|
Brasil abrirá sus archivos y
Ayudará a construir la verdad
por Roger Rodríguez
El periodista uruguayo Roger
Rodríguez participó, el pasado 16 de agosto, en el
1er. Seminario Anistiados do Brasil - Anistia e
Dereitos Humanos, realizado en el auditorio Nereu
Ramos, anexo a la Cámara de Diputados. Lo que sigue
es su intervención en dicho evento, donde señaló:
Hoy es responsabilidad de nuestros países, de
nuestros pueblos, de cada uno de nosotros, encontrar
la verdad. Descubrir toda la verdad, revelar todos
los secretos, abrir los archivos, indagar
judicialmente cada caso, para encontrar la verdad.

Señoras
y señores, legisladores presentes, autoridades del
seminario.
Agradezco la
invitación para participar en este 1er. Seminario
Amnistiados de Brasil Amnistia y Derechos Humanos.
Me piden que hable sobre el Cóndor, un ave de rapiña
de América del Sur, que dio nombre a una represión
tan terrible como despreciable
La sombra del vuelo
del Cóndor me cubrió en su oscuridad cuando era casi
un niño. Tenía 13 años en 1973 cuando se produjo el
golpe de Estado en Uruguay. No sabía entonces ni lo
que pasaba, ni lo que había pasado, ni lo que
pasaría. Pero fui, como todos los de mi generación,
como cualquier ciudadano, una víctima colateral de
aquella represión autoritaria.
Fuimos obligados a
formarnos bajo un régimen de educación casi
espartano. Con libros censurados, con docentes
presos, exiliados o destituidos. Obligados a vivir
la juventud en el insilio de una sociedad en la que
ser joven era delito. No se podía caminar por la
calle con más de dos amigos porque era subversivo.
El pelo debía
cortarse por encima de la camisa, la falda
extenderse por debajo de la rodilla. No se podía
hablar, no se podía protestar y lo que se sabía,
debía hablarse en voz baja. Esa realidad me llevó a
ser periodista. Con el compromiso de revelar
secretos, de investigar, de saber qué era lo que
pasaba.
Y con los años
comenzamos a saber. A saber que lo que pasaba en
Uruguay, se repetía en Argentina, en Chile, en
Paraguay, en Bolivia y en Brasil. La lucha de muchos
logró que se comenzara a burlar la censura.
Periodistas brasileños fueron importantes en esa
lucha.
Yo enviaba mis notas
prohibidas por correo (no había Internet) a mi amigo
Jair Krischke en Porto Alegre. El daba la
información a periodistas brasileños que reescribían
las denuncias y me enviaba las publicaciones.
Entonces, yo podía escribir en Uruguay que un diario
brasileño había hecho tal denuncia.
Así, pudimos narrar
en entrelineas las verdades prohibidas por la
dictadura. Así, pudimos ir abriendo espacios de
libertad ante la censura, para divulgar la realidad.
Y cuando la censura
comenzó a caer junto a la dictadura, pudimos
denunciar en nuestro país.
Denunciar el
asesinato de Vladimir Roslik, el último muerto de la
dictadura en 1984. Escribir, entonces, la primer
entrevista a Sara Méndez, una madre a la que le
había secuestrado a su hijo cuando fue detenida en
Buenos Aires en 1976 y trasladada ilegalmente a
Uruguay donde fue encarcelada. Contar la historia de
Lilián Celiberti y Universindo Rodríguez Díaz
secuestrados en Porto Alegre en 1976 y también
llevados a Uruguay para torturarlos y meterlos
presos. Narrar la situación de la maestra Elena
Quinteros, secuestrada en la embajada de Venezuela y
aún desaparecida, en un reportaje con su madre, Tota
Quinteros, que me significó una mención de honor del
Premio Vladimir Herzog otorgado por los periodistas
de San Pablo en 1984. Un honor que aún hoy
agradezco.
En ese tiempo,
también recibí otra condecoración. La dictadura
uruguaya terminó por procesarme y encarcelarme
durante un mes por el delito de ataque a la moral de
las fuerzas armadas por las notas que escribía.
Tengo el honor de ser el último procesado por la
justicia militar de mi país y, por eso, fui el
primero en la lista de amnistiado, cuando en Uruguay
hubo elecciones y presidente electo. Yo también soy
amnistiado.
