El país de las sombras corta
por Félix Duarte

Decir que la comunidad uruguaya está fracturada por hondas contradicciones sociales, no es ninguna novedad. Los diagnósticos y los estudios abundan. Cifras y porcentajes nos abruman, en una diversidad que desnuda la realidad desde el ángulo que se procure ubicar. La tecnocracia –presencia obsesiva si la hay– al conjunto de habitáculos de cartón y lata, los cataloga como “asentamientos irregulares”. Lo de “Cantegril”, acertado en su ironía, ya fue. La pobreza sigue y acentuándose. La estadística dice que bajó. La vida es porfiada y dice que no bajo.

 

A escasos veinticinco metros de la entrada al edificio en el que habitamos, se ubica un contenedor para basura. Pasó a ser un elemento de importancia no despreciable en nuestra cotidiana rutina. Como en un continuado –de las matinés de antes– en una sucesión de películas, unas y otras unidas con un triste hilo conductor   Intentaremos decir algo de un tema que es base de la fractura social. No recurrimos ni a cifras ni a porcentajes. Tomaremos algunos de esos casos que nos aporta la diaria   peripecia de las personas… cuando se están quedando por fuera de la vida.

 

Cuando el contenedor se enfrenta a nuestra mirada, muchas veces al día, casi como por ósmosis, nos hace descifrar la variada complejidad de la gente que acude a él. Personas enfrentadas al duro trance de aguantar con lo que otros desechan. Aunque la mayoría de los que buscan en la basura no lo sepan, bastante –o mucho– de esas situaciones, tiene que ver con un sistema económico que regula y que digita existencias y destinos en estos pueblos de América Lapobre, dijera el gran Julio Suárez, a través de Peloduro. Y en el mundo “ancho y ajeno”, también ocurre.

 

Primeros en este contexto, están los profesionales del “requeche”. Llegan en el clásico carrito escondido tras enormes bolsas, tirado por el caballo que se detiene en el lugar exacto, a la vez que el hurgador rápido y preciso levanta la tapa del contenedor y con un gancho o entrando a él, retira en escaso lapso de tiempo aquel material que recibe un mejor precio. El ruido de la puerta que se cierra, mueve al caballo y por su cuenta enfila al otro contenedor.   Otros llegan en bicicleta  y estos son más selectivos al buscar. Hay menos espacio para guardar lo que se llevan.

 

Hasta ahí quienes que son un extremo de la cadena  del reciclado, que empieza con el carrito y su caballo y termina en exclusivas mansiones de Carrasco, porque el negocio que existe en base a la basura mueve fortunas y comprende a selectos apellidos de la alta crema social. Pero ese no es el tema. El tema es esa otra parte de uruguayos que llegan al contenedor, buscando algo para comer ese día. Que son los que están ejemplificando la honda fractura social de esta sociedad. Representan un conjunto muy numeroso de gente que no está contenida en las estadísticas.

 

Hemos visto señoras  y hombres mayores, de presencia prolija y con ropas casi se podría decir que cuidadas y limpias y con la raya en el pantalón que denotaba el reciente planchado. Por lo general andan con una bolsa de tienda o negocio conocido. Si ven a alguien cerca, disimulan que buscan un número de alguna casa. Cuando se “despeja” el ambiente, retiran algo de la bolsa y con eso sostienen abierta la tapa del contenedor. Ya con la cabeza dentro deben sentirse más seguros,  protegidos de miradas y de la lástima de otros, que duele.

 

Esos no son casos aislados. Tampoco esto es melodrama barato. No imagina el lector la cantidad de ejemplo de ese tipo que uno ve en el andar de los días y de las horas. Como casos de muchachos  veinteañeros, de presencia correcta y prolija, como en el caso anterior, que en lugar de bolsa llegan con una mochila y ocurre algo parecido a lo recién citado. Muchachos que uno ve en la calle y los ubica como el estudiante que va a la Facultad o que llega de ella. O a esos señores y señoras del ejemplo, con su bolsa de tienda, podrían ser abuelos que fueron de compras.

