Polémica sobre el Nunca Más:
“Mentiras de los mil demonios”
por José L. González Olascuaga

Lo que sigue es un artículo de José Luis González Olascuaga, publicado el jueves 14 de junio en su blog La Piedra en el Charco,

que se emite al instante en La ONDA digital.

Por ser uno de los artículos más polémicos escrito desde la izquierda,

se vuelve a publicar.

 

Según la teoría de los dos demonios, de Sanguinetti, hubo dos malos. Según la teoría del demonio único de Brecha, hubo un solo malo. Según Tabaré Vázquez dijo en su momento, no hubo malos y buenos, sino que todos fuimos responsables. Teoría que rectificó en parte al cuantificar las víctimas para las reparaciones: No todos fuimos tanto (aunque fueron castigados fuera de toda ley unos y otros ni siquiera juzgados). Yo digo que sí, que todos fuimos responsables: unos de unas cosas y otros de otras y que todos mentimos sobre nuestros motivos. No solo los militares cuando dicen que participaron para aniquilar a la guerrilla que ya estaba derrotada antes del golpe de Estado del 73.

 

El proceso cívico militar fue responsable del mayor desastre del país en el siglo XX (criminal, político y económico) y lo fue para detener el avance del Frente Amplio, que era lo que realmente le preocupaba al gabinete de banqueros que asumió con Bordaberry. Por eso golpeó a los que impulsaban la vía electoral con fuerza en las organizaciones sociales, comunistas, sindicalistas, dirigentes políticos de izquierda y también demócratas que no fungían de izquierda.

 

El bando más numeroso fue responsable de haber resistido desarmado y en todo caso de haber sido derrotado primero y de haber ganado después, cuando cayó la dictadura. Es el que puso la mayor cantidad de víctimas y deben ser reparadas como todas las víctimas. Así como todos los victimarios deben ser juzgado. No con afán de venganza sino para precisar las reparaciones y anmistiar todo lo anmistiable, que es lo políticamente sensato.

 

Los tupamaros fueron responsables de haber hecho el primer disparo en un país que por décadas no había conocido asesinatos ni prisiones políticos.

Ahora dicen que lo hicieron para resistir la dictadura que se venía, porque ya en el 58, cuando ganaron los blancos hubo amagues de golpe (eso es verdad) y en el 62 tuvieron información del golpe que ocurriría en Brasil en el 64. No es cierto. Creyeron que había condiciones para tomar el poder por las armas y hacer una revolución radical. Para eso hicieron lo mejor que pudieron. Para el objetivo que declaran ahora haber tenido, hicieron todo al revés.

 

Y también fue mentira que el Partido Comunista se preparara para resistir con las armas en caso de golpe. Eso era parte de una teoría con ciertas ambigüedades para llenar el ojo de Fidel, el de afluencias radicalizadas y en sentido europeo el de Moscú. Pero más acá de servilismos ideológicos, aunque el corazón esté en La Habana, la cabeza de los que mandaban en el Partido pensaba con Togliatti, por ni mencionar a Berlingüer y llegado el momento, aparte de problemas técnicos y consideraciones de la correlación de fuerzas para evitar un baño de sangre, aunque se teorizara sobre la validez de una expresión armada ante la imposibilidad de otras expresiones, la concepción partidaria de insurrección se asemejaba más a lo que después pasó en Irán, con las manifestaciones masivas y sus autodefensas, que a ninguna dinámica de aparatos. Siempre se negoció e incluso el voto verde valió especialmente para acumular camino al gobierno (y desde el gobierno se avanza más en verdad, justicia y reconciliación de intereses objetivamente coincidentes, populares y militares, que deberían coincidir en un mismo bloque de poder). Ninguna guerra se ganó por la defensiva. Pero todas se perdieron por la ofensiva. Y con la disuación tecnológica, hoy todos son empates. "Gana" el que empata mejor. Salvo en situaciones indeseadas como a la que se llegó en Irán.

 

Precisamente hubo dos episodios que, por sus ejemplos, pusieron muy nerviosos a quienes mandaban a nuestros dictadores; uno fue la revolución de los claveles en Portugal, en abril del 74. Temieron hasta de la sombra de Trabal y cambiaron cronogramas, como los cambiaron en el 80, después de la revolución iraní (la nicaragüense fue un aporte subjetivo formidable a la resistencia a la dictadura, pero como paradigma estratégico no contaba).

 

El momento más parecido a una insurrección popular que vivió Uruguay, preparado por las manifestaciones clandestinas y legales del 83 y anteriores (especialmente la del 9 de julio y la huelga general del 73), fue el paro nacional del 84. Fue el ensayo más general e incruento de una obra cruenta que ojalá nunca tengamos que estrenar. Este “ojalá”, su sincera intención, de todas las partes, es la única estrategia válida.

 

Más vale nunca más. Ni temprano ni tarde. Nunca más.

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