Uruguay: 300.000 habitantes de
ascendencia afro o negra

Perfil demográfico y socioeconómico
de la población uruguaya según
su ascendencia racial


Informe sobre “el perfil demográfico y socioeconómico de la población uruguaya según su ascendencia racial”, realizado por la economista Marisa Bucheli y la antropóloga Wanda Cabella para el INE. El estudio tubo como base la Encuesta Nacional de Hogares Ampliada del 2006 que incluyo una pregunta especifica orientada a identificar la ascendencia racial de la población en Uruguay. Lo que sigue son un resumen realizado por La ONDA digital como forma de iniciar la lectura de este valioso estudio que recomendamos conocer en su totalidad, desde el archivo que publicamos aquí.

 

En el año 2006, el nuevo formulario de la Encuesta Nacional de Hogares Ampliada (ENHA) incluyó una pregunta orientada a identificar la ascendencia racial de la población. Es esta la tercera vez en la historia del Uruguay independiente que un instrumento estadístico oficial de  cobertura nacional incorpora una pregunta dirigida a conocer la composición racial de sus habitantes. El censo de población de 1852 y el módulo de raza recabado en la ECH 1996 y 1997, constituyen los dos antecedentes que tuvieron en cuenta esta categoría de análisis de la población.

 

En este documento se presentan los primeros resultados del análisis de la pregunta de auto percepción de ascendencia de la ENHA 2006. Su principal objetivo es ofrecer una estimación del volumen de la población según ascendencia racial y una visión sintética del perfil, considerando sus características demográficas, económicas y sociales. Asimismo, se busca poner de manifiesto las diferencias entre los distintos grupos de ascendencia en lo relativo a su comportamiento demográfico y su desempeño socioeconómico. (…)

 

Este estudio es un primer aporte, de corte descriptivo y exploratorio, cuyo objetivo es dar a conocer las principales características de una dimensión de la desigualdad social muy poco explorada en Uruguay.

 

Se espera que la serie de interrogantes que se abren en este trabajo contribuyan a profundizar el estudio de la desigualdad racial y a estimular la investigación sobre el vasto conjunto de temas que no fueron abordados en este informe. El gran tamaño muestral y la diversidad de materias que incluyó la edición 2006 de la encuesta de hogares representan una oportunidad singular para avanzar en el conocimiento del tema.

 

Debe tenerse presente que si bien los resultados ponen de manifiesto que existe en el país una marcada desigualdad (social, económica, demográfica) entre grupos de ascendencia, el trabajo no aborda estrictamente el problema de la discriminación racial. No obstante, los resultados sugieren que se trata de un aspecto de la realidad social uruguaya que merece mucha más atención de la que se le ha prestado hasta el momento. (…)

 

Por otro lado, las investigaciones de corte cualitativo que se han realizado hasta el momento destacan la presencia de bajos niveles de autoestima entre los niños y jóvenes negros y ponen en relieve la percepción de fuertes barreras de movilidad social en función de su pertenencia racial (Florit 1994, Foster 2001, Mundo 1999). Asimismo, las organizaciones afrouruguayas han denunciado en diversas ocasiones la existencia de discriminación racial en la cotidianidad de las relaciones sociales y en el discurso político (Rodríguez 2003).

 

Finalmente, los relatos de afrodescendientes recogidos en historias de vida testimonian la exclusión social y económica, la discriminación y las dificultades de diverso orden que han experimentado a lo largo de sus vidas (Porzecanski & Santos 2006).

 

En los últimos años, los organismos internacionales y las organizaciones de afrodescendientes que trabajan por el ejercicio efectivo de los derechos y el mejoramiento de las condiciones de vida de los afrouruguayos, han señalado la necesidad de conocer las características de la población negra, como una condición necesaria para denunciar la existencia de racismo en la  sociedad uruguaya y contribuir a su superación. De hecho, la influencia de la organización

afrodescendiente Mundo Afro fue decisiva para que el módulo de raza 1996 fuese incluido en la ECH.

 

Asimismo, esta organización presionó a favor de la incorporación de la identificación racial en los certificados de nacimientos e impulsó una propuesta para incluir la raza en las historias clínicas (Rudolf et al. 2005). También en el caso de la ENHA 2006, la inclusión y el modo de formulación de la pregunta de ascendencia racial fueron el resultado de las demandas del movimiento de afrodescendientes.

