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Pinheiro Guimarães,Uno de los
mayores pensadores del
Brasil contemporáneo
por el profesor Luiz Alberto
Moniz Bandeira
Lo que sigue es el discurso del
profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira en la entrega
del premio Juca Patos 2007, al vice canciller de
Brasil
Embajador Samuel Pinheiro Guimarães,
por su labor como intelectual y escritor de diversos
libros y especialmente el que motivo esta distinción
Desafíos Brasileños en la Era de los
Gigantes.

Es con inmensa
emoción que estoy aquí para entregar el Trofeo Juca
Pato al Embajador Samuel Pinheiro Guimarães, electo
por la UBE, Intelectual del Año 2006, en virtud de
su notable obra Desafíos Brasileños en la Era
de los Gigantes. Esta no es su
primera obra que causa impacto y lleva a las
personas a meditar sobre los problemas de Brasil y
de su inserción internacional, sobre los problemas
de un país en desarrollo, en contradicción con los
intereses de la potencia hegemónica y sus asociados,
i.e., en contradicción con las estructuras
hegemónicas de poder, como Samuel Pinheiro Guimarães
demuestra en su libro Quinientos Años de
Periferia.
Samuel Pinheiro
Guimarães es un intelectual que osa pensar y osa
decir. Tiene el coraje revolucionario de la
definición.
Y adopta actitudes
francas no por supuesto dogmatismo político o
antiamericanismo (del cual ha sido acusado), sino,
pragmáticamente, en defensa de los intereses de la
nación brasileña como un todo. Desde los años 1990,
critica abiertamente las políticas neoliberales, que
los Estados Unidos, a través de instituciones
multilaterales, como el FMI y el Banco Mundial, que
controlan, no sólo recomendaron como de hecho
impusieron a los países de América del Sur, al
exigir reformas estructurales, como condición para
que pudiesen renegociar su deuda externa. Una
política de responsabilidad fiscal era, de hecho,
necesaria, para contener la inflación que
deterioraba más y más la economía de los países de
América del Sur. Sin embargo, el meollo más nocivo
y perverso del llamado Consenso de Washington,
consenso entre el FMI, el Banco Mundial y el
Departamento del Tesoro de los Estados Unidos,
consistió en el objetivo de reducir el papel del
Estado, mediante la privatización de las empresas
públicas, y dejar la economía y la sociedad a merced
de las fuerzas esotéricas del mercado, i.e., de las
grandes corporaciones multinacionales.
En los Estados
Unidos, el Estado ya está prácticamente privatizado,
en tanto del gobierno se han apropiado los
representantes del complejo
industrial-militar-petrolífero, empleados o
accionistas de las grandes corporaciones vinculadas
al capital financiero, como el Carlyle Group,
Halliburton, KBS, Kellogg Brown & Root, Armor Group
Internacional y Blackwater Security Consulting, que,
contratadas por el Pentágono, entre otras, emplean
mercenarios en Irak, para ejecutar las actividades
de seguridad, asumiendo todos los riesgos, inclusive
el de muerte o alejamiento, y eximiendo al Estado de
cualquier responsabilidad por lo que les pudiera
ocurrir. Estas firmas, entre otras, se apropiaron
de la iniciativa pública en los Estados Unidos, que
tercerizan hasta los servicios militares a fin de
burlar la opinión pública y las limitaciones legales
o establecidas por el Congreso.
