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Amor Cortés, Fins Amor
por Alfredo E. Allende
*Amor Cortés, Fins
Amor, son expresiones casi idénticas, sin duda
intercambiables, que traen a la memoria un fenómeno
curioso nacido a partir del siglo XI en el actual
territorio de Francia, infiltrado en una maraña de
circunstancias a veces complementarias y en
ocasiones antagónicas, un limitado desvelo femenino
por escapar a la férrea dominación masculina,
procedimiento que, en mi concepto no significó
dignificar al género femenino. Ese raro episodio
histórico-literario se desenvolvió muy posiblemente
en primer lugar en las cortes de Leonor y de María
de Champagne, en la región Occitana; se propagó a
otros palacios señoriales de la aristocracia, las
cortes, ubicados en diversas regiones ya que se
difundió por medio de los trovadores, dentro siempre
de círculos nobles.
De aquí que tiene
validez el nombre de Amor Cortés por los recintos
iniciales en los que habría nacido al menos
literariamente; el segundo -la Fin Amor- porque fue
patrimonio de gentes de la alta sociedad y está
ligado a la concepción feudataria; fin deriva del
latín fides, vinculado a la fidelidad que debía el
noble que gozaba y se atormentaba con la dama, su
dueña en términos apropiados de la estructura
piramidal feudal que servía de modelo y de base
social a este tipo de juego desarrollado en los
castillos y palacios de aristócratas, muy
posiblemente entre los siglos XI y XIV, sin
descartar que pudo haber nacido en el décimo siglo
de nuestra Era y que se prolongó algo más de lo
indicado.
El amor cortés
suele traer a la imaginación el concepto más general
de cortesía entendida como formas delicadas en el
uso de la palabra por parte del caballero, de
realizar gestos, de endosar vestimentas apropiadas y
rendir devotos homenajes a la dama pretendida,
considerada su dueña, con reconocimiento de su
vasallaje hacia ella que actuaba de manera similar
otorgando simetría a la relación social y amatoria.
Courtoisie constituyó una forma de vida en la que
se incorporaban pretendidos valores distintivos de
la alta sociedad: sin duda buenas maneras sociales y
representaciones de apariencias convenientes en todo
momento, elegancia, coraje, suma amabilidad con las
damas, religiosidad interna y costumbres de actos
religiosos, asistencia a misas, largueza (largesse)
con las limosnas o ayudas a los desamparados,
prontitud en defensa de la Iglesia y moral en los
hábitos cotidianos. (Por ello la expresión
castellana cortesía no es equivalente)
Si el caballero,
además, tuviera una dueña de su corazón, el amor
cortés sería entonces un componente de la courtoisie,
y tal vez no se entendería bien una existencia plena
de courtoisie sin ese sentimiento fielmente
manifestado, que debía ser, en principio y para ser
coherente con la teoría, casto o, como lo quiso en
más de una de sus obras el gran Chrétien de Troyes,
entre esposos. Amor moderado exigía Andrés el
Capellán; esa mesura a la que hizo referencia Peire
Vidal en el siglo XII: Es propio del amante de
una buena dama// Que sea sabio y prudente// y cortés
y moderado// Y que no se preocupe ni se lamente,
exigencia la del último verso que no fue siempre
obedecida por los galanes corteses conforme a los
sinsabores que debieron soportar en las pruebas a
las que se vieron sometidos por sus amadas, antes de
transformarse en amantes: por ejemplo dejarse vencer
en un torneo, no reaccionar ante una ofensa, etc.
Una
aproximación al amor cortés desde una perspectiva
gnóstica podría sería la explicación de que este
tipo de amor es una prueba durante la cual, sean
cuales fueran los sufrimientos soportados, el amante
desea con todo su ser llegar a una perfección
encarnada por la dama.