 

En lo que respecta a la población indígena, no se registran estudios de corte cuantitativo que analicen sus características demográficas y su posición social y económica. Solamente se dispone de algunos indicadores básicos incluidos en el informe de resultados del módulo de raza 1996- 1997, y con el bajo nivel de desagregación que permitió el escaso número de personas de raza indígena que relevó la encuesta.

(…)

 

El crecimiento de las minorías raciales entre 1996 y 2006:

la importancia del diseño del instrumento de recolección estadística

 

Uno de los resultados más sorprendentes de la ENHA 2006 respecto a la composición racial de la población uruguaya, fue el importantísimo crecimiento de las minorías raciales, en relación a las cifras relevadas por el INE diez años antes. Usando los mismos criterios de reagrupamiento de las categorías raciales en ambas encuestas, la población afrodescendiente, que en 1996 representaba el 5.9% del total, aumentó a 9.1% en la ENHA, y la población que se auto identificó como indígena pasó de 0,4% a 2.9%.

 

En ausencia de una fuerte inmigración de estos grupos, este crecimiento requiere ser explicado por otros mecanismos. En primera instancia, surgen tres posibles vías para interpretar el aumento: las diferencias muestrales, la modificación de la autopercepción de la identidad racial de los individuos, y finalmente, el cambio en la formulación y categorización de la pregunta utilizada.

 

En lo que refiere a los tamaños muestrales, la ECH en su versión habitual es una encuesta de grandes dimensiones, por lo que permite obtener estimaciones confiables para la población residente en centros urbanos de 5.000 y más habitantes. A ello debe agregarse que el módulo de raza de 1996 fue relevado durante dos años consecutivos y alcanzó un total de 128.700 personas.

 

Respecto a la cobertura geográfica, las encuestas difieren en que la ENHA abarcó las áreas  rurales, mientras que las ECH 1996 y 1997 fueron recogidas en las localidades de 900 y más habitantes. Por lo tanto, existía la posibilidad que las poblaciones con ascendencia negra e indígena estuvieran muy concentradas en la zona rural y en localidades muy pequeñas, y por lo tanto no fueran captadas por la ECH 96-97. Esta posibilidad fue descartada, ya que eliminando de la ENHA a las personas residentes en localidades menores de 900 personas, la distribución de la población según su ascendencia racial apenas difiere de la del total del país, replicando las mismas cifras del total del país con modestísimas diferencias.

 

La segunda fuente de explicación considerada en este documento, refiere a procesos sociales de transformación de las identidades colectivas y es pertinente mencionarla ya que en ambas encuestas la identificación fue subjetiva, es decir quedó librada a la decisión de los encuestados.

 

En este caso, la revalorización de las raíces indígenas y la movilización de las distintas organizaciones en pro de la afirmación de la conciencia racial o étnica, pudieron incidir en el aumento de la declaración de la ascendencia racial afro e indígena. No es posible contrastar esta hipótesis, pero sí es cierto que desde la década de 1990, el contexto cultural propició la reconsideración de una imagen de la sociedad uruguaya racialmente homogénea y formada casi exclusivamente por inmigrantes europeos, en favor de la construcción de una identidad mestiza, más compatible con el estereotipo latinoamericano (Porzecanski 2005).

 

En particular, este fenómeno de promoción de la indianidad, pudo haber influido en el aumento de la población autoclasificada en la categoría “indígena”.

 

Sin embargo, la modificación en la formulación de la pregunta se presenta como la fuente de discrepancia más relevante entre ambas mediciones. En el recuadro siguiente se presentan las preguntas tal como fueron formuladas en 1996-1997 y 2006. (…)

 

Volviendo a la comparación entre las encuestas de hogares realizadas por el INE, el segundo elemento que debe tomarse en cuenta a la hora de evaluar las diferencias arrojadas por ambas encuestas refiere a las formas de recoger las respuestas. En la ENHA las personas podían marcar todas las opciones, mientras que en el módulo de raza 1996 las respuestas eran excluyentes y sólo

se indagaban los componentes raciales si la persona respondía que se identificaba como mestizo (ver recuadro 2). En sentido estricto, el término mestizo denota la mezcla de blanco e indígena, y en su acepción popular se entiende como el resultado de la mezcla racial. No es evidente cuál es la interpretación social de esta categoría en una población que no está habituada a las categorizaciones raciales y en la que el término mestizo acarrea cierta carga peyorativa. En este relevamiento la proporción de personas que se incluyó en la categoría “mestizo” fue 5.3%, mientras que en 2006 el 10% contestó que tenía más de un origen racial.

