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Desafíos: inconclusos
y permanentes
por el embajador Samuel
Pinheiro Guimarães
Prefacio
escrito por el Vicecanciller brasileño embajador
Samuel Pinheiro Guimarães para
el libroDesafio Inacabado a política externa de
Jânio Quadros del embajador Carlos Alberto Leite
Barbosa. Piñeiro Guimarães es autor de diversos
ensayos y libros entre ellos
"Desafios Brasileros en la era de los Gigantes",
y ganador recientemente del premio Juca Pato como
intelectal del año 2006 en Brasil.
- El libro del
Embajador en Bogotá, Roma, París y adjunto a la OEA,
Carlos Alberto Leite Barbosa, Desafio Inacabado
a política externa de Jânio Quadros, es una
declaración de primera calidad sobre la emergencia
conflictiva de la moderna política externa
brasileña: de la política externa independiente de
un gran Estado periférico
subdesarrollado.
Existieron momentos
precursores, manifestaciones audaces esporádicas de
independencia política, pero siempre dentro de un
marco general mayor de alianza, de alineamiento con
las políticas de los Estados Unidos de América, la
gran potencia hemisférica, vencedora de 1945. Como
dijo Bertold Brecht, en un momento de gran
inspiración y síntesis, El mayor analfabeto es El
analfabeto político. Este libro contribuye para
vencer este estigma alfabetizando a las nuevas
generaciones en cuanto a los orígenes de la compleja
dinámica de la sociedad brasileña y de sus
relaciones con el exterior, en un momento en que,
por ignorancia o mala fe, acusan a la actual
política externa de desviarse de las tradiciones
brasileñas. El libro de Leite Barbosa describe
con riqueza de detalles de testimonio vivo la
ejecución cotidiana de la política externa de Jânio
Quadros y su lucha contra los intereses externos
e internos que privilegiaban la política tradicional
y que nos da una oportunidad para esbozar
reflexiones sobre el propio significado de la
actividad política, de la política externa y de la
política externa indepiendente.
Sobre la política
Vemos al hombre
ajeno a las actividades públicas no como alguien que
cuida apenas de sus propios intereses, sino como un
inútil, afirmó Pericles, en su famosa oración
fúnebre en homenaje a los atenienses muertos en la
Guerra del Peloponeso. El interés del individuo por
la política, por la actividad de la polis, de la
ciudad, del Estado, debe ser supremo. La política es
la actividad necesaria a la definición de las normas
de conducta social que tienen que seguir los
ciudadanos en todos los campos de su acción; ella
establece quien tiene el poder de elaborar normas;
quien debe ejecutarlas y quien tiene la función de
dirimir los conflictos y de sancionar a los
infractores.
Aunque un individuo
no se interese por la política, o aún peor, que la
considere como una actividad indigna del hombre de
bien por ser corrupta y corruptora, inútil y
dispendiosa, la política se interesa por él y por
todos, pues cualquier ciudadano tendrá siempre que
obedecer las normas que resultan de la política; en
caso que las infrinja, tendrá que sufrir las
sanciones, y en caso que sea víctima procurará al
Estado para defender sus derechos por ella
definidos.
Naturalmente, cuanto
más compleja sea en sus actividades, cuanto más
diversa sea su población, cuanto más diversas sean
sus regiones, cuanto más díspares sean los intereses
en una sociedad, más difícil será el proceso de
definir normas generales, que se apliquen a todos
los ciudadanos y habitantes del territorio. Cuanto
más desigual en riqueza y poder sea una sociedad,
mayor será el esfuerzo de los grupos privilegiados
de procurar controlar el proceso político y así, a
través de este control, definir normas que perpetúen
sus privilegios.
En el proceso de
control del sistema político, la elaboración de
ideologias es vital. Las ideologias, comprendidas
como descripciones articuladas de una cuestión,
explican la estructura social, justifican las
diferencias de propiedad, de riqueza y de poder, y
sacramentan el derecho de los grupos privilegiados
de controlar el proceso político y de hacer
prevalecer su visión de la sociedad a los demás
grupos sociales.
Este esfuerzo de
elaboración de ideologias no es suficiente. Es
necesario disponer de un sistema de difusión y de
ajuste periódico de estas ideologías a las
transformaciones sociales. Antes de la prensa
moderna, la difusión de las ideologías
justificadoras de los privilegios en sociedades
altamente desiguales fue desempeñada por las
religiones, aliadas estrechamente al poder secular.
