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Presencia de los Estados Unidos en
Brasil; obra que contiene parte de la
historia de mi propia vida
por el Prof. Luiz Alberto Moniz
Bandeira
La cuarta
edición del libro del historiador y profesor Luiz
Alberto Moniz Bandeira se encuentra ya en las
librerías brasileñas; Presença dos Estados Unidos
no Brasil. Desde la solapa del libro se dice que
Moniz Bandeira en esta obra estudia la evolución
de las relaciones entre los dos países a lo largo de
dos siglos, mostrando que de la misma forma que
reaccionara ante la presencia de Inglaterra en el
siglo XlX el Brasil también reaccionó contra
presencia de los EE.UU. En el siglo XX Lo que
sigue a continuación es una parte del prefacio a
esta cuarta edición de la obra, traducido*
al español por La ONDA digital.
Esta
obra Presencia de los Estados Unidos en Brasil
(Dos siglos de historia) tiene una historia
que es parte de la historia de mi propia vida. El
27 de noviembre de 1969, el Consejo Permanente de la
1ª Auditoria de Marina me condenó a cinco años de
prisión, acusándome de subversión, como incurso en
la Ley de Seguridad Nacional y en el Código Penal
Militar. Cerca de una semana después, el 3 de
diciembre, un destacamento del Centro de
Informaciones de la Marina (Cenimar) me prendió en
una pequeña granja de aves, de mi propiedad, en el
municipio de Río Claro (Río de Janeiro), donde yo
estaba provisoriamente escondido, hasta que pudiera
viajar a San Pablo.
Del destacamento del
Cenimar participaba un extranjero, agente de la
CIA, que hablaba mal el portugués, con un fuerte
acento y un ojo azul defectuoso. Él se dijo
checo, ocultando, sin duda, su verdadera
nacionalidad, posiblemente americana. Toda la parte
de mi biblioteca que se encontraba en la granja fue
requisada, así como la documentación por mí recabada
para escribir un libro sobre la sublevación de la
Alianza Nacional Libertadora (ANL), liderada por
Luiz Carlos Prestes, en 1935. Fui llevado para el
5° piso del Ministerio de la Marina donde oí
también a algunos hombres vestidos de civil hablar
inglés -, y después para un calabozo húmedo, en la
isla de las Cobras, en donde el agua chorreaba por
la pared. Había apenas una red para acostarme, y la
comida, invariablemente, venía deteriorada, con
gusanos. A media noche, era retirado para ser
interrogado por un tal Dr. Asdrúbal, que después
descubrí que se trataba del comandante João Maria
Perestrello Feijó. Y él me dijo: Quien dicta la
sentencia somos nosotros (Cenimar). Usted va a
pasar dos años preso. Tuve suerte. En aquella
época, algunos almirantes, al descubrir que el líder
estudiantil Jean Marc van der Weid estaba siendo
sometido a torturas en el Cenimar, protestaron: hubo
un escándalo, lo que inhibió a los torturadores.
Pero allí, en la cárcel del Presidio Naval,
construido bajo el nivel del mar en el tiempo de la
colonización, permanecí hasta mi transferencia para
el Regimiento Mariscal Caetano de Farias, de la
Policía Militar.
Casi un año después,
el Superior Tribunal Militar (STM) anuló la
sentencia de la Auditoria de Marina, debido a fallas
procesales, y fui liberado. Mi situación, sin
embargo, era extremadamente difícil y precaria.
Cuando salí de la prisión, no tenía empleo, no
poseía ningún ingreso, la granja estaba parada y yo
aún tendría que enfrentar, junto con todos los demás
enrolados en el proceso, nuevo juicio, cuya fecha
sería posteriormente fijada.
No volví, entre
tanto, a la clandestinidad. Fui aconsejado de
asilarme en Chile, donde el socialista Salvador
Allende había sido electo presidente de la
República. No quise salir de Brasil, porque no
tenía una misión política para cumplir ni la ilusión
de derrocar el régimen por la vía de la lucha armada
al contrario de 1964, cuando fui exiliado en
Uruguay, a fin de articular la resistencia con
Leonel Brizola y el presidente João Goulart.