 

En suma, no puede concluirse que hubo crecimiento de las minorías raciales en Uruguay. El aumento registrado puede atribuirse a las diferencias en la conceptualización y formulación de la pregunta que se usó en cada encuesta para captar la pertenencia racial. En este sentido, no existe discrepancia entre ambas encuestas, en tanto cada una de ellas midió dimensiones diferentes de la

identidad racial. En consecuencia, los datos recabados en estas dos instancias no son estrictamente comparables, y el análisis de las tendencias de la atribución de la identidad racial de la población uruguaya a partir de ambas encuestas debe ser tomado con extrema cautela.

 

Ello no obsta que la revitalización de las identidades mencionada más arriba haya incidido en una mayor propensión a autodefinirse como perteneciente a las minorías afro o indígena, sin embargo, para capturar la magnitud de este fenómeno es necesario contar con dos mediciones realizadas con criterios idénticos. (…)

 

Prácticamente la totalidad de la población (97%) reconoce que tiene antecedentes raciales de origen blanco. Le sigue en importancia la población que considera que cuenta con ascendientes negros, cerca de una de cada diez personas, y finalmente casi un 4% se incluyó entre la población de ascendencia indígena. Las personas autoclasificadas como amarillas no alcanzan a representar medio punto porcentual respecto al total de la población residente en el país. (…)

 

En términos absolutos la expansión a la proyección nacional revela que en 2006 la población de ascendencia afro o negra se compone de alrededor de 300.000 habitantes (incluyendo a las personas que además declaran poseer raíces indígenas). Por su parte la población que se autopercibe indígena está en torno a las 96.000 personas y alcanzaría a 123.000 si se incluyera también a las personas que declaran tener simultáneamente ascendencia indígena y afro.

 

La distribución porcentual de la población según su ascendencia da cuenta de una inmensa mayoría de personas que declararon tener ascendencia estrictamente blanca. En total, el 87.4% de la población uruguaya considera que su único componente racial es de origen blanco. La siguiente categoría de ascendencia en orden de importancia es la que agrupa a las personas con mezcla afro y blanca (6.3%), seguida por la mezcla de indígenas y blancos (2,5%). La población que reconoce tener solamente ascendencia negra alcanza al 2% del total. Aunque se trata de una cifra pequeña, no parece irrelevante si se la compara con el 6% de población negra censada en Brasil en el año 2000, un país que se destaca por la fuerte presencia de población afrodescendiente.

 

Cabe consignar que 89,9 % de la población asume que tiene una única línea de ascendencia, ya sea blanca, negra o indígena, por lo que resta sólo un 10% que se considera producto de la mezcla de una o más razas. (…) determinar cómo se distribuye geográficamente la población al interior de cada grupo de ascendencia. Siguiendo el conocido patrón de macrocefalia capitalina, en torno al 40% de la población, independientemente de su ascendencia, se concentra en Montevideo. Fuera de esta regularidad, se puede observar que existen diferencias importantes en los patrones de localización residencial entre los grupos de ascendencia en el Interior del país. La mitad de los afrodescendientes (51%) y 45% de los indígenas residentes en el Interior se concentran en los departamentos del noreste y litoral (Artigas, Rivera, Paysandú, Salto, Cerro Largo y Tacuarembó), mientras que sólo 28.1% de la población de ascendencia blanca del Interior vive en estos departamentos. (…)

 

Al norte del Río Negro, la proporción de población afrodescendiente e indígena es  significativamente mayor respecto a los departamentos del sur. Este fenómeno tiende a intensificarse en los departamentos de la frontera con Brasil. En Artigas y Rivera, por ejemplo, la población afrodescendiente constituye entre el 15% y el 25% del total de la población departamental. En el resto de los departamentos situados al norte de Río Negro, el peso de la población afro se coloca sistemáticamente por encima del promedio del país (en el anexo 2 se presentan las proporciones de cada grupo ascendencia por departamento). Por el contrario, en los departamentos del sur del país, la participación demográfica de la población negra se ubica por debajo del promedio nacional, a excepción de Montevideo y Rocha, en los que la proporción de población negra es similar al promedio del norte del país. Colonia, Soriano, Flores y Florida se destacan por la muy escasa presencia de afrodescendientes; en estos departamentos, menos de un 3.5% de la población consideró que tenía ascendencia negra. Colonia representa el caso más extremo, con apenas un 1.2% de población afrodescendiente. (…)

