Desafíos: inconclusos
y permanentes
por el embajador Samuel Pinheiro Guimarães

Prefacio escrito por el Vicecanciller brasileño embajador Samuel Pinheiro Guimarães para el libro“Desafio Inacabado – a política externa de Jânio Quadros” del embajador Carlos Alberto Leite Barbosa. Piñeiro Guimarães es autor de diversos ensayos y libros entre ellos "Desafios Brasileros en la era de los Gigantes", y ganador recientemente del premio Juca Pato como intelectal del año 2006 en Brasil.

 

- El libro del Embajador en Bogotá, Roma, París y adjunto a la OEA, Carlos Alberto Leite Barbosa, “Desafio Inacabado – a política externa de Jânio Quadros”, es una declaración de primera calidad sobre la emergencia conflictiva de la moderna política externa brasileña: de la política externa independiente de un gran Estado periférico subdesarrollado.

 

Existieron momentos precursores, manifestaciones audaces esporádicas de independencia política, pero siempre dentro de un marco general mayor de alianza, de alineamiento con las políticas de los Estados Unidos de América, la gran potencia hemisférica, vencedora de 1945. Como dijo Bertold Brecht, en un momento de gran inspiración y síntesis, El mayor analfabeto es El analfabeto político. Este libro contribuye para vencer este estigma alfabetizando a las nuevas generaciones en cuanto a los orígenes de la compleja dinámica de la sociedad brasileña y de sus relaciones con el exterior, en un momento en que, por ignorancia o mala fe, acusan a la actual política externa de desviarse de las “tradiciones brasileñas”. El libro de Leite Barbosa describe con riqueza de detalles de testimonio vivo la ejecución cotidiana de la política externa de Jânio Quadros y su lucha contra los intereses externos e internos que privilegiaban la política tradicional y que nos da una oportunidad para esbozar reflexiones sobre el propio significado de la actividad política, de la política externa y de la política externa indepiendente.

 

Sobre la política

“Vemos al hombre ajeno a las actividades públicas no como alguien que cuida apenas de sus propios intereses, sino como un inútil”, afirmó Pericles, en su famosa oración fúnebre en homenaje a los atenienses muertos en la Guerra del Peloponeso. El interés del individuo por la política, por la actividad de la polis, de la ciudad, del Estado, debe ser supremo. La política es la actividad necesaria a la definición de las normas de conducta social que tienen que seguir los ciudadanos en todos los campos de su acción; ella establece quien tiene el poder de elaborar normas; quien debe ejecutarlas y quien tiene la función de dirimir los conflictos y de sancionar a los infractores.

 

Aunque un individuo no se interese por la política, o aún peor, que la considere como una actividad indigna del “hombre de bien” por ser corrupta y corruptora, inútil y dispendiosa, la política se interesa por él y por todos, pues cualquier ciudadano tendrá siempre que obedecer las normas que resultan de la política; en caso que las infrinja, tendrá que sufrir las sanciones, y en caso que sea víctima procurará al Estado para defender sus derechos por ella definidos.

 

Naturalmente, cuanto más compleja sea en sus actividades, cuanto más diversa sea su población, cuanto más diversas sean sus regiones, cuanto más díspares sean los intereses en una sociedad, más difícil será el proceso de definir normas generales, que se apliquen a todos los ciudadanos y habitantes del territorio. Cuanto más desigual en riqueza y poder sea una sociedad, mayor será el esfuerzo de los grupos privilegiados de procurar controlar el proceso político y así, a través de este control, definir normas que perpetúen sus privilegios.

 

En el proceso de control del sistema político, la elaboración de “ideologias” es vital. Las ideologias, comprendidas como descripciones articuladas de una cuestión, “explican” la estructura social, justifican las diferencias de propiedad, de riqueza y de poder, y sacramentan el derecho de los grupos privilegiados de controlar el proceso político y de hacer prevalecer su visión de la sociedad a los demás grupos sociales.

 

Este esfuerzo de elaboración de ideologias no es suficiente. Es necesario disponer de un sistema de difusión y de “ajuste” periódico de estas ideologías a las transformaciones sociales. Antes de la prensa moderna, la difusión de las ideologías justificadoras de los privilegios en sociedades altamente desiguales fue desempeñada por las religiones, aliadas estrechamente al poder secular. Hoy, esta función es desempeñada por otros mecanismos sociales, otras instituciones.

