En el nombre del padre
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

En el Uruguay se celebró el pasado domingo 15 de julio, el llamado “día del Padre”. Por ello, en una circunstancia que por más que queramos dotarla de un sentido utilitario –que lo tiene y cuánto-, no deja de llevar en sí el germen de un anhelo que, según quien lo viva y sienta, buscará una comprensión que a la larga lleve a una aproximación mayor, por auténtica y sentida, entre ambas partes: el padre para con el hijo y éste, ya maduro –y quizá también, padre o madre- para con aquel.

 

En el nombre del padre se colocan muchas consideraciones, pero pocas veces se atiende al sujeto que en él se encuentra. Y la carencia de atención primera, viene de parte del propio padre, de uno mismo, por caso.

 

Los años, los golpes como los aciertos, bien como el más que necesario desarrollo de un proceso interior ineludible que lleve consigo la presencia, cada vez más notoria, de un juicio interior activo, trae consigo, poco a poco, una percepción más amplia y profunda no sólo de los hijos sino de uno mismo y así poder sopesar con mayor justeza tanto los pasos dados como los que no nos animamos a dar en relación con los nuestros, con nuestra circunstancia primera de vida.

 

Cuando uno ya ha pasado la mitad de la vida, con largura debo decirlo, estas instancias son de una puesta a punto respecto de cuán honesta es la relación con nuestros hijos y qué más podemos hacer, en ejemplo de vida, para una mejor sustanciación de lo que, creo yo, un padre va dejando como legado para los suyos.

 

Y como toda imagen humana, ciertamente no es perfecta pero ciertamente, también, va siendo cada día más, digamos, auténtica; honesta, si me permiten decirlo.

 

Igualmente, cuando como en mi caso, y por felicidad que la vida me brindó, los hijos son unos cuantos, siempre hay alguien que ha quedado rezagado en el camino. Alguien que tiene cuentas pendientes con uno y a quien uno –es decir, yo mismo- no ha sabido aun mirar a los ojos y descubrir el por qué del distanciamiento.

 

Mientras tanto, los otros hijos e hijas se aproximan y saludan, se manifiestan en una paz sincera.

 

Cada hijo es un amor singular. Pero un padre jamás ama más a un hijo que a otro. Y si lo hiciera, eso no es amor.

 

Amar a un hijo como a una hija, comprende antes que saludar mi propio ego, saludar a la vida en su más acabada manifestación: aquella que consiste en la continuación de la propia en un ser que, por suerte, tiene su unicidad, su subjetividad y, paulatinamente, comienza a desarrollar su propia circunstancia de vida, lo que en buen romance refiere a que él o ella van formando “su” propia familia.

 

Y esto es lo bueno: la continuación de la vida desde la singularidad de esa hija o ese hijo que en un tiempo estuvieron a nuestro cuidado y que ahora ellos comienzan a dar de sí todo en pos de su familia y, con el tiempo, para con sus propios hijos.

 

En el nombre del padre se encuentran las más diversas presencias, reales como virtuales, lumínicas como fantasmales. Depende muchas veces, me animo a conjeturar, cuánta introspección y cuánto de trabajo hallamos emprendido, lo reitero, en la búsqueda de un autoconocimiento que nos permita un crecimiento responsable, junto a los nuestros.

 

Escribo estas líneas muy temprano en la invernal mañana de una Montevideo que cansinamente ve como los suyos van despertándose.

 

Y espero, como esperaré mañana si hoy no se da, que aquella hija y aquel hijo, no dejen de comunicarse, de manifestarse en plenitud con su padre, porque el diálogo siempre da buenos frutos. En cambio el silencio, nos lleva a posiciones de abroquelamiento que encorsetan y asfixian.

 

Airear nuestras complejidades, ventilar en un diálogo entre iguales con distintos aunque complementarios roles, todas aquellas cuestiones que, con la palabra arropada de afecto y respeto, nos llevarán a ambos: al hijo como al padre, a crecer en humanidad y así, a descubrir nuevas vertientes de vida.

 

Yo también busco un diálogo con ese ser que hace tantos años partió, murió: mi propio padre. Y lo busco para hallarlo, justamente, en el interior del nombre del padre, traspasando esa primera realidad que uno de joven encuentra que es la realidad misma, que a veces no nos permite conciliar actitudes y afectos.

 

Y creo haberlo encontrado, creo haberlo comprendido, sin que tal comprensión refiera a haber logrado hacerlo desde una posición superior sino desde el llano de un padre que, al mirar hacia atrás, encuentra que aquel que fue su padre, era un hombre joven, inexperiente, con sus propias inhibiciones que intentó, a su modo, hacer lo mejor.

 

Con esto no busco, y naturalmente no encuentro, acomodo, validación de lo que aquel hizo o dejó de hacer. Con esto sí encuentro al hombre que vivió en el nombre del padre y que también, supo ser padre.

 

Hoy soy yo quien viste el lugar del padre en mi familia, en mi querida y extensa familia. Mis hijos son, aunque alguno a veces no lo considere así, mi primer motivo de vida, pero desde la asunción de un modo de ser que busca complementar subjetividades sin por ello desandar el propio e íntimo proyecto de vida.

 

Cada hijo es, según creo entenderlo y ciertamente lo vivo, merecedor y receptor del mismo e intenso amor, con la singularidad que su persona y la relación mía con él o ella genere.

 

En definitiva, que en el día del Padre, yo encuentro un motivo importante para realizar quizá con mayor profundidad un autoanálisis respecto de mí en relación con ellos, con cada uno de ellos.

 

Y esto, se sabe, no termina hoy sino que hoy, tan sólo se renueva. Veremos cómo transcurre la jornada para cada uno de nosotros, porque el asunto no refiere a regalos a recibir, sino a las manifestaciones que cada uno de ellos quiera, se atreva o busque realizar.

 

Y así continuar en la búsqueda de una comprensión que nos permita atender de mejor forma la permanente tarea de un padre para con una hija, para con un hijo: saber estar, en cualquier circunstancia, desde el lugar del padre, pero con la fuerza y el amor de un ser que buscará siempre, aunque a veces no lo logre, obviamente, una mejor luz para su hijo, en su personal camino de vida.

 

La mañana progresa en esta ciudad de Montevideo y los ruidos del exterior comienzan a poblar este recinto.

 

El mate se ha enfriado y no dejo de mirar hacia la ventana: ¿llamará?

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