Sin embargo, incluso
en los Estados Unidos, el país que se dedica a la
divinización del mercado, del free-market, el
Estado desempeña una función económica de
importancia vital, en el proceso de acumulación
capitalista, en la medida en que financia y subsidia
en gran medida, con inmensas dotaciones
presupuestarias, las industrias bélicas y toda la
cadena de producción a ellas vinculadas, así como
las investigaciones científicas y tecnológicas
necesarias a su desarrollo. Sin el militarismo, que
el Estado americano practica, estimula y alienta,
sin las guerras que deflagra y/o alimenta, para
consumir la producción de armamentos, escurrir los
estoques acumulados y quemar el excedente de
producción, vaciando los arsenales, para que pueda
hacer nuevas encomiendas y mantener el proceso de
acumulación de capital, su economía virtualmente
dejaría de funcionar. Los Estados Unidos no son
apenas addicted to oil, viciados en
petróleo, según la expresión del presidente George
W. Bush 1. Los Estados Unidos son
también addicted to war, i.e., son viciados
en guerra, dependientes de guerra. Y así miles de
millones de dólares, no sólo fueron, sino que aún
están siendo quemados, con el gasto de armamentos,
en Irak y en Afganistán, dos guerras perdidas, al
mismo tiempo en que sirven, en medio de la
corrupción, a fraudes y sobornos, para el
enriquecimiento aún mayor de las corporaciones
privadas, que contratan mercenarios, de los cuales
100.000 están en Irak, al lado de 150.000 soldados
regulares, y también ejecutan operaciones militares,
mientras otras corporaciones o las mismas se
encargan de los servicios de logística y de las
obras de reconstrucción del país que las Fuerzas
Armadas americanas destruyeron y continúan
destruyendo, que las Fuerzas Armadas americanas
arruinaron con sus misiles y bombas de uranio
empobrecido, matando a millares de civiles, viejos,
mujeres y niños.
En los países
situados en la periferia del sistema capitalista, el
Estado, entre tanto, casi siempre ejerció un papel
decisivo en la promoción del desarrollo económico,
ocupando sectores estratégicos en los cuales las
empresas privadas nacionales no estaban en
condiciones de invertir. Fue como un proyecto de
Estado que el presidente Getúlio Vargas, el mayor
estadista brasileño del siglo XX, impulsó la
industrialización de Brasil. A iniciativa del
Estado, que él, Vargas comandaba, Brasil debe la
Compañía Vale do Rio Doce, la Compañía Siderúrgica
Nacional, la Fábrica Nacional de Motores, la
Petrobrás, la Eletrobrás y tantos otros
emprendimientos que posibilitaron su transformación
de país agrícola, dependiente del café y el café de
los Estados Unidos, en la mayor potencia industrial
del hemisferio sur. Hubo y hay quien pretendiese
acabar con la era Vargas, lo que, en otras
palabras, significó la privatización y la
extranjerización del patrimonio nacional, mediante
la alienación, o mejor, la entrega a los monopolios
multinacionales de los grandes emprendimientos
económicos y estratégicos, construidos con recursos
públicos, con recursos del pueblo brasileño. Hubo y
aún hay, en Brasil, quien defendiese y aún defienda
el Estado mínimo, la miniarquía, i.e., un
Estado-miniatura, restringido a la protección de los
derechos individuales vida, libertad y propiedad
privada absteniéndose de cualquier intervención en
la economía.
No se trata,
absolutamente, de defender una economía
completamente estatal, una economía autárquica, lo
que es completamente inviable, por cuanto los países
están insertos en el mercado capitalista mundial,
del cual dependen. Pero el free-market, con
la más amplia privatización de la economía, es un
modelo falaz, fraudulento, hipócrita, por cuanto el
mercado no es propiamente libre, sino dominado y
manipulado por los grandes monopolios privados, por
los magnates del capital financiero. Es necesario
que la economía de mercado, en Brasil como en otros
países, sea social, regulada por el Estado, de
acuerdo con los intereses nacionales y el bienestar
de la población. El Estado cuando interviene en la
economía, no debilita, sino que fortalece el
mercado. Lo democratiza. Las inversiones
extranjeras son muchas veces necesarias,
indispensables. Pero no se puede permitir que las
grandes corporaciones multinacionales, apátridas,
pues su patria es el lucro, dominen el mercado
nacional, la economía del país, y se apoderen del
Estado brasileño, como sucede en los Estados
Unidos. Cada empresa brasileña, que cae bajo el
control extranjero, contribuye más y más para
aumentar la exportación de recursos nacionales,
mediante la remesa legal y/o ilegal de lucros,
intereses, royalties y dividendos para sus
países de origen, para sus matrices en el exterior.
Es una sangría permanente, dado que la remesa de
lucros se hace no solamente sobre el capital
extranjero realmente invertido, sino también sobre
las re-inversiones con capital acumulado en Brasil.
Enfrentados a la incoercible
tendencia hacia la
internacionalización/globalización de la economía,
por lo tanto, más que nunca se torna imprescindible
el fortalecimiento del Estado, como instancia
superior de administración y comando de la sociedad,
para la defensa de los intereses nacionales,
aquellos intereses determinados por las necesidades
del proceso de producción y su desarrollo. Con toda
razón, con mucha lucidez y claridad, Samuel Pinheiro
Guimarães, en su obra Quinientos años de
periferia, acentúa que el Estado fue y
continuará siendo el principal actor en el escenario
internacional, a pesar de los argumentos sobre su
gradual desaparición y sustitución por
organizaciones no gubernamentales y empresas
transnacionales internacionales 2.
