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Crónicas habaneras
por Daniel Rodríguez*
Viernes
por la tarde. La Habana me recibe con un abrazo
caluroso, húmedo y sin sol. La residencia de
estudiantes, que será mi casa por dos semanas, está
en la Avenida de los Presidentes, Barrio del Vedado.
A la pasada conocí de afuera el estadio cerrado, la
sede del gobierno y la Plaza Revolución.
Ya
instalado, un par de cervezas apuraron la hora de
espera que pasé para saber que desde allí no podía
llamar al exterior. Me dicen que cerca hay una
caseta de la empresa estatal de teléfonos desde
donde podría llamar. A pesar del cansancio del
viaje y del mazazo, voy hasta allá. Subo hasta la 23
y de ahí a la izquierda. Está todo prolijo,
arbolado. Nunca estuve antes por acá, pero me dio la
sensación que ya lo conocía. Por ahí cerca está la
Universidad de La Habana. La FEU, la casa de los
periodistas y la Facultad de Comunicación.
Tras
cumplir con el deber, bajo por 23, viendo al mar
cada vez más cerca. Llegás y el olor del Caribe te
envuelve; te refresca. Parece Montevideo por el
olor, pero no es. El Malecón es uniforme y de color
arena. Por allá pescan. Por acá se zambullen. Hay
gente que camina, otra que está sentada. A la
derecha, los fuertes de la bahía, a la izquierda, el
Malecón se pierde en el recodo.
Sin
cámara ni ostentación de turista feliz, tomo por la
izquierda. Igual me sacan la procedencia no cubana.
Uno me pide la hora, me da charla y me dice que vaya
el domingo a mediodía al Callejón de Hamil, que hay
rumba. -Chau Jesús. Sigo hacia la izquierda porque
la calle de la residencia da al Malecón y para
llegar debo completar el arco. Me acerco a mi
referencia: un montón de banderas negras.
Al
llegar a ellas, te topas con la Oficina de Intereses
comerciales de Estados Unidos. Edificio de la
embajada de Suiza que es usufructuado por los
norteamericanos. Frente al edificio y su cartel
luminoso con consignas anti revolucionarias, está la
plaza con esas impresionantes banderas negras con
una estrella blanca en el medio. Plaza anti
imperialista, mucho gusto. Le pregunto dónde estoy
y me dice que sigua por el oeste. Vamos bien.
Eso dice
Fidel en el primer cartel que se ve al salir del
aeropuerto. Muestra de la iconografía
revolucionaria: El Ché, Cienfuegos y Martí aparecen
en todas partes. En muros y carteles. Hay mensajes
más coyunturales: Están los que reclaman por la
libertad de los 5 patriotas encerrados en EEUU. Otro
critica al primer mundo y la carrera por los
biocombustibles, a través de un montaje: Un auto con
el capot abierto espera por una cucharada de maíz.
Atento Lula.
Juan
Carlos es el chofer del instituto donde se realizará
el curso que motiva mi visita. Me pasa los
primeros piques: Taxis, cambio de moneda y precios
básicos. Hablamos de todo lo que podemos, de forma
breve y cortés. Llego a la residencia, que es parte
del instituto. Las imágenes siguen con imágenes y
frases del Ché. Hay dos fotos en blanco y negro en
el lobby que me impresionan.
Una de
Guevara en la Plaza Revolución. Boina, pelo corto y
fumando. Año 1964. Otra, la mejor, es de 1959. El
Ché sentado en un banco, rodeado de personas que
también están sentadas, mirando levemente hacia su
derecha. Pelo largo, barba, uniforme, botas y la
boina. Tiene un papel en la izquierda y el
antebrazo derecho apoyado a su rodilla. La mano
sostiene su cara, con el dedo mayor apretado debajo
de su nariz. ¡Fuck you imperio! Fue lo primero que
imaginé. La imagen de él es nítida. A los demás se
los ve borrosos, fuera de foco.
Vuelvo
al Malecón. Mientras camino hacia el oeste pienso
que más de uno diría -¿Y no sacaste fotos? -No. Me
alegro de no tener que hacerlo. Las mejores fotos
las tengo en mi memoria. Paso el estadio José Martí
y llega a la Avenida de los Presidentes. A lo largo
del Malecón hay varias explanadas. Una de ellas está
allí. Me siento en el muro, a disfrutar del
atardecer fumando un puchito.
Otra vez
a caminar hasta la residencia. Una ducha fría por
gusto- y la cena. La casona es cómoda, modesta,
limpia. No falta nada. La gente es simpática y todo
funciona con su cadencia. En el caribe no existe la
prisa. Al principio es difícil acostumbrarse. Y eso
que en Uruguay decimos que somos lentos y
burocráticos.
Falta la
sellada ¿Y Fidel? Parece que es como Dios: Existe
pero nadie lo ve. Aseguran que está bien.