 

La fecundidad de las mujeres negras es más alta que la de las mujeres blancas: al final de su vida fértil, las primeras acumulan cerca de un hijo más que las segundas. Esta diferencia está en línea con los resultados obtenidos cuando se compara la paridez de las mujeres en función de distintos indicadores de estratificación social. En general se constata que las mujeres uruguayas con menores niveles educativos y peores niveles de bienestar económico tienen en promedio un hijo más que las que están mejor ubicadas en la escala social.

 

Otro aspecto que merece ser destacado es la mayor precocidad de las mujeres negras en el inicio de la vida reproductiva. Este fenómeno puede observarse tanto en la mayor paridez que acumulan las mujeres de origen afro en los grupos más jóvenes (15-24) como en los indicadores de edad media al nacimiento del primer hijo (tabla 12). De acuerdo a estos datos, las cohortes de mujeres negras nacidas entre 1957 y 1966, tuvieron, en promedio, su primer hijo a los 22 años. Este indicador se alcanza prácticamente a los 24 años entre las mujeres de ascendencia blanca.

 

Por otra parte, la distribución de las mujeres respecto a la edad en que fueron madres, muestra que si bien no hay diferencias relevantes en las edades centrales de la reproducción (20-25 años), los calendarios difieren entre los grupos de edades extremos. Entre las afrodescendientes se registra una fuerte concentración de mujeres que inician la fecundidad antes de los 20 años, mientras que la participación de las mujeres de ascendencia blanca es minoritaria en este grupo y considerablemente mayor pasados los 25 años. (…)

 

Consideraciones finales y principales resultados

La ENHA 2006 recogió una mayor proporción de las minorías raciales en la población uruguaya respecto a la medición oficial anterior. Entre las 165.000 personas que se autoidentificaron como afrodescendientes en 1996 y las 280.000 que se contabilizaron en 2006, hay una distancia notable que no puede ser explicada por el crecimiento demográfico de este grupo. Aún más importante fue el aumento de la población de ascendencia indígena, que pasó de poco menos de 15.000 a 90.000 personas.

 

Si bien existe acuerdo en que las identidades raciales y étnicas no son atributos fijos, sino que se modifican en función de una variedad de factores, la magnitud del crecimiento es demasiado importante como para ser explicada por un cambio social en la autopercepción racial. En este documento se sostuvo que el factor principal que explica este aumento radica en los cambios introducidos en la formulación de la pregunta utilizada para relevar la pertenencia racial de la población.

 

En 1996 se le pidió a la población que definiera a qué “raza” pertenecía, en 2006 se le solicitó que determinara cuántas y cuáles eran sus líneas de ascendencia racial. La referencia a conceptos y horizontes temporales diferentes se presenta como la principal explicación del aumento de las minorías raciales. No obstante, es posible que también haya incidido en el resultado una mayor conciencia étnica y racial, favorecida por los movimientos de autoafirmación de los afrodescendientes y por un contexto cultural que en los últimos años ha promovido la recuperación de las raíces indígenas y africanas.

 

En términos generales, se encontraron diferencias de magnitud considerable entre las características demográficas y los desempeños sociales y económicos de las minorías raciales frente a la población blanca. Este comentario vale en particular para la minoría de afrodescendientes, que se ubica en una posición claramente desfavorable frente a la mayoría blanca. La población indígena se sitúa en una posición intermedia en varios indicadores, mientras que en otros se asemeja mucho a la población de ascendencia blanca.

 

La minoría de ascendencia indígena tiene contornos más difíciles de definir que la población afro y por su peculiaridad, parece necesario investigar en profundidad qué generaciones y sectores sociales tienen mayor propensión a declarar esta ascendencia. Dado que en Uruguay no existen grupos indígenas como categorías étnicas, es probable que la población que se autopercibe indígena reúna un conjunto heterogéneo de personas. Entre otras posibles: aquellas que reconocen que sus antepasados remotos eran indígenas, los que saben que hubo un ascendiente indígena en línea directa en una generación más o menos próxima la suya, y los que suponen que por su aspecto físico actual sus ascendientes fueron indígenas. Si ello fuera así, es factible suponer que la población indígena promedia los perfiles y los desempeños de individuos que reconocen tener ascendientes indígenas pero su fenotipo es básicamente blanco, con los de personas que tienen trazas físicas definidas de ascendencia indígena.

