“Hamaca paraguaya”,
una película que seduce,
enriquece y conquista
por Oribe Irigoyen.

Se hace necesario escapar a los cines del circuito comercial para encontrarse, hoy día, con alguna realización cinematográfica que provoque o cautive al espectador por su carácter experimental y rupturista, en relación  con la comunicación  artística y su lenguaje. Ese hecho, desde luego, nunca fue frecuente en la historia del séptimo arte. Sin embargo, antes y allá a lo lejos, cuando el cine era de verdad el uso más popular del ocio ciudadano uruguayo, en aquellos tiempos de 1940, 1950 o más acá en el calendario gregoriano, ocurría cada tanto  en aquellas grandes salas de estreno, más tarde en irremediable retirada hacia labores m{as mundanas de aparcamientos o de templos de sectas silvestres, aparecían filmes de cineastas insignes o de debutantes celuloide en ristre, que impactaron o provocaron verdaderos corto circuitos en el público por lo novedoso del tema o del tratamiento formal. Con el correr del tiempo, el desconcierto, la incomprensión o incluso la ira del espectador cedía paso a la comprensión o al aplauso de lo que había sido un choque. Entonces, lo que fuera insólito o chocante, si se quiere, se convertía en código accesible para el usuario corriente del cine. Así ocurrió, en aquel entonces, con el estreno de Ël ciudadano¨de Orson Welles, Ïván, el Terrible¨ de Eisenstein, ¨Rashomon¨de Kurosawa, ¨La aventura¨de Antonioni, con ruidosas protestas del público en  preestreno de trasnoche sabatino, ¨Stalker¨o  Ël espejo¨ de Andrei Tarkovski. Maestros incomprendidos en su momento cuyo universo se podía decodificar con el tiempo para solaz del espectador y en avance del cine como arte.

 

Hoy con el auge de la tontería, la vacuidad temática o la carnada ilusoria de los efectos especiales, por decir lo menos de la masificación desechable en que se ha convertido el cine como espectáculo de entretenimiento o expresión artística, aquellos momentos fulgurantes del desencuentros entre el público y la película son cuasi imposibles.

 

Puede existir alguna excepción absoluta, podría pensarse en”Hierro 3” del asiático Kim Ki duk. Pero para ver una inquietante, que no lo sea por su excesivo drenaje de adrenalina sangrienta, sino en relación con un modo inusitado de ver la realidad a través de una propuesta cinematográfica, se hace necesario rumbear lejos del circuito comercial, que en Montevideo significa atender a la programación de Cinemateca Uruguaya.

 

En efecto, a partir del jueves 22 de junio en la sala Cinemateca 18 y dentro del ciclo de ¨Viva la diferencia¨ se exhibe ¨Hamaca paraguaya¨ de la realizadora Paz Encina. No es que esta nota pretenda decretar la presencia de una artista magistral por ser rara o difícil de comprender como ocurriera con aquellos ejemplos ilustres, el tiempo dará la razón por si o por no de una maestría. Simplemente se trata del hecho de que ¨Hamaca paraguaya¨ provoca con su visión aquel viejo sentimiento de lo insólito creativo, del experimento expresivo, de la ruptura de lenguaje, de un fuerte espíritu humanista que justifica todo lo anterior.

 

La trama, si se quiere, es sencilla. El 14 de junio de 1935, en un remoto lugar del Paraguay, una pareja de ancianos campesinos esperan a su hijo que fue a pelear a la guerra del Chaco. De igual modo, esperan que la lluvia, anunciada desde hace tiempo, llegue y que también lo haga el viento para hacer soportable un calor otoñal excesivo. Pero el hijo no llega, tampoco la lluvia y ni el viento, pese al clima tormentoso y tronante. Pero esas esperas esconden o comprenden otra, que las cosas mejoren. Los dos ancianos mantienen un espíritu distinto, el hombre es optimista, la mujer no, ella cree que el hijo ha muerto y que es inútil toda espera.

 

En el decurso del metraje esos roles se van intercambiando, mientras esperan eternamente a que pase el tiempo, sentados o deambulando en torno a una hamaca en un claro del bosque, casi el único escenario de todo el film, salvo en par de escenas.

    

¨Somos un pueblo silencioso, callado, no encontramos la salida¨, dice la realizadora Paz Encina, al hablar del sentido de su película y de su búsqueda de un lenguaje propio, que sirva para expresar la realidad paraguaya. Sus declaraciones aclaran mejor esa su concepción del cine, cuando manifiesta ¨Paraguay es como inhalar sin poder exhalar, no hay cuando soltar el aire¨. Porque esa pareja de campesinos viejos, que espera en vano a su hijo, al viento y a la lluvia, en realidad espera a salir de ese ¨ahogo¨ que incluye el paso del tiempo sin que nada cambie hasta el envejecimiento y la muerte.

 

Paz Encina, en su debut como realizadora de largometraje de ficción, no sólo cumple con sus declaraciones y propósitos, sino que surge como una de las personalidades más interesantes y originales del actual cine latinoamericano, que tiene lo suyo como una de las producciones más vitales del panorama mundial.

 

Pero lo más importante es que la película muestra las razones fundadas para ser lo que es, un ejemplo de adaptación cabal y profunda de un instrumento creativo con más de un siglo de existencia, a las necesidades de un sociedad, de una particular visión del mundo, de una mentalidad y un sentir propios, los de Paraguay. Esa honestidad identitaria con un medio social es la que hace de ¨Hamaca paraguaya, esa expresión experimental y de ruptura.

 

 Está rodada con tomas largas con tiempo real en casi un único escenario, ya dicho, con la cámara en plano panorámico, un claro de un bosque, una hamaca, dos ancianos, alejados del espectador, con una clara intención de desdramatizar y distanciar la narración, a los efectos de impedir la identificación y seducción del espectador, según ocurre en el habitual cine industrial o tradicional. Esa ausencia de énfasis dramático o emotivo, abriría el camino a la reflexión del público. Pero, asimismo, las tomas largas están fuera de eje, lo cual rompe con las tradiciones de la ortodoxia occidental en materia de narraciones cinematográficas. Algo similar acontece con el manejo del tiempo, con el ritmo del relato, que constituye uno de los centros de la propuesta de Paz Encina, ese paso y peso  ¨ahogantes¨, el cual transcurre casi en términos reales.

 

Cómo rompe Paz Encina la posible aridez visual de una película que no ofrece de antemano grandes alicientes de fruición, lo hace recurriendo a un guión magistral en los diálogos, que son pocos, pero poseen una muy elevada potencia de claridad y sugerencia. Pero también apela a una estupenda marcación de las posturas y desplazamientos de los dos personajes que hablan en guaraní pero que la realizadora hace accesibles al público. Es a través de esa combinatoria de elementos que el relato crece, habla del tiempo, del hijo, de los pesares del calor y la asfixia, de la guerra, se abre hacia e incluye los más diversos y sintéticos aspectos de una vida anciana, por donde se cuela el retrato de toda una sociedad.

  

Desde luego, y no podía ser de otra manera, Paz Encina ha recibido elogios y aplausos de la crítica, el reconocimiento en festivales internacionales, con una película que por su singular concepción , su llamado a la reflexión, seduce, enriquece y conquista a quien se deje llevar por la potencialidad de los mínimos recursos puestos en juego para relatar un historia.

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