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El derecho: sistema de garantías
1 - Identidad, responsabilidad
y equilibrio
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
El
Estado de derecho, roles y actores
Para que una
democracia sea creíble como un sistema en el que un
Estado da atmósfera y espacio para que las
libertades y responsabilidades den un marco propicio
para la vida armónica de las personas que habitan el
lugar, es menester el asumir cada quien, con
conciencia y determinación, los derechos y las
obligaciones que, en calidad de ciudadanos, les
corresponde y compromete.
Así, los poderes de
un Estado, deben actuar no sólo armónicamente sino,
y esto es capital, con real independencia para dar
de sí cada quien lo suyo para que la tríada
justifique y mantenga vivo el anhelo de
independencia del soberano y con ello, la democracia
republicana se de en la práctica cotidiana de las
acciones societarias.
En este aspecto,
todos son responsables, salvo que algunos, esto es,
los representantes de cada uno de los tres poderes,
tienen en sí un grado de responsabilidad que excede
su ser individual al estar investidos de una
representatividad, es decir de un simbolismo que
hace con que sus pasos tengan una resonancia, una
amplificación mayor a la que como personas físicas
en verdad tienen.
Hablo, claro está, de
investiduras que deben resguardar su poder simbólico
en beneficio de aquella delegación que el soberano
les diera por la vía del sufragio universal a unos,
bien como a otros les fuera otorgada a través de los
canales adecuados y previstos en la Carta como en la
legislación y normativas vigentes.
Así, el Ejecutivo, el
Legislativo y el Judicial, consisten en una tríada
que, de funcionar a pleno de por sí y entre sí, dan
aire y horizonte a la prosecución de libertades
fundamentales a la persona humana, bajo un régimen
democrático republicano que les confiere espacios y
límites en los cuales y desde los cuales, avanzar a
favor de una mejora sustantiva de lo humano en el
hombre.
Es decir, continuar
la senda del progreso, tomando por tal, el avance en
la dignidad y en la efectiva mejora en la vida
cotidiana de los más carenciados, esas mujeres y
esos hombres tantas veces relegados, marginalizados,
disociados de su comunidad por imperio del negarles
lo que en verdad son: humanos.
Además de recordar
que les asiste a éstos, iguales derechos que al
resto de la comunidad, al propiciar, paulatinamente,
con políticas sociales activas. Políticas públicas
que, cabe recordar, algunas ya están en curso y
otras esperan su concreción en pasos ya planificados
con lo cual podrán seguir registrándose ascensos
desde lo periférico hacia lo central de nuestra
sociedad.
Así, seguirán
accediendo más y más personas a una categoría de
humanidad que, además de permitirles la obtención de
un sustento digno, les brinde formas y cauces para
que su avance en la complejidad de lo social no
quedando estos planes a un mero camuflaje de la
marginalidad sino que ésta, y lo marginal como tal,
continúe apagándose.
El derecho como
problema
En su obra Derechos
y garantías, el catedrático italiano en Filosofía
del Derecho y teoría general del Derecho, Luigi
Ferrajoli, comienza, justamente, hablando del tema
que aquí nos ocupa.
Así,
el eminente profesor, aduce que: Estamos
asistiendo, incluso en los países de democracia más
avanzada, a una crisis profunda y creciente del
derecho, que se manifiesta en diversas formas y en
múltiples planos.
Casi de inmediato, y
en torno a lo que él llama crisis de la
legalidad, indica que: En Italia, además,
la ilegalidad pública se manifiesta también en forma
de crisis constitucional, es decir, en la progresiva
degradación del valor de las reglas del juego
institucional y del conjunto de límites públicos.
Avanzando en su
razonamiento, Ferrajoli advierte que es posible
predecir, de las crisis del derecho que él apunta,
algo que: (...) equivale a una crisis del
principio de legalidad, es decir, de la sujeción de
los poderes públicos a la ley, en la que se fundan
tanto la soberanía popular como el paradigma del
Estado de derecho.
En
fin, Ferrajoli, en una obra que evidentemente merece
ser estudiada en su totalidad, aduce lo siguiente: Yo
creo que el peligro para el futuro de los derechos
fundamentales y de sus garantías depende hoy no sólo
de la crisis del derecho, sino también de la crisis
de la razón jurídica; no sólo del caos normativo y
de la ilegalidad difusa aquí recordados, sino
también de la pérdida de confianza en esa
artificial reason que es la
razón jurídica moderna, que erigió el singular y
extraordinario paradigma teórico que es el Estado de
derecho.
