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Todo se hace de otra forma en China,
un país donde hay que volver a nacer
por Daniel Méndez

Imagínate que llegas a un lugar
donde todo el mundo te señala por la calle. Los
niños se ríen de ti y te tiran de los pelos de las
piernas. Imagínate que miras a tu alrededor y te das
cuenta de que lo único que no encaja eres tú. Además
de tu incapacidad para comunicarte, las letras con
las que te has expresado toda tu vida se han
convertido ahora en extraños dibujos. Imagínate un
sitio donde coger el autobús es una odisea. Ahora
ponle nombre a este lugar: China.
Durante las primeras horas en
este país, uno tiene la sensación de que un árbitro
te persigue y te señala fuera de juego en cada
acción. Comer, hablar, moverse, divertirse, tomar
una cerveza
Todo se hace de otra forma en China,
donde rigen otros ritmos y otras formas. Un país
donde hay que volver a nacer y empezar de cero,
porque todo lo aprendido vale para muy poco.
Excitado por estas nuevas
sensaciones, la primera noche en Beijing me adentré
en un laberinto de "hutong", esos callejones
tradicionales en los que parecen haber vivido las
mismas personas desde hace 300 años. Entre los
puestos de comida en la calle y los ancianos jugando
al mahjong, los niños revoloteaban a mi alrededor y
me saludaban en inglés. Algunas personas me paraban
por la calle y me preguntaban de dónde venía. Otras,
tal vez asustadas porque un "bárbaro" acabara de
llegar al Imperio del Centro, me miraban con
desconfianza.
Una sola noche basta para
comprender los miles de kilómetros que separan a
Oriente de Occidente. Se pueden visitar muchos
lugares en Europa, en América Latina o en
Norteamérica, pero uno nunca se sentirá tan lejos de
su mundo como en China. Las diferencias con los
chinos son tan grandes que aquí los "blanquitos"
pasamos directamente a la categoría de occidentales.
Una clasificación en la que no se puede diferenciar
entre un argentino, un alemán o un estadounidense,
porque en China todos nos parecemos como dos gotas
de agua.
Abrumado por estas primeras
horas de mi despertar a China, al día siguiente
visité a Krys, un periodista polaco que lleva dos
años viviendo en Beijing. Krys, que ha tenido más de
un malentendido con las mujeres chinas, me advirtió
de que lo que acaba de vivir durante mi primer día
en China no era más que una anécdota : "La gente
piensa que las diferencias culturales son usar
palillos, vestir ropas diferentes o tener los ojos
achinados. La cosa es mucho más profunda. Tiene que
ver con la forma de organizar las cosas, con la
manera de pensar. Tiene que ver con lo que sueña
cada uno por la noche".
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