Hoy, esta función es desempeñada por otros
mecanismos sociales, otras instituciones.
Gracias a un largo y
sangriento proceso de lucha que va de las revueltas
de esclavos en la Roma antigua, como la revuelta de
Spartacus, a las guerras campesinas durante la Edad
Media, las formas más discriminatorias de
organización social como la esclavitud y la
servidumbre fueron abolidas. La transición de la
organización esclavista de la sociedad antigua para
el régimen servil feudal y de este para el régimen
de mercado para la fuerza de trabajo, heredera
física de los esclavos y de los siervos, significó
un paso extraordinario para la humanidad. Todavía,
en la medida en que tuvieron que desistir de las
formas más violentas y abiertas de dominación
arbitraria, los grupos privilegiados procuraron
mantener, bajo nuevas formas, su relación de dominio
sobre los procesos económicos y políticos de sus
sociedades.
En el sistema
político, la lucha por la transformación de los
regímenes monárquicos absolutos en regímenes
constitucionales, bajo la forma de repúblicas o de
monarquías, y en el sistema económico la lucha de
las organizaciones sindicales y políticas por la
reglamentación del mercado de trabajo llevó, en el
primer caso, a la adopción de constituciones
consagrando la primacía de la ley sobre el arbitrio,
los derechos individuales, la separación de Poderes,
el sufragio universal y secreto, y en el segundo
caso a la adopción de leyes que lentamente redujeron
el grado de intensidad de explotación del trabajo y
el dominio absoluto de los señores económicos y
políticos.
Incluso, a pesar de
la reducción gradual del arbitrio en las relaciones
políticas y económicas, cuyo símbolo mayor tal vez
hayan sido los cahiers, órdenes de prisión en blanco
vendidas por el rey de Francia, reducción que
comenzó a partir del final del siglo XIX y que
ocurrió en parte debido a la emergencia de
movimientos políticos que llevaron a la organización
de las masas de trabajadores y eventualmente a la
instalación revolucionaria de un sistema económico y
social alternativo y competitivo en el período
1917-1989, el poder permaneció altamente
concentrado, en sistemas en que la enorme mayoría de
la población ejercía y continúa ejerciendo su
influencia política apenas periódicamente, en el
momento fugaz de las elecciones, cuando delega a
poquísimos individuos el efectivo ejercicio del
poder, al cual estos se aferran, oponiéndose
tenazmente incluso a vestigios de la democracia
directa, como los plebiscitos y referendos.
En la esfera de la
economía, a partir de los Gobiernos de Ronald Reagan
y de Margareth Thatcher, se inició un esfuerzo
sistemático de reversión de las leyes y de las
conquistas del trabajo, que se aceleró con la caída
del Muro de Berlín y con el fin de la Unión
Soviética, a través de ideologías que exaltaban la
libertad del trabajo y abogaban, en consecuencia,
políticas de flexibilización del mercado de
trabajo.
En el sistema
político, hay en curso un proceso de revisión (y de
agresión) de los derechos individuales que se
aceleró con los atentados terroristas del 9/11, y en
ellos busca su justificación; de concentración en el
Estado neoliberal de poderes arbitrarios de
excepción, inclusive y principalmente en la
considerada mayor democracia del mundo, con un
efecto demostrativo devastador, de que son ejemplos
la Ley Patriota, que permite la más amplia violación
de privacidad, y el memorandum González, que
justifica la tortura.
Estos movimientos de
reversión de conquistas sociales y económicas
consagradas en la legislación de aquello que los
neoliberales llaman, despreciativamente, de Welfare
State, y que se extendían por el mundo
subdesarrollado, vienen siendo afectados por la
llamada globalización. La globalización puede ser
vista como el proceso por el cual las vastas áreas
geográficas (recursos naturales) y económicas
(mercados) hasta hace poco excluídas del alcance de
las megaempresas multinacionales, como lo eran las
ex-economías socialistas y los sectores reservados
al Estado y a las empresas nacionales en la
periferia del sistema mundial, fueron abiertas a la
acción de las empresas multinacionales ya sea por
los llamados procesos de reestruturación de las
economías ex-socialistas ya sea por los programas de
ajuste estructural en la periferia, impuestos por
las agencias internacionales y por los países
altamente desarrollados, en su condición de
acreedores.