 

En los párrafos siguientes se resumen los principales resultados.

 

En lo que refiere a la distribución territorial, se encontró que las mayores proporciones de población afrodescendiente se registran al norte del Río Negro y particularmente en los departamentos del noreste del país. En Artigas este grupo llega a representar el 25% de la población total del departamento, en el que también la población indígena registra su mayor guarismo (10%). En la comparación del conjunto del Interior con Montevideo no se encontraron diferencias significativas: en ambas áreas la población de ascendencia blanca se sitúa en 88%, la afrodescendiente representa en torno a 9% y la indígena en torno a 3%.

 

En Montevideo, la concentración de población afrodescendiente sigue un patrón definido. Su participación es netamente marginal en los barrios costeros, escasa en las zonas céntricas y aumenta a medida que se acerca la periferia de la ciudad. Cabe destacar que las concentraciones más importantes de la población afrodescendiente y en menor medida indígena, tanto en el nivel nacional como en la capital, coinciden con las zonas de menor desarrollo económico y humano, de acuerdo a las estimaciones realizadas en 2005 (UNDP 2005).

 

La población negra se destaca por tener una composición demográfica particularmente joven, en contraposición a la población blanca e indígena, cuya estructura refleja el envejecimiento demográfico de la población uruguaya. Asimismo, la fecundidad de las afrodescendientes es mayor que la de los otros grupos y el inicio de su vida reproductiva es más temprano. A ello se suma que también inician su vida conyugal más precozmente. En conjunto, esta categoría racial experimenta transiciones familiares más tempranas que la población blanca y la indígena. Esta última se ubica en una posición intermedia.

 

La estructura de hogares de los afrodescendientes está en consonancia con las especificidades de su composición demográfica: son hogares más jóvenes, de mayor tamaño y tienen mayor representación que la población blanca e indígena en los hogares nucleares con hijos.

 

Si bien no se relevaron indicadores de mortalidad en la ENHA y en este trabajo no se abordaron los aspectos referidos a la salud, algunos indicadores sugieren que la mortalidad es más alta entre los afrodescendientes. En particular, las tasas de viudez por edad son sistemáticamente mayores a partir de los 50 años entre las mujeres y los varones afro, respecto a los mismos grupos entre la población de ascendencia blanca. Dado que la población afrodescendiente tiene tasas de pobreza significativamente más altas que el promedio nacional, es necesario investigar en qué medida este resultado responde a sus peores condiciones de vida, a su condición racial, o, -más probablemente-, a una mezcla de ambas cosas.

 

La población afrodescendiente presenta una situación netamente desfavorable en todos los indicadores relativos al desempeño educativo y económico. Este grupo muestra un promedio de años de estudio menor al alcanzado por la población blanca, la diferencia alcanza a dos años entre las personas mayores de 35 años y a 1.6 años entre las de 25 a 29. Si bien la reducción de la brecha indica que las nuevas generaciones de afrodescendientes tienen más oportunidades educativas que sus predecesoras, las tasas de asistencia al sistema educativo a partir de los 14 años son sistemáticamente menores que las de los blancos. Esta diferencia alcanza un valor extremo entre los jóvenes de 18 a 24 años. En este grupo de edad, la proporción de jóvenes blancos que asiste a un centro de enseñanza duplica la proporción de asistentes de ascendencia negra (41% y 22% respectivamente). En suma, los adolescentes negros desertan más tempranamente del sistema educativo y enfrentan mayores dificultades para acceder a la educación terciaria.

 

En lo que refiere a los indicadores de mercado laboral, se registran mayores tasas de actividad y de empleo entre la población afro y la indígena respecto a la población blanca, pero también mayores tasas de desempleo. La mayor tasa de participación se explica por el efecto combinado de un ingreso más temprano de los jóvenes negros e indígenas al mercado laboral, respecto a sus pares de ascendencia blanca y la mayor permanencia de los grupos de edades extremos. En otras palabras, ambas minorías raciales entran antes al mercado de trabajo y salen más tarde.

