A propósito de Cristina:
el lenguaje y el poder masculino
Defensa de Mafalda
por Alfredo E. Allende

I.- El lenguaje no es neutro; a través de su estudio se llega a transparentar el juego de poder instaurado por los varones; los sexolectos constituyen la forma sexista de expresarse, que se originó en la dominación de un género sobre el otro. Haré una síntesis mínima de algunos aspectos que demuestra el dominio masculino en los idiomas, tomando como eje exclusivo el habla castellana o hispano parlante actual que de todas maneras se hace paradigma extensivo a los idiomas derivados del latín, pero que no excepciona a los anglosajones.

 

Como bien lo explica en “Sexismo lingüístico”, María Ángeles Calero Fernández -de quien hasta cierto punto soy tributario en el tema- el género gramatical animado viril posee dos funciones: la propia que consiste en designar al ser animado macho, y la genérica indicativa del ser vivo animado en general, de forma universal; en cambio el género gramatical animado hembra consta de una sola función, la específica, la que se refiere únicamente al ser vivo hembra; los plurales incluyentes de géneros masculino y femenino, adoptan la primera forma. Si las sociedades han sido y continúan siendo androcéntricas (referidas en lo público y privado al varón) resulta lógico que la mirada sobre el mundo sea de tipo masculina y en consecuencia el lenguaje resulte afectado por ese poder que, pienso, se podría calificar de taxonómico universal, o mejor, de nominación y lexicalización de origen y desarrollo masculino. El poder taxonómico o bautismal ha tenido un reflejo en el Génesis, al otorgar Yahvé (Dios) a Adán esa facultad (II, 19).

 

II.- Tómese el caso de los llamados “duales aparentes” por los cuales se obtienen significados diversos de voces y refranes similares conforme sea su forma masculina o femenina; los contenidos semánticos cambian de acuerdo a la referencia sexual, es decir a la de ambos géneros por separado.

Un buen ejemplo: “incasable”, que alude a una mujer fea que por ser tal no “consigue marido”. Cuando se habla del varón resulta casi impensable que apunte a una característica física, porque domina la mirada androcéntrica, no se tiene en cuenta la valoración del físico masculino por parte de las mujeres. Un incasable varón será un “hueso duro de roer”, un solterón, un vivillo que prefiere la vida alegre del célibe. Solterona, a su vez, significa a la mujer de algunos años que no se ha casado; tiene un sentido peyorativo, al contrario de solterón que puede implicar una suerte de celebración para el sujeto masculino en tal estado.

 

Mancebo/a, según su desinencia significa joven de pocos años o varón soltero, o respectivamente, concubina. Una mujer galante es referida a una persona de vida disipada o ligera; un hombre galante es un individuo cortés, de refinadas maneras sobre todo hacia el otro sexo.

 

Un varón honesto es aquel que se atiene a la palabra dada, que cumple con su deber y no engaña. Para la mujer se asocia el adjetivo a recato, castidad, que son los valores máximos, junto al de belleza, adjudicados por los criterios misóginos a la imagen femenina.

 

Hay palabras que aluden a las profesiones con jerarquía superior atribuida a la forma masculina como en los casos de tendero/a, impresora/o, joyera/o. Casi siempre la forma femenina indica a la vendedora de la tienda, de la gacetilla, de la joya y la forma masculina al que es propietario del establecimiento, al que realiza la impresión o al artífice o dueño de la joyería.

 

Obviamente al avanzar el sexo femenino en el ejercicio de tareas que se creían monopolizadas por los varones se va dando la necesidad de aplicar el género gramatical sin conferirle siempre un sentido peyorativo. La Sra. Presidenta no es necesariamente más la mujer del verdadero presidente, aunque no está advertida en el léxico de las constituciones democráticas tal eventualidad gramatical. ¿Por qué lo iban prever si hasta hace pocas décadas no existían los derechos cívicos para el género femenino en las propias repúblicas avanzadas? (Pero hallo en Presidente un calificativo que podría devenir ambivalente si nos acostumbráramos a utilizar indistintamente los artículos o adjetivos de ambos géneros: La/ El Presidente, Presidente realizadora/realizador. Después de todo no termina en el rotundo masculinizado “o” como es el caso de ministro).

