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La Filosofía,
un modo de vida
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
A veces las
cuestiones elementales son las de mayor complejidad,
por ejemplo, definir, si uno puede hacerlo, aquello
que ocupa la centralidad de su vida, no ya de su
ocupación para subsistir, sino la existencial
primera y motivadora que alienta, a su vez, las
otras ocupaciones.
En el caso de uno, la
filosofía lo es. Por ello, cuando di con un escrito
esclarecedor, a este respecto, no sólo lo disfruté y
aprehendí sino que resultó indispensable
compartirlo con el otro, en este caso, con usted.
Al procurar mayor,
por más vasta, variada y profunda sobre el
pensamiento brasileño, para un estudio que llevo
adelante, di con un texto publicado en la
prestigiosa revista académica de la Universidade
de São Paulo, también conocida como la USP,
revista intitulada Estudos Avançados.
El texto en cuestión
contenido en el número 49 de aquella publicación-,
lleva por título A Filosofia como vocação para a
liberdade, cuya autora es la filósofa brasileña
Marilena Chaui.
El texto, digámoslo,
refiere al agradecimiento de esta aguda pensadora
americana, ante el homenaje llevado a cabo por la
Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de
la USP, al haber recibido esta señora, el título de
Doctora Honoris Causa en Filosofía, concedido
por la Universidad de París VIII, el 20 de junio de
2003. Vale acotar que este texto puede ser hallado
libremente en internet, lo que, a mi entender,
modestamente, es casi una inevitable ir por él, una
vez se trata de mensaje esclarecedor, profundo y de
gran vigencia.
Pues bien, estábamos
en la importancia de hallar el sentido, y no un
sentido cualquiera o uno más, a lo que es o refiere,
esencialmente, aquello que nos ocupa: en nuestro
caso, la filosofía.
Y lo medular, llega
de la mano de lo simple, en la voz y en la palabra
de esta pensadora, que lo dice así: Pienso que
quien busca la filosofía como forma de expresión de
su pensamiento, de sus sentimientos, de sus deseos y
de sus acciones, se decidió por un modo de vida, un
cierto modo de interrogación y una cierta relación
con la verdad, la libertad, la justicia y la
felicidad. Y es así; porque debe ser así, pues de
lo contrario sería una mera huida docta, o seudo
docta, de la vida, del conocimiento de uno mismo,
convengamos.
La Filosofía, un modo
de vida
Entonces, uno se
animaría a agregar, recordando las enseñanzas de
otros maestros, como las determinaciones que un
hombre común, que aspira a desplegar una
responsabilidad social conducente a la mejora de
vida del otro hombre, de la otra mujer, tiene, como
filosofía primera, a la ética.
Entonces, si la
filosofía es un modo de vida, lo es, en tanto en
cuanto quien así lo siente, lo piensa, lo expresa
antes que en palabras, en actos cotidianos, tiene
para sí que la primera de las filosofías es la
ética.
Lo que no obsta a que
quien pueda, viva de su profesión pero que al
hacerlo, promueva en su aire, en su prédica, una
actitud de vida conducente a la coherencia entre lo
que aprendió, lo que pretende no ya enseñar sino
pasar, llevando el mensaje intelectual, -cargado
de sentido ético y proyección social-, a la otra
persona.
Dice la señora
Marilena Chaui, casi de inmediato que: El deseo de
vivir una existencia filosófica significa admitir
que las cuestiones son interiores a nuestra vida y a
nuestra historia y que ellas tejen nuestro
pensamiento y nuestra acción.
Y, agrega algo que va
junto, ineludiblemente, con esta premisa: Significa
también una relación con el otro en la forma del
diálogo y, por tanto, como encuentro generoso, sino
también como combate sin tregua. Encuentro generoso
porque, como nos dice Merleau-Ponty, en el diálogo
somos liberados de nosotros mismos, descubrimos
nuestras palabras y nuestras ideas gracias a la
palabra y al pensamiento de otro que no nos amenaza
y sí nos lleva lejos de nosotros para que podamos
regresar a nosotros mismos.
Esta relación
dialéctica con el otro, nos recuerda, vívidamente, a
la relación Yo-Tú que tan bien explicara el
filósofo Martín Buber en su ensayo homónimo.
Pero dice más, la
pensadora brasileña: Pero también el combate sin
tregua, porque, como explica Spinoza, aunque nada
sea más alegre y potente de lo que lo es la amistad
y la concordia, los seres humanos son mutables,
somos pasionales y naturalmente enemigos, excitamos
discordias y sediciones bajo la apariencia de
justicia y de equidad. Por eso, dice él, precisamos
evitar los favores que nos esclavizarán a otro y
sólo los que son libres pueden ser agradables unos a
los otros, experimentando en su compañía el aumento
de su fuerza de alma, esto es, la generosidad y la
libertad.
Aspecto que, tanto
desde Chaui como del propio Spinoza, trae consigo la
carga de una eticidad a todas luces ligada,
emparentada, sustanciada con el deber ser y así,
poder aspirar a ser libres. A no claudicar, a no
mendigar o -lo que es mucho peor en una persona que
piensa y que además hace de su pensar, su faena de
vida-, a no vender su voz y su pluma al poder de
turno como a cualquier otro poder que ate, limite y
haga que esa persona sea vasalla de sus miserias, de
sus necesidades consumistas.
Hablo de y en contra
del mercenario cultural, hombre o mujer. De aquel
que vende su mochila, prestando su verbo a la
camaleónica tarea de dotar de credibilidad, como de
profundidad al mandamás de turno.
Así, entonces, la
filosofía es, decididamente, un modo de vida; pues
lo otro no es filosofía, es propaganda, mera y burda
propaganda cosificada y cosificante.
En fin, que estas
cuestiones traen consigo la cuestión del papel
público que le cabe a un intelectual en nuestros
tiempos y, con ello, el compromiso inexcusable que
tal persona tiene con la ética y el deber ser.
Apuntes estos que
entendí del caso compartir, en un hoy que suele
presentarnos voces y voceros que a veces reniegan de
lo central por querer acceder a lo periférico y
banal: la sed de lucimiento propio, el ansia por
obtener cosas, factores de poder o de aproximación
al poder. Así sea necesario venderse a sí mismo.
Por ello, reitero,
estas palabras de la señora Marilena Chaui
contextualizadas en un mensaje de salutación y
agradecimiento, más que merecido, nos parecieron
especialmente de recibo para compartir nuestros
propios pensamientos sobre aspectos vitales de la
vida de un ser humano.
Y, convengamos, queda
pendiente una pregunta que un día sí y otro también
se replantea, pues su formulación hace directamente
a la quintaesencia del que osa pensar: ¿Qué es un
intelectual?
Ensayemos no sólo una
respuesta, sino una actitud de vida que también la
comprenda y le de consistencia.
Y así, quizá,
lograremos que la filosofía sea, también, nuestro
modo de vida.
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