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Un Picasso: entrevista a su
protagonista José Sacristán
En España se estrenó
Un Picasso, la destacada obra de Jeffrey Hatcher,
protagonizada y dirigida por José Sacristán.
Sacristán, el actor
español que el Río de la Plata recuerda
especialmente por las películas de los 80; Solos en
la madrugada, El diputado o Asignatura
pendiente. Lo que sigue es la síntesis de dos
reportajes realizados por la prensa española con
motivo de la puesta en escena de Un Picaso.

-
Se sabe que el 25 de
octubre de 1941, en el periodo en el que la capital
francesa estaba sometida al Gobierno de Vichy,
Picasso fue detenido a la salida del restaurante Les
Catalans, donde solía comer y celebrar tertulias con
sus amigos, por unos soldados alemanes. El pintor
fue conducido a un sótano para ser interrogado por
una funcionaria del Ministerio de Cultura, para que
reconozca y certifique que tres de sus cuadros son
auténticos. A partir de ahí, Jeffrey Hatcher arma un
relato que profundiza en la psicología del artista y
también de quien le interroga. El autor parte de un
hecho ficticio para construir un retrato de Picasso.
¿La obra es un ejemplo de cómo la ficción puede ser
una buena vía de aproximación a la verdad?
- Sí. Parte de un
hecho que pudo ser real. De hecho, en el París
ocupado Picasso fue llamado al orden para vigilarle.
Le toleraban con cierta amabilidad pero... Esta
función parte de esa posibilidad. A mí me parece que
el hallazgo de esta obra es crear a partir de esa
posibilidad un hecho de ficción muy interesante y
colocar frente a un personaje real, universalmente
conocido como Pablo Picasso, un contrincante de
ficción que hace que se convierta aquello en una
cosa cósmica, girando uno sobre su propio eje y el
otro alrededor del mundo. En un principio parece que
las cartas están sobre la mesa, luego resulta que no
es así. El genio tiene sus miserias y sus cosas que
ocultar, y la señorita que trabaja para los nazis
tiene también sus grandezas y aspectos que le
redimen.
-¿Cómo se aborda a
Picasso?
-He trabajado con
total libertad que me ha dado mi amigo Nacho Artime.
«Un Picasso» recrea un temperamento acojonante, y un
espacio donde quedará constancia de la ocupación de
los nazis, lo que es el arte, y su influencia en la
sociedad, pero sin dar doctrina.
- Usted ha dicho en
alguna ocasión que Picasso resume, explica por sí
solo el siglo XX.
- Creo que su mirada
abarca todos los aspectos, no sólo formales en
cuanto a la cosa pictórica, sino también el
sufrimiento de la época. El siglo XX con Freud,
Einstein, Marx y Picasso está contado y ahí
seguimos. La mirada de Picasso abarca todo este
tiempo no sólo por las formas, insisto, sino por los
fondos.
-¿Picasso se come el
siglo XX?
-Junto con Freud,
Einstein, y seguramente con Carlos Marx, y los que
no estén de acuerdo que me perdonen, se explica no
sólo el siglo XX, sino que su mirada abarca todo,
como ser humano, con su bajada a los infiernos.
Picasso no evoluciona, es; Picasso no busca,
encuentra.
-¿Dónde alojó talento
Picasso?
-Un Picasso recorre
su peripecia personal, desde ese talento inmenso que
se alojaba en su cerebro, hasta lo que se alojaba en
los huevos y en su genitalidad, que era también muy
potente y muy importante, pasando por toda su
historia y por todo lo que él representa de aquella
España del machismo.
-Hablando de
temperamento genital, ¿qué acojona del genio?
-Su mirada física.
Tiene dos ojos que son dos taladros, dos berbiquíes.
¡Cómo pone patas arriba toda la historia de la
pintura con el cubismo!, y va y viene; lo que es
acojonante es esa capacidad inmensa de crear y esa
intensidad, no retórica ni intelectualizada. No, es
el hombre y su obra inseparables, con la brutalidad
pasional de mirar.
- La obra está
ambientada en el París ocupado, es una época muy
dura pero Picasso vive razonablemente bien. Además,
es un mujeriego confeso. ¿Cómo se combate la
antipatía del protagonista?
- No es exactamente
antipático. Picasso es un hombre con todas las
contradicciones, las miserias y, al mismo tiempo,
las grandezas propias de un genio, un genio al
que es muy difícil explicar desde una longitud o una
latitud humana al uso. No digo que haya que
justificar porque en la obra no se justifica nada,
lo que pasa es que desde mi punto de vista no se
trata tanto de que sea simpático o antipático sino
que en la medida en que es un ser humano ser
aceptado o rechazado como tal. En este caso no hay
sino una intención de mostrar un Picasso tal y como
era, dicho por él mismo, en sus grandezas y en sus
miserias.
- En el dossier de la
obra presentan Un Picasso como una comedia pero, a
primera vista, muy divertida no parece...
- (Ríe) El dossier de
la obra lo ha hecho Nacho (Artime, responsable de la
adaptación del texto de Hatcher), que ha resumido
amablemente el contexto. Hay de todo. Hay momentos
de humor, indudablemente. No voy a contar el final,
pero hay una complicidad entre estos dos personajes
que, en un principio, no parece asomar porque ella
representa a los nazis y él es el que es. Y en esos
momentos de una complicidad inteligente entre ambos
saltan chispas propias de la comedia. Pero no hay
que olvidar que lo que subyace en el fondo es un
discurso que abarca la historia, la política, el
sexo, la capacidad de crear, la dependencia de un
hombre con respecto a su obra... Un montón de cosas.