 

Gracias a un largo y sangriento proceso de lucha que va de las revueltas de esclavos en la Roma antigua, como la revuelta de Spartacus, a las guerras campesinas durante la Edad Media, las formas más discriminatorias de organización social como la esclavitud y la servidumbre fueron abolidas. La transición de la organización esclavista de la sociedad antigua para el régimen servil feudal y de este para el régimen de mercado para la fuerza de trabajo, heredera física de los esclavos y de los siervos, significó un paso extraordinario para la humanidad. Todavía, en la medida en que tuvieron que desistir de las formas más violentas y abiertas de dominación arbitraria, los grupos privilegiados procuraron mantener, bajo nuevas formas, su relación de dominio sobre los procesos económicos y políticos de sus sociedades.

 

En el sistema político, la lucha por la transformación de los regímenes monárquicos absolutos en regímenes constitucionales, bajo la forma de repúblicas o de monarquías, y en el sistema económico la lucha de las organizaciones sindicales y políticas por la reglamentación del mercado de trabajo llevó, en el primer caso, a la adopción de constituciones consagrando la primacía de la ley sobre el arbitrio, los derechos individuales, la separación de Poderes, el sufragio universal y secreto, y en el segundo caso a la adopción de leyes que lentamente redujeron el grado de intensidad de explotación del trabajo y el dominio absoluto de los señores económicos y políticos.

 

Incluso, a pesar de la reducción gradual del arbitrio en las relaciones políticas y económicas, cuyo símbolo mayor tal vez hayan sido los cahiers, órdenes de prisión en blanco vendidas por el rey de Francia, reducción que comenzó a partir del final del siglo XIX y que ocurrió en parte debido a la emergencia de movimientos políticos que llevaron a la organización de las masas de trabajadores y eventualmente a la instalación revolucionaria de un sistema económico y social alternativo y competitivo en el período 1917-1989, el poder permaneció altamente concentrado, en sistemas en que la enorme mayoría de la población ejercía y continúa ejerciendo su influencia política apenas periódicamente, en el momento fugaz de las elecciones, cuando delega a poquísimos individuos el efectivo ejercicio del poder, al cual estos se aferran, oponiéndose tenazmente incluso a vestigios de la democracia directa, como los plebiscitos y referendos.

 

En la esfera de la economía, a partir de los Gobiernos de Ronald Reagan y de Margareth Thatcher, se inició un esfuerzo sistemático de reversión de las leyes y de las conquistas del trabajo, que se aceleró con la caída del Muro de Berlín y con el fin de la Unión Soviética, a través de “ideologías” que exaltaban la “libertad” del trabajo y abogaban, en consecuencia, políticas de “flexibilización” del mercado de trabajo.

 

En el sistema político, hay en curso un proceso de revisión (y de agresión) de los derechos individuales que se aceleró con los atentados terroristas del 9/11, y en ellos busca su justificación; de concentración en el Estado neoliberal de poderes arbitrarios de excepción, inclusive y principalmente en la considerada mayor democracia del mundo, con un efecto demostrativo devastador, de que son ejemplos la Ley Patriota, que permite la más amplia violación de privacidad, y el memorandum González, que justifica la tortura.

Estos movimientos de reversión de conquistas sociales y económicas consagradas en la legislación de aquello que los neoliberales llaman, despreciativamente, de Welfare State, y que se extendían por el mundo subdesarrollado, vienen siendo afectados por la llamada globalización. La globalización puede ser vista como el proceso por el cual las vastas áreas geográficas (recursos naturales) y económicas (mercados) hasta hace poco excluídas del alcance de las megaempresas multinacionales, como lo eran las ex-economías socialistas y los sectores reservados al Estado y a las empresas nacionales en la periferia del sistema mundial, fueron abiertas a la acción de las empresas multinacionales ya sea por los llamados procesos de reestruturación de las economías ex-socialistas ya sea por los programas de ajuste estructural en la periferia, impuestos por las agencias internacionales y por los países altamente desarrollados, en su condición de acreedores.