La significativa
dependencia estratégica de los países centrales en
relación a ciertos insumos que se encuentran en la
periferia del sistema, en especial el petróleo y los
minerales raros; las inversiones altamente
lucrativas de las megaempresas en las áreas
periféricas (y las correspondientes remesas de
lucros que contribuyen para los altos niveles de
renta en los países desarrollados) tornan la
situación política de los Estados periféricos y las
políticas económicas nacionales que adoptan de
enorme importancia para los países centrales pues
tienden a servir de ejemplo y a contaminar el
comportamiento de los demás Estados periféricos, en
lucha por el control de sus recursos naturales y de
sus mercados y por la autonomía de política
económica.
La persistencia de
altos niveles de concentración de renta y propiedad
en muchos países periféricos, la decepción con los
parcos beneficios traídos por la globalización y por
la tecnología moderna, que ahorra mano de obra,
hacen que en estos países haya una presión
permanente por políticas sociales y económicas que
redistribuyan riqueza y renta, lo que afecta los
intereses de las empresas multinacionales, como
afirmó Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía.
El sistema político
en que a cada ciudadano le corresponde un voto y el
sistema económico donde la distribuición de poder
de voto es altamente concentrada, pues cada
consumidor (propietario) vota en el mercado de
acuerdo con su riqueza, tornan necesario para las
clases beneficiarias de la concentración de
propiedad el control del proceso de formación del
imaginario colectivo y de los mecanismos de
formulación y difusión de ideologías, que permitan
transformar riqueza en votos.
La teoría política,
social y económica elaborada recientemente, y en
especial después del gobierno Reagan, que desarrolló
la más amplia demolición de las instituciones de
amparo social en los Estados Unidos y de rechazo de
la ideología liberal (en el sentido americano),
procura demostrar que el Estado es el gran culpable
por las desigualdades sociales y distorciones
económicas y que solamente el libre juego de las
fuerzas de mercado permitirá a cada individuo, único
responsable por su situación social sea ella buena o
mala, el pleno desarrollo de su potencial económico
e intelectual. Así, según los ideólogos
conservadores y reaccionarios, la legislación de los
derechos de los trabajadores perjudicaría a los
propios trabajadores mientras que cualquier
legislación que tienda a restringir la actuación de
las empresas, tales como la legislación anti-trust,
ambiental, etc. inhibiría su disposición de invertir
para innovar y para producir de forma más eficiente.
Naturalmente, los conservadores económicos y
sociales son parientes ideológicos próximos de los
llamados neo-cons de la política externa americana y
de sus doctrinas de intervención preventiva, de fin
de las fronteras etc.
El fin del
socialismo, la desintegración de la Unión Soviética,
la adhesión de los países socialistas (y de los
apparatchiks) al capitalismo, el radical sin embargo
parcial cambio de política económica en la China con
el llamado socialismo de mercado, la victoria
intelectual del pensamiento individualista y
consumista y su adopción por los medios de
comunicación de forma acrítica y sumisa hicieron que
la teoría del neoliberalismo global viniese a
transformarse en el llamado pensamiento único, a
pesar de la clara falencia de su aplicación, como
revelan el agravamiento de la concentración de renta
y propiedad y la situación social, no solo en la
periferia subdesarrollada, sino también en los
países centrales y en los ex-países socialistas,
mientras se promueve la ilusión de las tasas
elevadas de crecimiento que muchas veces tiene como
contrapartida el daño ambiental y social.
Así, la difusión
permanente de la teoría y de la práctica del
individualismo consumista y acumulador, asociada a
la divulgación incesante de una imagen de la
política como actividad indigna y corruptora, aleja
a las grandes masas de la política y contribuye para
facilitar el control del proceso político por
representantes de los sectores privilegiados de la
sociedad a través del indispensable control de los
medios de comunicación, donde se da la formación de
grandes conglomerados de prensa-entretenimento, y de
los procesos de formación del imaginario,
permitiendo el pleno funcionamiento de la máquina de
transformar riqueza (poder económico) en votos
(poder político).
Sobre política
externa
La medida que el
progreso tecnológico, en especial de los
transportes, permitió la expansión de los contactos
económicos, políticos, militares y sociales entre
los Estados, individuos y empresas, que eran en
extremo tenues en la Edad Media, como bien lo
ilustra la narrativa de Marco Polo, surge la
necesidad de regular estos contactos para permitir
la actividad económica transnacional que necesita de
estabilidad jurídica y de paz (aunque no
permanente).
