El dogma y su anatema:
la inoportuna conciencia
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

La ignorancia es al dogma como el ejercicio de la libertad a la conciencia: la una pretexta a la otra.

 

En cada caso, sea en el primero: cerrado y exclusivo, como en el segundo: abierto e inclusivo, quien debe dirimir cuál habrá de prevalecer es, obviamente, el propio individuo.

 

Ciertamente, un individuo, como átomo, que opta por abroquelarse y dejar que en su centro reine la nada, proyectando, como transfiriendo su propia libertad hacia un tótem, una idea o una corporación, jamás habrá de ser, convengamos en esto siquiera, una persona humana, integrada y libre; abierta y receptiva de la Otredad.

 

Por tanto, la cuestión es entre la libertad y la resignación de la misma.

 

Los asuntos del hombre estriban entre el asumir su condición humana o consentir en una servidumbre voluntaria (Etiénne de La Boétie) que lo “libere” del ejercicio arduo y no desprovisto de dolor de pensar por sí mismo y de actuar, por consiguiente, en razón de su leal saber y entender.

 

La asunción de la responsabilidad de vivir, crítica y abiertamente, nuestra propia vida en la atención directa y sentida a las cuestiones sociales de nuestra comunidad, es un asunto difícil, ciertamente pero ineludible para adquirir la condición humana que eleve al hombre de su animalidad y lo redima, en vida, en compromiso, apertura y disposición a la mayor y mejor sensibilidad, a ese rasgo “divino” que tiene el hombre y la mujer: el amor.

 

Esta es, creo yo naturalmente, la condición superior del hombre: el ejercicio de la razón, pero no de cualquier razón, sino de una “razón sensible”.


Ya “bastante” razón “pietista” tuvo el siglo XX que concluyera con la llegada del fascismo y el nazismo. La negación de la libertad en el primer caso, como la idealización de un ser junto a la refracción de otros seres humanos so pretexto de diferencias étnicas, religiosas y culturales, trajo aparejado el primer de los grandes dolores que el hombre ha vivido en esta corta historia de su tránsito “inteligente” por nuestro planeta.

 

La negación, pues, de una razón que deje una hendija abierta a lo que el otro tenga para argüir, complementaria como críticamente, ha deparado y seguirá deparando no sólo frustraciones sino también vejaciones y los peores crímenes del hombre para con el propio hombre.

 

Pongamos un ejemplo: la emancipación de la mujer.

 

Convengamos, primeramente, que la sociedad uruguaya, especialmente la montevideana, es una sociedad altamente hipócrita.

 

Durante decenios y decenios, ha registrado atrocidades que suelen barrerse bajo la alfombra, sin que llegue nunca el día para su tratamiento frontal y decidido que, sin prisas pero sistemáticamente, aborde un estudio y posterior planteo de opciones, que si no apaguen totalmente algunas de nuestras miserias, al menos las aminoren drásticamente.

 

Tal es el caso del mal llamado “asunto del aborto”.

 

Toda medida que busque aproximar información, prevención y posibilidad de atención en determinados y consensuados casos, a la mujer en general y a la mujer embarazada en particular, recibe como respuesta el portazo en la cara.

 

Hay quienes lo dan, o mandan dar, en la cara. Hay otros, los más, que los tiran para adelante con el consabido subterfugio del sabio mediocre: “no es el momento oportuno”.

 

La oportunidad no es la del momento sino que la oportunidad es la de conciliar si ese ciudadano, sea o no servidor público, tenga la actividad que tenga, es un hombre como en su caso, una mujer, que apele permanente al juicio crítico, al juicio interior para opinar sobre temas que, como el citado, refieren a asuntos caros a la vida.

 

¿Pero de qué vida hablamos? ¿De la nuda vida o de la vida ya humana, camino a la inteligencia?

 

Antes bien: ¿quién puede decidir por esa mujer? ¿El pater familias, que fuera alimentado y protegido por tantísimo tiempo desde filas ultramontanas como hoy lo es desde ideologías las más variadas?

 

Hay oscuros funcionarios de pequeños Estados con grandes crisis de conciencia que dicen que decir la verdad es fomentar la anarquía.

 

La pequeñez moral de quien, queriendo encaramarse en el hombro de un ser de por sí negador de la libertad de expresión, luego también de la libertad de conciencia, aduce que si una persona, por caso un hombre público, comparte con su comunidad que en una oportunidad, junto con la compañera de turno, debieron apelar al aborto por tal o cual circunstancia, les endilga el carácter de anarcos.

 

Vano, superficial y refractario al más elemental, y elevado, código ético, no va a la cuestión sino que apenas –sociedad hipócrita mediante, recordémoslo, que es recordarnos- les achaca la inoportunidad de proferir tales cuestiones en lo abierto.

 

Miserias humanas que por más ropajes de grandes modistos, no dejan por imposible, esconder un pasado oprobioso.

 

Mientras tanto, el dolor de la mujer de no poder decidir por sí misma, fundamentalmente, lo reitero, desde el proveerse o ser provista de la información debida como de las vías para una solución ponderada (que no todas las veces pasa, ni debe pasar, por el cese del embarazo, cuando éste ya está en progreso), habla de una sociedad que aun no ha terminado de quitarse la rémora de uno de los aspectos más oscuros del dogma: la iniquidad de responder y decidir por medio del miedo y del estigmatización social.

 

Claro está que, en el mismo momento, quienes tienen dinero e influencias, entran y salen de clínicas y centros religiosos, despojados del problema y luego recibido la complementaria voz del amigo que le ha dicho: “no vuelvas a pecar, pero vé, sigue tu vida. Has esta penitencia.”

 

¿Y la mujer de a pie?

 

¿Y las estadísticas, que ahora otra autoridad dogmática pretende acallar tildándolas de faltas de verosimilitud, pues “hablan” a las claras de cuán hipócritas somos, por ejemplo, en este asunto vital?

 

No tengo las respuestas, tan sólo la determinación de continuar bregando porque la libertad, que es ardua, que es dolorosa, pero que es indispensable, sea cada día la asunción vital de más y más seres humanos para que ellos, uno a una, una con uno, vayan apagando las voces del horror que anidan en seres mutilados que suelen vestirse con ropajes y fruslerías, en lugar de ser como aquel hombre de Asís, llamado Francisco, del que tan bien hablara nuestro José Enrique Rodó.

 

Por último, cómo no terminar esta nota tarareando por lo bajo los primeros versos de aquella canción que hiciera memorable, como tantas otras, el uruguayo Daniel Viglietti:

 

“¿Qué dirá el Santo Padre

que vive en Roma

que le están degollando

a sus palomas?”

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