Y ante este peligro,
que es un peligro real y global, tengo el deber,
como ciudadano, de estudiar y atender para asumir mi
cuota parte de responsabilidad social activa, este
peligro, repito, el de la pérdida de confianza en
los actores del poder del Estado, es lo que debemos
sopesar y valorar más allá de la casuística que el
momento imponga como lo que unos y otros,
partidarios y contrarios de una determinada causa o
problema, aduzcamos como válido.
El poder simbólico y
sus representantes
Es decir, debemos
siempre preservar el poder simbólico que el Estado,
es decir sus ciudadanos, le hemos otorgado y debemos
mantener vigentes: la representatividad de sus
poderes, de las funciones de éstos y así en cascada
hacia arribar a lo personal de cada quien como pieza
vital de una sociedad democrática y republicana que
se precie de tal.
El asunto que hoy
parece ocupar la atención de todos en el Uruguay, al
menos la de los medios de comunicación que suelen
reflejar los temas de mayor impacto en la sociedad,
ha tenido diversas salidas y enfoques.
Lejos de entrar en el
meollo de la cuestión, destaco, ciertamente que de
manera muy resumida, el modo de actuar de dos
figuras evidentemente claves en un Estado de
Derecho, como lo son el Presidente de la República y
aquel que este designara como su funcionario primero
en los asuntos de la Economía y las Finanzas del
país.
Ante el parecer
emitido por el Fiscal de Corte funcionario
designado por el titular del Ejecutivo y ratificado
por los 3/5 de la Rama Alta del Legislativo-, ante
un caso específico, ha presentado un dictamen
contrario a lo sustentado por el otro funcionario
del Ejecutivo, pero a cargo de la Economía y las
Finanzas, el Presidente de la República ha dicho lo
que un estadista debe decir y alentar: que el asunto
está ahora en manos de la Suprema Corte de Justicia
la que dictaminará su parecer oportunamente. Fallo
que una vez producido, el Ejecutivo acatará, como
corresponde.
Es, por tanto tan
destacable como tranquilizador que el Primer
Mandatario visite el camino de lo obvio, por tener
él una visión de estadista que le hace ver más allá
de lo contingente, dando aire y espacio a que el
Estado de derecho continúe, y continúe bien, en el
Uruguay.
Por otro lado, pero
por el mismo asunto, el Ministro de Economía y
Finanzas ha salido, a través de los medios de
comunicación, a responder al Fiscal de Corte ambos
procedentes del mismo Poder. Y al hacerlo, sin
entrar a juzgar ni siquiera a valorar sus
intenciones, lo cierto es que, muy posiblemente sin
quererlo, al atacar a su colega del Ejecutivo, está
poniendo una nota inarmónica al proceso de reflexión
que la propia Suprema Corte de Justicia ha comenzado
a darse para dilucidar tal asunto.
Ponderación y
equilibrio que, nueva y felizmente vuelve a
presentar el Primer Mandatario al dar aire para que
los ánimos se atemperen y los espíritus exaltados
logren arribar a un equilibrio emocional que permita
a todos sobrellevar esta particular situación, en
aras de un desempeño del Estado y del país al que
todos estamos abocados a que sea cada vez mejor para
bien del pueblo en general.
La reiterada actitud
del Presidente de saber ver más allá de lo
aparentemente cercano, nos recuerda al filósofo
español José Ortega y Gasset, cuando en una de sus
obras cumbre, Meditaciones del Quijote, advertía
sobre el cuidado que había de tener uno cuando por
un árbol creía tener el bosque, no advirtiendo sus
partes ni, menos que menos, lo que hay, allende el
bosque, al atravesarlo.
Así, el doctor
Vázquez Rosas sabe ver el bosque y no apenas uno de
sus árboles, pues estamos hablando de alguien que
tiene perspectiva y lo demuestra desde la acción de
gobierno.
Saber tener
perspectiva, en el equilibrio permanente de una
función clave es tanto una virtud, en el caso de
poseerla, como la mayor desventura, cuando se carece
de la misma.
En esto,
afortunadamente, contamos con un estadista que
entiende que sólo en el respeto irrestricto a los
demás poderes del Estado está la mejor suerte de la
República. La que, admitámoslo, tienen ante sí
desafíos y proyectos tan vastos como imprescindibles
para el bien de la ciudadanía que requieren del
concurso de todos sus miembros, ciudadanos e
instituciones, para el mejor logro de tan caros
anhelos.
El no convertir en
sustantivo lo anecdótico, pues, parece ser la vía
regia para permitirnos todos, el arribo a metas
superiores. Cada quien a su tarea y todos,
mancomunadamente, por el bien común: la mejor suerte
del Uruguay, en una democracia republicana en la
cual los Poderes del Estado sean plenamente
respetados y respetables.
Continuaremos.
LA
ONDA®
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