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Cine Uruguayo
La cáscara, excepcional
búsqueda de la identidad
por Oribe Irigoyen
El joven cine uruguayo, con su
dependencia de los mercados extranjeros para poder
solventar sus costos de producción, ha encontrado un
singular equilibrio entre sus temáticas propias,
aquellas de su identidad, y el intento de dotar a
las mismas de un carácter universal que permita
acceder a la comprensión y beneplácito de públicos
foráneos.
En ese sentido existe una
característica que hermana a buena parte de las
películas nacionales, de Rebella y Stoll con ¨25
watts¨y ¨Whisky¨, de Casanova en ¨Viaje hacia el
mar¨ o incluso Ël baño del Papa¨de Fernández y
Charlone. Ellas pueden considerarse cine de autor,
la categoría más respetable y respetada de la
creación cinematográfica en términos de libertad
temática y de estilo o lenguaje. Con distintos
grados de éxito en el extranjero y en el mercado
interno uruguayo, eso ocurre en un género que, en
cierto modo y con amplitud de criterio, resulta una
suerte de marca de fábrica cinematográfica, la
comedia negra.
Pero, incluso en una
cinematografía como la uruguaya de historia
esmirriada, discontinua y con pocos títulos, buena
parte de ellos con el membrete de cine de autor,
puede suceder la presencia de una obra de autor con
énfasis mayor que esos antecedentes, es decir un
cine de autor por antonomasia, como ha ocurrido en
las industrias de cine más poderosas y de larga data
con las películas de Orson Welles, Andrej Tarkovski,
Ingmar Bergman o Federico Fellini. Es decir, films
que desdeñan el halago al público y se atienen a lo
que el creador quiere expresar en sus estrictos
términos personales a contrapelo del éxito popular.
Tal condición determina en principio y en forma
total a ¨La cáscara¨, primer largometraje del
realizador uruguayo Carlos Ameglio, cuyo estreno
comercial en Montevideo se llevará a cabo el próximo
7 de setiembre. Que si se quiere es también una
comedia negra, si cabe una categorización para la
película. Como se verá.
Curriculum de un autor
Carlos Ameglio estudió
psicología en la Universidad de la República, tuvo
sus desfogues juveniles como baterista de jazz, a
los 13 años comenzó a trabajar en publicidad, a los
21 crea su primera productora dedicada al cine
publicitario, con la cual se convierte en uno de los
realizadores de mayor prestigio del medio nacional,
aunque con piezas destinadas por lo general al
mercado exterior. Con ellas obtuvo premios en
festivales de Cannes, Nueva York, San Sebastián y
Londres, ganó dos veces el premio al mejor director
en el Ojo de Iberoamérica, fue el más laureado por
la revista especializada neoyorquina AdAge y en 2005
se lo consideró el mejor profesional por la conocida
empresa del rubro Saatchi and Saatchi de Londres.
Como realizador de ficción, por
la mencionada debilidad o inexistencia de una
industria cinematográfica nacional, tuvo grandes
dificultades para desarrollar su carrera de autor.
En 1986 rueda un corto de ficción, ¨La fruta en el
fondo del tazón¨, en formato video, en 1988, también
en video, realiza ¨Los últimos vermicellis¨, un
corto de 20 minutos adaptación de un cuento del
humorista argentino Fontanarrosa, convertido en las
imágenes en una sátira sobre el autoritarismo. Ya en
formato de 16 mms. filma Ël hombre de Walter¨ entre
1992 y 1995, un medio metraje basado en un relato
del escritor uruguayo Mario Levrero, que recrea el
mundo onírico del autor. Esa filmografía ha tenido
el reconocimiento crítico y las premiaciones en
numerosos festivales internacionales, algo similar a
lo ocurrido como presencia en tales eventos con ¨La
cáscara¨, su primer largometraje rodado en 35 mms.
ya estrenado en España con éxito de público y
crítica, más la perspectiva de una larga lista de
muestras internacionales en el futuro.
