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"Tabaré Daners está mintiendo"
Ex marino Daniel Rey Piuma
El programa Sexto Día se trasmite
todos los viernes 22 horas por
Televisión Nacional
Entrevista con el ex
marino Daniel Rey Piuma, autor del libro Un
Marino Acusa, denunciante ante organismos como
Naciones Unidas y Amnistía Internacional de las
violaciones a los derechos humanos durante la
dictadura militar. De muchas de estas violaciones
fue testigo, sobre todo a partir de 1977 cuando
ingresó a la Marina. Como fotógrafo trabajó para uno
de los departamentos de inteligencia de esa fuerza,
hasta el año 1980, cuando debió huir del país porque
sus superiores sospecharon de él. Radicado en
Holanda, viajó a Uruguay para declarar el martes 16
de octubre ante el juez Luis Charles por la causa de
traslados de presos políticos desde Argentina hacia
nuestro país entre 1977 y 1978. El viernes 19 fue
entrevistado por José Correa, en Sexto Día, por
Televisión Nacional de Uruguay.
- ¿Cómo toma este
reencuentro con su país y con su gente?
Yo diría que es un
viaje casi emblemático porque el 12 de octubre de
1980 partí de 8 de octubre y Pan de Azúcar rumbo a
Brasil, y el 13 de octubre de 1980 crucé el puente
que separa Uruguay y Brasil. El 12 de octubre de
2007 partí de Ámsterdam, el 13 de octubre de 2007
volví después de 27 años a Uruguay.
- ¿Qué país
reencontró con respecto al que dejó?
- Es un país
diferente. El país que yo abandoné era un país en el
que se vivía con miedo. Un país que estaba lleno de
héroes y de traidores. Un país donde los militares
coordinaban el ritmo, el momento y la oportunidad en
la vida de cada ciudadano. En ese sentido encontré
un país totalmente diferente.
- ¿Qué cree usted
particularmente que puede aportar en esta causa de
derechos humanos?
- En 1982 yo presenté
un reporte en la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos de la OEA, que es esta copia que tengo acá
(pasa las páginas del informe apoyado sobre la
mesa), me dijeron que era el documento más
completo que había, mejor documentado, sobre las
violaciones de derechos humanos que había en nuestro
continente. Estamos hablando de 1982, 25 años
después por primera vez lo toma en serio la justicia
uruguaya. En ese sentido es un paso enorme. De
Uruguay, con los nuevos medios de comunicación estoy
al tanto permanentemente de todo lo que sucede en
los aspectos políticos, económicos y, sobre todo, en
lo que me tocó a mí que es esto de los derechos
humanos. Entonces espero que la justicia de una vez
pueda castigar a aquellos que torturaron y
asesinaron en nuestro país. Quizá a nivel general la
gente esté cansada, veo que no reacciona de una
forma general a cómo lo hizo cuando se restauró la
democracia, pero creo honestamente que es un paso
muy importante. El hecho de que yo pueda traer
documentación gráfica y mi propio testimonio de lo
que ocurrió, qué compañeros argentinos recuerdo
haber visto presos acá en la Marina uruguaya, qué
compañeros que fueron secuestrados en Uruguay
estuvieron presos en la Marina uruguaya -algunos de
los que están desaparecidos hasta hoy-
Pienso que
la labor de investigación que está haciendo el juez
Luis Charles es un paso gigantesco.
- Cuando dice que
usted vio representa también la mirada de un
fotógrafo, de un profesional, de un hombre que
estuvo dentro de la Marina con una labor particular,
¿qué evocación, qué recuerdo tiene de aquellas
épocas?
- Yo con todo respeto
lo digo que mis recuerdos no tienen nada que ver con
mi profesión de entonces, era fotógrafo pero también
era perito criminal. Lo que recuerdo (pausa,
respira hondo, acomoda los lentes) lo he llevado
en mi corazón, puedo nombrar todo, quiénes fueron
los actores, quiénes fueron las víctimas, lo puedo
decir no sólo con la cabeza sino también con el
corazón, y eso no hay una manera de verlo, de
entenderlo, de aprenderlo a ver. Cuando uno ve cómo
torturan a mujeres embarazadas, a ancianos, cuando
uno está sintiendo casi el olor a muerte de esa
gente, no es la visión de un fotógrafo la que
determina qué es lo que hay que recordar y qué no.