Todavia, cada Estado
es soberano en su territorio, circunscripto por sus
fronteras y en este territorio él tiene el monopolio
de la fuerza, esto es, de establecer y de imponer
obediencia a las normas de convivencia social,
definidas y redefinidas permanentemente, como
resultado del proceso político, siempre frente a
nuevas situaciones sociales, políticas y económicas.
Así, por más débil que sea un Estado en relación a
los demás solamente rigen en su territorio sus
propias leyes. El proceso político internacional en
que se confrontan las políticas externas de todos
los Estados tiene como objetivo la elaboración de
normas de todo género comerciales, civiles,
militares, políticas - para disciplinar las
relaciones entre individuos, empresas y entes
estatales de diferentes Estados.
Naturalmente, los
países más fuertes, las grandes potencias, a través
de sus políticas externas tienen mayor capacidad de
acción y de convencimiento de los Estados menores
o más débiles. Para ejercer esta influencia de
forma pacífica, los Estados más grandes procuran
elaborar visiones del sistema mundial y presentarlas
como benéficas a todos los Estados (la llamada
comunidad internacional) y hacen que estas
visiones vengan a operarse, a materializarse en
acuerdos internacionales bilaterales, regionales o
multilaterales que sean válidos para los Estados que
los suscriben y que pasan a tener la obligación de
colocar las normas de estos acuerdos en vigor en sus
territorios nacionales.
La actividad política
internacional no resulta inmediatamente en tratados,
así como la política interna no se resume a la
elaboración de leyes ni resulta de inmediato y
necesariamente en leyes. A partir de conversaciones
políticas se llega a grados diversos de
entendimiento entre los representantes de los
Estados que vienen a concretarse en declaraciones,
memorandos, notas, comunicados y, que,
eventualmente, pueden llevar a la elaboración de
tratados. Está claro que cada uno de estos
documentos tiene validez política mayor o menor,
dependiendo del grado de formalidad jurídica, de
detalle y de precisión con que se revisten los
compromisos asumidos por los signatarios.
La Segunda Guerra
Mundial, que aceleró el progreso tecnológico, que
inauguró la era nuclear, que desarrolló las
comunicaciones de todo tipo, estimuló el proceso de
descolonización y el fin del control directo de las
metrópolis sobre amplias extensiones en África y en
Asia. La Segunda Guerra vió también el
fortalecimiento de la Unión Soviética, la expansión
geográfica del área ocupada por regímenes
socialistas, que pasó a incluir en 1949 a China, el
fortalecimiento de la idea de planeamiento e
industrialización como estrategia esencial para
superar el atraso y la pobreza y la necesidad de los
Estados Unidos de consolidar su hegemonía política y
militar y de reorganizar el sistema económico y
político mundial, destrozado por la guerra.
El sistema de las
Naciones Unidas, cuyo gran inspirador fueron los
Estados Unidos de América, puede ser visto como un
sistema creado por la comunidad internacional para
preservar la paz y la seguridad entre Estados de
igual poder. O puede ser visto como un sistema de
foros para estimular negociaciones internacionales
que tienden a disciplinar las relaciones entre los
Estados, inclusive aquellos que surgen de las ruinas
de los imperios coloniales, para preservar los
privilegios políticos y económicos antes gozados por
las grandes potencias y sus megaempresas,
garantizando su necesario acceso a los recursos
naturales y a los mercados de aquellos nuevos
Estados y controlando sus sistemas políticos para
asegurar la vigencia de normas internas adecuadas.
El sistema de las Naciones Unidas comprende en su
centro El Consejo de Seguridad, que detenta el
monopolio de la fuerza, una Asamblea general cuyas
atribuciones hacen que corresponda a un parlamento
sin poder de decisión y una constelación de
agencias, que constituyen foros de negociación de
acuerdos, tales como la OMC, el FMI, la FAO, la
UNESCO etc.
Todo este amplísimo
sistema de negociación de acuerdos económicos,
políticos y militares fue influenciado por la Guerra
Fría, por la competencia entre los sistemas
capitalista y socialista en sus esfuerzos para
expandir sus respectivas áreas de influencia, en sus
diversas fases. La expansión inicial del sistema
socialista tuvo tal impulso que llevó a que
pensadores como Joseph Schumpeter, en su obra
Capitalismo, Socialismo, Democracia, a considerar
con tristeza y una cierta resignación que el
socialismo vencería inevitablemente la competencia
con el capitalismo, dado su poder de regimentar e
ilusionar a las masas.
