|
Un fenómeno de millones,
las dos caras del turismo
por Leo Hickman
Artículo 24 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, dice:
Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute
del tiempo libre, a una limitación razonable de la
duración del trabajo y a vacaciones periódicas
pagadas cincuenta años
despues
la ONU dijo:
Las actividades turísticas se organizarán en
armonía con las peculiaridades y tradiciones de las
regiones y países receptores,
y con respeto a sus leyes y costumbres.
En
1971, la Iglesia ortodoxa griega adoptó una nueva
oración para obtener la intervención divina en un
problema que estaba comenzando a preocupar
profundamente a sus fieles. El número de turistas
que visitaban los monasterios ubicados en los
espectaculares peñascos de piedra caliza de Meteora
en Tesalia era tan elevado que los monjes estaban
empezando a marcharse a otros más tranquilos, a 200
kilómetros al este, en la delgada península debajo
del Monte Athos. La corta plegaria se titulaba: Por
los que se encuentran en peligro por la oleada de
turistas y decía así:
Señor Jesucristo
(...), ten piedad de las ciudades, las islas y los
pueblos de nuestra patria ortodoxa, así como de los
santos monasterios, azotados por la oleada
turística. Concédenos la gracia de una solución a
este dramático problema y protege a nuestros
hermanos, (...) tentados por el espíritu modernista
de estos invasores occidentales contemporáneos.
Transcurridas más de
tres décadas desde esta oración desesperada, aún
persiste una enorme brecha entre los visitados y los
visitantes. Además, la ola turística rompe cada vez
con más fuerza en las costas de todo el planeta. En
1971, se registraron 170 millones de llegadas de
turistas internacionales, según la OMT
(Organización Mundial del Turismo). En 2006, esta
cifra era de 840 millones y se prevé que, por
primera vez, se supere el récord de 1.000 millones
en 2010. Este organismo afirma que para 2020 se
espera alcanzar los 1.600 millones, casi diez veces
más que el año en que por primera vez en Grecia se
rezaba por este dramático problema.
Si ya se manifestaba
preocupación por el impacto del turismo en los 70,
¿en qué punto estamos ahora, por no hablar de dónde
nos encontraremos en un futuro que depara un
crecimiento sin tregua? ¿Cómo responde la industria
de servicios más grande del mundo que, según el
Consejo Mundial de Viajes y Turismo, emplea directa
o indirectamente a uno de cada 11,5 trabajadores del
planeta y genera más del 10% de la riqueza económica
anual al largo pliego de cargos que se le presenta?
Mis viajes por
algunos de los principales destinos de vacaciones
del mundo no me han convencido de que esta industria
entienda de verdad cómo el turismo puede ser tan a
menudo una fuerza negativa. Sigue aferrándose al
conveniente mito de que el maravilloso barco del
turismo trae la recompensa económica a todos
aquellos que naveguen en él. Y sigue lanzando
algunas otras afirmaciones extraordinarias, como que
fomenta la paz mundial, el amor y la comprensión.
Al contrario, lo que
parece bastante obvio es que la recompensa se la
reparte un pequeño grupo extremadamente selecto, a
menudo en un país distinto al de destino, y que
demasiados trabajadores del sector en especial en
los países en desarrollo no son más que esclavos a
sueldo luchando con uñas y dientes para salir de una
penosa existencia. La suposición que suele hacer la
industria de que la vida de esos empleados es
automáticamente de mejor calidad ahora que tienen un
puesto en el turismo parece estar muy lejos de la
realidad, como pude atestiguar una y otra vez desde
Tailandia hasta Cancún (México). Y sobran las
pruebas de que muchas personas han sido desplazadas
de su lugar de residencia para dejar sitio a los
visitantes, con frecuencia a un precio considerable
para el medio ambiente de la zona. Por regla
general, el turismo parece ser una transacción
injusta en la que el comprador sale mucho mejor
parado del intercambio que los vendedores en el
destino. La aplicación a esta industria del ocio
de las mismas implacables y, a menudo, explotadoras
prácticas y lógicas comerciales empleadas por otros
sectores parece ser uno de los problemas clave.
