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Embarazo y ética intrauterina
El sexo de los célibes
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
En
la temática del embarazo no deseado, causa asombro
con qué liviandad se saltean dos cuestiones bien
importantes: la primera, el derecho de la mujer a
tener su propia opinión en el asunto y poder
entonces determinar, en un contexto social acordado,
pero con su impronta, qué actitud adoptar ante el
hecho. El segundo es cómo se busca demonizar el
asunto, reduciéndolo a aborto sí, aborto no.
A esto, se le suma el
dogma religioso, o determinado dogma religioso que,
por vía de los funcionarios que le representan,
vituperan a toda persona que juzgue del caso
proceder con un criterio que diga del valerse de su
juicio crítico para adoptar posición al respecto.
Así, pues, están
aquellos a quienes les es más fácil, en este como en
todo tema ríspido y de resultado incierto, para sus
mezquinas apetencias, optar por empujar para
adelante indefinidamente- el tratamiento del tema.
Y están estos otros,
los agoreros de destinos luciferinos, mientras
adoptan posiciones desde un tema que hace a una
praxis que, si son fieles a sus propios juramentos,
les refracta por ser célibes: el sexo.
Estos, los
funcionarios de los dogmas, que al estar de sus
votos deben ser célibes, luego no practicar el sexo,
hablan de este, comúnmente, como un ejercicio
mecánico y así, deslindan entre el amor (¿será el de
los querubines?) con la práctica gimnástica de el
entrecruzamiento entre sexos (mejor no toquemos,
bueno, no abordemos, el tercer sexo, la otra
sexualidad, porque rayaríamos lo blasfemo).
Y al desconocer, o
pretender hacer que desconocen lo que la práctica
del sexo es, desde el amor erótico, no tienen la
menor idea de lo que dicen cuando piensa, si es que
piensan, que una mujer muchas veces abandonada por
ese otro que no asume su responsabilidad- debe
determinar, ante sí, ante su familia y ante la
sociedad, sobre qué hacer ante su embarazo y a la
vez, hacerlo rápido.
Somos todos unos
hipócritas. No hemos sabido atender cuestiones
esenciales a nuestra vida en comunidad, en familia
como entre un hombre y una mujer: a respetarla.
Respetar a la vida, pero respetando también a la
mujer.
Y toda esta diatriba,
la de los célibes dogmáticos, porque también están
los otros, más abiertos, como la de funcionarios y
comunes que, lavándose las manos, patean la
discusión y enfrentamiento del tema, para un mañana
que nunca esperan que les llegue.
Y mientras tanto la
mujer pobre, la mujer que no tiene cómo ser
hipócrita por carecer no ya de los dólares
necesarios sino de los contactos o siquiera del
juicio para poder ir en busca de ayuda que la
mantenga con vida, sin ser mutilada, es dejada al
descampado.
Somos unos
sinvergüenzas. Somos cobardes y además, padecemos de
un doble discurso aniquilador. Porque hacia fuera
decimos muchas veces una cosa y hacia la intimidad
otra (¡andá a quemarte con este asunto!).
Entre la nuda vida y
la vida inteligente, media un tiempo, que los que
saben dice se trata de 12 semanas pero que antes que
ello debiera hacernos reflexionar sobre, siquiera,
el permitir, esto sí que es vital, la existencia de
una verdadera política de salud pública reproductiva
y preventiva, donde la información y los medios para
la solución a tiempo y en cada caso consensuada con
el facultativo como con la asistencia psicosocial,
pueda tener lugar.
No seamos absurdos,
por favor.
Señores funcionarios
del dogma, no lo sean más. ¿O acaso, si por vía del
absurdo queremos reflexionar, no son ustedes
violadores de la propagación misma de la vida, al
impedirse relacionarse, eyacular y procrear, junto
con su pareja, si la tuvieran, lógicamente,
quebrando así la cadena, mística y luminosa de la
vida humana?
Señores funcionarios,
dejémonos de creernos vivos y todopoderosos: ustedes
pasarán y habrá un tiempo en que nadie les recuerde.
Aprovechen este su tiempo, que en realidad es el
nuestro, quienes les colocamos donde están,
temporalmente y sujetos al escrutinio del soberano,
para hacer algo digno por la vida y no apenas para
quedar bien en vuestras propias y pequeñas
circunstancias de vida, vaya uno a saber con quién y
por qué situaciones llevados así a proceder como
hasta la fecha lo vienen haciendo.
¡Qué bueno si
aquellos que se dicen hombres de fe, pusieran en el
centro de la misma a la duda, retirando del núcleo
al narcotizante dogma!
Vean que habemos
quienes opinamos, con todo respeto para con los
otros, que para ser religioso, para dar curso a la
religiosidad que una persona puede tener como
sentir, se sabe porque lo sabemos y eso incomoda a
los que viven del oscurantismo- que basta, para
empezar, con atreverse a mirar al otro, al diferente
e ir en su auxilio, responsable e igualitariamente.
Que basta también,
para quien lo juzgue pertinente, con una creencia,
repito, que sin abandonar su zona de certezas
críticas, pensadas, deje un espacio a la duda, a lo
abierto.
Ámbito éste, el de lo
abierto, donde posiblemente esté la visión
complementaria de ese otro y así pueda expresar su
idea al respecto, y ser escuchado.
Quizá ahí, o a partir
de entonces, ambos puedan arribar, junto con un
tercero y su propia visión y lectura de la cuestión,
a una síntesis de lo que trascender es e implica a
una persona humana.
Pero antes, antes que
toda esta urdimbre, está el ser decente, y no tener,
por favor una ética intrauterina: aquella que sólo
vé, juzgando, arrogándose la potestad de juzgar,
hacia adentro del vientre materno y que luego,
cuando el niño o la niña están fuera, se desentiende
de su responsabilidad y mira para un costado, en
busca de otro vientre.
La ética para ser
tal, debiera ser una ética trascendente. Una ética
que no sólo diga relación a la racionalidad sino que
además ésta, la razón, esté abierta por lo sensible,
como lo es la consideración del otro.
Y siempre en todo
lugar, comenzamos a transitar un sendero ético
cuando respetamos al sujeto, en este caso a la mujer
y antes que determinar por ella, ayudamos a que su
momento crítico, su embarazo no deseado, si llega
pueda ser atendido, desde una base en la cual la
información y la ayuda acorde, le llegue y le llegue
a tiempo.
LA
ONDA®
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