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Por un pensamiento estratégico de
desarrollo latinoamericano
Prof. Bernardo Quagliotti de
Bellis
La
mayoría de los países que durante las últimas
décadas han tenido las tasas más altas de
crecimiento económico y desarrollo, son precisamente
aquéllos que han concebido seriamente un proyecto
nacional de mediano y largo plazo, acompañado de las
correspondientes políticas de Estado. C. A. Pereyra
Mele
A
partir del 6 de junio se reunirá en Rostock
(Alemania) la Cumbre del G8, con la asistencia de
los presidentes de Estados Unidos, Canadá, Francia,
Reino Unido, Italia, Alemania, Japón y Rusia, con el
objetivo de tomar importantes decisiones sobre el
destino del mundo. Seguramente ya han sido tomadas
por el poderoso Club Bilderberg.
En el
espacio platense, la semana pasada, dos oportunos
coloquios se realizaron, en tiempo coincidente, en
Buenos Aires y Montevideo; ambos referidos a los
desafíos que tanto Argentina como Uruguay deben
afrontar ante los nuevos escenarios mundiales.
En la
vecina orilla Víctor Klima (ex Canciller
Federal de Austria, Presidente de la Unión de
Empresas Europeas y de, actualmente, Presidente del
grupo Volkswagen Argentina SA.) se refirió a la
necesidad de un mayor involucramiento del sector
empresarial. En Montevideo, con la presencia e
intervención de Sub-Director Gerente del Fondo
Monetario Internacional, Murillo Portugal,
en el Banco Central se realizó un seminario de
reflexión respecto a la actualidad de la economía
uruguaya y los golpes sufridos en la crisis del
2002. La exposición del representante del FMI no
fueron para nada novedosas.
Cifras
al canto: 75% del comercio de la Unión Europea y 60%
del NAFTA se hacen dentro del propio bloque, mientas
que en Sudamérica sólo el 23%. ¿A que se debe tan
marcada diferencia? Considero que el tema se centra
en el compromiso que los gobiernos de la región
tienen, en cuanto a madurar la idea de la
profundización de los acuerdos regionales, pues si
se asiste a un nuevo multilateralismo, la
conformación de una estrategia sudamericana,
permitirá rebajar el nivel de dependencia y
fortalecer el de resistencia, con un espacio
continental económico propio.
Iberoamérica interpelada
Las
cifras indican que actualmente la desigualdad
interna iberoamericana en su conjunto es la más
alta del mundo; que la misma que se venía
empeorando en las décadas del ´70 y ´80 no llegó a
mejorar en la última década del siglo XX; que si
bien al comienzo de este siglo XXI se recuperó la
ansiada democracia en casi todos los países de la
región- con buenas ideas en cuanto a cambios
estructurales, reforma del Estado, etc. aun no se
aprecia satisfactoriamente los resultados que los
pueblos desde tiempo atrás aspiran con toda
justicia. La desigualdad social y la pobreza
continúan conservando su fuerte asiento en las
estadísticas nacionales respectivas, y en muchos
países, aumentando penosamente. .
Como lo
han reconocido múltiples analistas, la región
iberoamericana sigue siendo bastante heterogénea,
con una gran diversidad de niveles y tendencia de
desigualdad y pobreza entre los distintos países.
El factor más importante resulta, sin embargo el
capital humano pues la insuficiencia de su nivel
explica en un tercio y la mitad, las causas que
provocan el exceso de desigualdad .
En
busca de le equidad
La
discusión de la búsqueda de la equidad no puede
detenerse en torno del tema de las reformas
estructurales o del creciente concurso del
mercado en la asignación de recursos. La discusión,
que lleva a la necesidad de formalizar un
pensamiento estratégico de desarrollo
iberoamericano, debe centrarse en la concreción
de una nueva generación de políticas públicas para
estructurar una participación más amplia de la
población en los necesarios esfuerzos de
construcción de capitales físicos, humano y social,
imprescindibles factores que requieren los países
iberoamericanos para eliminar el exceso de
desigualdad con que lamentablemente es conocido
nuestro continente por los analistas
internacionales.
Una
actualizada estrategia debe enfocar tres puntos
importantes, muy entrelazados entre sí: Inversión
de capitales, Capital humano y mercados laborales.