En los últimos veinte
años he trabajado en publicaciones que me
permitieron seguir investigando. Como otros
periodistas de mi país, y de otros países que
sufrieron la misma represión. Con organizaciones de
derechos humanos. Con militantes de la vida
comprometidos con la realidad. Con las madres,
familiares e hijos de las víctimas de aquella
represión. Incluso con policías, soldados, militares
y represores que aceptaron hablar.
Con todos ellos
fuimos encontrando verdades. A pesar de las leyes de
caducidad, de punto final, de obediencia debida. A
pesar de todas las veces que sucesivos gobiernos
intentaron silenciar lo que había pasado. A pesar de
la corrupción, de las privatizaciones, de la
dolarización, de las devaluaciones. A pesar de los
pesares, fuimos descubriendo pedazos de la verdad.
Hoy tenemos mucha
información sobre lo ocurrido.
En estos años hemos
conocido muchos detalles sobre el llamado Plan
Cóndor. Podríamos estar días contando historias
terribles sufridas por seres humanos.
Sabemos que fue un
plan de exterminio genocida contra toda oposición.
Sabemos que comenzó a ejecutarse mucho antes de
octubre de 1975, cuando en Santiago de Chile, se
reunieron servicios de inteligencia de las
dictaduras y se bautizó el Plan Cóndor.
Sabemos que se
ejecutó bajo el padrinazgo de Estados Unidos, de su
Departamento de Estado y de su Agencia Central de
Inteligencia. El mismo país que desde los años
cincuenta, luego de la Guerra Mundial y en la Guerra
Fría , creo, alentó o financió la creación de los
servicios de inteligencia de nuestros países.
Sabemos que en los
años sesenta instructores norteamericanos llegaron a
enseñar la tortura. Sabemos que muchos represores se
formaron en la Escuela de las Américas de Panamá.
Que luego se instruyeron a los altos oficiales en
las Conferencias de Ejércitos Americanos. Sabemos
que se sumaron las macabras experiencias de Argelia
y de Yakarta.
Sabemos que con
militares y policías actuaron terroristas,
mercenarios y delincuentes comunes. Desde los
miembros de la Operación Gladio en Italia, a los
agentes anticastristas cubanos que operaron en
Watergate, o los ultraderechistas, los
ultranacionalistas, los nazis, los asesinos, los
ladrones y todo aquello que pudiese utilizarse para
cometer crímenes de lesa humanidad. Sabemos que el
terrorismo de Estado, ejercido en los países del
cono sur, amparó esa delincuencia y con ella,
incluso, compartió botines de guerra.
Sabemos que sus
víctimas fueron todo los que llamaron subversión:
guerrilleros de izquierda, comunistas de partidos
ilegalizados, socialistas, humanistas,
democristianos, teólogos de la liberación,
libertarios
pero también políticos liberales,
intelectuales, sindicalistas, estudiantes, artistas,
trabajadores, amas de casa y hasta niños.
Aún quedan cientos de
niños por recuperar.
En Paraguay, entre
1954 y 1989 hubo, oficialmente, 70 muertos y
desaparecidos, aunque las estimaciones
extraoficiales cuentan más de 2.000 víctimas. En
Brasil, entre 1968 y 1976, se suman otras 300
victimas. En Uruguay, entre 1973 y 1984, se agregan
157 desapariciones y 131 muertes. En Chile, entre
1973 y 1989, se produjeron 2.095 muertes y 1.102
desapariciones. En Argentina, entre 1976 y 1983, se
han comprobado 8.961 muertes y desapariciones, pero
las organizaciones de derechos humanos manejan la
cifra de 30.000 víctimas.
Casi 35.000 muertos y
desaparecidos en la región. Una cifra a la que no
agregamos las miles de víctimas de la tortura
sistemática o la prisión en condiciones miserables,
que también son crímenes de lesa humanidad.
Los líderes políticos
fueron uno de los principales objetivos de la
represión coordinada. No solo para descabezar a la
oposición, sino también para generar un ejemplo a
sus pueblos. Si a ellos, presidentes, políticos,
legisladores, ministros, militares, sindicalistas,
reconocidos públicamente les ocurría eso, ¿qué
quedaba para los simples y anónimos ciudadanos?.