Tras anunciar las
últimas cifras de crecimiento desmedido del turismo
en febrero de 2007, Francesco Frangialli, secretario
general de la OMT, introdujo una nota de cautela en
medio de la autosatisfacción: Es cada vez más
evidente que el turismo está siendo víctima, pero
también contribuye, al cambio climático y a la
reducción de la biodiversidad. El camino (...)
está , por tanto, marcado por un tipo de crecimiento
diferente: más moderado, sólido y responsable.
Fijémonos en Airtours.
En febrero pasado comenzó a ofrecer el primer
paquete de vacaciones alrededor del mundo en el
Reino Unido, un tour relámpago de 23 días, durante
los que se visitan 10 países por 4.499 libras
esterlinas (más de 6.000 euros). El viaje comienza
en Manchester y el vuelo chárter, con sus 239
pasajeros y 12 tripulantes, se dirige a Nueva York,
y continúa hacia Las Vegas, Hawai, Sidney, Borneo,
Pekín, Agra, Dubai, Ciudad de El Cabo y El Cairo.
Durante las vacaciones, el avión se mantiene en el
aire un total de 73 horas y es responsable de la
emisión de 2.289 toneladas de CO2 casi 7 por
pasajero según Amigos de la Tierra, que
describió el paquete como uno de los más
contaminantes posibles.
Pero, ¿qué pasa con
los destinos?, ¿no son responsables en buena medida
de la delicada situación en que se encuentran
muchos? Parece haberse servido un cóctel de
ineptitud política y de codicia de los encargados
del desarrollo de demasiados centros turísticos en
todo el mundo, lo que ha conducido a la repetición
de los mismos errores una y otra vez.
Me sorprendió cuántos
lugares Cancún, la Costa Blanca, Tailandia, Kerala
o Ibiza afirman que el suministro de agua se
ha convertido en una de sus principales
preocupaciones ahora que dependen tantísimo del
turismo. Y la causa es siempre la misma: el
desarrollo excesivo, rápido y no planificado.
Todos los destinos se
han enfrentado a la misma disyuntiva: invertir en
turismo o no. La tentación debe de ser grande, sobre
todo para los países en desarrollo. Los eventuales
promotores e inversores suelen presentar el turismo
a los potenciales destinos como una industria
benigna y limpia que inyectará en la economía
divisas muy necesarias. No necesitáis grandes
fábricas contaminantes para ganaros la vida les
dicen, sólo un hotel lleno de turistas felices.
Hubo una época en la
que los destinos fueron capaces de rechazar esos
avances o, al menos, de animar a sus inversores
nacionales a garantizar que una mayor cantidad de
beneficios permaneciera en la economía local. Pero,
hoy, las reglas del comercio internacional, como el
Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS)
al que deben adherirse todos los Estados miembros de
la OMT, suponen que la liberalización del mercado se
ha convertido en el mantra y que el denominado
autoproteccionismo está muy mal visto (aunque las
reglas parecen ser bastante diferentes para las
naciones desarrolladas y sus muy protegidos y
subvencionados agricultores).
Tratados como el AGCS
son la fuerza vital de la globalización y permiten,
por ejemplo, que los conglomerados hoteleros
multinacionales se establezcan en la mayoría de los
países; si un gobierno favorece a un inversor local,
éste poco puede hacer para resistir. Todo esto lleva
aparejada la presión ejercida sobre los destinos y
sus Administraciones, por parte de las
organizaciones como la OMT y los grandes lobbies
empresariales como el Consejo Mundial de Viajes y
Turismo, para que consideren esta actividad como una
herramienta de desarrollo y, por tanto, estén más
abiertos a las inversiones internacionales y a la
construcción o la mejora de las infraestructuras de
transportes como los aeropuertos.
Pero, ¿quién se
beneficia realmente? Muchos destinos turísticos
están comenzando a preguntárselo. ¿Es el turismo una
fuerza irreversible en todos los destinos? ¿Hasta
qué punto éstos son vulnerables a las poderosas
garras del turismo? Está claro que es imposible dar
marcha atrás para la mayoría de los lugares más
castigados, que están experimentando un declive
terminal. La tarea urgente de muchos otros es
identificar su situación exacta en la curva
normal de desarrollo turístico formulada por Stanley
Plog hace tres décadas, y asegurarse de permanecer
en el tramo ascendente y nunca en el descendente.