 

Hemos visto, un domingo como a las dos de la tarde, a una señora joven y no mal vestida ni sucia, con tres niños en edades de seis años más o menos sentados en  el suelo, frente al contenedor,  formando una rueda en la vereda  y en el centro varias bolsas abiertas y revueltas y de las bolsas, aquella señora mujer y los tres niños comían en silencio. Se notaba prisa en los ademanes. Tal vez el hambre de aquellas personas que lo denotaba el abrir las bolsas allí mismo y no procurar un sitio menos transitado. Y tal vez fuera la vergüenza de tan triste y penosa situación.

 

En varios años que nos enfrentamos al contenedor, infinidad de veces por día, perdimos la cuenta de las situaciones  de ese tipo. En invierno o en el verano, con sol o bajo torrenciales lluvias. No citamos más casos, pues no es idea hacer un inventario en base a los más desposeídos. Multitud de gente, hoy y aquí en el Uruguay, recurre a la basura en busca de algo para comer. Y eso es un índice que no se ha tomado en cuenta, como debiera, pero hay muchas otras señales, que por otro lado, son por demás conocidas que ubican a la fractura social.

 

No hace mucho los jubilados de la ONAJPU se movilizaban, pidiendo fijar como el mínimo de las jubilaciones $3.000 y como primer paso, que no hubiera pasividades menores de $1.636. ¿Puede una persona costear la subsistencia con esas cifras, si no cuenta con un apoyo familiar? Mientras en 800 mil pasivos del BPS hay unos 10 de cada 100 que tienen pasividades que llegan a ser de seis cifras (más de cien mil pesos) mientras que el resto, los 90 de cada 100 reciben cifras como las indicadas, de menos de $ 2.000 , de unos $ 3.000 o algunos cientos más de pesos.

 

Algo parecido ocurre con el nivel de los salarios. El Instituto Cuesta Duarte, que depende del PIT CNT hace poco ha dicho que han aumentado algo los puestos de trabajo, pero que los salarios son “de baja calidad…” Así lo dijo el Instituto y ¿Qué significa esto? Que a un muchacho joven que busque trabajo, le ofrecen el salario mínimo (poco más de tres mil pesos), de pronto unos $4.000 y parar de contar. Si ese joven utiliza dos boletos y gasta unos $50 pesos para comer algo, durante 26 días, eso significa el 37 por ciento del salario. Los $4.000 quedan en $1.896.

 

Habría muchos más ejemplos, pero vamos al otro plato de la balanza. Estos pocos casos se refieren a una realidad de hoy. Pero estas situaciones de fractura social se vienen dando desde vieja data en el país. Se habrán agravado, no se habrán agravado, según como se mire, aunque se venia dando desde hace mucho más de un siglo. El Uruguay desde hace dos años y medio cuenta con un gobierno diferente a lo del siglo y medio pasado. Nadie puede pretender que esa realidad hubiera podido ser cambiada en dos años y medio del actual gobierno.

 

El tema es que, incluso desde sectores políticos del actual gobierno, se está dando el planteo para dedicar mayores recursos –aprovechando los buenos precios de nuestros rubros exportables y generadores de divisas– para revertir situaciones de exclusiones de algunos sectores de la población. Recordemos que en tres millones y algo más de población, Uruguay tiene un millón, ya sea por debajo de la línea de pobreza o en situación de emergencia social.  El tiempo nos lleva de prisa a una nueva realidad en base a lo electoral. Tal vez sea el momento de encarar en serio las situaciones de exclusión social, dentro de esta sociedad fracturada que hoy tenemos. No cometamos el error que todo eso sean promesas de campaña electoral ¿No será mejor plantear en la próxima campaña lo que se ha podido hacer ahora?

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