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Tupamaros en París:
algunos malos
por José L. González Olascuaga
Hay
una novela histórica, publicada en septiembre del
año pasado, titulada Tupamaros en París,
firmada por Petronio, sin más datos, donde un par de
dirigentes tupamaros en el exilio matan a otro por
cuestiones de dinero y de traiciones. Esta historia
se entrecruza con otra línea argumental que refiere
al núcleo mitológico por excelencia de nuestra
Patria Grande, la Guerra de la Triple Alianza,
Solano, Artigas, los guaraníes...
En una inflexión del desenlace de la
novela, el protagonista repara en que sobre aquella
guerra contra el Paraguay y sobre la Comuna de París
hay una notoria carencia de
mitología actualizada.
Es cierto. La épica de la derrota no
funciona en estos casos, porque la derrota
continúa. Su mitología depende de la
responsabilidad del autor. En cambio en la otra
línea argumental, la de los tupamaros, la derrota
(que fue política antes que militar) se vuelve
funcionalmente mitológica porque hoy puede
escribirse desde una victoria política. Y más
funcional se hace cuando se acepta en la novela que
el otro bando también tuvo buenos o que el bando
legitimado por la historia también
tuvo malos.
Existen abundantes
antecedentes de esta narrativa.
Como argumenta Belén
Gopegi, para que pueda existir una mitología de la
derrota hace falta que ganen los buenos y por más
que hubiera atrocidades en los dos bandos y gestos
de humana solidaridad, no es legítimo ni de sentido
común atribuir al fascismo el papel de los buenos.
Una cosa es recelar
del maniqueísmo y otra no ver que la historia se ha
ido construyendo con conflictos en los cuales un
bando tenía la legitimidad y el otro sólo tenía la
fuerza.
La guerra civil
norteamericana es un ejemplo claro. Los
abolicionistas eran los buenos, y por más que
estuvieran también guiados por intereses económicos,
nadie diría que la causa de la esclavitud es tan
buena y legítima como la causa de la libertad de los
esclavos. Nadie diría: puesto que, sin duda, en
ambos bandos se cometieron atrocidades y en ambos
bandos hubo gestos de solidaridad, era indiferente a
la bondad y al progreso el hecho que hubiera ganado
uno u otro.
En la guerra civil
norteamericana ganaron los buenos, y precisamente
por eso se ha podido construir una cierta mitología
de la derrota con los Estados del Sur. Porque en
cualquier bando hay dignidad y heroísmo, y la
dignidad y el heroísmo adquieren un halo romántico,
esto es, individualista, cuando no están acompañados
del empuje colectivo que arrastra la victoria.
Algo parecido ocurre
con la Segunda Guerra Mundial. Como ganaron los,
diremos, menos malos, se pueden realizar películas
en las que algún alemán solitario y amante del arte
y capaz de gestos de generosidad adquiera un cierto
halo mítico y disfrute del aura romántica e
individualista del perdedor. En el orden de lo
afectivo, la película Casablanca es, por su
estrategia narrativa, un paradigma. La chica se va
con el bueno, con el héroe, con quien defiende los
valores que aún nos conmueven en el himno de la
marsellesa, y sólo por ese motivo puede el relato
elevar la figura de Rick, el perdedor, dotándole,
una vez más, de romanticismo.
Esto ocurre por la
negativa en el libro de Petronio. La mitología
tupamara ya puede aceptar desde su bando, sin que
implique una traición, que en sus filas también
hubo malos.
Puede narrar así,
desde la épica revolucionaria, un robo de dinero
entre grupos guerrilleros (en este caso se trata de
un millón doscientos mil dólares del ERP
argentino que se habrían repartido entre un
grupo escindido en Buenos Aires del MLN y un par de
dirigentes que prosiguen en la organización) en una
trama de traiciones que incluye delaciones más
allá de Amodio Pérez.
La lectura de este
libro me reafirmó en mi opinión de que la victoria
del Frente Amplio y dentro del mismo del MLN se
originó en gran medida en la autocrítica práctica de
que la derrota de éste en el 72 fue política
antes que militar. Y que la línea de Raúl Sendic,
una vez salido de la cárcel, respecto a los
quebrados en tortura, el que cantó es
objetivamente flojo. Lo que tenemos que averiguar
es porqué es flojo y porqué aflojó y apoyarlo
para que se afirme fue la expresión concreta de esa
autocrítica y el punto de partida para un verdadero
cambio de línea estratégica.
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