Así, el esfuerzo de
los Estados Unidos, como nación líder del bloque
occidental, fue de procurar tejer una red de
acuerdos militares, políticos y económicos que
mantuviesen los países de su área de influencia bajo
su hegemonía y garantizasen para los Estados Unidos
una mejor situación en términos de control de
recursos y de puntos geográficos estratégicos,
aumentando su poder en un embate pacífico o
eventualmente bélico con la Unión Soviética y con el
bloque comunista.
Así, la política
internacional se caracterizaba por el esfuerzo de
las dos Superpotencias de alinear todos los países
en torno de sus políticas a través de compromisos
internacionales, acuerdos de naturaleza positiva o
negativa, que preveían restricciones de actuación e
interdicción de acción y de contactos.
Sobre la política
externa independente
La política externa
independiente inaugurada por el Presidente Jânio
Quadros constituyó un marco crucial para la
evolución histórica de un país como Brasil.
En 1961, la Segunda
Guerra Mundial se había terminado hacía apenas
dieciseis años; la Guerra de Corea, poderoso
enfrentamiento entre China y Estados Unidos, hacía
apenas siete años; la Revolución China había
triunfado hacía apenas doce años. La independencia
de los países africanos era un proceso en su inicio.
En este contexto internacional, Brasil era un país
de 70 millones de habitantes; producía apenas
ochenta mil barriles/día de petróleo; 60% de sus
exportaciones eran de café; fabricaba 40 mil
automóviles; producía 2 millones de toneladas de
acero y ningún Presidente brasileño había visitado
los países de América del Sur, excepto Argentina y
Paraguay. Y mucho menos los Estados de África o de
Asia, o del Oriente Próximo.
Así, la política
externa independiente de Jânio Quadros, no importa
como se juzgue su Gobierno o la relación de su
acción externa con su política interna, constituyó
un verdadero grito de independencia del Brasil, en
época de fortísima presión por el alineamiento
automático y de intensa guerra fría, pues el bloqueo
de Berlín era de 1961 y la Revolución cubana de
1959.
Si la política es una
actividad indispensable, si la política externa es
una actividad necesaria, una política externa
indepiendente es la única que puede servir a un país
con las características que tiene Brasil. Y el
mérito de Jânio Quadros fue haber comprendido esto
tan temprano, cuando tantos se empeñaban en la
subordinación, como mostró Afonso Arinos en su libro
de memorias, Planalto. La iniciativa de Jânio no le
saca el mérito de Arinos, de João Goulart, de San
Tiago Dantas y de Araújo Castro. Ni el mérito tan
decantado de San Tiago Dantas y de Araújo Castro
debe oscurecer el valor de Arinos y de Jânio.
La visión de Jânio
Quadros alcanzó lo esencial de una política externa
indepiendente; la cuestión fundamental de la alianza
con Argentina y de las relaciones con América del
Sur; la defensa intransigente de los principios de
la autodeterminación y de no intervención; la
importancia de África; la libertad de establecer y
mantener relaciones políticas y comerciales con
todos los países independientemente de su régimen
político o económico; la importancia del desarme
para la sobrevivencia de la humanidad y la
responsabilidad primaria de los países nucleares; la
paz como esencial para el desarrollo; la necesidad
de enfrentar el racismo; la política de equilibrio
en las relaciones de Brasil con países desarrollados
y subdesarrollados, capitalistas y socialistas;
centrales y periféricos.
La Declaración de
Uruguayana es un marco notable en la aproximación
política y económica con Argentina; la defensa de la
independencia de los países africanos y del fin del
colonialismo portugués fue la manifestación práctica
del apoyo a la autodeterminación de los pueblos; la
política en relación a Cuba y la condena de la
intervención armada de mercenarios patrocinada por
la CIA en la Bahía de Cochinos fueron actos
inequívocos de defensa del principio de la
no-intervención; la apertura de embajadas en los
nuevos Estados africanos y el envío del Canciller
Afonso Arinos a las conmemoraciones del primer
aniversario de la independencia de Senegal revelan
la clara importancia que Jânio confería a las
relaciones con África; el envío de la Misión João
Dantas a los países de Europa del Este para celebrar
acuerdos comerciales al mismo tiempo en que enviaba
la misión Roberto Campos para renegociar la deuda
con los países occidentales y los primeros pasos
para el reconocimiento de la Unión Soviética y de
China demostraron el principio del equilibrio en las
relaciones con países capitalistas y comunistas; la
activa participación de Brasil en la Comisión del
Desarme en Ginebra revela la preocupación con la paz
como vital para el desarrollo; las determinaciones
sobre auxilio a estudiantes pobres en el Instituto
Río Branco revelan su preocupación con la necesidad
de democratizar la carrera diplomática y hacerla a
la imagen de su pueblo.