Así, el Cóndor cerró
sus garras sobre la vida del general chileno Carlos
Prats en Buenos Aires en 1974. El 20 de diciembre de
ese año, en Paris fue asesinado el general uruguayo
Ramón Trabal. Lisió en un atentado al ministro
chileno Bernardo Leighton en Roma en 1975. Torturó
hasta la muerte a los legisladores uruguayos Zelmar
Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz en mayo de 1976 en
Argentina. En Buenos Aires también ejecutó al
general boliviano Juan José Torres el 2 de junio
siguiente. Y el 21 de setiembre de ese año, en
Washington, voló en su automóvil al ministro chileno
Orlando Letelier.
Aún resta averiguar
si otros dirigentes políticos opositores que
fallecieron sorpresivamente en esos años no
fueron, también, víctimas del Cóndor. En particular,
casos como el del derrocado presidente de Brasil,
Joao Goulart. Hoy, toda muerte sospechosa en esa
época se constituye en un indicio.
Durante muchos años,
se pensaba que la dictadura Uruguaya había sido más
leve que las otras. Que su represión se había
caracterizado solo por la tortura, la cárcel, la
persecución, o el destierro, que sufrieron uno de
cada cincuenta ciudadanos. Se decía que sólo 26
ciudadanos habían desaparecido, probablemente en un
exceso de tortura.
Los mandos militares
uruguayos, aún hoy, hablan de apremios físicos, pero
no aceptan que haya existido una tortura
sistematizada. Se negaba la desaparición forzada
como método implementado por el terrorismo de
Estado. Se decía que ellos no eran como los otros
militares de la región. Se negaban los traslados
forzados a pesar de las pruebas obtenidas en 1992
con la aparición de los llamados Archivos del Horror
en Paraguay. Se negaban a pesar de los múltiples
documentos que se fueron desarchivando en Estados
Unidos para demostrar la injerencia norteamericana,
de su secretario de Estado, Henry Kissinger y de
todo el cuerpo diplomático de la época.
Los militares
uruguayos negaban todo. Incluso se ponía como
ejemplo que un grupo de detenidos en julio de 1976
en Argentina, en el centro de torturas Automotores
Orletti, habían sido traídos a Uruguay para
salvarles la vida.
Pero en el año 2002
esa falsedad terminó.
El 13 de junio de
1976 en Buenos Aires, una patota ingresó a la casa
donde vivía Sara Méndez, quien había dado a luz un
niño solo 26 días antes. Ese pequeño, fue arrebatado
de sus manos por el coronel José Nino Gavazzo, quien
llegó a decirle que la guerra no era contra los
niños.
Sara Méndez fue
torturada en el centro Automotores Orletti, y aquel
23 de junio trasladada a Uruguay en forma
clandestina y vuelta a torturar en otro centro
clandestino de Montevideo. Finalmente la dictadura
fingió que le había detenido durante un simulado
intento de invasión, en un falso operativo realizado
en el balneario Shangrilá, de Uruguay.
Sara Méndez fue
expuesta ante la prensa como terrorista y,
enjuiciada por la justicia militar, terminó presa
durante seis años. En 1984 cuando salió de la cárcel
pude hacerle su primer reportaje.
Escuché entonces el
mayor drama humano al que me había enfrentado. Esa
mujer quería recuperar a su hijo. Y luchó por eso
durante 26 años en los que los represores, los
militares, los gobiernos y el propio Estado uruguayo
le mintieron y, para conformarla llegaron a decirle,
incluso, que su hijo Simón Riquelo había muerto.
Un represor
argentino, integrante de la temible Banda de Aníbal
Gordon, nos terminó aportando los datos que
permitieron recuperar la identidad al joven Simón
Riquelo, aquel niño que en 1976 habían secuestrado
de los brazos de su madre Sara Méndez. Y veintiséis
seis años después Sara Méndez recuperó a su hijo,
gracias al senador Rafael Michelini (hijo de aquel
líder político asesinado en 1976), quien terminó de
localizarlo.
Simón Riquelo es
padre de una niña desde el 18 de abril último. Sara
Méndez es abuela.
