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El ciudadano del siglo XXI
por: Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
El pueblo no puede contratar más que consigo mismo:
porque si contratara con sus oficiales
(autoridades), dado que
los hace depositarios de todo su poder y que no
tendría
ninguna garantía del contrato, ello no sería
contratar con ellos,
sería realmente ponerse a su discreción.
Jean-Jacques Rousseau (el Pacto
Social)
Ser ciudadano es
tener conciencia del lugar y a la vez, haber asumido
nuestra ubicación en el protagonismo de los asuntos
cotidianos del mismo.
O, dicho de otra
forma, la ciudadanía es de nuestra circunstancia, de
su asunción responsable y abierta, en tanto que la
identidad es del gobierno de nuestro ser; del
permitirnos ser en relación de armonía con el otro,
sin fronteras.
Luego, si miro más
allá de estas fronteras, las del Estado-Nación, y
no haciéndolo con ánimo de excluir al otro, me
permito ir en pos de una ciudadanía del mundo, desde
la del lugar o circunstancia de vida que me
comprende.
Como dijera el alemán
Hans Kelsen: El sentido más hondo de la democracia
es que cada uno desee la libertad no sólo para sí
mismo sino también para los demás. A lo que o me
atrevería a agregar lo siguiente: Y, con tal
talante, actúe y promueva a su vez en los otros, un
comportamiento tal.
Convengamos en que la
humanidad necesita referentes, personas memorables,
por ende seres ejemplares para todos, de tal forma
que su marco ético permita que con su recuerdo e
imitación, adaptándolo cada quien a su lugar y
momento, construyamos un mundo mejor por digno,
equitativo y libre.
Ciudadano del lugar,
ciudadano del mundo
El asunto estriba,
según creo entrever, en poder construir una
ciudadanía que, superado el marco nacional, haga que
el individuo que la vista, permanezca siendo persona
y no tomo de ésta lo peor: creer que el que está del
otro lado de la línea es un bárbaro, ajeno a toda
consideración de respeto y comprensión.
O sea, tratar de
quitar del concepto ciudadanía todo ese barniz
que lo priva de una apertura hacia los cuatro
costados que aliente a que nuestro mundo cuente con
seres responsables y libres, cada quien repito en su
circunstancia de vida, pero todos habitantes y
corresponsables entonces de la suerte del resto.
Será utópico pero, ciertamente, es indispensable.
Consiste, creo yo, en
buscar trabajar esos aspectos mezquinos que se
encuentran en el interior de cada uno de nosotros y
que si dejamos que prosperen desactivando nuestra
reflexión crítica-, devienen en etnocentrismos y
actitudes bárbaras, excluyentes del otro y
refractarias, pues, de todo atisbo de búsqueda de
complementación con aquel.
Del cives al
ciudadano con dimensión política
En la Baja Edad Media
tanto el corporativismo como las relaciones
feudales, apagaron todo rastro significativo del
concepto de ciudadanía me refiero a la helénica- y
los individuos desvanecieron la personalidad en los
gremios como en los feudos. Apenas los señores del
lugar bien como los maestros eran quienes tenían
autonomía personal y así, posibilidades ciertas de
protagonismo.
Al crecer la ciudad,
podemos observar cómo la burguesía se afianzó tanto
en comerciantes como en funcionarios, reapareciendo
el hombre libre o, si se prefieren, su posibilidad
latente ya camino a manifestarse al tener mejores y
mayores puntos de anclaje para tal fin.
Así, según narran los
historiadores, hacia la Modernidad comenzó el
proceso que convertiría al citado cives
en ciudadano con dimensión política.
No es ocioso en este
tramo de nuestra reflexión, volver nuestra mirada
hacia Rousseau, cuando en la primera versión o
también llamado Manuscrito de Ginebra,
nos legara el recordado Contrato Social,
con aspectos sustantivos que aun hoy tienen plena
vigencia, más allá de las críticas, respetables y a
veces en nada ociosas que continúa recibiendo.
Pero lo cierto es que
este sujeto tan peculiar, tan profundo en
pensamiento, tan turbado en vida y merecedor de las
más variadas miradas, dijo cosas que deben ser
recordadas.
Al comienzo mismo del
referido Contrato, Rousseau, luego de adentrarse en
el objeto de tal obra toma, en el capítulo 2, el
tratamiento sobre la sociedad general del género
humano, y dice: Comencemos por investigar de dónde
nace la necesidad de las instituciones políticas.
