El americanismo como contingencia
Una lectura de Florestan Fernandes
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Quienes ríen del pasado por considerar al presente como todo lo válido, no sólo erran sino que, además, confunden a los otros. En los más diversos órdenes, pretenden que todo comienza a partir de uno es, por lo menos, vano.

 

Por ello, al reencontrar un artículo del eminente pensador y sociólogo brasileño Florestan Fernandes, entendí oportuno no sólo retomarlo en la consideración pública y desde el habla castellano sino también el intentar reflexionar a partir del mismo.

 

Publicado en el diario Folha da Manhã, el jueves 19 de agosto de 1943, el maestro Florestan da una fuerte impronta a la pertinencia del americanismo desde una óptica –connatural con su ser y su deber ser- abierta a la vez que crítica, al tiempo que en tanto mira al pasado en que estas tierras fueron conquistadas, vuelve hacia su presente preguntándose, a la vez que proponiendo, mejores maneras de aproximarnos para ser aun más humanos y así, solidariamente mejores.

 

A tales efectos, comparte un pensamiento que continúa siendo de recibo, al presentar antes que el análisis, el contexto de vida y situaciones las más dispares en las que nos toca, directa o indirectamente actuar.

 

Dice el maestro: “Los problemas que son nacionales bajo ciertos aspectos, pero que bajo otros son americanos y hasta universales.”  Aduce, pues, que antes que el rígido y limitativo dogma, es procedente no sólo ubicarse en el vértice de las coordenadas espacio-temporales (geográfico-históricas, se desprende), sino que además debemos ver hacia el devenir del tercero que está aparentemente distante de nuestro entorno, por caso, nuestra América, la América del Sur.

 

En este marco conceptual, presenta al americanismo antes que como dogma, como una contingencia, como lo precario que prevé la rectificación en base a los parámetros antes anotados bien como por otras circunstancias que fueron dándose, especialmente, a partir de la conquista de estas tierras. Por ejemplo, el negro.

 

Destaca el sociólogo Florestan Fernandes, en tanto el hombre negro en el norte del continente fue segregado, hombres y mujeres expresamente radiados de todo lo social, en el sur, se fundió en grandes proporciones a los demás elementos étnicos. Si bien, destaca, el tráfico y la esclavización inicial del negro fue una contingencia, allá como acá.

 

La contingencia, asociada al riesgo, a la imprevisibilidad signa nuestra identidad sea desde la formación de un democratismo sui-generis, como bien apunta Florestan, al trasplantar hombres y culturas a estas tierras, viviendo así el drama de la libertad salvaje, o la ciega renuncia a la propia libertad quedando sujeto a la voluntad, dogmática por fe como por linaje, de los mandamases de aquella hora.

 

Aduce, en este sentido, que el democratismo además  resultó de dos actitudes antagónicas: “el autoritarismo individual del europeo dominante y los padrones propiamente democráticos de conducta, impuestos por la realidad, pues aquí hasta la tolerancia fue históricamente, una contingencia. En eso América superó al hombre…”

 

 La realidad como fragua donde se mezclan los más diversos metales, supuestamente puros como supuestamente impuros, logrando una síntesis, en no pocos casos, de vida y circunstancia que hace que sí, ciertamente, y como él bien nos enseña, la tolerancia parta de tal síntesis, de una dialéctica, tanto étnica como cultural, que la recrea y hace despunte en una versión tan propia como variopinta.

 

Una lección más, y no menos importante, de cómo el tuteo con la cotidianidad de la circunstancia fue imprimiendo rasgos de precariedad aun en aquellos en los que el dogma parecía cubrirlos de toda sorpresa, de toda eventualidad no circunscrita a su decálogo operacional.

 

Próximo al final de esta reflexión, el sociólogo advierte sobre algo que merece especial destaque: “(…) somos hombres que luchan por dos soluciones: la étnica y la económica. Comenzamos un proceso y no percibimos su fin siendo que conocemos del mismo apenas ciertas fases ya realizadas. ¿Cómo se definirá cada tipo étnico, americano y cuándo? ¿Cómo serán resueltas las cuestiones sociales implicadas por nuestra formación?”

 

Para añadir, casi de inmediato, esta cuestión vital a ser pensada y enfrentada: “Somos los hombres sin “finesse”, los hombres de manos callosas que construyen el mundo brillante y arrogante del mañana. El mundo americano realizado y de las ideas vueltas sobre sí mismas. Por eso somos hombres de la tragedia y sentimos palpitar la selva que se agita violentamente en este mundo híbrido e en realización. Nosotros lo sentimos porque lo estamos creando, y lo sentimos no como creadores, sino ingenuamente, sin malicia y profundidad porque él nos parece demasiado grande para ser creado por alguien –incluso millones de personas en decenas de generaciones.”

 

Un americanismo, convengamos, en el cual la contingencia se da cita por caberle en tanto construcción en progreso, búsqueda de complementariedades desde una singularidad variopinta en etnias, culturas e incluso niveles de desarrollo socioeconómicos.

 

Por tanto, uno acierta a pensar que, cuando ve, escucha y lee tanto a preclaros mandatarios nuestros como a los diferentes niveles de funcionarios y negociadores de las más variadas gamas y estamentos percibo, más veces de lo que deseara, que mientras los primeros creen vivir su hora de construcción, desde la precariedad de sus más que temporales cargos, los otros, se apartan cada día más del centro de la cuestión americana como creo que es, o se trata de, la persona humana.

 

Pueden aducir éstos últimos que es difícil en economía, presentar en el discurso como en los documentos, consideración expresa y explícita tanto a la persona humana, cuando a la democracia republicana y, consecuentemente, a la libertad responsable, es decir y lejos de toda vinculación con el libertinaje de los parias del dogma, una libertad que diga relación al otro, al diferente y, especialmente, al carenciado como al desplazado.

 

Los hombres prácticos parecen rodearnos y estar a cubierto de las contingencias… vana ilusión de mentes que se alejan de la consideración misma del ser democrático con libertad solidaria en actitud y en obra para con los otros.

 

Debemos nosotros, los de a pie, mujeres y hombres no sólo recordarles cuál es el deber primero de un funcionario de un Estado democrático republicano, pero también y especialmente, asumir nuestra labor en este pentagrama en construcción, donde aun faltan idear, crear y plasmar los compases indispensables para que la sinfonía humana cuente con armonía desde una trascendencia cotidiana que la haga audible y disfrutable para todos y no sólo para los cónsules y procónsules de engendros con escenografías democráticas.

 

Es la hora de los pueblos. Siempre y en todo momento. Es la hora de continuar, como enseñara Florestan Fernandes, él mismo síntesis y motivo para saber que es posible ser humano y digno, de tomar el lugar que nos corresponde y recordarles, a través de los mecanismos democráticos y que la cultura provee, que para ser buenos negociadores, además de un léxico híbrido, hace falta sangre sin que importe su color. Tan sólo importa ser digno de la tarea. Y dignificarla.

 

Florestan pudo. Nosotros podremos. Ellos, funcionarios de primero, segundo y tercer orden, deberán poder o atenerse al juicio de los otros. Que lo habrá, pues siempre lo hay. Sólo parece no haberlo para aquel que vive la ideología del presente y se ríe del pasado.

 

El americanismo, pues, ciertamente es una contingencia. Pero es una contingencia del orden de lo humano que va en pos de un ser democrático y libre que además y por ello, también, pueda vivir con dignidad y en libertad responsable.

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