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La construcción sudamericana:
Geopolítica con democracia
por Héctor Valle
Es
arduo imaginar que cualquier integración admita,
contemple y luego permanezca, si lo que se procura
establecer, como marco pensante y actuante, es una
ideología de una sola voz y una sola mano que,
además, permanezca crispada.
En todo caso, la
América del Sur, desde los terrones de su tierra,
tanto la negra y fértil, como la seca y árida, trae
un susurro que viene de lejos y que clama para los
suyos, para todos, un grito que es cántico de
esperanza y real afirmación de vida, junto a los
otros.
Luego, nuestras
naciones, por ejemplo, el Uruguay, el Brasil y la
Argentina, que tan poco tiempo tienen de vida
democrática republicana auténtica todas ellas
comenzando en el primer tercio del siglo XX-, tienen
como numen, el desarrollo de una integración
superior que haga de la democracia representativa,
de la convivencia efectivamente libre de sus gentes,
el norte de sus desvelos y los proyectos que, en tal
sentido, vienen desplegándose específicamente, desde
un quinquenio a la fecha.
Descreo, y es una
modestísima opinión, que una sola nación que además
quiera aupar a un solo individuo como expresividad
máxima de una ideología nunca bien definida, tenga
para sí, siquiera pueda ufanarse de pensarlo, el
control del destino de nuestros pueblos.
Asimismo, toda otra
entelequia extra región que aun permanezca en el
convencimiento que podrá dominarla, siempre con el
apoyo tan irrestricto como supino de los cipayos que
están hacia dentro de nuestras fronteras, al
servicio de aquellas, también se equivoca y se
equivoca groseramente.
América del Sur es, y
esto no es poesía, aunque la poesía comprende la
esencia misma de nuestra región, una tierra con un
crisol de gentes y de pueblos, de etnias y de
culturas que, además, no pocas veces en algunos de
nuestros países, tienen variadas expresividades en
lo cultural.
En la medida en que
los proyectos de acercamiento físico entre los
pueblos de la América del Sur, avancen y avancen
desde los centros realmente democráticos de ésta, la
integración será superior y por tanto traerá consigo
mayores posibilidades de una existencia humana más
digna y plena para todos y cada uno de los nuestros.
América, nuestra
América, la de Sur, tan rica en ríos, tan profunda
en voces, tiene para sí y para los suyos, por
ejemplo, cuencas que hacen de sus tierras y de las
posibilidades en sus comunicaciones, potenciales
vergeles a considerar y a desarrollar.
En este sentido,
entendemos que poco a poco la horizontal va ganando
espacios a la vertical. Esto es, que la
consideración de la comunicación multimodal que
parte del mejor aprovechamiento de nuestros ríos y
así de las vías que los comprendan, hará que
efectivamente los pueblos ganen en integración con
producción, sin desoír las posibilidades incluso de
desarrollo turístico que tales conexiones traerán
consigo.
Este es el caso del
canal del Amazonas, por ejemplo. Porque estamos
hablando de su cuenca, que es decir a su vez, su
región, y de la viabilidad de su conexión hacia el
Pacífico con el puerto de Manta, en el Ecuador, como
punto de partida, como de llegada, hacia y desde el
Oriente uniendo a la región amazónica al comunicarse
directamente con los puertos de Manaus y Belém, en
el Brasil.
Y esto, siendo bueno,
lógicamente molesta a quienes aun hoy, pregonan una
vertical que hace, por qué no decirlo, a una mirada
con el mentón hacia arriba, exclusivamente extrazona.
Mirada ésta que busca
la complacencia, por más que guturalmente tal boca
expida palabras de guerra, teniendo por eje de su
hacer lo que aquel otro Norte imponga desde su
centro de mando. Centro que, recordémoslo, opera con
luz azul, llamando a los mosquitos que creen
encontrar allí el paraíso soñado en sus noches de
desvelo.
Aquí, entonces, más
que el recuerdo y la cita vana a próceres de bronce,
se precisa, se requiere y nos resulta indispensable,
el atrevernos a tejer un mañana desde una historia
reciente pero plena y digna, donde los pueblos, en
el ejercicio cierto de una democracia republicana
que tenga a su vez una consideración muy alta de
solidaridad en su despliegue económico, como eje
rector de un plan superior.
