|
Genocidio armenio y
el negacionismo
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Todo
intento de rescribir la historia conlleva un modo de
intentar apagar la conciencia crítica del hombre y
de los pueblos.
Es así que al
intentar prohibir el actuar respecto de hechos
acaecidos en un pasado reciente o lejano, es una
manera más de mostrar, a través de la prepotencia,
de la sin razón, eventualmente apoyada por la fuerza
en determinadas capacidades punitivas, está
condenada al fracaso.
Asimismo, el hecho de
intentar, y el hacerlo a su vez por medio de la
coacción, supuesta o efectiva, tiene consigo una
segunda lectura: la de que es posible que lo que
otrora sucedió, pueda volver a ocurrir.
Toda persona, todo
pueblo que pretenda negar lo obvio de un pasado
innoble, en vez de asumirlo, internalizándolo,
llevándolo a la conciencia crítica de su ser como,
de ser el caso, del pueblo que fue en su hora
protagonista de una barbarie, tiene consigo, al
menos inconscientemente, la posibilidad de
reeditarlo, toda vez que no ha aceptado purgar las
heces de su cuerpo ni de su conciencia.
La fetidez de una
conciencia inactiva, será de una hediondez que a la
corta o a la larga necesariamente deberá ser
purgada. Que lo sea por la vía de la reflexión
moral, de la asunción de la existencia de un momento
inhumano en la historia de los pueblos.
El Genocidio Armenio
no sólo sucedió, no sólo es una mancha en la
historia del hombre bípedo y consciente, sino que,
además, nos recuerda cuánta hipocresía y cuánta
doblez rigen en el mundo, so pretexto de la
conveniencia o inconveniencia de asumir villanías
tales como el citado genocidio, en aras de mantener
relaciones armoniosas con el pueblo que, en aquel
entonces, las protagonizara y que, aun no hoy, se
niega a aceptarlas.
No sólo se niega sino
que dice existieron como represalia a actitudes
armenias respecto de la Primera Guerra Mundial.
Repito, entonces, la
posibilidad de reeditarlas, por este u otros
pueblos, está latente, pues no sólo vive en un
pueblo que antes lo hizo, sino en la mente de
quienes, aun no, manejan el lenguaje hipócrita y
alienante de la conveniencia sobre qué asumir o
dejar de asumir, en función de las potencialidades
globales o regionales que el hacedor de aquella
villanía tiene o deja de tener en el día a día de
este mundo que se instrumentaliza cada día, más y
más.
Adolf Hitler se basó
en la experiencia de lo hecho con el pueblo armenio,
en la mecánica operativa del exterminio planificado,
como también en lo antes mencionado: que habiendo
sucedido en 1915, el mundo jamás reaccionó
compactamente en contra de los asesinos de aquella
hora y, menos que menos, quienes tenían a su cargo
el dominio de las acciones como cabezas de los
imperios reinantes.
Aun no hay quienes
proceden a cultivar el negacionismo y
lo hacen, por ejemplo negando la existencia del
genocidio judío, como del gitano, como de otros
exterminios planificados y llevados a la práctica
que, junto con el genocidio armenio, son la carta de
presentación de un modelo del hombre moderno, que
muestra a un hombre alienado, sin conciencia pero
con un rostro cínico que deambula por la vida en
busca de cosas para poder asirlas, tenerlas,
dominarlas, mientras en su interioridad el frío va
tomando más y más espacio, cosificándolo, al
enmudecer su conciencia.
Saludable es, pues,
la resolución del Comité de Asuntos Exteriores de la
Cámara de Representantes de los E.U.A. que, si bien
no es vinculante, sino simbólica, tiene por ello la
fuerza de un símbolo que muestra un aspecto creíble
de un hombre diferente al antes mencionado.
Hablar entonces del
rostro de la decencia, por vía de la aceptación
expresa de un hecho irrebatible, es decir también
que, al menos ese día y a esa hora, la nación
estadounidense recordó parte de la gran historia de
su pueblo.
Recordar también, con
respeto pero con determinación, a todo aquel que
crea que lo armenio, como lo judío, como lo gitano y
todo aquello referido a otro diferente y
supuestamente lejano, es asunto nuestro y de esta
misma circunstancia, pues el hombre no tiene
distancia ni tampoco ausencia de responsabilidad,
cuando a otro hombre, a otra mujer, se le asesina,
se le veja y se le acalla.
La decencia es
global, la miseria es específica. Hagamos algo más
por airear esta especificidad que amenaza con
sofocarnos.
Salud al pueblo
armenio todo, en su lugar y en la diáspora. Salud a
todo aquel diferente, a todo aquel que resulte aun
hoy extranjero en un lugar, habitante y no
ciudadano.
Nuestro recuerdo,
pues, permanente de que somos corresponsables de su
suerte, pues es la nuestra; la de todos. Puesto que
a esa responsabilidad no la apaga ni reduce nadie,
si es que practicamos el ejercicio permanente de
tener activa nuestra conciencia crítica.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|