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Un turismo que convierte a
la pobreza en un zoológico
por José A. Fernández Carrasco
Más de cien mil turistas visitan las
favelas de Río de Janeiro cada año. Turistas
europeos y norteamericanos que, por unos 60 dólares,
realizan una visita guiada con historias de robos,
de narcotráfico y de policías corruptos. Es uno de
los nuevos servicios que ofrecen algunas agencias de
viaje. Un turismo que convierte a la pobreza en un
zoológico.

Más
de cien mil turistas visitan cada año las favelas de
Río de Janeiro para comprobar con sus propios ojos
cómo se vive allí. Es uno de los nuevos servicios
que ofrecen algunas agencias de viaje: el turismo de
pobreza. En su búsqueda de una experiencia
auténtica, como si se tratara de un deporte de
riesgo, circulan por los barrios más empobrecidos de
las grandes ciudades. Muchas veces lo hacen en jeeps
camuflados y no es extraño que los habitantes de
estas zonas sientan que están en un zoológico
humano. El denominado poorism convierte, de manera
vergonzosa, la pobreza que sufren cada día millones
de personas en un próspero negocio.
El
Favela Tour fue el punto de partida. Turistas
europeos y norteamericanos visitan desde hace quince
años las favelas de Río de Janeiro. Por unos 60
dólares consiguen su visita guiada con historias de
robos, de narcotráfico, de policías corruptos y
otras historias de estos lugares, donde vive un
tercio de la población y donde entre el 2002 y el
2006 el número de niños asesinados duplicó al de
niños muertos en la franja de Gaza. Pero la miseria
no es un impedimento para los negocios de estas
empresas. Al contrario, la han convertido en su gran
baza. El ejemplo más claro es el tour por Rocinha,
el barrio de barracas más grande de América Latina.
Si al principio lo visitaban unas 15 personas al
día, ahora cuenta con miles de turistas cada semana
que se deleitan con una realidad que para ellos no
es más que un espectáculo.
Lo
más preocupante es que este modelo de turismo se
está expandiendo. En 2005 comenzó en Buenos Aires el
Villa Tour, que anima al turista a sobrevivir
durante una noche en zonas conflictivas como la
villa 31. Estos servicios se promocionan también en
Sudáfrica, India y México, e incluso en ciudades de
países industrializados como Holanda y Estados
Unidos.
Hay
otras modalidades de reality tours: los
organizados en Tailandia y Sri Lanka tras el Tsunami
en 2004, o los que llevaron a muchos turistas a
visitar Nueva Orleáns tras el huracán Katrina en
2005. En Sierra Leona hay viajes por zonas
restringidas cuyo atractivo reside en la posibilidad
de ver explosiones en directo. Y a estos se suma el
llamado turismo piquetero: algunos jóvenes
europeos permanecen durante unos días en Argentina
con una familia de piqueteros para vivir las
protestas.
Son
las múltiples caras del turismo de pobreza, que las
agencias justifican como una buena forma de ayudar a
estos barrios. Aseguran a los turistas que el dinero
recaudado será destinado a fundaciones benéficas
para proyectos sociales. En cambio, la mayoría de
las veces se trata de una farsa y, cuando hay
ayudas, estas no suelen superar el 4% de los
beneficios, según un estudio de la Brock University
canadiense. Las fundaciones comprueban entonces que
la promesa es, como mucho, el falso compromiso con
el que guardar las apariencias.
Otro argumento muy defendido por los promotores del
poorism es que fomenta la sensibilización respecto a
la pobreza; sin embargo, uno se pregunta cómo puede
hacerlo si su principal motor es la perversa
curiosidad de quienes sólo buscan un espectáculo
similar a los que ven día a día en televisión. Como
Secret Millonaire, un reality show que la cadena
británica Channel 4 emite el próximo mes. Cinco
millonarios jugarán a vivir durante diez días en
barrios marginales ingleses con el subsidio de
desempleo.
El
periódico inglés The Guardian publicó un reportaje
muy revelador sobre el poorism en Nueva Delhi. Aquí
es donde viven los niños de la calle, explicaba una
guía a los turistas mientras sonreía. No sé por qué
la gente viene y nos mira, se preguntaba Babloo, de
unos diez años, poco después.
La pobreza es el resultado de un
sistema injusto del que somos partícipes y, por
tanto, responsables. Todos deberíamos luchar contra
ella y, del mismo modo,
nadie debería
sentirse tan ajeno como para ser un simple mirón
y contemplarla sin inmutarse. El turismo es una
forma de conocer lugares, personas y culturas, pero
no
puede ser otro medio más para perpetuar
la pobreza. Y menos aún un turismo tan perverso que
no respeta ni la dignidad de quienes la sufren.
Periodista Fernández Carrasco
ccs@solidarios.org.es
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