Entre el árbol y el bosque
A propósito de la
Reforma Tributaria
en el Uruguay
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Un hombre que intenta pensar y que, además, hace del pensar su faena central, tiene ante sí no pocos dilemas.

 

El primero y crucial es que su labor, es una de muchas y su posición es una entre todas las otras de sus pares en la comunidad que le cuenta como uno de sus miembros.

 

Otro no menor, consiste en que quien dice pensar, debe asumir su condición de obrero de la verdad o, si me permiten, de lo verdadero, pues convengamos que el camino a la verdad es una aspiración central, como objetivo principal, en tanto que la aproximación a lo verdadero, suele ser la vía posible para un hombre común que no tiene consigo más verdades que las de a puño, ganadas en la forja diaria con sus semejantes, cada cual en su faena o también el que no la tiene puesto que hoy, recordémoslo, la economía financiera, con su vector hobbesiano cual es la especulación, ha dado por tierra con la economía industrial y, así, el trabajo va feneciendo y son largas las filas de rostros ensombrecidos que no tienen ya, en su horizonte cercano, posibilidad alguna de volver a encontrarlo.

 

Por ello, humildad sí, responsabilidad, por supuesto, pero por sobre todo, apertura espiritual y filosófica para recibir enseñanzas, saberes, que no pocas veces nos hacen rever posturas, creencias y acciones.

 

Así, entonces, con tal talante, creí del caso presentar una reflexión personal, respetuosa como todas las acciones que un ser adulto emprende –o se desprende debe emprender con tal disposición-, en aras de buscar esta sea compartida al menos en su aspecto medular, que es lo coyuntural, estimo yo, en la oportunidad de llevar adelante un cambio cualitativo en la tributación en el Uruguay.

 

Lo he dicho y escrito en reiteradas oportunidades de mi sustantiva discrepancia con el señor Danilo Astori y su idea de la cosa pública, de cómo llevarla adelante, desde lo económico.

 

En tanto estamos en democracia, tanto él debe respetar otra posición –si la misma, reitero es dada con altura- como yo a mi vez, como ciudadano, aceptar su ubicación en el control temporal de las cuestiones del Estado y así, cumplir las instancias que el Estado, democráticamente, lleva adelante.

 

El tema hoy -aclarado que en lo filosófico la discrepancia es fortísima y que en lo ciudadano la asunción del rol, también lo es-, consiste en la oportunidad y los modos en que tal reforma pretende llevarse adelante.

 

El Gobierno nacional tiene consigo y ante su pueblo, reformas por demás sensibles e importantes que hacen que todo paso deba ser tan osado como medido y llevado a cabo, al menos con prolijidad.

 

La Reforma Tributaria en el Uruguay está por imponerse de manera harto desprolija, con zonas donde la imprecisión, falta de datos apropiados, desinteligencias las más variadas, hacen descreer que, antes de practicarse, tenga esta futuro político creíble.

 

Reitero, no mido –no soy quien- ni intencionalidades, ni tampoco voy al fondo de la cuestión del que, como dije, descreo fortísimamente. No. A lo que voy es a que la inmediatez, esto de fijarla a partir del 1º de julio, la hace pasible de ser practicada a destiempo, en forma no trabajada en todos sus aspectos (decretos, normas, hasta los mismos programas que deben ser implementados, informática como gráficamente en cada repartición del Estado), los cuales, convengamos, están lejos de presentar su mejor momento en preparación, armonización e incluso la estipulación de los mismos en directivas que aun no han llegado o que si lo hicieron, no han sido dadas con suficiente claridad y preparación.

 

El Gobierno nacional, entonces, estaría dando un paso que tendría derivaciones de entidad en las otras reformas que planean en el horizonte cercano. Y al hablar de éstas, me refiero, principalmente, a la Reforma del Estado (en tanto que la de la Salud presenta aun, zonas grises aun más discutibles que la que hoy nos ocupa).

 

La metáfora del árbol y del bosque, es de recibo visitarla de la mano del gran español José Ortega y Gasset.

 

Dice Ortega y Gasset que el bosque verdadero se compone de los árboles que no veo. Y no los vemos sea porque están del otro lado del horizonte cercano, sea porque nos lo tapa la sinrazón de un árbol grueso, de un grosor desmedido, que a veces se llama necedad, a veces soberbia y muchas otras veces, mera incapacidad de llevar adelante cuestiones vitales por carecer de un gran angular para percibir lo serio, sensible y vital de un paso a dar.