Era la vivencia diaria de alguien que estaba en la
resistencia, como yo, que por desgracia, pero
gracias a Dios, tuve que participar como testigo
clave para poder dar hoy este paso, treinta años
después.
- Imagino el impacto
de ver que en su país, al que se refiere con tanto
cariño, estaban ocurriendo ese tipo de episodios.
- Sí. Mi padre nos
crió de una manera anárquica, en un mundo donde no
había dios, sino que estaba la solidaridad y los
hombres que se ayudaban los unos a los otros. Hasta
que un día se apareció mi abuela española y preguntó
si habíamos tomado la comunión. Y como no, todo el
mundo a la iglesia. A partir de ese momento me hice
católico, de una manera muy peculiar. Tenía un gran
respeto por la gente que vivía en la Ciudad Vieja,
barrio donde me crié. Entre los 14 y los 18 años
trabajé ayudando a los hijos de las prostitutas, a
la gente marginal del barrio, en un montón de
cuestiones, iniciativas para ayudarlos a estudiar,
ayudarlos a comer, etc., etc. Había una manera de
ver la vida que era nueva. Esa presencia que sentía
de alguien que nos había creado daba una especie de
calma a mi espíritu.
Al mismo tiempo el 15
diciembre de 1975, los militares secuestran a un tío
mío, Carlos Pablo Arévalo Arispe, hasta hoy
desaparecido. Un tiempo después en setiembre de 1977
ingreso en la armada de una manera casual. Nunca voy
a olvidar el momento en que sentí que había perdido
la inocencia para siempre. Simplemente de ver. Tenía
19 años. Eso cambió para siempre mi vida. Solamente
ese hecho no se los puedo perdonar, porque si bien
había empezado a militar políticamente desde los 13
tenía una concepción solidaria del mundo que era
solidario y valores profundos basados en una ética
cristiana de vida. Los curas que me habían formado
habían estado presos por tupamaros, entre ellos el
padre Román Lezama que estuvo muchos años preso.
Había una ética de vida que tenía que ver con todo
lo que yo hacía. Yo veía el mundo a través de esas
gafas. En el momento que me di cuenta que había un
mundo paralelo, donde gente tan seria como tú (dirigiéndose
a José Correa) de día eran torturadores,
violaban, secuestraban, quemaban con soplete,
colgaban a la gente, los inundaban en excrementos, y
después salían para llegar a su casa de traje y
corbata a saludar a sus hijos. Eso fue un mundo
paralelo
(respira profundo) que procuré
describir y documentar, justamente la insistencia de
documentar todo eso para algún día hacer justicia
era lo que me daba la fuerza.
- Cuando estuvo en la
Marina entre 1977 y 1980 conocía las actuaciones de
Gregorio Álvarez, que actualmente es una de las
personas convocada reiteradamente a la justicia y
que incluso podría ser convocado nuevamente en los
próximos días.
- Yo lo conocía a través de la
prensa. Estando en la Marina me di cuenta que había
una colaboración intensa entre el Ejército y la
Marina, Ejército y Aviación. Por ejemplo, había un
oficial de contacto Marina-Aviación que era el
teniente Eduardo
Craigdallie
y pienso que esos contactos se los utilizó para el
transporte de prisioneros que documenté al juez
Charles. Recuerdo un caso absurdo pero importante,
una vez el Goyo Álvarez tuvo un accidente en la
rambla de Montevideo, él era culpable. El cuerpo
FUSEMA (Fuerza de Seguridad de Mar), que no es el
FUSNA aunque es un cuerpo idéntico pero de
Prefectura, se llevó al ciudadano con el que había
tenido el accidente detenido a Prefectura y por
orden del Goyo lo torturaron con uniformes del
Ejército. Había una participación continua. Había un
militar que ahora está detenido en Chile,
(Wellington) Sarli, que en aquel momento era
teniente en la OCOA, y junto con tres o cuatro
oficiales más que venían a torturar a la Prefectura.