Faltan a estas organizaciones y empresas
transnacionales legitimidad y representatividad para
mantener el dominium, que ejerce imperium
(poder) sobre los hombres, de acuerdo al concepto de
Niccoló Machiaveli. 3
La organización estatal de la
producción, por medio de una burocracia, dentro del
molde del Estado nacional, sin embargo, no significa
socialismo y no puede subsistir, en la medida en que
depende del mercado mundial capitalista y del cual
no se puede librar. Ni Marx ni Engels jamás
concibieron el socialismo como vía de desarrollo o
modelo alternativo para el capitalismo, sino como
consecuencia, producto de su elevado grado de
anticipación y madurez. El propio Engels advirtió
que sólo con el aumento de la oferta de bienes y
servicios, en cantidad y en calidad, sería posible
alcanzar un nivel en que la liquidación de las
diferencias de clase constituyera el verdadero
progreso y tuviera consistencia, sin acarrear
consigo el estancamiento o, inclusive, la decadencia
del modo de producción y de la sociedad. No se
puede presentar la factura a la historia antes del
plazo de vencimiento. Una nueva formación social no
emerge antes que estén agotadas todas las
posibilidades de desarrollo de las fuerzas
productivas de la antigua sociedad.
El capitalismo
constituye el único modo de producción que tuvo
capacidad de expansión mundial. Desde el
mercantilismo, el capitalismo se desarrolló,
expandiéndose, continuamente, sobre todas las
regiones de la Tierra. El sistema abarca y envuelve
no sólo a las potencias industriales sino a los
países en desarrollo o atrasados y meramente
agrícolas. Se alimenta y se desarrolla a costa de
las economías naturales y pre-capitalistas. Y su
tendencia general siempre fue en el sentido de
ampliar y profundizar las relaciones mundiales, a
través, sobre todo, de la expansión del comercio
exterior. La economía mundial es, por lo tanto, un
todo, una unidad más alta, superior, potente, no
obstante su desarrollo desigual, irregular y
combinado.
Los Estados-naciones,
como contradicción dialéctica, emergieron en medio
del proceso de internacionalización de la economía,
con la formación del mercado mundial y la división
internacional del trabajo, posibilitadas por los
viajes de circunnavegación, a fines del siglo XV y
comienzos del siglo XVI. En la segunda mitad del
siglo XIX, el desarrollo de la industria pesada, el
descubrimiento de la energía eléctrica, la
transmisión a distancia, el navío a vapor y las
carreteras de hierro, entre otros factores,
continuaron impulsando la internacionalización o
globalización del sistema capitalista, ligando las
más remotas regiones, de economía natural o pre-capitalista,
a los centros industriales más avanzados y
facilitando así las transacciones comerciales y el
movimiento de bienes y capitales, al reducir el
tiempo de circulación de las mercaderías. Y el
desarrollo del capitalismo, como economía de escala
mundial, exigió la reorganización de las
superestructuras políticas, mediante el
robustecimiento de un poder central, que aventajando
la mezquindad y la impotencia de los Estados
pequeños, sirviese como palanca de expansión de los
mercados y asegurase la continuidad del proceso de
acumulación.
La superación de las
formas débiles del Estado, generadas en la época de
la economía natural y de la economía simple de
mercado, por el Estado unitario constituyó una
necesidad histórica. Pero, también
contradictoriamente, el nacionalismo, como
ideología, recrudeció, en la medida en que las
fuerzas de producción generadas por el capitalismo
desbordaron el modelo de los Estados-naciones,
dentro del cual no podían desarrollarse más, y las
potencias pasaron a competir por los mercados y
fuentes de materias primas. Esta es, la era del
imperialismo.
Sin embargo, el
imperialismo, luego de la Segunda Guerra Mundial,
asumió características de ultra-imperialismo, la
coalición de las grandes potencias industriales,
teniendo a la OTAN como su brazo armado, y requiere,
sobre todo, la expansión y el mantenimiento del
poder militar, para asegurar el sistema de
dominación de las naciones más atrasadas y
periféricas, así como las fuentes de energía y de
materias primas y mercado para sus manufacturas e
inversiones. A pesar de algunas eventuales
discrepancias, los Estados Unidos lideran esta
coalición, como la única potencia con capacidad
militar global, que actualmente mantiene bases
militares, en las más diversas regiones del mundo y
penetra hasta en los países de Asia Central,
integrantes de la extinta Unión Soviética, y del
Este Europeo, donde incluso pretenden instalar
sistemas de defensa con misiles, en la República
Checa y en Polonia, bajo el pretexto de evitar
ataques con misiles de Irán o de Corea del Norte.
Pero no existe una amenaza concreta a los Estados
Unidos. Ningún país ni Irán ni Corea del Norte
lanzarían ningún misil nuclear contra los Estados
Unidos, cuya capacidad de represalia es
infinitamente mayor, devastadora y podría
arrasarlos. Por cierto, el objetivo de este sistema
de defensa, entre otros, es atender los intereses
del complejo industrial-militar, sustento de su
economía, financiándolo con nuevas encomiendas de
material bélico, así como preservar la hegemonía de
los Estados Unidos frente a la emergencia de China y
a la recuperación económica de Rusia. Ya en 1992,
en la euforia con el colapso de la Unión Soviética y
del Bloque Socialista, el general Colin Powell, jefe
del Estado-Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas,
había recomendado al gobierno americano, en un
documento sobre estrategia militar, la preservación
de credible capability to forestall any
potencial adversary from competing militarily
con los Estados Unidos 4, impidiendo a la
Unión Europea tornarse una potencia militar, fuera
de la OTAN, la re-militarización de Japón y de
Rusia, y desestimulando cualquier desafío a su
preponderancia o tentativa de revertir el orden
económico y político internacionalmente establecido,
lo que significaba, en otras palabras, un orden
unipolar. Y de ahí, provocan a Rusia y pretenden
deflagrar esta nueva carrera armamentista.
Sin embargo, la
hegemonía de los Estados Unidos, como único polo de
poder mundial, tiende a declinar, rápidamente,
llevados a una grave crisis, pues la economía de
guerra es un arma de doble filo, es una
inversión improductiva y contribuye a un creciente
aumento del déficit fiscal, paralelamente al déficit
comercial, al déficit de la contra-corriente de la
balanza de pagos y a la deuda interna y externa del
país. El destino de los Estados Unidos está
depositado en los bancos centrales de China, que
detentan reservan monetarias de más de U$S 1,2
trillones y de la Unión Europea. Y es necesario
resaltar que la Unión Soviética no fue militarmente
derrotada en la Guerra Fría. Fue su sistema
económico, que no consiguió liberarse del mercado
mundial capitalista que implotó debido, sobre todo,
a la carrera armamentista, que hoy los Estados
Unidos quieren reencender. Pero Rusia, con todo su
poderío militar, se recupera económicamente. Y, así,
lo que despunta es un sistema internacional de poder
multipolar, i.e., la era de los gigantes, a que se
refiere Samuel Pinheiro Guimarães. Esta era de los
gigantes se caracteriza por la emergencia de los
grandes bloques económicos y políticos, la Unión
Europea, China e India, que representan enormes
masas territoriales, demográficas y económicas y se
contraponen y compiten con los Estados Unidos. La
suma del PBI de China y de India ya supera,
actualmente, el PBI de los Estados Unidos, mientras
que la suma del PBI de Brasil, Rusia, India y China
es igual al de la Unión Europea.
Mijaíl Gorbachov, en
un artículo recientemente publicado, observó que la
perspectiva es la del crecimiento del poder
económico y de la importancia política de las
potencias regionales de la llamada Nueva Ola,
formada por Brasil, Rusia, India y China y conocidas
como BRIC. Según él subrayó, estos cuatro países ya
no pueden ser intimidados ni tratados con un aire de
superioridad como si fuesen socios menores en los
asuntos mundiales5.
Frente al panorama
que se delinea, es evidente que ningún país pequeño,
en América del Sur o aledaños, viabilizará su
desarrollo y progreso aisladamente ante los grandes
bloques económicos y geopolíticos en configuración.
Y Brasil, aunque sea un gigante, una potencia
regional, entiende que América del Sur, unida,
integrada, sería un gigante aún mayor. Como destaca
Samuel Pinheiro Guimarães, América del Sur, posee el
doble del territorio y una población mayor que la de
los Estados Unidos. Compuesta por doce países
dentro de un espacio contiguo, posee una población
total de más de 360 millones de habitantes, cerca
del 67% de toda América Latina y el equivalente al
6% de la población mundial, con integración
lingüística, pues la inmensa mayoría habla portugués
o español. Detenta una de las mayores reservas de
agua dulce y biodiversidad del planeta, además de
inmensas riquezas en recursos minerales, pesca y
agricultura. Y no sólo su población es mayor que la
de los Estados Unidos (293.027.571, est. 2004). Su
territorio, cerca de 17 millones de kilómetros
cuadrados, es el doble del territorio americano, con
9.631.418 kilómetros cuadrados. El Mercosur
calculado según la paridad del poder de compra,
posee un PBI de U$S 2.458,70 trillones, para el cual
Brasil participa con U$S 1,616 trillones (est. 2006)
6, Argentina, con U$S 599,10 mil millones
(est. 2006), Venezuela, con U$S 176,40 mil millones,
Uruguay, con U$S 36,56 mil millones, y Paraguay, con
U$S 30,64 mil millones. Su integración con los
países de la Comunidad Andina de Naciones daría a la
Unión Sudamericana de Naciones una notable fuerza,
su masa económica alcanzaría el monto de U$S
3.705,66 trillones, mayor que la de Alemania,
calculada en U$S 2.585 trillones (est. 2006), y muy
superior a la suma del PBI de México (U$S 1.134
trillones, est. 2006) y de Canadá (U$S 1,165
trillones, est. 2006).
No podemos esperar que todos los
países de América del Sur se sumen enseguida, como
socios plenos, al Mercosur, viabilizando la
construcción económica y política de la Unión
Sudamericana de Naciones, un Estado-continente. De
todos modos sin embargo, así como la Unión Europea
significa Alemania y Francia, y Nafta significa
Estados Unidos y Canadá, el Mercosur, al cual ahora
Venezuela se suma como socio pleno, significa Brasil
y Argentina, de acuerdo a lo que resalta Samuel
Pinheiro Guimarães, porque estos dos países, los más
industrializados y los dos mayores mercados, son su
fuerza motriz. Además, el propio presidente de
Argentina, Juan D. Perón, que defendía una unión
aduanera entre Argentina, Brasil y Chile (ABC),
predijo, en 1953, ser indudable que realizada
esta unión, caerán a su órbita los demás países
sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la
formación de un nuevo agrupamiento y probablemente
no lo podrán realizar en manera alguna, separados o
junto, sino en pequeñas unidades.7
La propuesta de la
unión aduanera formulada por el presidente Juan D.
Perón fue frustrada. Con todo, en 1985, los
presidentes de Argentina, Raúl Alfonsín
(1983-1989), y de Brasil, José Sarney (1985-1990),
retomaron este proyecto, aún sin Chile, entonces
bajo la dictadura del general Augusto Pinochet
(1973-1989). Y fue Samuel Pinheiro Guimarães, aún
cuando era Consejero y Jefe del Departamento
Económico de Itamaraty, que, entre 1985 y 1988,
operó decisivamente, en la construcción del eje
Argentina-Brasil, al lado del Embajador Francisco
Thompson-Flores, entonces sub-secretario general de
Itamaraty. Actualmente, en la condición de
secretario general de Itamaraty, como brazo derecho
del notable diplomático, el canciller Celso Amorim,
él continúa trabajando para la ampliación,
profundización y consolidación del MERCOSUR,
expresando el espíritu integracionista del gobierno
del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Samuel Pinheiro
Guimarães une su condición profesional de operador
de política externa, como diplomático, a la calidad
de teórico de las relaciones internacionales, dotado
de excepcional comprensión estratégica, como
evidencia su obra Desafíos Brasileños en la Era de
los Gigantes.
Es uno de los mayores
pensadores del Brasil contemporáneo y sus libros son
imprescindibles para la comprensión del mundo y sus
perspectivas. Con justicia fue elegido Intelectual
del Año 2006 por la Unión Brasileña de Escritores,
que le confiere el Trofeo Juca Pato.
Traducido para LA ONDA DIGITAL
por Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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