 

La significativa dependencia estratégica de los países centrales en relación a ciertos  insumos que se encuentran en la periferia del sistema, en especial el petróleo y los minerales raros; las inversiones altamente lucrativas de las megaempresas en las áreas periféricas (y las correspondientes remesas de lucros que contribuyen para los altos niveles de renta en los países desarrollados) tornan la situación política de los Estados periféricos y las políticas económicas nacionales que adoptan de enorme importancia para los países centrales pues tienden a servir de ejemplo y a contaminar el comportamiento de los demás Estados periféricos, en lucha por el control de sus recursos naturales y de sus mercados y por la autonomía de política económica.

 

La persistencia de altos niveles de concentración de renta y propiedad en muchos países periféricos, la decepción con los parcos beneficios traídos por la globalización y por la tecnología moderna, que ahorra mano de obra, hacen que en estos países haya una presión permanente por políticas sociales y económicas que redistribuyan riqueza y renta, lo que afecta los intereses de las empresas multinacionales, como afirmó Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía.

 

El sistema político en que a cada ciudadano le corresponde un voto y el sistema económico donde la “distribuición de poder de voto” es altamente concentrada, pues cada consumidor (propietario) “vota en el mercado” de acuerdo con su riqueza, tornan necesario para las clases beneficiarias de la concentración de propiedad el control del proceso de formación del imaginario colectivo y de los mecanismos de formulación y difusión de “ideologías”, que permitan “transformar” riqueza en votos.

 

La teoría política, social y económica elaborada recientemente, y en especial después del gobierno Reagan, que desarrolló la más amplia demolición de las instituciones de amparo social en los Estados Unidos y de rechazo de la ideología liberal (en el sentido americano), procura demostrar que el Estado es el gran culpable por las desigualdades sociales y distorciones económicas y que solamente el libre juego de las fuerzas de mercado permitirá a cada individuo, único responsable por su situación social sea ella buena o mala, el pleno desarrollo de su potencial económico e intelectual. Así, según los ideólogos conservadores y reaccionarios, la legislación de los derechos de los trabajadores perjudicaría a los propios trabajadores mientras que cualquier legislación que tienda a restringir la actuación de las empresas, tales como la legislación anti-trust, ambiental, etc. inhibiría su disposición de invertir para innovar y para producir de forma más eficiente. Naturalmente, los conservadores económicos y sociales son parientes ideológicos próximos de los llamados neo-cons de la política externa americana y de sus doctrinas de intervención preventiva, de fin de las fronteras etc.

 

El fin del socialismo, la desintegración de la Unión Soviética, la adhesión de los países socialistas (y de los apparatchiks) al capitalismo, el radical sin embargo parcial cambio de política económica en la China con el llamado “socialismo de mercado”, la victoria intelectual del pensamiento individualista y consumista y su adopción por los medios de comunicación de forma acrítica y sumisa hicieron que la teoría del “neoliberalismo global” viniese a transformarse en el llamado “pensamiento único”, a pesar de la clara falencia de su aplicación, como revelan el agravamiento de la concentración de renta y propiedad y la situación social, no solo en la periferia subdesarrollada, sino también en los países centrales y en los ex-países socialistas, mientras se promueve la ilusión de las tasas elevadas de crecimiento que muchas veces tiene como contrapartida el daño ambiental y social.

 

Así, la difusión permanente de la teoría y de la práctica del individualismo consumista y acumulador, asociada a la divulgación incesante de una imagen de la política como actividad indigna y  corruptora, aleja a las grandes masas de la política y contribuye para facilitar el control del proceso político por representantes de los sectores privilegiados de la sociedad a través del indispensable control de los medios de comunicación, donde se da la formación de grandes conglomerados de prensa-entretenimento, y de los procesos de formación del imaginario, permitiendo el pleno funcionamiento de la máquina de transformar  riqueza (poder económico) en votos (poder político).

 

Sobre política externa

La medida que el progreso tecnológico, en especial de los transportes, permitió la expansión de los contactos económicos, políticos, militares y sociales entre los Estados, individuos y empresas, que eran en extremo tenues en la Edad Media, como bien lo ilustra la narrativa de Marco Polo, surge la necesidad de regular estos contactos para permitir la actividad económica transnacional que necesita de estabilidad jurídica y de paz (aunque no permanente).