Recuperándose.
Sábado. Me encuentro con Fidel en las páginas
de Granma y Juventud Rebelde. Su editorial hace
blanco en los dichos de Bush en Australia. El lugar
en donde está Castro es el secreto mejor guardado en
la isla. Supongo que a esta altura, con gente
interesada en decir que está muerto, poco se podría
ocultar esa situación si fuera cierta.
Me mando
hasta La Habana Vieja. Resumo que en la charla con
el tachero y otros cubanos a lo largo del día, mi
condición de uruguayo los lleva a charlar de fútbol;
pienso en nuestros intelectuales que ningunean al
fobal como una cosa vulgar, olvidando su
representatividad y su arraigo en nuestra cultura.
Fútbol nuestro, embajador plenipotenciario en el
mundo.
Tengo el
gusto de conocer unos cuantos países de América y
esa asociación se repite en todos lados. En
Montevideo, José Nasazzi solo es una calle de una
cuadra, casi Bulevar Artigas.
Pero no
quedamos ahí. En muchas charlas con la gente de Cuba
me llevo una agradable impresión acerca de su
conocimiento sobre Uruguay y sobre cuestiones
generales de nuestra América. Tengo la plena
sensación de haber conocido a gente que está más
instruida que en otros rincones del continente. Pese
a la imposibilidad de salir de la isla para muchos,
saben y sienten que hay algo más allá. Instruidos en
una misma educación: laica, gratuita hasta en los
post grados y hasta cierto punto obligatoria.
El Taxi
me dejó frente a la Plaza de Armas y empiezo la
recorrida: Palacio de los Capitanes Generales,
Estación Central, Iglesia de San Fructuoso, Casa de
Martí. Decido y me voy a la calle Obispo:
Transitada, colorida, en plena actividad comercial y
con muchos turistas munidos de sus guías. Llego
hasta el Floridita y lo miro de afuera. Suerte en
pila. Todo es carísimo. Me voy hacia el monumento a
Martí, previo paso por el Palacio de Justicia. Más
allá, a la izquierda, el Gran Teatro y el Capitolio.
Vuelvo hacia el casco viejo, esta vez por Empedrado.
Es otra cosa: casas y departamentos muy
deteriorados, despintadas. No hay turistas y es el
primer momento en que camino un poco más tenso. Los
policías se quedaron todos en Obispo. Pero al final
de la calle, está el objetivo: La Bodeguita del
Medio.
Me mando
hasta la barra, al último rincón que queda libre.
Pido un mojito a la salud de Hemingway. Él domina la
escena, escoltado por miles y miles de firmas de
visitantes de todo el mundo, inmortalizados en
paredes y techos. Se levanta un grupo de españoles
que se llevan unos cuantos tragos entre pecho y
espalda y el boliche se vacía un poco. Hay más
espacio y tiempo para charlar con los muchachos de
la barra. Al rato sentí el primer vacío del viaje,
porque lamenté estar solo. Para peor la banda sonora
la ponía una pareja de veteranos, que con guitarra y
maracas, entonaban una canción tristona. Para cortar
con el drama me pedí otro, a la salud de mi amigo el
Lechu que festejaba en Montevideo su cumple.
Sigo la
marcha y ahí nomás está el patio y la catedral de La
Habana. Sigo hasta la feria artesanal para el
trabajo de reconocimiento de precios. El lugar es
una trampa bien pensada. Una vez que te mandás al
pasillo central que forman los puestitos techados,
no hay como escapar. Salí lo más rápido que pude,
porque mi aversión a las compras pudo más que la
curiosidad.
Caminando sin rumbo fijo di con el Palacio de
Gobierno, que ahora es el Museo de la Revolución.
Está muy cerca de la Embajada de España, un edificio
palaciego que fue muy elogiado por el taxista. Me
mandé expreso al museo. El único por el que pagué
entrada. Una vez adentro se puede seguir hasta los
fondos, en donde está el memorial del Granma. El
yate está encerrado en una estructura de vidrio y
metal. Esta vez tenía cámara pero no era necesario.
Las fotos me quedaron horribles.
Rodeando
el yate hay vehículos usados y destruidos en
momentos clave, como la revolución y la invasión a
Playa Girón. Una antorcha que recuerda a los caídos
y una actitud por demás solemne de la gente que
visita el lugar. Vuelvo al palacio y empiezo a
recorrer los pisos 1 al 3, que muestran la historia
de la isla desde épocas precolombinas, la colonia,
las primeras guerras por la independencia, la era de
Batista y la Revolución. La muestra es sencilla pero
abruma la sobre información. Lo mejor siguen siendo
las fotos del Ché.
A la
salida caminé hasta el Malecón. Al no ver un taxi en
la vuelta me di ánimo para seguir hasta la 23.
Caminé más que Kung Fu, pero con la fortuna de ser
acompañado por una llovizna refrescante. El pequeño
salta monte no tenía tanta suerte.