[i]
Para el caballero se trataba de aceptar la
superioridad (no intelectual ni de carácter, sino
ideal) de la mujer amada, reconociendo sus
exigencias como bien fundadas, pero también sus
crueldades, sus sadismos que él aceptaba con
sentimiento masoquista. Sucedía algo que Jean
Markale denomina un curioso amor adúltero
beneficioso para la comunidad; el caballero
pretendiente realizaba una serie de esfuerzos que lo
elevaban en su coraje, en su ánimo fortalecido por
las exigencias del emprendimiento amoroso; claro que
ello era así si se acepta que en la práctica el
caballero buscaba a través de la dama, que era a su
vez el objetivo inmediato, la perfección, la
trascendencia mística, la corrección definitiva de
sus debilidades o errores.
*Todo ello, entiendo,
pertenece al mundo de la teoría, del encubrimiento
ideológico de la realidad del adulterio que alegraba
la vida de la dama. Hay una fuerte tendencia no sólo
a idealizar sino también a espiritualizar con
metáforas religiosas tal tipo de relación que era de
pertinencia más bien erótica, lúdica, imaginativa y
de bases y encuadramientos sociales bien definidos.
Cuando digo imaginativa, incluyo la noción
poética-literaria sin la cual la fin amor parecería
no corresponder sino a una mera fantasía
intrascendente; es precisa, e insólitamente, la
lírica y el romance -los romans- los que han dado un
anclaje en la desfigurada realidad de su tiempo al
episodio que no habría tenido mayor relevancia
ausentes los cantos inspirados que le dieron fama
duradera y prestigio, no perdidos a pesar de los
siglos transcurridos, si en definitiva existió en
plenitud tal episodio, si no fue otra cosa que una
cierta libertad de las damas para coquetear y amar,
con adulterio o sin él, con ambiguas conductas
sublimadas por los trovadores.
La relación con el
marco socio-temporal tuvo fundamento: los
casamientos se llevaban a cabo en las altas esferas
de la sociedad, por razones de conveniencia, por
decisión de los padres o tutores de ambos jóvenes,
con el acicate de consolidar alianzas entre familias
poderosas, o de permitir al consorte acceder a
bienes de una novia pudiente. Lo que llamamos amor,
no era necesariamente sino de manera esporádica,
factor del enlace. En la burguesía de acentuada
importancia económica sucedían los casamientos por
las mismas razones, y se procuraba el desposorio
con las damas u hombres de alcurnia pero el título
nobiliario era imprescindible para realizar la
unión, a no ser que se lo pudiera adquirir por y con
los beneficios que aportarían los contrayentes
plebeyos.
¿Qué sucedía entonces
con los jóvenes sin primogenitura y sin fortuna,
pero nobles? Se entiende que buscaran en los
castillos o palacios a los que acudían o en donde
habitaban a los efectos de su formación, la dama
protectora, la mujer que los ayudara para su
promoción social; comenzaba el cortejo hacia la
castellana o a una señora de la familia anfitriona,
que se llevaba a cabo con los hábitos de
refinamiento que estaban adquiriendo, con la dulzura
de la courtoisie, que esforzaban extraer de sus
personalidades formadas para la caza, los torneos,
la guerra.
Téngase presente que
las damas asediadas cortésmente, carecían de otro
estremecimiento poético necesario para eludir tedios
en una sociedad machista, belicista, y en ocasiones
por añadidura, pacata especialmente para las mujeres
educadas al servicio del varón que le tocase en
turno como señor: padre, marido, hermano mayor,
tutor.
Muchas veces
detestaban al estado marital impuesto; quedando
aisladas de sus esposos cuando éstos efectuaban
visitas e inspecciones a sus dominios, o
participaban de torneos en lejanos lugares o durante
las actividades guerreras, con comportamientos para
nada castos con otras damas o mujerzuelas; entonces
¿por qué no? las esposas alejadas ansiaban una
revancha contra el sometimiento, el aburrimiento y
la carencia de ternezas que sí le proporcionaba la
courtoise del galán de turno.
Es lo que ocurría
según Cristina Pizán al señalar que ellas daban de
comer a sus esposos de la misma sopa,
justificándolas sin rodeos con sus juegos amorosos
disipados. Las altas damas eran atendidas por
jóvenes de buen porte, de ansias a menudo excesivas
y punzantes por lograr los favores sociales que
seguirían a los de tipo amoroso. Aquella teoría
sobre la castidad debida en el amor cortés quedó
desvanecida ante la realidad.
*Se dispuso de
una doctrina sobre la fin amor quizá nunca mejor
abreviada que en el Cuento del papagayo del siglo
XII.[ii]
Una dama esposada es requerida de amores por un
caballero a través del mensajero, un papagayo, que
vuela hasta el huerto cerrado dónde aquélla se
encuentra.[iii]
Ella rehúsa el envite cortés, por lo que el Papagayo
expone una teoría del amor: No es razonable que
el marido tenga tanto poder; a él podéis amarlo en
público, y luego, en secreto, amar a aquel que muere
por vuestro amor sin engaño alguno. La dama
invoca la fe comprometida con el esposo, pero refuta
el gentil Papagayo: Señora, os lo diré yo: el
amor no se preocupa de juramentos, sino de la
voluntad y el deseo. Después de un breve
parlamento la señora accede remitiendo los símbolos
de unión al pregador, como se llamaba al caballero
penitente por amor: un anillo y un cordón, ambos
objetos vinculados al contacto con su cuerpo,
preanuncio del inminente encuentro carnal que tiene
lugar en el huerto -alusión al paraíso- a la sombra
de un laurel, el árbol de la lubricidad.
Si una dama, por
supuesto una mujer de la nobleza casada, carecía de
un pretendiente o amante conocido, corría un doble
riesgo. Se podía pensar en el mundillo al que
pertenecía que el pregador era tan indigno que a
ella daba vergüenza mostrarlo, lo cual redundaba en
una fuerte pérdida de prestigio; quizá peor sería
para su ego si se la considerarse indigna de ser
asediada por un caballero; también caería en el
descrédito y la burla frente a ése, su mundillo. Se
ha afirmado que en ambos casos, la indignidad caía
también sobre el marido, ya sea por cornudo en el
caso primero o por débil de carácter en el segundo,
incapaz de tolerar la marcha normal del sistema, con
su secuela de valores -amor, nobleza, courtoisie- o
por permanecer en matrimonio con una mujer sin
atractivos necesarios a los efectos de hacer
funcionar el procedimiento propio de las cortes
dignas. En el Juicio del Amor, una Dama requerida
por un caballero quiso acceder a sus demandas,
antes de que los rumores le asignaran un hombre más
bajo, pues muy amargo es a una dama de alta
condición que no se le conozca amante
. Así creo
puede evitar la maledicencia la dama de gran mérito.[iv]
Después de
todo, la poesía trovadoresca transmitió la idea de
que siendo el matrimonio un asunto vinculado
exclusivamente a la política y a la genealogía,
quedaba abierta la vía del necesario amor fuera del
vínculo conyugal. Pero hay otro aspecto que exige la
presencia de una amante infiel: la doncella, la
mujer soltera, no gozaba de personalidad jurídica en
ese mundo estructurado por y para el varón.[v]
Su estatuto de persona jurídica comenzaba con el
casamiento; se convertía en Dama: sin la existencia
de un marido traicionado el acto consumado con el
pregador sería más una felonía contra los padres,
contra la propia niña sin personalidad jurídica, que
una actitud en definitiva cortés, derivada de una
cierta razonabilidad -explicitada por el Papagayo-
emergente de la estructura socio-matrimonial de la
nobleza y de la alta burguesía.
*La condesa María de
Champagne actuó como árbitro en una situación que le
fuera expuesta relativa a estos asuntos amorosos; la
requisitoria se resumía en saber si podía darse un
verdadero amor entre esposos y si se debía aprobar
los celos apasionados entre amantes. Tales
discusiones se ponían a consideración de
tribunales o de alguna dama de la alta nobleza que
dictaminaban sobre cuestiones abstractas como sobre
temas puntuales que se le sometían por episodios
reales -hay que suponer sin fuerza ejecutiva-.
María respondió la
consulta el 1° de mayo de 1174, por escrito y en su
parte resolutiva no dejó de clarificar el tema:
decimos
y afirmamos que el amor no puede imponer sus
derechos entre dos esposos. Los amantes, en efecto,
se dan mutua y gratuitamente todo y sin que los
obligue razón alguna.
. Existe una regla del amor
que dice que ninguna mujer casada podría ser
coronada con el premio del rey del Amor, a menos que
esté enrolada en su ejército al margen del
matrimonio. Hay que recordar que la pasión, es
decir el verdadero amor, sería pecaminoso entre
esposos cuyos abrazos debían estar inducidos
exclusivamente por la procreación.
Se puede afirmar que
la liberalidad amorosa regulada en la nobleza
produjo toda una literatura y un lirismo que llegó a
Italia con el dolce stil nuevo y tuvo amplias
repercusiones trasmitiéndose al período romántico
con inspiraciones que aún perduran. Pero lo dicho:
más que un gran fenómeno social se trató de una
situación concreta en un período delimitado en una
clase social minoritaria, nutrida de prolífica
literatura denominada cortés.
*A no engañarse; fue
aquél un período tan sensual como otros y la
aristocracia se constituyó en un paradigma de las
hipocresías de su propio engendro: el amor cortés.
Al comienzo del siglo XIII un relato en verso bretón
-El Lai del lamedor, todo un título sugerente-
despeja cualquier duda. En esos versos se finge que
las damas y las muchachas del país se reúnen en
algún lugar de la Bretaña con el fin de componer un
lai (pequeño relato en verso) sobre algún tema.
Una de las damas más
prominentes propone que se discuta porqué los
caballeros realizan muchas proezas. Las preguntas se
suceden: ¿Gracias a quién son tan osados los
caballeros? ¿Por qué razón les gusta los torneos?
¿Para qué se engalanan los jóvenes? Por amor a quién
son nobles y de tan generoso corazón
Con qué
objeto les gustan los abrazos, los besos y las
palabras de amor? ¿Conocéis alguna razón que no sea
una sola y misma cosa? Y llega la respuesta
descarnada, despojada de velo púdico: Muchos
hombres han mejorado y buscado fama y mérito, cuando
no hubieran valido ni el precio de un botón si no
fuera por el deseo del coño. A fe mía, os lo
garantizo; a una mujer no le valdría el más hermoso
rostro, ni amigo, ni galanteador, si hubiera perdido
el coño. Porque esas buenas acciones se llevan a
cabo por amor a él, no busquemos más allá;
compongamos el nuevo lai en su honor, y gustará a
todos los que lo oigan
No importa que sea así:
que los caballeros sólo busquen en definitiva el
sexo. Eso los hace mejores, eso los incita a la
galantería; no son ellas como personalidades
meritorias las acosadas sino su prosaico, simple y
animalesco órgano genital el objeto de esos desvelos
masculinos. Freud queda superado.
Para los nobles hay
obligación de amar. Otro lai de la misma época -Lai
del trote- relata que un caballero del rey Arturo,
entró a un bosque donde encontró ochenta damiselas
corteses y bellas, muy bien vestidas, coronadas sus
cabezas de flores que esparcían un bello aroma,
montando caballos blancos de suave paso. Al lado de
cada una cabalgaba un amigo, obviamente elegante y
encantador, sobre un corcel de combate. Cada pareja
se embelezaba en besos, algunas se abrazaban, otras
se hablaban de amor y hazañas. Pero de la espesura
del bosque el caballero artúrico vio un centenar de
jóvenes mujeres sin compañías de varones, cabalgando
sobre negros caballos de carga, flacos y agotados;
ellas llevaban los pies desnudos, sus hábitos
estaban raídos, mostrando todas pesadumbre. Sobre
sus cabezas caía la nieve, rugía el trueno, la
tempestad era tan violenta que adie hubiera podido
lanzar una sola palabra ni una sola mirada a los
grandes sufrimientos y dolores que padecían día y
noche, relata el lai. El caballero logra una
explicación: las damas sobre los corceles blancos,
gozosas, habían amado en vida, sirvieron fielmente
al Amor, y llevan cada una consigo al hombre que más
amó. Las otras pobrecillas renegaron del amor y Amor
les hace pagar muy caras su gran presunción y su
arrogancia.
*Los trovadores,
artífices en gran extensión de la realidad de la
fins amor, se hacían preguntas entre sí para
realzar el interés por el juego en los salones donde
sin duda predominaban en número las damas. Pero se
llegaba de tal manera a plantearse o insinuarse, con
o sin plena conciencia, problemas de vuelos
teológico, religioso y metafísico. Se demandaban uno
al otro si andaban en pareja, quién empleaba mejor
el tiempo, el hombre que perseguía a una mujer de
mérito con la esperanza de alcanzar el premio, o
aquél que amaba a una boba con la que efectivamente
tiene relaciones.
En el trasfondo de
la cuestión se ha hallado una influencia cátara, en
el sentido de su importancia cultural impresa más
allá de su propia religión: la mujer boba sería
la Iglesia católica, que ofrecía a sus
feligreses seguridad dentro del acatamiento a las
normas que imponía con su panoplia de ceremoniales,
o la fe cátara -emblematizada por la mujer de
mérito- con sus condiciones muy duras pero mucho
menos litúrgica en su persecución por una
espiritualidad avanzada en progresión hacia la Luz
celestial.
*Se puede apreciar
la complejidad del tema cortés, deudor de vertientes
diversas. De todas maneras aquello que no puedo
hallar es la rehabilitación femenina que, se ha
argumentado, habría creado un sentimiento de
respetabilidad universal en torno a la mujer. En
primer lugar el amor cortés, como parte de la
courtoisie aunque como parcialidad con caracteres
propios, estaba reducido, reitero, al pequeño mundo
aristocrático, al círculo nobiliario. La courtoisie
formó parte de una reacción de esa minoría
privilegiada contra los advenedizos de las clases
sociales enriquecidas, ya denominadas burguesas,
integradas con personas que trabajaban con las manos
-en cambio de utilizarlas para practicar los bellos
oficios superiores que hacía unirlas para la
plegaria o les permitían blandir armas- además de
dirigir personalmente establecimientos con operarios
y esclavos, o hacer aventuras de intercambio
marítimo con tripulaciones menospreciables. Las
formas de vida había que distinguirlas: la
distinción se impuso, el noble quiso para sí y
para los miembros de la corte refinamientos ajenos a
los nuevos ricos, inaccesibles para ellos, zafios
productores en contacto frecuente con gente de
inferior ralea, canalla del último escalón.
En segundo lugar, si
la fin amor responde a la noción espiritualizada de
J. Markale, es el varón el que se esfuerza, el
héroe, incluso el santo que escala el
perfeccionamiento. Ella es un elemento pasivo que
impulsa por su belleza física, por ser gentil -una
variante de cortés- pero normalmente no adquiere el
centro de la atención que lo roba el caballero
amoroso, que hace de ella un fetiche, pero elaborado
por él, como varón capaz de alcanzar niveles de
conciencia religioso-mística que no involucran a la
dama. Ella, en definitiva era adúltera; su simbólica
madre, Eva, que engañó a su compañero, complacida
con la serpiente, renacía de manera más o menos
obscura.
[i]
El amor cortés o la pareja infernal, I,
La ley del amor.
[ii]
El autor: Arnaut de Carcassés,
posiblemente de la comarca de Carcasona. Es
un relato incluible entre los fabliaux. Se
encuentra en castellano en el libro
Castigos para Celosos. Consejos para
Juglares. Edc. Gredos, 1999, Madrid.
[iii]
El jardín cerrado, puede ser considerado el
paraíso, o bien, ya que no se podía en la
literatura cortés hablar directamente de los
genitales, se arbitra la metáfora del
hortus conclusus para hacer esa alusión
referida a la vagina; el papagayo es el
símbolo del mensajero y también de la
elocuencia. Si se toma el conjunto incluido
el simbólico lúbrico árbol y sin forzar la
imaginación, se aprecia que el cuadro
refleja una sensibilidad sexual.
[iv]
Cuento occitano de Ramón Vidal de Besalú,
redactado a principios del siglo XIII, de
clara estirpe trovadoresca. Edc. Gredos.
LA
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