 

Todavia, cada Estado es soberano en su territorio, circunscripto por sus fronteras y en este territorio él tiene el monopolio de la fuerza, esto es, de establecer y de imponer obediencia a las normas de convivencia social, definidas y redefinidas permanentemente, como resultado del proceso político, siempre frente a nuevas situaciones sociales, políticas y económicas. Así, por más débil que sea un Estado en relación a los demás solamente rigen en su territorio sus propias leyes. El proceso político internacional en que se confrontan las políticas externas de todos los Estados tiene como objetivo la elaboración de normas de todo género – comerciales, civiles, militares, políticas - para disciplinar las relaciones entre individuos, empresas y entes estatales de diferentes Estados.

 

Naturalmente, los países más fuertes, las grandes potencias, a través de sus políticas externas tienen mayor capacidad de acción y de “convencimiento” de los Estados menores o más  débiles. Para ejercer esta influencia de forma pacífica, los Estados más grandes procuran elaborar visiones del sistema mundial y presentarlas como benéficas a todos los Estados (la llamada “comunidad internacional”) y hacen que estas visiones vengan a operarse, a materializarse en acuerdos internacionales bilaterales, regionales o multilaterales que sean válidos para los Estados que los suscriben y que pasan a tener la obligación de colocar las normas de estos acuerdos en vigor en sus territorios nacionales.

 

La actividad política internacional no resulta inmediatamente en tratados, así como la política interna no se resume a la elaboración de leyes ni resulta de inmediato y necesariamente en leyes. A partir de conversaciones políticas se llega a grados diversos de entendimiento entre los representantes de los Estados que vienen a concretarse en declaraciones, memorandos, notas, comunicados y, que, eventualmente, pueden llevar a la elaboración de tratados. Está claro que cada uno de estos documentos tiene validez política mayor o menor, dependiendo del grado de formalidad jurídica, de detalle y de precisión con que se revisten los compromisos asumidos por los signatarios.

 

La Segunda Guerra Mundial, que aceleró el progreso tecnológico, que inauguró la era nuclear, que desarrolló las comunicaciones de todo tipo, estimuló el proceso de descolonización y el fin del control directo de las metrópolis sobre amplias extensiones en  África y en Asia. La Segunda Guerra vió también el fortalecimiento de la Unión Soviética, la expansión geográfica del área ocupada por regímenes socialistas, que pasó a incluir en 1949 a China, el fortalecimiento de la idea de planeamiento e industrialización como estrategia esencial para superar el atraso y la pobreza y la necesidad de los Estados Unidos de consolidar su hegemonía política y militar y de reorganizar el sistema económico y político mundial, destrozado por la guerra.

 

El sistema de las Naciones Unidas, cuyo gran inspirador fueron los Estados Unidos de América, puede ser visto como un sistema creado por la “comunidad internacional” para preservar la paz y la seguridad entre Estados de igual poder. O puede ser visto como un sistema de foros para estimular negociaciones internacionales que tienden a  disciplinar las relaciones entre los Estados, inclusive aquellos que surgen de las ruinas de los imperios coloniales, para preservar los privilegios políticos y económicos antes gozados por las grandes potencias y sus megaempresas, garantizando su necesario acceso a los recursos naturales y a los mercados de aquellos nuevos Estados y controlando sus sistemas políticos para asegurar la vigencia de normas internas “adecuadas”. El sistema de las Naciones Unidas comprende en su centro El Consejo de Seguridad, que detenta el monopolio de la fuerza, una Asamblea general cuyas atribuciones hacen que corresponda a un parlamento sin poder de decisión y una constelación de agencias, que constituyen foros de negociación de acuerdos, tales como la OMC, el FMI, la FAO, la UNESCO etc.

 

Todo este amplísimo sistema de negociación de acuerdos económicos, políticos y militares fue influenciado por la Guerra Fría, por la competencia entre los sistemas capitalista y socialista en sus esfuerzos para expandir sus respectivas áreas de influencia, en sus diversas fases. La expansión inicial del sistema socialista tuvo tal impulso que llevó a que pensadores como Joseph Schumpeter, en su obra Capitalismo, Socialismo, Democracia, a considerar con tristeza y una cierta resignación que el socialismo vencería inevitablemente la competencia con el capitalismo, dado su poder de regimentar e ilusionar a las masas.

