquierda defensora de los derechos humanos.
Imaginación al poder
Para encontrar de
nuevo su identidad, la izquierda tiene que ser más
imaginativa. En la actual crisis democrática, lo que
más necesitan los partidos de centro y sobre todo
la izquierda, con su trayectoria como representante
de la gente humilde es un nuevo equilibrio entre el
profesionalismo político y el amateurismo
democrático, entre competencia y compromiso, entre
racionalidad y emoción. En el fondo, era ésa la idea
que subyacía al concepto de la tercera vía, que no
es errónea sólo porque se haya dejado más o menos de
lado o, empleando la terminología de los negocios,
porque la haya absorbido el mercado.
Así, una izquierda
moderna y antiortodoxa deberá comprender que la
democracia es algo más que el funcionamiento de
procesos administrativos, de rutinas sin interés y
de técnicas de poder ensayadas, y que también tiene
que ver con los sentimientos. Una constatación que
los populistas y los extremistas, también en la
izquierda, han entendido y de la que llevan tiempo
abusando. La izquierda reformista ha olvidado este
aspecto o lo ha desatendido. Si no conseguimos
integrar las emociones políticas de los ciudadanos
en la democracia dijo hace poco el liberaldemócrata
polaco y eurodiputado Bronislaw Geremek en un
encuentro en Bruselas, es que hemos perdido la
partida. Los demócratas deberían apelar también a
los sentimientos de las personas. Sólo así podemos
seguir desarrollando la democracia, sobre todo a la
vista de las actividades de los populistas, que se
basan en los más bajos instintos humanos para
simplificar los contextos complejos, y así
dificultan o imposibilitan las soluciones políticas
racionales a los problemas, sostuvo.
En Shoreditch, junto
a la crisis de la izquierda, se habló también de la
ausencia de un mensaje espiritual secular para los
no creyentes, para aquellos que no podrían volver a
una religión en busca de sentido, a quienes no
siempre se les puede ofrecer la realpolitik. Se
trataría de una especie de religión sustitutoria que
pudiera convencer a la generación europea de
posguerra. En ese punto, la ronda de conversaciones
bordeó un terreno peligroso. En la presente búsqueda
global de orientación, a la humanidad se le
presentan multitud de ofertas irracionales. La
izquierda debería guardarse de las inspiraciones
políticas del vudú justo en una época en la que los
conservadores y los derechistas ortodoxos buscan
certezas políticas eternas en el Opus Dei y en otros
salvadores integristas. El debate de los valores,
tal como lo plantea la retaguardia del new labour,
puede ser sensato y respetable. Como mínimo, igual
de rentable e importante sería la búsqueda de ideas
nuevas para la revitalización de la democracia
parlamentaria y liberal, así como una modernización
de los partidos y de la visión que tienen de sí
mismos y un retorno a la comunicación con la gente
corriente, que ha quedado indefensa ante los
populistas. ¿Tan difícil resulta?
Werner A. Perder:
analista político del semanario alemán Die Zeit
Datos
El principal centro de impulso del debate sobre la
modernización de la izquierda es el Policy Network,
que nació de la tercera vía de Blair, como puente
también con los demócratas en Estados Unidos.
Sus documentos pueden leerse en
www.policy-network.net.
El periodista Joe Conason alerta sobre algunos
peligros para la izquierda y la democracia en Europa
en It Can Happen Here: Authoritarian Peril In The
Age of Bush (Thomas Dunne Books, Nueva York, 2007).
La polémica obra Post-Democracy:Themes For The 21st
Century, de Colin Crouch (Blackwell Publishers,
Oxford, Reino Unido, 2004), es una fuente
interesante de controversia sobre los defectos de la
democracia actual y de información sobre las causas
del descontento.
Después de la democracia: Entrevista de Antonio
Polito (Crítica, Barcelona, 2002), de Ralf
Dahrendorf, uno de los politólogos más importantes
del último siglo, explora cómo construir una nueva
democracia o posdemocracia. El futuro de la
izquierda en Europa ha sido también abordado por
Richard Youngs y David Mathieson en La promoción de
la democracia y la izquierda europea: ¿Una confusa
ambivalencia?, publicado por FRIDE (www.fride.org).
Para comprender las razones de la insatisfacción de
los treintañeros, es recomendable consultar Pour en
finir avec la politique à papa (Seuil, París, 2007),
de la socióloga francesa Guénaëlle Gault, un retrato
ameno de una generación que quiere cambiar la forma
de hacer política.
Fuente:
DDOOSS
LA
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