Mantener y respetar las características únicas
que al principio atrajeron a los visitantes
parece ser la clave del éxito. Por el contrario,
tratar de igualar a un rival a fuerza de construir
instalaciones similares parece haber sido un error
en todo el mundo. Cualquier destino potencial que
esté pensando en consagrarse al turismo debería
planteárselo con cautela y actuar sólo con un plan
estricto y ponderado. Y diversificar: el turismo es
extremadamente vulnerable a los caprichos de las
fuerzas externas, y no debería ser la única
industria.
Por lo que he visto,
el concepto de centros (hubs) o polos (clusters)
turísticos parece el mejor modelo para reducir los
riesgos respecto al medio ambiente y permitir un
futuro sostenible para la comunidad residente, por
el simple hecho de que el impacto se concentra en un
área relativamente pequeña. Tanto Benidorm como
Cancún parecían haber adoptado este modelo al
principio, pero la disciplina exigida para
resistirse al desarrollo excesivo se perdió en algún
punto del camino. Lo que parece conducir a la
mayoría de los daños es la introducción sigilosa del
turismo, y los primeros brotes de esta expansión son
siempre, aunque no se den cuenta, fomentados por los
mochileros. Las playas de Tailandia son una prueba
de ello. No tardará en llegar el momento en que la
presión para aumentar el número de camas suponga que
los promotores posen su mirada en las zonas vecinas,
con frecuencia con resultados negativos, como ocurre
de manera evidente en la Riviera Maya, al sur de
Cancún. De la misma forma, en España, la hierba
verde de los campos de golf y las villas que están
extendiéndose en círculos concéntricos alrededor de
las playas principales son los que están generando
las mayores tensiones sobre el suministro de agua,
no las torres de Benidorm.
Ejemplos
Venecia está al
límite, pero la Unesco se afana en reflotar la
ciudad de los canales. Sin embargo, otros tesoros de
la evolución y la historia pueden desaparecer ante
el avance de las hordas de turistas, que espolean el
cambio climático y contribuyen a la destrucción del
Patrimonio de la Humanidad. Íñigo Urquía
Islas Galápagos
Descripción: Parque
ecuatoriano desde 1959, este archipiélago alberga
especies de flora y fauna en peligro. Un crecimiento
demográfico salvaje, la inmigración ilegal, la pesca
furtiva, la introducción de especies invasoras y
algunos incidentes jurisdiccionales con la Armada
amenazan, junto con el turismo indiscriminado, a
esta zona.Turistas: Más de 120.000 en 2006.
Posibles soluciones:
El presidente Rafael Correa ha declarado el estado
de emergencia, pero el director de la Unesco,
Koichiro Matsura, teme que sea un parche, y espera
medidas profundas e inmediatas. Se baraja la opción
de interrumpir la concesión de licencias turísticas.
Palacio de Potala
Descripción: La
residencia tradicional de los Dalai Lama, situada en
Lhasa, capital de Tíbet (anexionado por China).
Turistas: Más de 2,25 millones en todo Tíbet, sólo
en los 10 primeros meses de 2006. Posibles
soluciones: El turismo y la explosión comercial de
Pekín acentúan la presión, que no muestra señales de
dar tregua. Hay que recuperar el aspecto religioso y
cultural de esta infraestructura propuesta como
maravilla del mundo.
Uno de los mejores
remedios ofrecidos para aliviar los síntomas de esta
presión parece ser el sistema de cuotas. Las
comunidades que viven en las cercanías del Taj Mahal
(India) y el Machu Picchu (Perú), por ejemplo,
llevan mucho tiempo insistiendo en que se imponga un
límite en el número de visitantes para ayudar a
reducir los daños. En casi todos los lugares a los
que viajé para la investigación de mi [último] libro
The Final Call (La última llamada), la comunidad
local expresó su deseo de ver menos turistas, que
pagaran más por su visita. La calidad y no la
cantidad es lo que debería primar.
La mayoría tenían la
impresión de que les estaban obligando a venderse
por debajo de su valor debido a la presión sobre los
precios ejercida por los touroperadores. Sin
embargo, la simple medida de imponer un tope en el
número de visitantes al año en un área no parece ser
la respuesta. No resulta equitativa, ya que funciona
estrangulando la oferta de manera artificial, lo que
aumenta los precios. El resultado es que el destino
se convierte en el coto exclusivo de más turistas
con dinero, como ha ocurrido en Bhután, el diminuto
reino del Himalaya que limita el acceso cobrando a
los turistas unos 200 dólares al día.