- No sé si ha visto
la película La vida de los otros , pero recuerda a
las contradicciones del personaje de la funcionaria
nazi...
- Sí. Y no solamente
en La vida de los otros , hay muchas películas y
muchas historias en las que de pronto alguien toma
conciencia de donde diablos está. En el caso de Un
Picasso lo que ocurre es una mujer que viene muy
entrenada por otras sensibilidades y por otras
formas de pensar.
- ¿Podría decirse que
la esencia de Un Picasso es un duelo de
inteligencias, de seducción del enemigo?
- Sí. Una seducción
de dos planetas que giran alrededor de su eje y
también alrededor del otro. Estamos hablando de
Pablo Picasso y de una mujer, y hay una pulsión
latente a lo largo de toda la obra que es la
seducción, que alcanza lo físico.
- Las críticas han
coincidido en señalar que su interpretación alcanza
un estado de gracia. ¿Le molesta que después de años
de trayectoria se sorprendan, o le halaga?
- Agradezco todos los
comentarios, sobre todo si son buenos. A una altura
determinada de la vida, cuando uno recibe elogios,
los agradece. Lo que pasa que yo ya sé lo que hago,
me digan lo que me digan, y estoy muy contento con
este trabajo mío. Aprovecho la ocasión para señalar
a Sonia Castelo (su compañera de reparto en la
obra), que me adelanto a pronosticar un futuro
formidable como actriz. Es un prodigio.
- Eso que ha dicho de
que sabe cuando lo hace bien y cuando no ¿le ha
facilitado a la hora de dirigirse a sí mismo?
- Creo que sí. Cuando
leí el texto entendí que si encontraba un equipo de
gente de confianza en cuanto al decorado, el diseño
de luces y por supuesto el reparto, el trabajo de
dirección era en este caso la ampliación del trabajo
del actor. Nacho Artime me ha dado carta blanca para
trabajar en la versión y ha habido cosas que hemos
ido resolviendo de dramaturgia que en el texto
original no estaban. Efectivamente, en esta obra el
trabajo de dirección es ampliar el trabajo del
actor.
- Estuvo hace unos
meses en Eibar y, con motivo del 30º aniversario de
las Jornadas de Teatro, le rindieron homenaje.
- Me hicieron el
honor de dar una conferencia, una charla-coloquio,
que estuvo muy interesante. Fue una acogida
calurosa. Y, además, nos invitaron a cenar en una
sociedad de puta madre. Bueno, en el País Vasco
tanto si cenáis como si almorzáis, se come de puta
madre. Tengo un recuerdo muy cariñoso. Y ha ocurrido
en un momento preciso. Ahora voy al teatro como
acudo a la cita amorosa, porque para mí esto es algo
que todavía pasa por las tripas.
"La oferta que me
hace el cine ahora no me divierte como para pegarme
madrugones"
En septiembre cumple
70 años. ¿Qué proyectos le aguardan?
De momento, estoy con
Un Picasso . Hay otras cosas por ahí, pero la obra
nos va a ocupar un tiempo: llevamos en enero de este
año y la tendremos en cartel hasta marzo del año que
viene; vamos a dar unas cuantas vueltas.
-No se ha dado el
sacristanismo.
-Porque yo entronqué
con la Transición, y fui un poco el espejo en el que
se miraba el españolito medio («Solos en la
madrugada», «El diputado»...).
-Y aprobó Asignatura
pendiente.
-Fue un
acontecimiento, algo más que una película buena o
mala. Nadie daba un duro por ella.
¿Alguna aventura
cinematográfica?
Si existiesen ofertas
interesantes... Tienen que ser muy interesantes,
porque afortunadamente en el teatro elijo lo que me
da la gana y hago lo que quiero, en las condiciones
y circunstancias que me apetece, no hay servidumbre
alguna y, sobre todo, no tengo que madrugar, que es
algo que siempre he llevado fatal, y cada vez peor.
Si hubiese una ocasión, por supuesto que sí, estaría
encantado. Pero no lo digo con ninguna acritud, la
oferta que el cine me hace ahora no me divierte como
para pegarme madrugones. Afortunadamente puedo hacer
otras cosas o quedarme en casa.
El cine se somete a
otras circunstancias...
El mecanismo... No
voy a ponerme a hablar de cómo está el cine, pero
están pasando cosas que cambian, evolucionan, los
fenómenos sociales se modifican, y no es el momento
más feliz de ninguna manera en cuanto a la
asistencia de gente al cine. Todo el mecanismo de
producción, distribución exhibición es muy complejo.
Ya son 115 películas después de 50 años, y creo que
la base para mí de todo esto es seguir jugando a que
la gente se crea que soy el que no soy, y para que
ese juego tenga valor o merezca la pena tienes que
tener un compañero de juegos, que es el personaje,
que también merezca la pena.
- De retirada, ni
hablamos
- A mí este oficio me
sigue poniendo cachondo, y mientras haya cosquilleo
seguiré. Esto nace del bajo vientre, luego pasa al
corazón, al cerebro, es un impulso vital. Ahora, el
día que esto me aburra, ¡a hacer puñetas!
LA
ONDA®
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