Había un intercambio constante, siguiendo unos un
caso o el otro se alternaban torturando aquí o allá.
- ¿Usted dice que es
falso que no había coordinación entre las distintas
fuerzas?
- Es totalmente
falso. Documenté en 1982 que aquí había una cuestión
que se llamaba el EMINT (Estado Mayor de
Inteligencia), donde estaba el Servicio de
Inteligencia de la Aviación, el Servicio de
Inteligencia de la Marina que era el N2, el Servicio
de Inteligencia del Ejército, funcionaba el Servicio
de Información y Defensa, funcionaba la OCOA, dentro
de la Aviación funcionaba también la Escuela
Técnica. Dentro de todas las unidades militares
funcionaba un cuerpo de inteligencia que se
denominaba S2, y que reportaban información al
Estado Mayor de Inteligencia, operaban en la calle,
secuestraban, torturaban y pasaban los detenidos a
proceso. Todo Uruguay era una telaraña de espionaje
y traición.
- ¿Qué siente cuando
Tabaré Daners, actual comandante de la Armada, dice
que la Marina no realizó traslados de detenidos
entre Uruguay y Argentina, por ejemplo?
- Pienso que es una
infamia. Para decirlo de una manera delicada, falta
a la verdad. Está mintiendo. Y lo que más me irrita
es que eran muy valientes para encapuchar a alguien
y encapuchado golpearlo, violarlo y torturarlo. Y
ahora, años después, no poner el pecho y decir me
equivoqué, o no me equivoqué, lo hice con ganas. Esa
es una cobardía inmensa y considero que es una
cuestión inmoral. Inmoral fue lo que hicieron. Más
inmoral es negar ahora que lo hicieron.
- Usted decía que la
justicia en nuestro país ha avanzado en este tema,
¿le falta mucho por avanzar aún?
- Pienso que falta la
voluntad política en nuestro país para liquidar este
asunto. Cada uno de nosotros podemos tener un
concepto de lo que sucedió en Argentina después de
la caída de la dictadura, pero no se le puede negar
al Estado argentino la intención de una búsqueda
seria y documentada que no se ha hecho en Uruguay. Y
de llevar preso a los responsables máximos, lo que
no se ha hecho en Uruguay. Me asombra y me fastidia,
porque siendo militante de izquierda desde mis 13,
pienso que hay una falta de voluntad política.
- ¿Cuándo sintió que
debía abandonar el Uruguay?
- En 1979 yo tenía
horario de oficina, trabajaba cinco días por semana,
de 8 a 17 horas, un día tenía libre y al otro día me
tenía que quedar las 24 horas porque si había
ahogados en las playas o accidentes en el puerto
debía elaborar informes como perito. Un día que me
iba para mi casa, el 19 de setiembre de 1979, el
oficial Del Río me dice Rey haga unas fotocopias de
esto y puede irse. En esa época, la agregaduría
militar norteamericana, que estaba en el quinto piso
de Prefectura, había obsequiado al Servicio de
Inteligencia un sistema de fotocopias que se basaba
en el uso del calor, baño de revelado y baño de
fijador. Eso resultaba que uno tenía un original
legible y un negativo. Por cada fotocopia uno estaba
entre tres y cuatro minutos, ahí leo que había una
persona que se llamaba
(piensa, recuerda)
Graciela Palmira González que se presentaba
voluntariamente al S2 de la Compañía de Infantes
para decir que un novio o una relación suya, que
había estado preso por tupamaro, había vuelto a las
andadas y que había un grupo que se reunía en su
casa y estaban ayudando a gente a salir del país. En
el relato de esta mujer, en las cuatro o cinco
páginas, aparecía dos veces mi nombre: Daniel, pero
sin apellido. En la circunstancia del momento, sin
dinero para taxis, ni teléfonos móviles, yo advertí
del problema a mis compañeros responsables, todos
habían salido del Penal de Libertad y trabajaban en
el tercer turno de una fábrica.