 

Respecto al tipo de ocupación, la población afrodescendiente se concentra en los empleos de baja calificación y tiene una participación notoriamente menor en los puestos de directivos, profesionales y técnicos. Se destaca la importante participación de los varones negros en la construcción y de las mujeres en los servicios personales. Asimismo, los afrodescendientes tienen mayores probabilidades de ocupar puestos de trabajo informales que los trabajadores blancos, independientemente de la categoría ocupacional en la que se desempeñen. Entre los indígenas ocurre lo mismo, pero la brecha registrada es menor. Finalmente, se constata que las remuneraciones promedio son mas bajas para los varones y mujeres afrodescendientes en comparación con las que perciben las personas de ascendencia blanca. Este fenómeno se repite en todos los grupos de edad. Cabe destacar que aún cuando una persona negra tiene la misma educación, la misma experiencia y reside en la misma ciudad que una persona blanca, los salarios que percibe esta última son mayores. Este resultado sugiere que existe discriminación racial en el mercado de trabajo y es otro de los aspectos que merecen un análisis más minucioso.

 

La situación de los afrodescendientes en términos de su ubicación en los estratos de ingreso y en sus niveles de pobreza está en concordancia con sus bajos desempeños educativos y laborales. En efecto, este subgrupo está sobrerepresentado en los estratos más bajos de ingreso y tiene una muy baja participación en los más altos. Por otra parte, la tasa de pobreza de la población afrodescendiente duplica a la de la población blanca: el 50% de los afrodescendientes están bajo la línea de pobreza y el 5% son indigentes, mientras que estos valores alcanzan respectivamente 24% y 1.6% entre las personas de ascendencia blanca. Los indígenas nuevamente vuelven a ocupar una posición intermedia, aunque más cercana a la población blanca, con un 32% de sus integrantes por debajo de la línea de pobreza.

 

Para finalizar, una de las conclusiones que surge de este informe refiere a la necesidad de contar con información cualitativa respecto a los criterios de auto-identificación racial vigentes en el imaginario colectivo. Esta información resulta crucial para elaborar categorías estadísticas que estén sólidamente fundadas en los procesos sociales de construcción de las identidades raciales en Uruguay. Ello facilitaría la recolección de la información, por medio de preguntas y categorías que respondan a los criterios de percepción vigentes en la población y aportaría mayor solidez al análisis de esta variable.

 

También parece necesaria una mayor reflexión y discusión respecto a cuál es la dimensión racial relevante a indagar en instrumento estadístico como la Encuesta Continua de Hogares. En la medida que se trata de un instrumento fuertemente volcado al estudio del mercado de empleo, los ingresos y los canales de acceso a los recursos públicos y privados, constituye una fuente relevante para estudiar los mecanismos de discriminación racial. En contraposición, la ECH no es una buena fuente de información para analizar la identidad social y cultural de la población, a menos que fuese incluida una batería de preguntas volcadas específicamente a recabar información sobre estos aspectos.

 

En consecuencia, cabe promover una discusión respecto a qué información se pretende obtener a partir de este instrumento y cuál es la mejor forma de indagar la identidad racial de las personas en función del objetivo que se persigue. Si se pretende cuantificar y comprender los mecanismos de discriminación racial, la pregunta de ascendencia no es la forma más adecuada de definir la pertenencia racial. Las personas no son discriminadas por su ascendencia, sino por las huellas físicas que deja su ascendencia, es decir por sus rasgos fenotípicos. En Uruguay son bastante comunes los apelativos peyorativos como “pardo”, “medio negro”, que denotan que existe una valoración negativa basada en el color de la piel. A partir de la información de ascendencia es imposible saber si las personas que son socialmente percibidas como pertenecientes a esas categorías, valoran subjetivamente que tienen ascendencia negra o indígena. Sin embargo, es muy probable que sufran algún tipo de discriminación en función de sus rasgos físicos. Así, parece necesario indagar en profundidad cuáles los matices que se reconocen socialmente y cuáles son los criterios de identificación para establecer las fronteras entre los distintos grupos.

 

Si Uruguay decide sumarse al conjunto de países latinoamericanos que incluyó preguntas de identificación racial o étnica en sus censos, parece imprescindible promover estudios preparatorios e instancias de debate que permitan dilucidar qué dimensión de la identidad racial es pertinente incluir y cuáles son las categorías adecuadas para recabar esta información en la población uruguaya.

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