El libro del
Embajador Carlos Alberto Leite Barbosa es un
documento de quien siguió de cerca, al lado del
Presidente Jânio Quadros, en Brasilia, cada momento
de la política externa en una época en que Itamaraty
y todo el servicio diplomático aún se encontraba en
Río de Janeiro. Su aguda observación de los hechos,
la capacidad de describirlos de forma precisa y sin
vestigios ideológicos o de simpatía política, la
sutileza de estilo, tornan a este libro una lectura
indispensable por los que se interesan por la
política externa de hoy, del Presidente Lula y del
Ministro Celso Amorim.
Sin duda, existe hoy
un agudo conflicto de visiones sobre el papel
internacional de Brasil y sobre su política externa.
Unos ven a Brasil como un país pequeño, destinado
como máximo a tornarse una potencia mediana, que
tiene necesariamente que alinearse con los intereses
y los objetivos de las Grandes Potencias, en
especial con los Estados Unidos, debido a una
alegada escasez de poder. Esta es una antigua
tradición, a la que se afilian nombres como
Eugenio Gudin, Roberto Campos, Neves de la Fontoura,
Castelo Branco, Carlos Lacerda, Garrastazu Médici,
Fernando Henrique Cardoso y estrellas de menor
grandeza. Esta es la posición de aquellos que acusan
la política externa de tercer mundismo, de anti-americanismo,
de antiglobalización, que se empeñan en separar al
Brasil de Argentina y de América del Sur.
Otros ven a Brasil
como él ya es, y aún más, como el que podrá llegar a
ser: el quinto territorio más grande del mundo;
la quinta mayor población; el noveno mayor PBI;
un país en lucha con sus enormes disparidades y
grandes vulnerabilidades, una sociedad que construye
la economía más grande del Hemisferio Sur, que se
enorgullece de su democracia y que, sabiendo vencer
sus desafíos, podrá transformarse en una potencia
tan importante como Alemania o Francia. Estos son
los que comprenden la importancia del Mercosur y de
la formación de la Comunidad Sudamericana de
Naciones, de la defensa de la paz frente al
unilateralismo, de la lucha internacional contra la
pobreza, de la aproximación con los países
africanos, de la dignidad y de la altivez en las
relaciones con los países desarrollados, en especial
con la Hiperpotencia, los Estados Unidos de América,
del ingreso de Brasil en el Consejo de Seguridad.
En la visión de un
Brasil a la altura de su pueblo, de un Brasil que
defiende su soberanía y su autodeterminación y la de
los países débiles frente a los impulsos hegemónicos
y a las iniciativas unilaterales de los más fuertes;
de un país que se opone a cualquier intervención de
quien quiera que sea bajo cualquiera que sea el
pretexto; de un Brasil que defiende la paz y la
solución pacífica de controversias, el desarme de
todos en especial de aquellos Estados más armados,
se empeñaron Jânio Quadros y Afonso Arinos, João
Goulart, San Tiago Dantas y Araújo Castro, Ernesto
Geisel y Azeredo de la Silveira, y, hoy, Lula y
Celso Amorim. Pero es preciso rendir tributo a los
precursores, aquellos que supieron ver con
anterioridad y que enfrentaron la furiosa reacción
de los intereses contrariados de las elites
retrógradas.
Por esta razón, si el
libro de Leite Barbosa es de historia es, por
encima de todo, un libro del presente. Un libro no
de historia fría sino de una historia viva que sirve
para la comprension de un embate actual, de un
desafío inconcluso y permanente entre, por un lado
los brasileños que prefieren a Brasil y de él se
enorgullecen, y por otro aquelllos que se consideran
ciudadanos del mundo, cosmopolitas sin ideal, para
quien Brasil es un mercado y no una Nación y el
brasileño un consumidor y no un ciudadano.
(*)Traducido
para La ONDA digital por
Cristina Iriarte
§
Este trabajo no puede ser reproducido sin la
autorización expresa de La ONDA digital
LA
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