 

Los casos de oficios que únicamente tienen uso en género femenino se refieren a ocupaciones hogareñas o de menor valía de acuerdo al criterio cultural dominante: niñera, sirvienta, nodriza, zurcidora. La cocinera suele trocarse en “chef” cuando cambia de género.

 

El lector podrá repasar en su memoria casos muy profusos de uso sexista del lenguaje, en los cuales se nota una perspectiva excluyentemente masculina sobre las actividades, acciones, profesiones, sobre la vida en general, en la mayoría de los casos auto-otorgándose el varón categoría superior. No existe azafato, sí auxiliar de vuelo; hasta hace poco no había la noción de tenienta, por ejemplo, ni la de comandanta. Hubo un tiempo que no era imaginable doctora.

 

Un varón conduce o lleva a la iglesia a la mujer y la entrega al novio para el casamiento; o sea pasa del poder del padre a la del nuevo marido. ¡Todavía hoy día! 

 

La mujer casada desaparece en su personalidad autónoma como sucede en países anglo-sajones bajo el apellido del marido, y entre nosotros nos pasan a depender porque nos pertenecen con la preposición “de”. Pero véanse otro tipo de giros.

 

III.- El estudio de los refranes -la paremiología- permite observar la volubilidad, la debilidad, la falsedad y el carácter plañidero de las mujeres (el término plañidera es adosado normalmente sólo a la mujer). Unos pocos ejemplos: “Llanto de mujer, engaño es.” “A toda hora, el perro mea y la mujer llora.” “La gallina cantando y la mujer llorando.”  

 

Sobre todo en la Edad Media, pero la tendencia no se ha detenido, quizá sólo atenuado, ha existido clerofobia, desprecio u odio hacia los judíos y misoginia, tres caracteres que se han volcado en un abundante refranero en el que se palpa además ciertas rebeldías de la mujer. Continúo extrayendo de “Sexismo lingüístico” ejemplos de paremias, siendo los cuatro últimas, indicativas de una protesta social femenina: “Abad, judío y madona jamás perdona.” “El judío y la mujer, vengativos suelen ser.” “Mujer, fraile, rey y gato, cuatro ingratos.” “Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar.” “Casada te veo; otro mal no te deseo.”  “Mal de muerte, a mi marido le caiga en suerte.” “Muerte canina, ahí está mi marido detrás de la cortina. [i]


 

 

IV.- En épocas modernas, en las revistas infantiles también se ha notado la preeminencia de los valores adjudicados a los varones, con una insólita excepción que amerita una glosa especial: Mafalda, el idolatrado personaje mundial creado por el talentoso dibujante y autor de los guiones de sus creaciones, el argentino Joaquín Salvado Lavado, más conocido como Quino. Mafalda ha roto con los moldes tradicionales de la misoginia y ha convertido a una niña en una deliciosa fiscal implacable de las guerras, las dictaduras, las imposiciones violentas, de todo eso que implica machismo. Advierto que a veces no se ha entendido en toda su dimensión reivindicativa a la chiquilla de Quino. La propia autora a la que estoy siguiendo parcialmente, M. A.

 

Fernández Calero, ha dicho que el autor “en su pretensión de contribuir a dar la oportunidad a las mujeres para transformar el mundo, quiere liberarlas de la esclavitud del hogar y no puede evitar caer en el estereotipo de la escasa valoración de las labores domésticas.” Creo que no ha matizado correctamente la intención de esta tira cómico-crítica.

 

Quino no desvaloriza las tareas hogareñas; al contrario, las pinta como un esfuerzo demoledor respecto de la personalidad femenina, que da como resultado la frustración de la mujer bajo el peso de ese “deber” sancionado por la sociedad androcéntrica en el reparto de roles. De alguna manera realza a quienes desempeñan esas labores porque las sugiere como demasiado pesadas; y por añadidura monótonas.

 

Pero Mafalda es una excepción dentro de la multitud de sexolectos misóginos esputados consciente o inconscientemente por autores que, desgraciadamente, en sus obras sirven de modelo a los jóvenes.

 

[i] De la misma autora, M. A. Calero se leen numerosos refranes: “La imagen de la mujer a través de la tradición paremiológica española. Lengua y cultura, trabajo publicado por la Universidad de Barcelona, 1990.

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