Llega la
hora de la cena. Muy temprano para mi gusto pero
cumplo con las normas de la casa sin chistar. En la
residencia la comida es buena y no queda corta. Pero
es plato único y el arroz dice presente a toda hora.
Los que sufren más que nadie son dos indios,
estudiantes de una Universidad de Filadelfia, que
son vegetarianos pero que no comen nada que haya
estado en contacto con la tierra.
Domingo. Tenía dos opciones: Callejón de Hamil o
fútbol de la Sub 23 de Cuba en el estadio Pedro
Marrero. En el lobby me cruzo con Fabricio de
Ecuador y Belén de Argentina, que llegaron para el
mismo diplomado de periodismo deportivo al cual
venía yo. Ahí se suman a la charla otros
estudiantes de EEUU que venían de Filadelfia por
unos meses. Sara, una pelirroja de Boston que habla
muy bien español y ya estuvo por México viviendo y
estudiando, dice que la idea del callejón es buena.
Ya estuvo allí y le pareció divertido, por la mezcla
de música y arte. Aparecen Libertad y Carla, dos
compañeras de la Universidad de Sara que no conocen
el callejón y quieren ir. La argentina va a la casa
de una familia amiga de la suya y el ecuatoriano se
suma al plan callejero.
En el
dichoso Callejón no había ni rumba, ni feria ni
nada. Algún turista perdido con su Handy-cam y unos
muchachos con cara de aburrimiento que muestran sus
rastas, apoyados contra los muros. Pintado con
colores y motivos afro, es un pasaje de una cuadra.
Apenas un bolichito abierto y un puesto de
artesanías. ¿Conocen el fuerte de la Montaña? La
pregunta fue para los extranjeros y la respuesta,
obvia. Caminata al sol por el Malecón hasta la
Bahía. Vamos que podemos.
Para
pasar la bahía, se transita por un túnel submarino
que sale desde La Habana Vieja. Tomamos un bondi
para llegar hasta allá. El olor a nafta del tunel te
mata. Al llegar al fuerte se lo ve en buen estado.
Se domina toda la ciudad de La Habana. Al lado está
el fuerte del Morro. Desde allí se lanza diariamente
a las nueve de la noche una salva de cañón,
recreando el momento en que los españoles cerraban
su fortaleza. Mucho ruido y venta de artesanías. En
la Cabaña hay un museo de armas, cafés y
restaurantes. Sin darte mucha cuenta, se te pasa la
hora.
En medio
de la recorrida nos cruzamos con un grupo de
miembros de las Juventudes Comunistas. Más de un
centenar de muchachos, vestidos con camisetas rojas
o azules, que en la espalda llevan la inscripción
Más humanos, más cubanos Entre ellos hay parejas
de la mano, risas, gritos, peinados clásicos o más
atrevidos, fotos en grupo. Día de paseo.
A la
vuelta esperamos otro bondi. Allí veo el problema
central del transporte colectivo: pocas unidades.
Algunas son muy grandes y hasta hay camiones con la
zorra adaptada, conocidos como camellos. La mayoría
son bastante nuevos, de procedencia alemana. También
están los clásicos School Bus amarillos. Así y
todo no alcanzan en una ciudad de más de dos
millones de personas, en donde los autos no son para
todos y los taxis para cubanos también van con mucha
gente. El ómnibus es mucho más barato y eso pesa en
ingresos muy justos para la vida diaria.
Como
sardina en lata llegamos a Vedado. Para cerrar la
travesía nos metemos en el G café, a una cuadra de
la residencia. Es un boliche para estudiantes. Onda
bohemia, con venta de libros. Los precios son bajos
y en moneda nacional. Suena un disco de Sabina.
Según me dicen las guías, muy seguido. Allí aparece
Francisco, un madrileño simpaticón que acaba de
llegar de Montreal. Es estudiante avanzado de
letras en Filadelfia y coordina al grupo de
estudiantes que están junto a Sara en la
residencia. Para que pudieran venir a Cuba a
estudiar tienen que tener a un coordinador que hable
español y estar un mínimo de cuatro meses, por
normas del Departamento del Tesoro.
La
charla se alarga hablando de América Latina y de
política. Pienso que si hubiera más Franciscos y
Saras en sus países de origen, no habría deportados
por portación de rostro ni guerras por el petróleo.
Peace and Love.
La noche
termina en La Casona, un teatro en donde el patio
de atrás queda abierto para que toquen grupos en
vivo. La entrada sale quince uruguayos, está lleno
de gente y no soy el mayor de todos porque Fabricio
me saca unos años. Suenan acordes de nueva trova,
salsa, rap y lo que venga. No hay necesidad de pedir
una que sepamos todos. A las 11 se pega la vuelta,
en masiva procesión, remontando por la Avenida de
los Presidentes.
* Periodista.
LA
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