Alentando seriamente a la inversión de
capitales -nacionales y extranjeros- se puede
asegurar una senda de crecimiento sostenible. El
progreso de la equidad tan reclamada por grandes
sectores populares -y por los políticos tan
proclamada superficialmente en períodos pre-electorales-
requiere niveles de acumulación de capital muy
superior a los hasta ahora observados. Por tanto, la
incorporación de mecanismos institucionales en los
mercados de crédito para colaterizar más eficazmente
o mejorar los equilibrios, sería de gran utilidad.
En el caso de Uruguay, ahí está el Banco de la
República, no como entidad comercial para invertir
en torres, sino para alentar financieramente al
particular o institución emprendedora, que además
a partir del mes entrante deberá sufrir -o no-
una incierta reforma fiscal.
En
cuanto a los mercados laborales de la región,
es el punto que menos ha avanzado, o si lo ha hecho
en algunos casos fue a un ritmo muy lento, pues
continúa predominando legislaciones creadas bajo
presiones de grupo de interés. Que lo nieguen
círculos de Argentina y Brasil, Paraguay y
Venezuela, para citar algunos y también de Uruguay,
entre otros.
Ante el
nuevo escenario de globalización de la economía
mundial, los países de la región iberoamericana han
puesto un creciente peso sobre sus recursos
naturales: gas, tierra, petróleo, minerales,
productos alimenticios, agroforestales; lo que viene
significando un mayor porcentaje de sus
exportaciones de bienes primarios hacia fuera de la
región. Desde Finlandia, se pronostica que
Argentina, Chile, Brasil y Uruguay, conformarán
hacia el 2015 el mercado productor de pasta de
celulosa más grande del mundo.
La
experiencia mundial del siglo XX -opinan Sachs y
Warner- no parece ser rica en ejemplos de países
que hayan sustentado su desarrollo en la creciente
explotación de los recursos naturales. Todo indica
que las actuales modalidades de estructuración de
los mercados de la tierra y del agua, como del gas y
minerales y la tendencia reciente de producción de
etanol, como de las reservas de minerales, deberían
figurar como temas prioritarios en la agenda de
discusión iberoamericana sobre desarrollo y equidad.
El
tercer punto, referido al capital humano, sin
lugar a duda alguna preocupa a las sociedades
iberoamericanas. Pues la brecha existente desde
tiempo atrás con los países del denominado primer
mundo, se va ampliando o profundizando. Todo indica
que se requiere superar viejos enfoques, mejorando
la autonomía universitaria, la eficacia de
profesores bien preparados y remunerados y de los
servicios educativos en general.
Una
visión de escenarios prioritarios
La
Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI),
al modelar un conjunto de áreas de acción para una
nueva agenda, desde tiempo atrás, ha establecido
cuatro escenarios a futuro.
En el
primero -que denomina de complacencia-
considera que en el período hacia el 2020 las
tendencias predominantes en Iberoamérica serán
similares a las del decenio de 1990: una economía
creciendo a un promedio irregular entre el 3,5% y el
6% anual; la inversión de capital físico creciendo
con el PBI; la educación continúa aumentando la
brecha educativa por falta de recursos.
En el
segundo -que denomina de reformas
estructurales- las mismas permitirían acelerar
gradualmente el crecimiento de la economía en una
senda estable a una cifra mayor y más estable que la
anterior y, por tanto, aumentando la inversión de
capital físico respecto al PBI.
El
tercer escenario -que denomina expansión
educativa- en base al crecimiento económico y de
inversión anual, se propone expandir la educación
hasta eliminar la brecha existente hasta alcanzar un
importante porcentaje en cuanto a la fuerza de
trabajo, base para el aumento sostenibles del PBI..
El
cuarto, combina los dos anteriores,
desarrollando una profundización de las reformas
estructurales y una expansión educativa adelantada,
actualizada, con igualdad de oportunidades para las
nuevas generaciones.
El
desafío que Iberoamérica no toma seriamente en
cuenta, radica en establecer la estrategia que le
permita a la región alcanzar los niveles de
desarrollo y equidad que hoy caracterizan a los
países del espacio europeo o del sudeste asiático.
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