 

Dice Ortega: “El bosque está siempre un poco más allá de donde nosotros estamos”. Con ello nos dice varias cosas, según creo entender. Una es que nosotros no somos el bosque, otra que debemos ir en pos de él, pero la tercera y creo más importante, es que debemos ser conscientes que “del otro lado del horizonte” nos espera lo verdadero que no está en nosotros y a lo que nosotros debemos propender.

 

Que el apagamiento del exceso de ego, que lo veleidoso del poder, no debe alejarnos de saber que somos, en todo lugar y en todo tiempo, obreros de la verdad –o de lo verdadero, como antes dije- y que formamos parte, codo con codo, de nuestra sociedad y no, por favor no, estamos por encima de la misma.

 

Hay que escuchar la voz del pueblo y si no la oímos, debemos meditar sobre qué es lo más justo, coherente y válido para el plan general de un Gobierno que, como éste que el Uruguay tiene, está en medio de su período y toda acción imprudente, precipitada y desajustada –por más seriedad y buenos deseos que la animen, algo que yo no pongo ni tengo por qué poner en tela de juicio-, debe ser sopesada a la luz de la globalidad de un gobierno y no apenas, de las intenciones de un hombre, así sean estas, lo reitero, bienintencionadas.

 

Dice Ortega, además, y sobre el bosque: “Desde uno cualquiera de sus lugares es, en rigor, el bosque una posibilidad. Es una vereda por donde podríamos internarnos; es un hontanar de quien nos llega un rumor débil en brazos del silencio y que podríamos descubrir a los pocos pasos; son versículos de cantos que hacen a lo lejos los pájaros puestos en unas ramas bajo las cuales podríamos llegar. El bosque es una suma de posibles actos nuestros, que, al realizarse, perderían su valor genuino. Lo que del bosque se halla ante nosotros de una manera inmediata es sólo pretexto para que lo demás se halle oculto y distante.”

 

Luego, para poder escuchar los cantos del bosque, hay que apagar los ruidos de nuestro ego y así percibir aquellos, como también, debemos intentar borrar ese árbol que hemos puesto ante nuestras narinas para ahí sí, dejar que nuestra vista prospere en el horizonte, el horizonte de un pueblo y juntos, el funcionario y el pueblo, percibir un mañana mejor.

 

Sería una verdadera pena que por una precipitación, que puede ser resuelta pues todavía queda tiempo, se pusiera tanto en entredicho.

 

Una vez más, convengamos, es el Presidente de la República quien tiene en sus manos –y en sus ojos- la facultad de revertir este error, y dejar que los pasos previos, en cuanto a esta Reforma Tributaria, se den donde deben darse, puertas adentro de la Administración y no, por favor no, embarcados en la imposición desprolija y con grandes agujeros administrativos y técnicos.

 

Tiene pues, el señor Presidente, el poder decisorio suficiente, del que ya ha hecho gala en otras recordadas oportunidades, lo que nos da el aliento a esperarlo una vez más, para que las cosas sean dadas en los tiempos propicios para su mejor implementación, por ejemplo, enero del 2008, y no que un árbol borre el bosque de un pueblo.

 

Una vez más, si se me permite, la Razón tiene una envite crucial ante el Dogma. La visión del estadista puede saltearse con elegancia y tino, el embate de buenas intenciones mal planificadas y peor implementadas.

 

O, como dijera el excepcional filósofo marxista e historiador brasileño, Caio Prado Júnior, en su celebrada obra “La Revolución Brasileña”: “En otras palabras, de nada serviría, como tantas veces se hace, traer soluciones dictadas por la buena voluntad e imaginación de reformadores, inspirados, no obstante, en las mejores intenciones, pero que, por más perfectas que en principio y teóricamente se presenten, no encuentran en los propios hechos presentes y actuantes las circunstancias capaces de promoverlas, impulsarlas y realizarlas.”

 

Y agrega, Caio Prado Júnior, esta frase: “Es de Marx la observación tan justa y comprobada por todo el transcurrir de la Historia, que los problemas sociales nunca se proponen sin que, al mismo tiempo, se proponga la solución de los mismos que no es, ni puede ser forjada por ningún cerebro iluminado, pero se presente, y ahí ha de ser desvendada y señalada, en el propio contexto del problema que se ofrece, y en la dinámica del proceso en que esa problemática se propone.”

 

En usted, señor Presidente, está la posibilidad de frenar este mal paso que, reitero, si bien descreo de la necesidad de darlo, siquiera pido sea pensado para el momento en que el Estado realmente esté en condiciones de darlo con suficiente preparación, lo que hoy es, a todas luces, discutible.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital