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El derecho del
originario
La ONU y los pueblos indígenas
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Días
pasados, fue resuelto en el pleno de la Asamblea
General de Naciones Unidas la aprobación, por 143
votos a favor y 11 abstenciones, de la Declaración
sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.
Paso trascendente
éste, a pesar de que algunos países se opusieron a
la declaración, tales los casos de los Estados
Unidos de Norte América, el Canadá, Australia y
Nueva Zelanda, al entender que la declaración
concede a los indígenas poderes legales y de
propiedad excesivos.
Asimismo, no todos
los 192 países miembros participaron en la votación
y la declaración no es jurídicamente vinculante y,
en el plano de las abstenciones, resultó
llamativo el caso de países que, como la Argentina,
optaron por este medio de expresión.
En todo caso, un
gran paso se ha dado en el camino hacia un
estado de cosas en donde el respeto al otro, al
diferente y, en este plano, al ser humano originario
del lugar en que otros habitan, tenga reconocimiento
expreso en sus derechos de libertad, desarrollo y
vida digna.
Son 46 los artículos
que componen esta memorable declaración que, aunque
no tenga efectos jurídicos vinculantes, es un paso
más hacia un ordenamiento y, sinceramiento- con
pueblos originarios largamente desposeídos no ya de
sus tierras sino de sus mismos derechos humanos.
El colonialismo más
retrógrado junto a su versión contemporánea, el
neocolonialismo asistencialista, tendrán a partir de
ahora, espacios y modos un poco más acotados para
explayarse.
Y en
esto no hay ideologías sino
y expresamente, consideración o desconsideración
para con el diferente.
Amerindia, por
ejemplo.
Por ejemplo el caso
ocurrido en el mes de agosto de este año de 2007,
cuando Toni Negri, junto con otros intelectuales
europeos, llegó a Bolivia a participar de un evento
denominado Pensando el mundo desde Bolivia, en
donde se hablaba de un hombre nuevo pero que, como
está registrado en las breves y escasas entrevistas
que concediera este luchador social, desconocía casi
por completo la realidad de los pueblos originarios
que se hallan en el territorio boliviano.
Es decir, el
pensamiento euroamericano (sea de derecha como de
izquierda) las más de las veces le pasa por encima a
la realidad del diferente al creer que en sí mismo
hay luz y proyección para una sola realidad mundial:
la que emerge de sus intelectos, luego de la
historia del pensamiento científico e intelectual de
sus pueblos.
Y no es así.
Evidentemente, no lo es. Y además de no serlo,
conviene reiterar que, el indígena u originario, en
cualquier parte del globo, pero nos estamos
refiriendo al de Amerindia, tiene una concepción de
la vida y de los objetos, diferente a la del
europeo.
Toni Negri, pues, por
más crítico que sea, lo es desde apenas una vereda
de la calle y así, como los otros deambula
rengueando por la vida de los pueblos.
Esta gente que llega
con sus verdades reveladas a pontificar, aunque sea
de religión atea, puesto que da lo mismo pues se
trata tan sólo de un dogmatismo algo diferente en su
presentación pero con el mismo sustrato de
irracionalidad que el otro.
Este es tan solo un
ejemplo y no una crítica hacia un intelectual de
trayectoria tan rica como dilatada. Sucede también
que a la riqueza de un aspecto de su pensar, se le
complementa o condiciona quizá sea mejor
establecerlo así- la miseria de una mirada miope
respecto del humano que hay frente de él y que, como
tantos otros colonizadores, casi nunca ve en su
interior, es decir, en sus potencialidades humanas.
Asimismo, los
clásicos cipayos latinoamericanos, esos hijos y esas
hijas de las familias criollas que van pasando de
una generación a otra, en sus diferentes estamentos,
los códigos y las claves de su poder -la clase
dominante- reniegan del originario o indígena y
buscan la pura blancura de rasgos y esos ojos azules
que tanto iluminan su deseo de ser o pertenecer a la
otra orilla del Atlántico.
Entonces, este paso
dado en la Asamblea General de las Naciones Unidas
para con los pueblos indígenas, debe ser saludado, y
así lo hacemos, con alegría a la vez que renovando
voluntades para proseguir hacia una asunción plena
de que todo hombre y toda mujer es y debe ser
reconocido por tal, pleno en respeto como en
derechos y obligaciones para que, junto al otro y
los dos a un tercero, puedan construir una humanidad
que no sea tan miserable ni tan hipócrita como la
que heredamos, ni tampoco, convengamos, tan alienada
como la que la ideología del presente, desde una
mal concebida globalización, pretende imponernos.
Veamos, a modo de
despedida y reasunción del compromiso para con el
diferente, siquiera un artículo de tan memorable
paso.
Dice su Artículo 44,
lo siguiente: Todos los derechos y libertades
reconocidos en la presente Declaración se garantizan
por igual al hombre y a la mujer indígenas.
Que haya que estar recordando obviedades como ésta
es ya delicado aunque imprescindible para avanzar en
el camino, repito, de la dignidad humana.
Sin exclusiones ni
categorías. Para luego ir en pos del mundo y hacia
la globalización pensada desde lo humano y no, como
hoy, desde lo cosificador.
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