Aquel informante nos
confió otro dato: que a otro grupo de uruguayos
secuestrados en setiembre de 1976 y recluidos en
Orletti, también los habían devuelto a su país. Eso
implicaba que 22 uruguayos que se buscaban como
desaparecidos en Buenos Aires, en realidad habían
sido trasladados a Uruguay, donde fueron ejecutados
masivamente y, seguramente, enterrados en una fosa
común. La investigación periodística, durante dos
años, permitió denunciar que efectivamente había
existido un segundo vuelo de Orletti el 5 de
octubre de 1976.
Ese trabajo,
reconocido en Brasil donde me otorgaron el Premio
Derechos Humanos de Porto Alegre (algo que también
sigo agradeciendo), recién fue confirmado
oficialmente tres años después, en 2005. En el
informe oficial que la Fuerza Aérea dio sobre los
desaparecidos al gobierno del presidente Tabaré
Vázquez, reconoció que había traído a esos
desaparecidos.
El Ejército, sigue
hoy sin admitir que los recibió y el destino que les
dio.
El caso permitió
confirmar que la política de traslados forzados fue
parte del Plan Cóndor. Existen pruebas de que
también otro medio centenar de uruguayos
secuestrados en Argentina en 1977 fue devuelto a
Uruguay en 1978.
Lo mismo ocurrió con
argentinos detenidos en Uruguay, como Oscar De
Gregorio o los hermanos Claudio y Lila Epelbaum
Slotopolsky. Otro tanto sucedió en Río de Janeiro
con los argentinos Horacio Campiglia y Susana de
Bingstok el 2 de abril de 1980. Igual que lo
ocurrido con Lilian Celiberti y Universindo
Rodríguez en Porto Alegre en noviembre de 1978.
Así debe haber
sucedido también con otras decenas de desaparecidos
sobre los que aún no se ha podido confirmar su
repatriación forzada.
En Uruguay, se
registran casos de traslados ilegales desde 1974,
cuando el tupamaro Antonio Viana Acosta fue
secuestrados y llevado a la División de Ejército IV
donde fue torturado por el entonces general Gregorio
Goyo Alvarez, cuatro años antes de que fuera
dictador.
Treinta años después
de lo ocurrido, el único sobreviviente de cinco
uruguayos ejecutados en la localidad de Soca aceptó
romper el silencio al que lo habían obligado bajo
amenazas. Julio Abreu contó como en realidad
aquellas personas fueron secuestras en Argentina,
torturadas en tres bases clandestinas, llevadas en
avión a Uruguay, y alojados en otro centro de
torturas, antes de ser ejecutados como represalia
por la muerte del militar Trabal en Paris.
No hubo fronteras
territoriales, pero tampoco hubo solo fronteras
ideológicas. No solo fue una represión ideológica.
También hubo detrás un proyecto económico. Un
proyecto financiado por grupos económicos nacionales
e internacionales en cada país. La Operación
Bandeirantes no sólo se ejecutó en Brasil. Y
mientras se imponía el neoliberalismo en la región y
grupos económicos se enriquecían, los represores
decidieron hacer lo propio.
Hoy sabemos que en el
operativo contra los uruguayos del Partido por la
Victoria del Pueblo en 1976 los represores de
Orletti recuperaron y se repartieron 8 millones de
dólares.
Tanto fue el dinero
del botín de guerra, que los argentinos los
entregaron a sus superiores del Servicio de
Información y Defensa (SIDE) que lo elevó al propio
general Jorge Videla. El dictador habría decidido
repartir un 30 % de dinero entre los muchachos y
el resto destinarlo a la instalación de una moderna
base de inteligencia. El local de la calle Coronel
Díaz 2079, frente al coqueto shopping Alto Palermo,
donde hoy funciona la sede de inteligencia exterior
del Estado, fue creado con el dinero de Orletti.
En Uruguay también
hubo reparto con el Estado, al punto que se
compraron propiedades para crear bases de tortura,
como La Casona de Millán y Loreto, o la Base
Valparaíso, último paradero de María Claudia García,
la nuera del poeta argentino Juan Gelman. Hasta es
posible que el Edificio Libertad, la casa de
gobierno uruguayo, pudiera haberse construido con
aquel botín.
Pero no solo se
repartió dinero, también se repartieron niños. Eso
explica por qué los niños recuperados estaban en
manos de policías o represores. Así ocurrió con
Amaral García, hijo de un matrimonio fusilado en
1974. Así pasó con Simón Riquelo y, entre otras
víctimas de la sustracción de identidad, con
Macarena, la nieta de Gelman nacida en el Hospital
Militar de Montevideo.
