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Los EEUU y el temor que se
desencadene una guerra
de monedas
por el profesor José Luis Fiori
El
presidente del banco central norteamericano, Bem
Bernanke, ya definió en Wyoming, el primer fin de
semana de setiembre, su posición frente a la crisis
inmobiliaria que se expande a partir de los Estados
Unidos: no es responsabilidad del FED proteger a las
financieras e inversores de las consecuencias de sus
decisiones; pero es obligación de todo banco central
impedir que las crisis financieras alcancen a la
economía real, e impidan el buen funcionamiento de
los mercados.
La misma posición
defendida por los presidentes de los bancos
centrales de Europa, Inglaterra, Japón, Australia y
Canadá, que se mantienen, hasta el momento,
cautelosos y receptivos, a la espera de la reunión
mensual del FED, el día 18 de setiembre, que
decidirá la nueva tasa de intereses de la economía
norteamericana.
Pero a pesar de esto,
el dilema del Sr. Bernanke viene creciendo cada
hora que pasa, bajo la presión de las fuerzas
políticas y económicas internas de los Estados
Unidos, y de los demás gobiernos que sustentan, en
este momento, el crecimiento de la economía
mundial. Una cosa es cierta: cualquiera que sea la
decisión final, tendrá consecuencias negativas, en
el mediano y largo plazo, dentro y fuera de los
Estados Unidos. Y no es fácil definir lo que sea
menos malo, en una situación como ésta: la
reactivación inmediata de los mercados y de la
actividad económica, dentro de los Estados Unidos, a
través de la devaluación del dólar, puede provocar,
inmediatamente, una nueva burbuja y un aumento del
proteccionismo económico que ya viene siendo
defendido, por los candidatos demócratas a la
elección presidencial de 2008; pero la protección de
la moneda americana, a través de una recesión
purgativa, puede escapar al control de la autoridad
monetaria y tener un impacto mundial en cadena, de
duración y efectos imprevisibles.
De cualquier manera,
el presidente del FED no es representante de la
humanidad, y tomará sus decisiones a partir de los
intereses estratégicos de los Estados Unidos. Por
esto mismo, en este momento, el temor mayor que
ronda en el mundo, es que la decisión americana
desencadene una guerra de monedas, aunque ella
no sea deseada por Bernanke y por ninguno de los
bancos centrales involucrados con la crisis.
Pero a pesar de estas buenas
intenciones, no es imposible que esta guerra pueda
ser frenada, porque en el campo económico, como en
el campo geopolítico la propia potencia ganadora es
quien acostumbra desestructurar su situación
hegemónica 1
Por esto, desde
nuestro punto de vista, en este momento, cualquier
ejercicio especulativo sobre el futuro, debe
partir de una conclusión o premisa que está a
contramano de todas las teorías ortodoxas y
heterodoxas, sobre el proceso de la globalización
económica. Desde nuestro punto de vista, los
grandes anclajes de internacionalización económica
como los que se dieron, a fines del siglo XIX y XX
provocaron, al mismo tiempo, grandes movimientos
de fortalecimiento de la competencia y de conflicto
entre las naciones. En momentos de aceleración de
la internacionalización capitalista, la tendencia
simultánea fue siempre de profundización del
conflicto entre los intereses comerciales y
financieros de las economías nacionales del
sistema.
En estas situaciones,
aumenta invariablemente el proteccionismo, y en
algún momento, la guerra comercial alcanza e
involucra las monedas nacionales, y las políticas
monetarias de las principales potencias económicas
del sistema, independientemente de la posición
teórica o de la ideología económica de sus
conductores, y a pesar de la cooperación que pueda
existir entre sus Bancos Centrales.
En el límite, esta
competencia y este conflicto pueden pasar al plano
político-militar, como sucedió en el caso de la
hegemonía inglesa y de su patrón libra-oro que se
fortaleció en el siglo XIX, y que terminó con la 1ª
Guerra Mundial. Pero esta misma contradicción
implotó el sistema dólar-oro y la hegemonía
americana, en 1973, sin que hubiese ocurrido una
guerra directa entre las grandes potencias. Y hoy,
hay fuertes indicios de que el nuevo sistema
dólar-flexible esté sufriendo un stress
provocado por el mismo tipo de contradicción que
podrá llevar a los EE.UU. a una nueva ruptura con
sus propias reglas e instituciones.
¿Cómo explicar
esta paradoja, de que la internacionalización
económica sea al mismo tiempo, la gran responsable
por el renacimiento y fortalecimiento periódico del
nacionalismo económico? Si observamos la
historia, veremos que el sistema económico mundial,
que se formó a partir de Europa, después del siglo
XVI, fue siempre constituido por estados, economías
y monedas que compitieron y lucharon permanentemente
entre sí, para aumentar su riqueza nacional, sin
dejar librada jamás su identidad económica
nacional. A través de la conquista de territorios
económicos supranacionales, cada vez más extensos,
donde pudiesen imponer sus monedas, y donde sus
capitales financieros pudiesen usufructuar de
ventajas monopólicas. Por otro lado, siempre fueron
estos mismos estados y economías nacionales
vencedoras quienes lideraron la expansión
capitalista, y que consiguieron al mismo tiempo
internacionalizar sus monedas, dentro de una
región, o a escala global, como en el caso de la
Libra y del Dólar, en los siglos XIX y XX. Lo que
llama la atención es que incluso después de su
internacionalización, la riqueza y los capitales de
estos países siempre tuvieron que expresarse y
realizar en alguna moneda nacional, y sólo
consiguieron internacionalizarse porque mantuvieron
su vínculo con su propia moneda nacional, o con la
moneda nacional de algún estado más poderoso.
Desde este punto de
vista, en este sistema mundial en el que vivimos,
toda decisión monetaria, de la autoridad responsable
por alguna moneda internacional, siempre tendrá
efectos contradictorios y provocará daños que
fortalecerán, en el mediano plazo, la voluntad
competidora de sus adversarios y de sus monedas.
Por otro lado, también se puede afirmar que en este
mismo sistema, cualquier proyecto de moneda
mundial será siempre una fantasía ideológica, o una
estrategia defensiva, como en el caso del Bancor,
que fue propuesto por John M. Keynes, en la
Conferencia de Bretón Woods, en 1944, y rechazado
por los Estados Unidos. Harry D. White, el jefe de
la delegación americana, era keynesiano, pero no
era idiota, ni estaba en un pic-nic académico.
Representaba los intereses de los Estados Unidos, y
de su moneda nacional victoriosa, el dólar, que
cumplió un papel de bomba de Hiroshima, en la
construcción jerárquica del nuevo orden monetario
internacional, después de 1945.
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