Tampoco confiaba en que el gobierno de Salvador
Allende pudiese sustentarse por mucho tiempo. Como
ya no era militante de ninguna organización
política, podría ir a Europa, a fin de hacer mi
doctorado. Entendí, con todo, que no podía ni debía
cuidar de mi vida personal, abandonar la lucha,
mientras muchos hombres y mujeres, a muchos de los
cuales conocía personalmente, enfrentaban con armas
en la mano al régimen autoritario y derribaban a
tiros y/o eran presos y torturados. Para mí, que no
creía que la lucha armada pudiese derrocar el
régimen autoritario, era necesario combatirlo por
otros medios: como intelectual, que siempre fui. Mi
decisión fue permanecer en Brasil y enfrentar todos
los riesgos, incluso hasta la muerte, para la cual
me había preparado sobre todo, cuando el comando
del Cenimar me prendió. Siempre entendí que la
libertad no es una dádiva, es una conquista; que un
intelectual debe ejercerla, enfrentando los riesgos,
y que la autocensura es una forma de connivencia, de
complicidad con la represión.
Cuando la
documentación para la investigación sobre el
levantamiento de 1935 fue perdida, mi amigo y editor
Ênio Silveira, propietario de la Civilización
Brasileña y que la había financiado, me sugirió
entonces escribir un libro sobre la influencia de
los Estados Unidos en Brasil, y me dijo que me
adelantaría mensualmente el pago de los derechos de
autor, de forma que yo tuviese recursos para
sustentarme. Acepté el desafío en realidad un
riesgo, pues desde que el régimen militar había sido
instaurado en Brasil con el apoyo de Washington, los
órganos de represión percibían cualquier crítica a
los Estados Unidos como propaganda a favor de la
Unión Soviética y del comunismo, por lo tanto, una
actividad de guerra sicológica, adversa, un acto de
subversión.
Sin embargo, quien le
dio un fuerte apoyo a mi trabajo fue el escritor
Adonias Aguiar Filho (Adonias Filho), director de la
Biblioteca Nacional, que, aunque conservador,
considerado de derecha y ligado a los militares, era
amigo mío y de Ênio Silveira. Él me permitió el
pleno acceso a todos los libros de la Biblioteca
Nacional y allá me cedió un despacho reservado, para
que yo pudiese leer y escribir tranquilamente,
cuando no estaba investigando en el Archivo
Histórico del Itamaraty, en Río de Janeiro, donde el
embajador Carlos Alfredo Bernardes también trató de
ayudarme, tanto como le fue posible en aquellas
circunstancias, posibilitándome a examinar,
discretamente, la correspondencia diplomática de
algunos años, aún no abierta al público. Pero luego
fue prohibido por Brasilia: alguien lo había
denunciado.
En medio del clima de
represión, de oscurantismo, que Brasil vivió durante
la dictadura militar, especialmente durante el
mandato del general Emílio Garrastazu Médici
(1969-1974), trabajé casi 16 horas por día, pues no
sabía cuanto tiempo todavía permanecería en
libertad. Necesitaba concluir rápidamente el libro,
para corresponder a la inversión que Ênio Silveira
estaba haciendo. Siempre consideré una cuestión de
honor cumplir con todo compromiso asumido,
cualesquiera fuesen los obstáculos. Y así, durante
el curso de 1971, investigué intensamente en la
Biblioteca Nacional, en el Archivo Histórico del
Itamaraty y en los archivos particulares de Getúlio
Vargas y de Oswaldo Aranha que Alzira Vargas do
Amaral Peridoto y Euclides Aranha Netro me
franquearon -, así como en otros archivos
particulares, además de las entrevistas realizadas
con personajes como el ex-presidente Juscelino
Kubitschek. Por su apoyo, debo mucho apoyo a Renato
Archer, que había sido subsecretario de Relaciones
Exteriores del canciller Francisco Clementino San
Tiago Dantas (1961-1962). Y el economista Rômulo
Almeida, de quien tengo muchas nostalgias, fue uno
más que me ayudó mucho, entre otras personas ya
mencionadas en los agradecimientos de la primera
edición de esta obra. Su hijo, Eduardo Almeida,
estudiante de Historia, fue el único ayudante con
que conté, por algunos meses, en Río de Janeiro.