 

Así, el esfuerzo de los Estados Unidos, como nación líder del bloque occidental, fue de procurar tejer una red de acuerdos militares, políticos y económicos que mantuviesen los países de su área de influencia bajo su hegemonía y garantizasen para los Estados Unidos una mejor situación en términos de control de recursos y de puntos geográficos estratégicos, aumentando su poder en un embate pacífico o eventualmente bélico con la Unión Soviética y con el bloque comunista.

 

Así, la política internacional se caracterizaba por el esfuerzo de las dos Superpotencias de alinear todos los países en torno de sus políticas a través de compromisos internacionales, acuerdos de naturaleza positiva o negativa, que preveían restricciones de actuación e interdicción de acción y de contactos.

 

Sobre la política externa independente

La política externa independiente inaugurada por el Presidente Jânio Quadros constituyó un marco crucial para la evolución histórica de un país como Brasil.

 

En 1961, la Segunda Guerra Mundial se había terminado hacía apenas dieciseis años; la Guerra de Corea, poderoso enfrentamiento entre China y Estados Unidos, hacía apenas siete años; la Revolución China había triunfado hacía apenas doce años. La independencia de los países africanos era un proceso en su inicio. En este contexto internacional, Brasil era un país de 70 millones de habitantes; producía apenas ochenta mil barriles/día de petróleo; 60% de sus exportaciones eran de café; fabricaba 40 mil automóviles; producía 2 millones de toneladas de acero y ningún Presidente brasileño había visitado los países de América del Sur, excepto Argentina y Paraguay. Y mucho menos los Estados de  África o de Asia, o del Oriente Próximo.

 

Así, la política externa independiente de Jânio Quadros, no importa como se juzgue su Gobierno o la relación de su acción externa con su política interna, constituyó un verdadero grito de independencia del Brasil, en época de fortísima presión por el alineamiento automático y de intensa guerra fría, pues el bloqueo de Berlín era de 1961 y la Revolución cubana de 1959.

 

Si la política es una actividad indispensable, si la política externa es una actividad necesaria, una política externa indepiendente es la única que puede servir a un país con las características que tiene Brasil. Y el mérito de Jânio Quadros fue haber comprendido esto tan temprano, cuando tantos se empeñaban en la subordinación, como mostró Afonso Arinos en su libro de memorias, Planalto. La iniciativa de Jânio no le saca el mérito de Arinos, de João Goulart, de San Tiago Dantas y de Araújo Castro. Ni el mérito tan decantado de San Tiago Dantas y de Araújo Castro debe oscurecer el valor de Arinos y de Jânio.

 

La visión de Jânio Quadros alcanzó lo esencial de una política externa indepiendente; la cuestión fundamental de la alianza con Argentina y de las relaciones con América del Sur; la defensa intransigente de los principios de la autodeterminación y de no intervención; la importancia de África; la libertad de establecer y mantener relaciones políticas y comerciales con todos los países independientemente de su régimen político o económico; la importancia del desarme para la sobrevivencia de la humanidad y la responsabilidad primaria de los países nucleares; la paz como esencial para el desarrollo; la necesidad de enfrentar el racismo; la política de equilibrio en las relaciones de Brasil con países desarrollados y subdesarrollados, capitalistas y socialistas; centrales y periféricos.

 

La Declaración de Uruguayana es un marco notable en la aproximación política y económica con Argentina; la defensa de la independencia de los países africanos y del fin del colonialismo portugués fue la manifestación práctica del apoyo a la autodeterminación de los pueblos; la política en relación a Cuba y la condena de la intervención armada de mercenarios patrocinada por la CIA en la Bahía de Cochinos fueron actos inequívocos de defensa del principio de la no-intervención; la apertura de embajadas en los nuevos Estados africanos y el envío del Canciller Afonso Arinos a las conmemoraciones del primer aniversario de la independencia de Senegal revelan la clara importancia que Jânio confería a las relaciones con África; el envío de la Misión João Dantas a los países de Europa del Este para celebrar acuerdos comerciales al mismo tiempo en que enviaba la misión Roberto Campos para renegociar la deuda con los países occidentales y los primeros pasos para el reconocimiento de la Unión Soviética y de China demostraron el principio del equilibrio en las relaciones con países capitalistas y comunistas; la activa participación de Brasil en la Comisión del Desarme en Ginebra revela la preocupación con la paz como vital para el desarrollo; las determinaciones sobre auxilio a estudiantes pobres en el Instituto Río Branco revelan su preocupación con la necesidad de democratizar la carrera diplomática y hacerla a la imagen de su pueblo.