Como una cebolla
La cáscara¨ tiene una línea
argumental de apariencia sencilla. Se trata de
Pedro, interpretado por el argentino Juan Manuel
Alari, un creativo de una empresa publicitaria, que
no sóloposee un bajo perfil profesional, sino que
como tal nunca ha tenido una idea propia,
dependiendo como un hijo de un colega brillante
junto al cual trabaja. Ambos deben encontrar una
idea para una nueva campaña de un analgésico. El
colega brillante dice tener una, pero muere en un
accidente sin revelársela a Pedro. Este tendrá que
arreglárselas solo para encontrar la inspiración,
enfrentando un compromiso por encima de sus
posibilidades. Intentará por todos los medios
descubrir cuál era la idea del muerto. Primero se
muda al departamento vecino donde vivía el colega
muerto, se las ingeniará luego para invadir la
morada del mismo, buscará entre papeles, escritorios
y la computadora, terminará por ocupar esa vivienda
y asumir la personalidad de ese colega, sin éxito.
Esa búsqueda de una idea emprendida por ese
protagonista impávido, indeciso, mediocre y
alucinado, incapaz de incidir en lo que ocurre a su
alrededor o de tomar el camino directo para resolver
algo, se desarrolla como una investigación
detectivesca ante un enigma, que opera como casi
existencial y lo es puesto que implica una verdadera
búsqueda de la propia identidad o acaso la tentativa
de apoderarse de otro ser.
Enigma y búsqueda que vienen
acompañados por una serie de personajes secundarios,
cada uno con su propia vida y su propio misterio, la
madre de Pedro, su novia, el jefe y los compañeros
de trabajo,, el portero de la nueva morada, una
extraño niño vagabundo, probablemente huérfano como
lo es Pedro de padre, que se le aparece y lo ayuda
en la solución del enigma central. Con ellos y a
través de ellos, aquella trama sencilla del comienzo
se va desgajando en sucesivas historias secundarias
y la índole general del film como comedia dramática
se impregna o resulta perturbada por los códigos de
otros géneros sin perder su esencia. El policial
detectivesco del comienzo se hace policial negro en
alguna secuencia, surgen rasgos propios del cine
fantástico con la presencia del niño, que llega
adoptar una cierta atmósfera sobrenatural, en la
difícil escena de Pedro y el chico en el bosque
rematada con una súbita tormenta, resuelta con una
maestría de máximo nivel mundial del mejor cine, por
último ese mismo niño motiva la aparición de la
ciencia ficción con que culmina la película.
Toda esa variabilidad lleva al
espectador de la sencillez inicial a un film
complejo de enorme riqueza de contenidos, sentidos
y muy elevada prestancia formal, desplegando
imágenes ¨como una cebolla¨, dice el propio Ameglio,
en las que cada cáscara de contenido y forma
enfrenta y desafía al público amante del buen cine
con propuestas humanas sucesivas. La sátira sutil,
la ironía desmitificadora, el humor refinado y
sugerente, la emoción contenida, el estilo de cámara
distanciado, son los elementos por los cuales Carlos
Ameglio dirige dardos corrosivos al mundillo
frenético y codicioso de la publicidad, uno de los
centros de la película que se amplia como metáfora
en sus consideraciones desmitificantes o críticas
para registrar el fragmentarismo, enajenación y
soledad, casi todos los personajes están, de la vida
familiar y social, de modo particular en los logros
de gran fertilidad humorística y sutil alcanzados
por los diálogos, la mayoría de ellos entre
personajes que se hablan sin oírse, cada uno sumido
en su propio ensimismamiento o enajenación.
Esas calidades, entre las
muchas que el film posee, revelan las excelencias de
un guión del mismo Ameglio muy bien pensado, incluso
en su ritmo moderado y no lento en que se
desarrollan las situaciones, en las trasmutaciones
muy fluidas de un género a otro, en la contención
expresiva, de algún modo clásica que muestra el
relato.
A tal libreto corresponde un no
menos minucioso, meditado y talentoso desarrollo
audiovisual de las imágenes en materia de encuadres,
planos secuencias, movimientos de cámara, cortes de
montaje, elección de música y dirección de actores.
Todos los rubros de la película alcanzan la
excelencia en este primer largometraje de Carlos
Ameglio, un autor cinematográfico con toda la barba,
aunque no la use.
LA
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