Incluso existió la
venta de niños y vientres de las desaparecidas. Una
lucrativa misión antisubversiva que practicaban el
médico Jorge Berges y los represores argentinos
Miguel Etchecolatz y Suárez Mason.
Fueron tan terribles
los crímenes cometidos durante la represión
coordinada que decidieron esconder los cuerpos del
delito. Sin cuerpos, creyeron, no habría prueba del
crimen.
En Argentina, la
Escuela de Mecánica de la Armada ideó los vuelos de
la muerte. Inyectaban droga a las víctimas, las
subían a un avión y las arrojaban al Río de la Plata
para que fueran devorados por tiburones y peces.
Pero los cuerpos, atados a bloques de hormigón,
igual salieron a flote y llegaron a las costas. La
dictadura uruguaya dijo que eran pescadores coreanos
que se habrían matado en alta mar. Algunos de esos
cuerpos, enterrados por años como NN (No nominados)
pudieron ser identificados.
En Argentina se han
encontrado fosas comunes, incluso debajo de
autopistas construidas sobre los cuerpos para que no
aparecieran las pruebas. En Uruguay, las tumbas
clandestinas se siguen buscando. Dos cuerpos han
aparecido y fueron identificados. Ocho militares y
policías detenidos y bajo proceso judicial dan datos
falsos sobre los lugares de enterramiento. Juegan
hoy a las escondidas con las víctimas.
Incluso se dice que
en 1984, cuando iba a asumir el presidente Julio
María Sanguinetti, se exhumaron todas las tumbas
clandestinas y se volvieron a enterrar en una
llamada Operación Zanahorias, que debería su nombre
al hecho de que sobre las tumbas plantaron árboles
para ocultarlas.
Hoy sabemos mucho
del Plan Cóndor. Sabemos que logró su objetivo de
retrasar por 20 años el acceso de gobiernos
progresistas en la región. Sabemos lo que nos han
revelado los archivos desclasificados de Estados
Unidos. Sabemos lo que se ha rescatado de la
documentación del Archivo del Horror. Sabemos lo que
han confesado arrepentidos como el ex militar Adolfo
Scilingo. Sabemos lo que nos dicen represores que
aceptan hablar bajo el secreto profesional. Sabemos
por la memoria que durante años han recuperado las
organizaciones de derechos humanos y, en particular,
los familiares de las víctimas. Sabemos que las
fotos en las pancartas tenían una historia vivida y
otra que no pudieron vivir.
Pero todavía queda
mucho por saber. No se tiene toda la información. No
se ha llegado a la verdad.
Todavía no es claro
el origen real de la coordinación represiva que
luego se llamó Cóndor. Todavía no es claro cuándo
terminó, si es que terminó.
En Uruguay continuó
hasta 1992 cuando se secuestro al químico chileno
Eugenio Berríos, cuyo cuerpo apareció enterrado en
una duna de una playa solitaria. Todavía no se
termina de confirmar lo ocurrido con casos como el
de la llamada Operación 30 horas que implicaba una
invasión de Brasil a Uruguay si ganaba la izquierda
en 1971. Todavía no se sabe todo lo referente a la
coordinación que ya existía antes y durante el
gobierno de Juan Domingo Perón, cuando la Triple A y
López Rega ya operaban.
Todavía Estados
Unidos no se decide a abrir todos sus archivos y los
va revelando de a párrafos. Este mes, en Washington,
el desclasificador del FOIA, donde se analizan los
documentos por la ley de libertad de información,
admitió a un abogado uruguayo que existían
documentos sobre un atentado político con vinos
envenenados que costó la vida a la esposa de un
importante dirigente del Partido Nacional en 1978.
Pero agregó que no serían descalificados porque
afectaban a la defensa nacional y política exterior
norteamericana e implicaban a la CIA , sus métodos y
operaciones.
Desclasificar los
archivos de los Estados es uno de las deudas que
nuestros gobiernos tienen. En Uruguay se hizo un
libro sobre la historia de los desaparecidos que
incorporó documentos de inteligencia policial y de
la cancillería, pero no incluyó los documentos de
los militares. La justicia uruguaya que empezó a
juzgar lo ocurrido no tiene acceso a esa información
capital para encontrar la verdad y hacer justicia.