Ahí destruyo parte
del material militar, además de la cuestión de
derechos humanos yo había sustraído mucho material
militar: planos de unidades militares, códigos de
radio, direcciones de militares. Eso lo liquido.
Procedemos a transportar unas armas que teníamos en
aquel momento, y nos damos cuenta que la situación
era muy grave. Algunos compañeros, inclusive la que
luego sería mi esposa, habían estado todos presos
por la resistencia obrero-estudiantil o por ser
integrantes del MLN-Tupamaros. En ese entonces
acordamos una serie de medidas de seguridad que se
extienden hasta febrero de 1980. En aquel momento la
Marina organiza unas operaciones muy grandes contra
un par de centros culturales donde participaba
activamente el Partido Comunista Uruguayo, entonces
de vuelta saco información militar para advertirles
a estos compañeros del Partido que tuvieran cuidado
porque estaban siendo infiltrados. En mayo de 1980
me doy cuenta de la presencia del auto del capitán
Raúl Risso que era el comandante del Servicio de
Inteligencia de la Armada, M2, que participaba de
seguimientos; había también un coche de la División
Nacional de Información e Inteligencia; y un
Volkswagen rojo -tengo por ahí la matrícula
anotada-. Yo tenía 21 años, 50 kilos menos, y mi
manera de ser era la de una persona muy seria, muy
tranquila, pienso que los militares querían recoger
más pruebas. En setiembre de 1980 me doy cuenta, por
una serie de cuestiones que sería muy largo detallar
ahora, que era una cuestión de horas. Estaba muy
enamorado de María Mercedes Romero, que luego sería
mi esposa, que había estado presa en Punta de
Rieles. Decidimos casarnos el 7 de octubre de 1980,
primero por nuestra relación personal y para
presentarnos en Brasil y decir estamos en viaje de
luna de miel. Ella no se podía casar porque era
presa liberada y tenía que ir todas las semanas a
firmar. Yo como militar tenía que pedir permiso para
casarme.
Era el mundo del
revés, una ex presa que se casa con un milico de
inteligencia y un milico de inteligencia que pide
para casarse con una ex presa política. Sin permiso
nos casamos el 7, entre el 10 y el 11 yo cosí en mis
ropas los microfilmes y los negativos que atenían al
tema derechos humanos, algunos documentos más con
las direcciones de los militares, y dos compañeros
preparan el viaje y confirman nuestra entada a
Brasil a través del puente. A partir de ahí comenzó
una peripecia muy grande porque era la época de la
Operación Cóndor. Nos quisieron secuestrar dos veces
a ambos, y una vez quisieron matar a Mercedes, todas
las veces en Río de Janeiro. Hasta que desde el
parlamento holandés llegó una invitación para que
fuéramos a Holanda inmediatamente. Los documentos
que yo había llevado desde aquí los portó un suizo,
presidente de la Comisión de las Naciones Unidas
para los Refugiados, ACNUR y se llevó los microfilms
a París y una semana más tarde me fueron entregados
en Ámsterdam.
- ¿Cuando regresó al
país sintió miedo?
- Mmm, no. Pero soy
muy precavido. Y tengo muy buenos compañeros. Pero
miedo no siento. Yo no creo que al Estado uruguayo
le interese verme muerto, pero sé que hay muchos
militares que nunca me van a perdonar que me haya
robado una parte del archivo de la Marina, como
nunca le van a perdonar a Garín que se haya robado
el arsenal de la Marina. Eso no se hace
(se ríe).
- ¿Cómo es su vida en
Holanda?
- Muy agitada. Sigo
militando políticamente. Soy director de arte en una
de las empresas gráficas más antiguas de Europa. Soy
docente de comunicación y diseño en la Facultad de
Utrechet hace muchos años.
LA
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