 

El libro del Embajador Carlos Alberto Leite Barbosa es un documento de quien siguió de cerca, al lado del Presidente Jânio Quadros, en Brasilia, cada momento de la política externa en una época en que Itamaraty y todo el servicio diplomático aún se encontraba en Río de Janeiro. Su aguda observación de los hechos, la capacidad de describirlos de forma precisa y sin vestigios ideológicos o de simpatía política, la sutileza de estilo, tornan a este libro una lectura indispensable por los que se interesan por la política externa de hoy, del Presidente Lula y del Ministro Celso Amorim.

 

Sin duda, existe hoy un agudo conflicto de visiones sobre el papel internacional de Brasil y sobre su política externa. Unos ven a Brasil como un país pequeño, destinado como máximo a tornarse una potencia mediana, que tiene necesariamente que alinearse con los intereses y los objetivos de las Grandes Potencias, en especial con los Estados Unidos, debido a una alegada “escasez de poder”. Esta es una antigua “tradición”, a la que se afilian nombres como Eugenio Gudin, Roberto Campos, Neves de la Fontoura, Castelo Branco, Carlos Lacerda, Garrastazu Médici, Fernando Henrique Cardoso y estrellas de menor grandeza. Esta es la posición de aquellos que acusan la política externa de tercer mundismo, de anti-americanismo, de antiglobalización, que se empeñan en separar al Brasil de Argentina y de América del Sur.

 

Otros ven a Brasil como él ya es, y aún más, como el que podrá llegar a ser: el quinto territorio más grande del mundo; la quinta mayor población; el noveno mayor PBI; un país en lucha con sus enormes disparidades y grandes vulnerabilidades, una sociedad que construye la economía más grande del Hemisferio Sur, que se enorgullece de su democracia y que, sabiendo vencer sus desafíos, podrá transformarse en una potencia tan importante como Alemania o Francia. Estos son los que comprenden la importancia del Mercosur y de la formación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, de la defensa de la paz frente al unilateralismo, de la lucha internacional contra la pobreza, de la aproximación con los países africanos, de la dignidad y de la altivez en las relaciones con los países desarrollados, en especial con la Hiperpotencia, los Estados Unidos de América, del ingreso de Brasil en el Consejo de Seguridad.

 

En la visión de un Brasil a la altura de su pueblo, de un Brasil que defiende su soberanía y su autodeterminación y la de los países débiles frente a los impulsos hegemónicos y a las iniciativas unilaterales de los más fuertes; de un país que se opone a cualquier intervención de quien quiera que sea bajo cualquiera que sea el pretexto; de un Brasil que defiende la paz y la solución pacífica de controversias, el desarme de todos en especial de aquellos Estados más armados, se empeñaron Jânio Quadros y Afonso Arinos, João Goulart, San Tiago Dantas y Araújo Castro, Ernesto Geisel y Azeredo de la Silveira, y, hoy, Lula y Celso Amorim. Pero es preciso rendir tributo a los precursores, aquellos que supieron ver con anterioridad y que enfrentaron la furiosa reacción de los intereses contrariados de las elites retrógradas.

 

Por esta razón, si el libro de Leite Barbosa es de historia  es, por encima de todo,  un libro del presente. Un libro no de historia fría sino de una historia viva que sirve para la  comprension de un embate actual, de un desafío inconcluso y permanente entre, por un lado los brasileños que prefieren a Brasil y de él se enorgullecen, y por otro aquelllos que se consideran ciudadanos del mundo, cosmopolitas sin ideal, para quien Brasil es un mercado y no una Nación y el brasileño un consumidor y no un ciudadano.

 

(*)Traducido para La ONDA digital  por Cristina Iriarte

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