A fines de 1971, mi
situación personal se complicó aún más. La
Civilización Brasileña entró en concordato y Ênio
Silveira no pudo continuar adelantándome los
derechos de autor. Pocos meses después, el 22 de
marzo de 1972, el Consejo Permanente de la 1ª
Auditoria de Marina, contra la voluntad del propio
procurador Walter Wigderovitz y del juez auditor,
volvió a condenarme entonces, a cuatro años de
prisión (pena máxima, in abstracto) por el
crimen previsto en el artículo 134 del Código Penal
Militar (incitar a la desobediencia, a la
indisciplina o a la práctica de crimen militar), a
pesar de que yo nunca hubiese entrado en ningún
cuartel y estuviese asilado en Uruguay, a mediados
de 1964, cuando la prisión de los otros involucrados
en el proceso. Tres de estos, el profesor Rui Mauro
Martín, el ingeniero Arnaldo Mourthé y el sargento
fusilero-naval José Medeiros de Oliveira, me
atribuyeron falsamente, bajo tortura, la propiedad
del apartamento en el que estaban escondidos y la
entrega de ciertos planos encontrados con ellos. De
hecho, era el Cenimar quien dictaba la sentencia.
El juez con toga servía sólo para componer, como
coadyuvante, la farsa del juicio en las auditorias
militares.
Antes de ser
anunciada la sentencia, al presentir que sería
condenado y preso una vez más, me escapé de la
Auditoria de Marina, pasé por el apartamento en que
residía, en Río de Janeiro, recogí todo el material
de la investigación y me tomé un ómnibus para San
Pablo. Allá, fue otro amigo, el valiente abogado
Aldo Lins y Silva, que, solidario conmigo, me prestó
un pequeño apartamento para que me escondiese. Sí,
yo tenía un apartamento para vivir, sin embargo ¿con
qué recursos podría mantenerme, si Ênio Silveira ya
no podía pagarme? El periodista Hermínio Sacchetta,
mi viejo y querido amigo, me dijo que Geraldo Banas,
director de la Editorial Banas, en la cual trabajaba
nuestro amigo Vergniaud Gonçalves, estaba precisando
un re-editor especializado, con conocimiento de
economía, para hacer los anuarios sobre América
Latina, que él pretendía lanzar. Busqué a Vergniaud
Gonçalves, le conté mi situación - que estaba
fugitivo de la Marina, que precisaba trabajar y le
dije que nadie podría saber quién era yo realmente,
debido a que estaba condenado a cuatro años de
prisión. Él fue también muy solidario. Me presentó
a Geraldo Banas (Gerhardt Otto Banaskevitch), un
alemán de Berlín, de origen judío, que había
emigrado por Adolf Hitler. Y obtuve el empleo. En
virtud de poseer muchos apellidos, pasé a firmar
sólo como Luiz A. Vianna. Solamente Geraldo Banas y
Vergniaud Gonçalves conocían mi identidad real. Y
cuando informé a Hermínio Sacchetta que estaba
trabajando, clandestinamente, en la editorial Banas,
él exclamó, como si estuviese reprobando mi
decisión: Tu coraje raya con la locura Nunca me
olvidé de sus palabras. ¿Qué hacer, sin embargo?
Precisaba dinero para sobrevivir.
San Pablo era una
ciudad en la que los militantes políticos,
perseguidos por el régimen militar, podían vivir,
anónimamente, en el medio de la multitud, a pesar de
que la represión se había intensificado, a partir de
1968/69. El secreto era comportarse como un
ciudadano común, mantener la calma, permanecer
tranquilo, no asustarse ante cualquier operación
policial-militar o ante el abordaje para la
exigencia de la identidad o para revista.
Era preciso no
parecer un personaje de capa y espada, o darse a la
fuga o ser esquivo. Nada de aire conspirativo,
misterioso, que pudiese despertar cualquier duda o
sospecha. Yo tenía esta experiencia. En San Pablo,
luego de regresar del exilio, entrando a Brasil a
través de la frontera de Rivera Santana do
Livramento (Uruguay, Río Grande del Sur), ya había
vivido y trabajado, clandestinamente, entre 1965 y
1967, no obstante estar con prisión preventiva
decretada por la 1ª Auditoria de Marina.
*Traducido
para La ONDA digital por Cristina Iriarte
Este trabajo no puede ser reproducido sin la
autorización expresa de La ONDA digital
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