Las fuerzas del hombre son de tal modo
proporcionales a sus necesidades naturales y a su
estado primigenio que, por poco que cambie tal
estado y que aumenten sus necesidades, le resulta
necesaria la asistencia de sus semejantes, y cuando
sus deseos alcanzan a toda la naturaleza, el
concurso de todo el género humano apenas llega
satisfacerlos. Por ello las mismas causas que nos
hacen malvados nos esclavizan también, y nos
sojuzgan al depravarnos.
Apela Rousseau a una
cuestión de principio, de un modo de percibir la
realidad del ser humano: ver en él, que es ver en
nosotros, convengamos, la presencia de miserias y
falencias a las que es necesario apuntar, para
buscar corregir, pues de no hacerlo, de no
traerlas al primer plano de nuestra consideración,
las estaremos quitando de nuestra posterior y
permanente reflexión moral y así, poco a poco, nos
degradaremos al punto tal de permanecer y prevalecer
en nosotros, consideraciones de orden primario y a
la vez subalternas.
Continúa diciendo
Rousseau lo siguiente: El sentimiento de nuestra
debilidad viene menos de nuestra naturaleza que de
nuestra codicia: nuestras necesidades nos acercan en
la medida en que nuestras pasiones nos dividen, y
cuanto más enemigos nos hacemos de nuestros
semejantes (y aquí está aludiendo a Hobbes,
recordémoslo), menos podemos prescindir de los
mismos.
Para agregar: Tales
son los primeros lazos de la sociedad general; tales
son los fundamentos de esta benevolencia universal
(en alusión a Pufendorf) cuya reconocida
necesidad parece sofocar el sentimiento de la misma,
y cuyo fruto cada cual querría recoger sin estar
obligado a cultivarlo. Porque en cuanto a la
identidad de naturaleza, su efecto es nulo al
respecto porque resulta ser tanto objeto de querella
como de unión, y provoca tan frecuentemente entre
los hombres la competencia y los celos como la buena
inteligencia y el acuerdo.
Las cadenas que
merecen ser creadas
Esta estupenda traducción y
recopilación de escritos políticos de Jean-Jacques
Rousseau, obra del catedrático español, y amigo,
José Rubio Carracedo[i],
merece leerse con detenimiento y en su totalidad
porque ciertamente refresca y alienta una reflexión
indispensable en nuestro mundo actual, toda vez que
queramos una mejora sustantiva en la vida digna del
ser humano.
Rousseau,
remarquémoslo, fue quien marcó un rumbo bien
definido y crítico respecto a las reales sujeciones
que un humano tiene consigo mismo.
Quizá, si recordamos una sola frase más, quede esto
aclarado. Al comienzo del Pacto Fundamental,
en el capítulo tercero, dice lo siguiente: El
hombre ha nacido libre y, sin embargo, por doquier
está encadenado. Se cree el dueño de los demás y no
deja de ser más esclavo que ellos.
En suma, y para
finalizar esta reflexión, diría que no hay desafío
más difícil que el de construirnos como personas. La
familia, el entorno, nuestras más tempranas
impresiones y acciones, van forjando un marco, hasta
quizá podríamos llamarlo un arquetipo, con los otros
que, en tanto se modele en equilibrio con esos
otros, permitirá, y así nos permitiremos, una
construcción nacional, sensible y con sentido social
que permita al mismo tiempo proyectarla,
armónicamente, en lo regional, luego en lo
internacional hasta que, maduro el hombre se avenga,
nos avengamos, a forjar una cadena no de opresión
sino de libertad plena.
Recordar además, que
es decir el recordarme a mí mismo también, que el
ciudadano admite la diferencia pero no la
desigualdad, contra la que debe debemos- luchar a
fin de erradicarla.
Y eso comienza hoy y
recomienza mañana.
La tarea es
permanente pues se trata de forjar un hombre nuevo,
es decir, un hombre libre que pudo apagar sus
miserias resaltando lo sublime que lo humano tiene
en sí: su complementariedad con la otra persona y
así, de dos, de a tres, todos juntos, codo con codo,
forjar una vida tan digna como merecedora de ser
vivida.
[i]
Rousseau, Jean-Jaques, Escritos Políticos,
Edición y traducción de José Rubio Carracedo,
Editorial Trotta, Madrid, año 2006.
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