Timothy Garton Ash,
un periodista nostálgico
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

No por reiterativo uno debe acostumbrarse a las pontificaciones de los europeos cuando visitan suelo sudamericano.

 

Es una antigua costumbre imperial, que en realidad uno podría perfectamente analizarla desde el punto de vista psicológico (por ejemplo, la “transferencia”), ver con detenimiento los males ajenos, en tanto se pasan por alto los propios.

 

Así, con elementos extraídos, esto sí, de la realidad, pero en un marco folletinesco para que todo pueda encajar en un artículo de prensa, el periodista inglés Timothy Garton Ash, en su habitual columna, desde hace varios años, en el diario El País (domingo 1 de julio, “Brasil, democracia joven y desigual”), lanza su prédica, no sé si anglicana, respecto de los males que aquejan y pueden hacer peligrar a la democracia “joven y desigual” del Brasil.

 

Sin duda que enmarcado en un viaje colonial –visita a escuelas, disertaciones varias, llevando su buena nueva-, el inglés que a su vez es o fue profesor de historia contemporánea en Oxford-, trae comentarios de niños y niñas respecto de su predilección futura. Uno quisiera ser policía, la otra niña, médica, etcétera, para luego rematar tal profunda investigación, el propio Ash, con una sentencia que invita a un prudente: ¡Cuidado, Brasil!, dicho en otros términos, se comprende.

 

Lo que inmediatamente me llamó la atención, no fue que hablara de lo vivido, en instantes, durante su visita a una escuela pública, bien como a una “favela”, sino que este inglés se supo salir de su habitual –y estoy hablando de años de labor periodística en la que no presenta tales trabajos- forma de indagar sobre aspectos de la realidad.

 

Y esto llama poderosamente la atención, convengamos, porque si un periodista de la visibilidad y credibilidad mediática de la que hace gala el inglés citado, trata por primera vez estos temas, en años, es bueno repasar qué no ha escrito, en este sentido, en el pasado.

 

Y, por ejemplo, no ha escrito nada de las miserias de una Europa que aun hoy, se niega a aceptar su condición de mestiza, de raíces fuertemente semíticas, esto es judía y árabe, como tampoco a ver, que es atreverse a ver en lo profundo de sus miserias, la inequidad más absoluta que reina sobre vastas capas de las poblaciones de muchos de sus países.

 

Porque, bueno es decirlo, Europa tiene tantas velocidades como capas sociales:

 

La élite dirigente y paria, las elites políticas, los sectores más acomodados de sus diferentes clases altas y medias, en cada país, y así sucesivamente, hasta llegar al común del pueblo, ese vasto y olvidado sector que, por ejemplo en Inglaterra, tiene una educación, digamos, largamente superficial.

 

Así y todo, indigna ver no que se digan verdades sino que se omitan otras igual o más flagrantes iniquidades.

 

En este sentido, no queremos dejar de recordar a la ciudad de Londres, ciudad netamente hobbesiana, plagada de cámaras para vigilar pasos, bien como apenas mencionar los variados, nutridos y peligrosos guetos que la componen.

 

Este señor, recordémoslo, nada dijo –al menos en su columna habitual desde hace años en el diario español El País- sobre la ejecución del brasileño Jean Charlos de Menezes. Y lo recordamos, puesto que ahora –y porque algún inteligente brasileño le pagó el viaje al Brasil- se dedica a indicar peligros, cuando nunca se atrevió o quiso exhumar los propios peligros y miserias que acaecen en su bienamada Londres, resulta evidente el silencio de entonces contra el ruido de hoy.

 

El joven Jean Charles de Menezes fue ejecutado por funcionarios londinenses, a quienes a los pocos años supieron ascender. Este joven, documentado, desarmado, que iba a su trabajo, fue acribillado sin ningún motivo, salvo su fisonomía, quizá, por esa vieja tradición imperial de endilgar al diferente las heces de su propia producción.

 

Y el señor Timothy Garton Ash, nada dijo. Nada dijo del asesinato, nada dijo del proceso posterior y menos dijo, ni escribió, sobre el ascenso a los gatillos que acabaron con la vida de este chico.

 

No fue en una “favela” de Río, es cierto; fue en la digna Londres, donde todo se ve pero casi nada se juzga con propiedad.

 

Y nos indignamos, francamente, de tamaña insolencia. Pues no sólo este periodista sino muchos otros, olvidan una y otra vez, tratar la cuestión cotidiana y permanente del racismo y la discriminación más flagrante en los diferentes países europeos. Casos emblemáticos son, por ejemplo: Alemania, Polonia, la propia Inglaterra, entre otros tantos.

 

Digamos también que Inglaterra ha aceptado, gustosamente, ser el Mayordomo en la Casa de los Neocons.

 

Esto es, recordando una “miniserie” ya clásica y de su propio cuño: han convenido casi que sin discusión, en ser “los de abajo” en la casa de “los de arriba”, al tomar para sí, repito, el gerenciamiento de un cargo de destaque, pero servicial, desde un Londres absolutamente hobbesiano, en el universo neoconservador vigente en el mundo del poder mundializado.

 

Ellos, los ingleses, que tantas luces supieron dar al mundo, han procurado, a lo largo de la historia también, aportar las complementarias sombras de aquellas, hasta lograr, tristemente, un hacer utilitario acorde al dogma cosificador que parecía haberse instalado en el mundo pero que, como tantas veces, ha comenzado a oscilar.

 

La lámpara que pende del salón-cocina donde el mayordomo solía reunir a sus directos colaboradores, ha pasado a ser un sitio tan inestable como paranoico.

 

Por eso, parece ser, comienzan a salir al mundo, sea para escribir en diarios del continente, sea para administrar sabiduría y justicia en tierras allende lo normal de su zona de supuesta cultura.

 

Que quede registrado, pues, nuestro profundo desagrado, no porque nos hablen de un aspecto de una verdad que nos lacera, porque nos comprende a todos, sino por esconder otras iniquidades de peor cuño, en el propio ojo de este nostálgico de un imperio que ya fue.

 

Recordamos una vez más a Jean Charles de Menezes, de 27 años, quien hace ya dos años, en el camino a su trabajo, con los papeles en regla y la conciencia limpia fue acribillado por la policía londinense simplemente por no tener aspecto de tal, simplemente porque estaba –y para peor no lo sabía- en suelo bárbaro. Y brutal.

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