De oprimidos y opresores
por José Correa Oviedo*

Las teorías referidas a la educación abundan, y es propio de  los docentes plegarse a banderas teóricas que no siempre van atadas a  posturas ideológicas. La educación es en sí la formación de  ciudadanos, la ciudadanía está directamente relacionada con un ser  humano capaz de pensar y decidir, sin dejar de participar de la realidad que le rodea.

 

El énfasis ha estado centrado en formas de la educación que  fueron superadas por el tiempo: a manera de ejemplo, la educación que  depositaba en la cabeza del educando el conocimiento, sin esperar un margen de creatividad sino sólo la recepción y aplicación casi por  fórmula de la teoría que resuelva cada problema, parece en franca  retirada de nuestro sistema.

 

Explicado desde lo que consideramos como nuestro tiempo, sería  que el aula ya no es un lugar donde todo el mundo llega sin sus  problemas particulares y se sienta despojado del mundo exterior a  escuchar embelesado el discurso de un mayor, que todo lo sabe y  generosamente aporta sus conocimientos.

 

Buscar el término medio entre tanta radicalización de discurso  parecería utópico, y  tal vez la educación sea eso, la búsqueda de la  utopía. Utopía desde una concepción propia a la que impulsara Moro,  ese lugar soñado, virgen, por descubrir; pero cómo hacerlo sin pisar ese sagrado sitio y no contaminar sus níveos suelos.

 

La reciente discusión sobre la tan mentada Reforma Educativa  pareció más que un puntapié inicial, un trastabille gestante de lo que debe ser nuestro Sistema.

 

Muchos despertaron a que hay aulas sin los más mínimos elementos  para constituir un lugar donde se dicta una clase, otros se enteraron  con asombro que los jóvenes de hoy ya no son aquellos “buenos  muchachos” de pelos engominados o trenzas a la cintura, algunos  descubrieron birlando mil documentos que hay docentes que faltan mucho  a sus responsabilidades y otros, de tan responsables, abandonaron la  sola docencia para incorporar a su profesión la asistencia social y la  sicología de los chicos y su entorno.

 

¡Menos mal que doña Reforma nos hizo conocer todas estas cosas! 

Ahora nos tendríamos que preguntar a cuántos les llegó esta información, porque me he enterado que del debate no participaron los  cientos de miles de asistentes que se esperaban, aunque se diga que no  hubo desinterés. Bueno sería sincerarnos y decir que no está para nada  claro qué es lo que se desea hacer con la educación.

 

Primero deberíamos asumir que la calidad ha caído pero en ambos constituyentes del acto educativo. No son los docentes, los únicos responsables del marcado descenso en las bases educativas de los estudiantes, hasta ellos llega por lo general un muchacho que mal sabe  leer, poco entiende del mundo que le rodea y no le interesa lo que ese  mayor tiene para compartir con él.

 

Vano es responsabilizar a unos o a otros, hay que enfrentar el problema diciendo con valentía que el Sistema no es bueno, y aunque  nuestros ideales se sacudan en ruidos estruendosos, tampoco atrae  porque no es tránsito hacia ninguna realización personal, en tiempos  donde la inmediatez la marca el clic de la computadora.

 

El Uruguay es un país donde hay analfabetismo en diversos grados, seguirlo negando es resumir la discusión a una retórica aldeana y sin la más mínima perspectiva.

 

Que no exista el grado Universitario para nuestros docentes es una forma de la degradación que acompaña al salario de hambre que  perciben.

 

La Universidad de la República ha dado históricamente la espalda a la posibilidad de ratificar la titulación de los Docentes Egresados del IPA y de Formación Docente; no menciono a los estudiantes de los Cerp, sistema que considero nefasto pues no aportó  descentralización y mucho menos preparación seria de profesionales.

 

También en este país quien tiene un hijo que desea que se cultive y sea un hombre con capacidad de progreso, opta casi invariablemente por la educación privada como camino hacia ese posible  éxito.

 

Lo público está asociado al mal servicio en lo más amplio del concepto. Los tiempos de la escuela vareliana sólo son un recuerdo que entibia las palabras de veteranos docentes en una añoranza por momentos ilusa.

 

La utopía cambió, porque el Uruguay es otro. Ahora hay planchas y chetos, hay asentamientos y barrios exclusivos, hay whisky  etiqueta azul y alcohol blanco de farmacia (ambos consumidos con fruición). La lista podría ser mucho más extensa, pero prefiero a ello  advertir a los compatriotas que hay muchos de ellos que parecen  desconocer esa realidad, por no decir que directamente la desconocen.

 

La utopía primera debe ser el cambio social y para ello la educación debe encararse en visiones parciales con un fondo programático común. La pretensión sería que los uruguayos deben acceder todos a un mismo conocimiento, pero partiendo de bases distintas, allí creo que radica el mayor dolor de este asunto y el no menos preocupante dato de la realidad.

 

Lastima decir que no todos están preparados para acceder directamente a distintos niveles de la educación en relación directa de edad y grado como hasta ahora; pero negarlo sería una canallada.

 

Sigo creyendo en Paulo Freire, pero desde su tesis de oprimidos y opresores, hablo de niveles, que no significan una negación al acceso a la educación. Todos debemos tener las mismas oportunidades,  pero el contexto es un conflicto difícil de resolver con proyectos  simplistas. Reivindico de Freire la búsqueda del otro como a un igual  y desde ese plano acercarlo al proceso educativo, no son vanos los  datos de la deserción estudiantil y los mismos no se salvan con meras  reformulaciones programáticas.

 

Todos los adolescentes deben conocer a Gabriel García Márquez como hombre de letras, como artista, abriendo las puertas  de entrada a su mundo por variados que sean los caminos. Quien nunca  lo tuvo ante sus ojos puede llegar a aburrirse con el rompecabezas de los Buendía, pero seguramente se interesará  en algo por la vida de  Maria de la Luz Cervantes en Sólo vine a hablar por teléfono.

       

Ahí está el matiz de este gran asunto que debemos debatir en serio y resolver con grandeza. La educación no puede seguir en el discurso panfletario ni reducirse a la mera lucha por el presupuesto, sería propio preguntar a nuestros jóvenes qué desean aprender y  nosotros responder cuánto estamos capacitados para cambiar la forma de  educar y educarnos.

*Periodista

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