Una idea mucho más
inteligente, sugerida por el think tank británico
Centro para Estudios Futuros, es un sistema basado
en el sorteo. Comenzando por los destinos más
sensibles arrecifes, montañas, pequeñas islas
tropicales y lugares vulnerables del Patrimonio de
la Humanidad, se acordaría un tope anual de
turistas. Se celebraría un sorteo on line, en el que
cualquier persona del mundo podría solicitar un
boleto. Entonces, se permitiría el acceso a los
agraciados, según una escala de precios y un
calendario de disponibilidad de plazas. Los billetes
sobrantes podrían comprarse y venderse, pero lo
importante sería que el número de visitantes no
excedería un nivel sostenible.
Según el artículo 13
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
toda persona tiene derecho a circular libremente
y a elegir su residencia en el territorio de un
Estado; toda persona tiene derecho a salir de
cualquier país, incluso del propio, y a regresar a
su país. Combinémoslo con el 24 (Toda persona
tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo
libre, a una limitación razonable de la duración del
trabajo y a vacaciones periódicas pagadas) y el
resultado es el turismo internacional.
Pero
la Asamblea General de Naciones Unidas tardó más
de cincuenta años en admitir que este derecho
también conlleva una enorme responsabilidad.
Hoy, el código recoge artículos que reflejan los
fundamentos de todo tipo de turismo responsable:
Las actividades turísticas se organizarán en
armonía con las peculiaridades y tradiciones de las
regiones y países receptores, y con respeto a sus
leyes y costumbres; y se concebirá la
infraestructura y se programarán las actividades
turísticas de forma que se proteja el patrimonio
natural que constituyen los ecosistemas y la
diversidad biológica, y que se preserven las
especies en peligro de la fauna y de la flora
silvestre. Podría parecer innecesario abordar esos
puntos, pero en medio del frenesí de la cola para
facturar en el aeropuerto o para registrarse en un
hotel, es fácil olvidar que ser un turista
internacional es un raro privilegio.
Sólo el 5% de la población mundial ha
viajado alguna vez en avión.
De igual modo, las
presiones que solemos ejercer sobre los destinos
turísticos buscando siempre los precios más bajos
causan muchos problemas.
Como ocurre cuando
volamos en avión, el precio que pagamos por nuestras
vacaciones hoy en día no refleja el impacto duradero
que nuestra visita puede tener sobre un lugar. Si
demandamos vacaciones cada vez más baratas, no
podemos sorprendernos de que se recorten costes en
el destino, con los evidentes efectos negativos que
esto conlleva. Fue desgarrador comprobar las
condiciones de vida que debían soportar los
trabajadores en Cancún. La demanda de sol de
invierno barato implica sueldos bajos para los
camareros, las limpiadoras, los jardineros, los
taxistas y otro personal de servicio que hacen
posibles nuestras vacaciones. Deberíamos darnos
cuenta de que es un honor visitar otro país y de
que, como invitados, nuestros pasos al adentrarnos
en él deben ser cautelosos y respetuosos.
Existe, por supuesto,
un mercado nuevo en rápido crecimiento para
satisfacer las necesidades de los turistas con esta
mentalidad. Responden a toda una variedad de
nombres: ecoturistas, turistas responsables,
turistas éticos... Pero, durante mis viajes, me
sorprendió lo importante que es que esta forma de
turismo no se quede en el reducido nicho que ocupa
ahora. Esto nos plantea un dilema peliagudo:
¿apoyamos a los operadores de ese nicho o intentamos
influir en los mayoristas habituales y exigimos un
cambio desde dentro, confiando en la lógica, algunas
veces viciada, de que las empresas siempre escuchan
a sus clientes?
Ahora recae sobre
nosotros la responsabilidad de abordar nuestras
vacaciones con imaginación; de fomentar que el
turismo sea una fuerza positiva y no la perniciosa
enfermedad que he presenciado tristemente y que
aflige a tantos lugares de formas diversas. Parece
que existen muchas ideas para reducir sus efectos
negativos, pero lo que falta es tiempo. Para muchos
de los destinos turísticos que adoramos, con certeza
ésta es la última oportunidad.
* Leo Hickman:
periodista del diario británico The Guardian, donde
escribe una columna sobre vida ética. Este artículo
es un extracto de su último libro The Final Call: In
Search of the True Cost of Our Holidays.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|