En Brasil, horas
antes de que asumiera el presidente Lula se prorrogó
por otros 30 años el secreto de la documentación de
la dictadura. Abrir esos archivos no es solo una
necesidad para la historia de Brasil, lo es también
para los países de la región. En particular cuando
en estos días el Correio Brazilense ha revelado la
existencia de un servicio de espionaje a través del
cuerpo diplomático.
Estoy convencido de
que Brasil abrirá sus archivos y ayudará a construir
la verdad
Es que sin la verdad
no se podrá romper la cultura de impunidad en la que
nuestros países han quedado sumergidos durante los
últimos veinte años.
Cuando hablamos de lo
ocurrido durante las dictaduras no conjugamos el
verbo de tiempo pasado. No acepto que se hable de la
HISTORIA RECIENTE. Yo creo que es HISTORIA PRESENTE.
Y es Historia Presente, porque todavía no sabemos
todo lo que entonces ocurrió. Es historia Presente
porque no se divulgan los documentos de Estado de
cada país. Es historia presente porque hay algunos
de sus protagonistas, aún vivos, que no dicen todo
lo que saben.
Pero sobre todo,
porque el delito de desaparición forzada es un
crimen permanente. Hoy nuestros países están
violando los derechos humanos hasta que no se
encuentren los restos de los desaparecidos. Hoy los
Estados de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y
Uruguay están cometiendo terrorismo de Estado porque
son responsables de esos crímenes de lesa humanidad.
La cultura de
impunidad nos ha afectado al punto de que cualquier
funcionario con poder puede ejercer su impunidad.
Como alguna vez dijo un golpeador de mujeres, al que
interrogaron de por qué le pegaba a su mujer,
respondió PORQUE PUEDO
Es responsabilidad de
todos que los impunes no puedan seguir siéndole. Por
el bien de nuestras democracias.
Un claro ejemplo de
impunidad esta en tierras brasileñas en este mismo
momento. En Porto Alegre, alojado en la sede de la
dependencia de la Policía Federal, sobre la calle
Ipiranga, se encuentra el coronel uruguayo Manuel
Cordero. Esta allí detenido esperando una decisión
del Supremo Tribunal Federal sobre su extradición,
pedida por dos jueces argentinos y uno uruguayo.
Cordero es un
terrible engendro del Cóndor. Torturador,
interrogador, asesino, ladrón, embaucador, y prófugo
de la justicia uruguaya por apología de la tortura.
Fue protagonista de las atrocidades de Automotores
Orletti en Buenos Aires y sus garras se extendieron
hasta Brasil, donde hizo parte de sus estudios
militares
En junio de 1973,
cuando a Sara Méndez Gavazzo le robaba a su hijo
Simón, éste coronel Cordero violaba a otra detenida
delante de su compañero, el dirigente sindical León
Duarte, para que hablar. Pero no para que dijera
solo los datos de su organización política, sino
para que dijera donde había un dinero. Ese es Manuel
Cordero, a quien reclaman el juez Guillermo
Montenegro y el juez Daniel Rafecas de Argentina y a
quien también solicita el juez Luis Charles en
Uruguay.
Cordero ha llegado a
decir que es un preso político y hoy esta pidiendo
ser trasladado a una unidad del Ejército o de la
Brigada Militar de Santana do Livramento para, desde
allí, planificar su fuga a Paraguay, donde también
tiene contactos desde los años del Cóndor.
Alguna vez escribí
que la verdad es, la historia puede ser
Los
hechos ocurren y luego sobre ellos escribimos la
historia. Y escribimos de la historia lo que pudimos
averiguar de la verdad.
Hoy es
responsabilidad de nuestros países, de nuestros
pueblos, de cada uno de nosotros, encontrar la
verdad. Descubrir toda la verdad, revelar todos los
secretos, abrir los archivos, indagar judicialmente
cada caso, para encontrar la verdad.
Porque con esa verdad
escribiremos esta historia reciente - presente. Y de
que la historia relate la verdad, depende nuestro
futuro. El de cada uno de nosotros, el de cada uno
de nuestros pueblos y el de la democracia en
nuestros países. Gracias
* Roger Rodríguez
Periodista uruguayo
LA
ONDA®
DIGITAL |