Ningún plan, ni aquí
ni acullá tendrá miras de salir y de permanecer si
tan sólo visa encumbrar persona o grupos de
personas. Los pueblos y sus naciones son la voz
permanente y auténtica de una historia que,
considerando su pasado, tiene en nuestro presente
activo, la forja de un porvenir que necesariamente
deberá ser digno para nuestras mujeres y nuestros
hombres de a pie.
Las voces de las
mayorías como las de las minorías deben y deberán
ser tan escuchadas como respetadas y resguardadas en
sus fueros y en sus acciones. Para esto es necesario
convencernos que nada saldrá sino de nosotros mismos
y de nuestra porfiada insistencia en que se nos
respete como personas, luego como colectividades y
así, como naciones que, mancomunadamente,
propendemos a una América, la del Sur, presente y
actuante en el concierto mundial de naciones, con
voz propia y proyecto propio.
Precisamos
articulaciones y articuladores y no, por favor,
mandamases vocingleros que, solos o en pareja,
deambulen a sus anchas acallando voces y comprando
conciencias.
América del Sur es
tierra privilegiada porque sus hijos e hijas, a lo
largo de demorados y fatigosos siglos, han dejado su
sangre sobre estas tierras y esta es, y mañana
también lo será, la hora en que germine el fruto de
tanto dolor y de tanta esperanza aun no conciliada
en la fragua de las realizaciones. Esa misma fragua
a la que convocamos, una vez más, a no dejar de
considerar como nuestra mayor y primera
responsabilidad.
Bienvenida pues una
iniciativa como la del canal del Amazonas, como
bienvenida fue esta otra iniciativa que tantos y tan
variados mandamases y sus secuaces se empecinan en
hacer caer: nuestro MERCOSUR.
Y así, con estas
nuevas venas irán uniéndose más y mejor, en
democracia, desde una geopolítica en acción que la
aliente y mejore, todas las naciones, incluso desde
sus proyectos en materia económica.
De esta forma, quizá, se dejen de atender, como se
atienden, por ejemplo en el Uruguay, hoy por hoy,
reclamos, mandamientos, de los centros de poder
internacionales, para la adopción de recetas que, a
todas luces, nos siguen empobreciendo en tanto
buscan antes que ampliar, mejorar y profundizar la
producción, apenas recaudar más para cumplir en lo
macroeconómico mientras, puertas adentro, se
fagocitan a los suyos en estériles y cerriles
acciones economicistas. Todo esto, claro está, en el
convencimiento que están en vías de ser cada vez
más serios, algo que uno cree leer como cada vez más
trágicos.
Es decir, se requiere
antes que mayores colocaciones exitosas (¿para quién
o quiénes?) de bonos en los mercados
internacionales, antes que mayores ventas de lo que
se viene vendiendo desde la época de las colonias,
mayores y mejores ideas y sus consecuentes acciones
en pro del real ingreso como empresarios, de
personas o grupos de personas cooperativismo, por
ejemplo- que busquen producir (¿Por qué no al
integrar cadenas productivas con otros países
regionales?) con mayor valor agregado.
Precisamos, pues,
proyectos que nos mejoren como sociedades, como
naciones y así, mancomunada y concertadamente, como
región que potencialmente habrá de aportar al mundo
una mejor mirada sobre lo que el hombre y la mujer
pueden construir, desde que se les respete su lugar,
su voz y su hacer.
En este sentido,
entonces, el canal del Amazonas es, con claridad, un
proyecto superior que hace, como lo hará, a la mejor
concreción de los anhelos de nuestras gentes.
Breguemos, pues, porque quienes aun mantienen los
mentones hacia el cielo (cielo bizarro de la Nueva
Roma y sus acólitos criollos), los bajen al plano de
la horizontal y miren, se atrevan a hacerlo, al
horizonte franco y cercano de lo que es posible e
imperioso- hacer en nuestra propia circunstancia de
vida.
Porque la geopolítica
ya no es una ciencia ocultista sino y antes bien, la
ciencia que los pueblos inteligentes estudian,
valoran y emplean en la mejora sustantiva de su vida
democrática que es, convengamos una vez más, la de
su circunstancia superior. En nuestro caso, tal
circunstancia tiene y tendrá un solo y elevado
nombre: la América del Sur.
LA
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