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D. João VI monarca luso-brasileño
En los 200 años de la transferencia de la
Corte a Brasil
por el profesor Mendo
Hennriques
Cuando
consideramos los acontecimientos de la historia de
Portugal entre la Revolución Francesa y la
consolidación del liberalismo europeo, queda claro
que la sucesión de eventos gira en torno de un punto
ciego de donde surgirá el Portugal contemporáneo. Y
encubierto en este ojo del huracán histórico donde
se cruzaron las más diversas propuestas políticas
está la figura de D. João, príncipe heredero
y príncipe gobernante, regente, rey y emperador
honorario, repartido entre dos continentes,
dos regímenes, entre la guerra y la paz, la
tranquilidad y la crisis política.
La soberanía de D.
João se articuló en tres grandes fases, todas ellas
bien definidas y separadas unas de otras. La
primera, de 1792 a 1807, se desarrolló en Portugal
bajo la égida del llamado despotismo esclarecido. La
segunda, de 1808 a 1821, tuvo lugar en Brasil,
convertido en metrópolis, mientras que el Portugal
europeo vencía las invasiones francesas pero se
subalternaba. La tercera, de 1821 a 1826,
correspondió al inicio del régimen liberal y a la
independencia de Brasil y a tentativas de
establecer un sistema de gobierno por gabinete.
En todas estas fases,
ya sea como príncipe ya sea como Rey, D. João fue
siempre el protagonista principal, el centro de las
grandes atenciones, el eje en torno del cual giró la
historia del país, pese a la importancia coyuntural
de secretarios de Estado y ministros, embajadores y
plenipotenciarios extranjeros, Cortes y diputados, a
su mujer Carlota Joaquina y sus hijos Pedro y
Miguel.
Con todo, a pesar del
extraordinario sentido político con que D. João
refleja las cualidades y defectos del pueblo
portugués, se dividen las opiniones de la
historiografía sobre el rey. El problema debe ser
confrontado e identificado. El problema no se
resuelve apenas rehabilitando a D. João VI frente a
ciertas condenas persistentes. El problema exige
que se reformule el marco interpretativo de modo de
percibir a D. João como el epítome de una época, la
encarnación de una idea política, el prototipo de un
gobernante burkeano que atravesó muchas crisis con
bastante más victorias que derrotas. Nos faltan los
términos para identificar sus hazañas a las que José
da Silva Lisboa llamó beneficios (1). Los
acontecimientos son grandiosos pero atípicos
mantenimiento de la neutralidad de Portugal en las
guerras napoleónicas, transferencia de la Corte y
Administración para Río de Janeiro, supresión del
sistema colonial, medidas de liberalismo económico
con la creación del Banco do Brasil, apertura de los
puertos y liberalización del comercio, Declaración
del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves,
adopción del liberalismo moderado en Portugal. Pero
siendo únicos en el género, no por eso dejan de ser
significantes.
Los personajes
atípicos en la historia mundial son habitualmente
incomprendidos y sobre todo acusados de indecisión,
de tergiversaciones y de ambigüedades por sus
adversarios radicales y por observadores mal
informados. En realidad van a operar entre dos
ondas de ideas políticas, pero sin adherir a
ninguna. Y, con todo, grandes personajes como
Akhenaton/Amenophis IV, Constantino El Grande,
Federico II Hohenstaufen, y Enrique IV de Francia
por citar algunos casos acaban por ser
triunfadores de una transición que después los
sobrepasa, dejando que la historia siga su curso.
Es lo que sucede con
D. João. La propia y tradicional expresión
reinado es insuficiente en su alcance hermenéutico
para abarcar la variedad de situaciones de
gobernación en que se comprometió el monarca
brigantino.
En un período de
treinta años de bisagra en la historia mundial D.
João está presente con responsabilidades más grandes
en la fundación del nuevo Estado en Brasil y en la
instauración del nuevo régimen en Portugal. Al
alinear las realizaciones de su gobernación,
ocurridas en más de tres décadas, es forzoso exigir
que la imagen de D. João VI y en ella las
cualidades y los defectos de una nación no
permanezca más distorsionada por la insuficiencia
conceptual.
El estudio es
fascinante porque la personalidad de D. João no es
la de un genio sino antes la de un prudente, de un
spoudaios en la terminología aristotélica, sin los
visos de cinismo o de reserva que, a menudo, siguen
la virtud cívica de la prudencia. Se caracterizó
por la bonhomía y por el espíritu de conciliación,
sintetizadas en el seudónimo de Clemente que la
historia le atribuyó. El verdadero D. João,
encubierto entre dos clases, dos continentes y dos
regímenes, debe ser comparado a sus pares que
vacilaron frente a la estatura dominadora de
Napoleón. D. João VI no fue un exiliado como el
futuro Luis XVIII de Francia ni un lastre como
Carlos IV de España; no enloqueció como Jorge III de
Inglaterra ni desapareció en las estepas como
Alejandro I de Rusia. No recibió un trono de los
aliados, como los reyes de Holanda y de Bélgica, o
de la fortuna, como los de Suecia. En el nuevo
mundo no tuvo que quebrar el espejo como los
libertadores de América, sino apenas confiarle a
su hijo la independencia de Brasil. No le fue
mal, en una época de inclemente transición.
En la historia es
raro ver que aparezca un personaje que encarne tan
bien una transición. Al saberlo partido para
siempre de su palacio de Bemposta, aún encubierto a
los contemporáneos, sentimos que nunca conoceremos
bien a Clemente
Y, con todo, que nombre tan bello
para un rey
Que evocación tan preciosa para un
personaje que se apartó de nosotros apenas capaz de
ser comprendido por los futuros, como tan bien
auguró Barrilaro Ruas
Y también, cosa rara entre
los soberanos de su tiempo, que modo raro de ser
cristiano, en la variante que le fue inculcada por
su preceptor Fray Manuel del Cenáculo y verificada
por sus confesores franciscanos.
(1) Memoria
de los Beneficios Políticos (
), Río de Janeiro,
1818, 2 vol.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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