|
Homenaje a los estudiantes
asesinados en el 68 M en la
plaza de las Tres Culturas
por la escritora, Elena
Poniatowska
En el 68 los jóvenes del mundo entero
alzaban la
mano, algunos con el puño cerrado,
otros haciendo la V de la victoria
A
39 años de la masacre de estudiantes en la plaza de
la Tres Culturas en México, se realizó un homenaje
a las victimas estudiantiles, inaugurando el Centro
Cultural Universitario Tlatelolco, catalogado como
uno de los proyectos más ambiciosos en la historia
reciente de la Universidad mexicana
El acto inaugural se
realizó en la Sala Juárez y estuvo presidido por el
rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, quien
dedicó la ceremonia a la memoria del ex rector
Javier Barros Sierra. Le acompañaron el jefe de
Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard; el coordinador
de Difusión Cultural de la UNAM, Gerardo Estrada; el
director de este centro, Sergio Raúl Arroyo, los
líderes estudiantiles de 1968 y la escritora Elena
Poniatowska juntos, recorrieron la exposición
permanente Memorial del 68, basada en la combinación
de documentales, videos, fotografía y audios, para
reflexionar sobre los movimientos sociales.
La autora de La noche
de Tlatelolco, fue la encargada del discurso de
apertura en la explanada del CCUT, allí dijo que a
39 años de la masacre, el ex presidente Luis
Echeverría estuvo en el banquillo de los acusados y
hoy vive preso en su casa, pero necesitamos que los
responsables sean enjuiciados.
Frente a Raúl Álvarez
y otros líderes del Comité 68, Poniatowska concluyó
su discurso con la urgencia de que la historia de
los jóvenes que fueron asesinados sea rescatada y
rendirles homenaje porque a ellos los mataron por
creer que podían cambiar el mundo. La matanza del 2
de octubre es una de las masacres más evidentes de
los comienzos del terrorismo de Estado en América
Latina.
Texto leído por la
periodista, escritora, Elena Poniatowska durante la
inauguración del Memorial del 68 en el Centro
Cultural Universitario Tlatelolco
El año 1968 fue de
Vietnam, de Biafra, del asesinato de Martin Luther
King, del de Robert Kennedy después del de John F.
Kennedy, su hermano y presidente de Estados Unidos;
de la reivindicación del pueblo negro, de los
Panteras Negras, del movimiento hippie que llegó
hasta la humilde choza de María Sabina, en Huautla
de Jiménez, Oaxaca, y sin embargo, para México, 1968
tiene un solo nombre: Tlatelolco, 2 de octubre.
Sal al balcón, bocón,
sal al balcón,
hocicón.
Ho Ho Ho Chi Minh
Díaz Ordaz, chin,
chin, chin.
Ho Chi Minh, el jefe
de la República Democrática de Vietnam, era entonces
tan carismático para los estudiantes como el Che
Guevara. Ir a Vietnam era cometer genocidio y los
estudiantes en Berkeley detenían a los futuros
soldados sonriéndoles con una flor en la mano:
Peace and love.
No sólo eran los
estadounidenses los rebeldes; los jóvenes del mundo
entero alzaban la mano, algunos con el puño cerrado,
otros haciendo la V de la victoria. Tenían mucho que
reclamarle a la sociedad. En Europa no había trabajo
para los egresados de las universidades; en América,
en África, en Asia, en Australia, el rechazo al
orden establecido se había generalizado.
La imaginación al
poder, Entre más hago la revolución, más ganas me
dan de hacer el amor; entre más hago el amor, más
ganas tengo de hacer la revolución, Prohibido
prohibir. Los estudiantes cantaban al son del
corrido de Rosita Alvirez: Año del 68, muy presente
tengo yo, en un cuarto de los Pinos, Díaz Ordaz se
desbieló, Díaz Ordaz se desbieló. El gobierno
perdía la paciencia: Reconsideren, vuelvan a
clases, agradézcanle al gobierno su paciencia, no se
dejen engañar por los agitadores y los profetas de
la destrucción.
En mayo de 1968, en
París, el general Charles de Gaulle, el alto héroe
de la Segunda Guerra Mundial, fustigó a los
estudiantes que levantaron barricadas con las
piedras del pavimento, pintaron los muros de la
Sorbona y rehusaban entrar a clase. De Gaulle les
dijo que no comprendía que siguieran a un líder
judío-alemán, Daniel Cohen-Bendit, apodado Danny el
rojo. Al día siguiente, en una de sus marchas, los
estudiantes tomaron la calle repitiendo una y otra
vez:
Todos somos judíos
alemanes, todos somos judíos alemanes.
Si en Francia la
falta de oportunidades fue el reclamo, en México
creció el rechazo al autoritarismo. Al gobierno del
presidente Díaz Ordaz el país se le estaba yendo de
las manos y eso en el año de las Olimpiadas. Por
primera vez los Juegos Olímpicos se llevarían a cabo
en un país de América Latina, el mundo entero
tendría los ojos puestos sobre México, pero tras la
mampara de los edificios olímpicos seguiría la
miseria, la jerarquización de una sociedad hostil a
los olvidados de siempre, la crueldad de un gobierno
dispuesto a aparentarlo todo.
No queremos
Olimpiadas, queremos revolución. No queremos
Olimpiadas, queremos revolución.
La Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM) protegió a sus
estudiantes durante los 146 días del movimiento
estudiantil y muchos de ellos hasta durmieron en las
aulas con tal de no perder una sola de las
asambleas. Ya el 30 de junio de 1968, día en que los
soldados derribaron con una bazuka la antigua puerta
de San Ildefonso, Javier Barros Sierra izó la
bandera a media asta, gesto que le dio todo su valor
a la disidencia. UNAM, territorio libre de
América, decía una voz juvenil amplificada por el
micrófono a todas las facultades, y Guillermo Haro,
director del Instituto de Astronomía, sonreía. La
toma de Ciudad Universitaria en septiembre y la
detención de 500 alumnos y maestros conducidos en
camiones del Ejército indignó al país. Los
estudiantes rodearon a su rector Javier Barros
Sierra, quien los defendía confrontando al
presidente de la República y al resto del gabinete.
Esta larga marcha (a
veces jubilosa, otras aterradora porque había
muertos y encarcelados) terminó en la Plaza de las
Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968, a las seis y
diez de la tarde, a manos del Ejército y del
Batallón Olimpia, compuesto por hombres vestidos de
civil que llevaban un pañuelo o un guante blanco en
la mano derecha para identificarse.
En el momento en que
un estudiante anunció, a las 6:10, que la marcha al
Casco de Santo Tomás del Politécnico se suspendía,
en vista de que 5 mil soldados y 300 tanques de
asalto tenían rodeada la zona, un helicóptero
sobrevoló la plaza y dejó caer tres luces de bengala
verde. Se oyeron los primeros disparos y la gente
empezó a correr.
No corran
compañeros, no corran, cálmense, son balas de salva.
Muchos cayeron. El
fuego cerrado y el tableteo de las ametralladoras
convirtieron la Plaza de las Tres Culturas en un
infierno. Según la corresponsal del diario Le
Monde, Claude Kiejman, el Ejército detuvo a miles de
jóvenes a quienes no sólo mantuvo con los brazos en
alto bajo la lluvia, sino que humilló bajándoles los
pantalones. Algunos golpearon desesperados la puerta
de la iglesia de Santiago Tlatelolco:
Ábrannos, ábrannos
gritaban.
Los franciscanos
nunca abrieron.
Ver las imágenes del
68 es darse una idea de la magnitud del peligro. Los
soldados le disparaban por detrás a la gente que
llegó a los hospitales con heridas en el cuello, la
espalda, los glúteos, las piernas. Antonio Carrillo
Flores, entonces secretario de Relaciones
Exteriores, respondió a la pregunta del regente del
68, Alfonso Coronal del Rosal, acerca del peligro en
su oficina de la torre de Relaciones Exteriores, que
un hombre quedó muerto sobre su propio escritorio,
según relata Raúl Álvarez Garín.
El mismo 2 de
octubre, cuando la doctora en antropología Margarita
Nolasco logró salir de la plaza, abrió la ventanilla
del taxi que la llevaba a su casa y gritó a los
peatones en la acera, a la altura de la Casa de los
Azulejos:
¡Están masacrando a
los estudiantes en Tlatelolco! ¡El ejército está
matando a los muchachos!
El taxista la
reprendió:
Suba usted la
ventanilla, señora, porque si sigue haciendo esto,
tendré que bajarla del coche.
Él mismo cerró la
ventanilla.
La vida seguía como
si nada. Margarita Nolasco perdió el control. Todo
era de una normalidad horrible, insultante, no era
posible que todo siguiera en calma. Nadie se daba
por enterado. El flujo interminable de los
automóviles subiendo por la avenida Juárez seguía su
cauce, río de acero inamovible. Nadie venía en su
ayuda. La indiferencia era tan alta como la de los
rascacielos. Además llovía.
El 3 de octubre de
1968, los periódicos, para colmo, acusaban a los
estudiantes: El Día, Excélsior, El Nacional, El Sol
de México, El Heraldo, La Prensa, La Afición,
Ovaciones minimizaron la masacre. El Universal habló
de Tlatelolco como un campo de batalla en el que,
durante varias horas, terroristas y soldados
sostuvieron un combate que produjo 29 muertos y más
de 80 heridos en ambos bandos, así como mil
detenidos. Sin embargo, Jorge Avilés, redactor de El
Universal, alcanzó a escribir: Vimos al Ejército en
plena acción utilizando toda clase de instrumentos,
las ametralladoras pesadas empotradas en una
veintena de jeeps, disparaban a todos los sectores
controlados por los francotiradores. Los
corresponsales extranjeros se escandalizaron. Es la
primera vez en mi larga trayectoria que veo a
soldados disparándole a una multitud encajonada e
indefensa, manifestó Oriana Fallaci.
Dos mil personas
fueron arrestadas. Los familiares anduvieron
peregrinando de los hospitales a los anfiteatros en
busca de sus hijos. En el Campo Militar número uno
no cupo un alfiler después de tanto muchacho
arrestado. Los periódicos recibieron una orden
tajante: No más información. Informar era sabotear
los Juegos Olímpicos.
El 6 de octubre, en
un manifiesto Al pueblo de México el Consejo
Nacional de Huelga declaró: El saldo de la masacre
de Tlatelolco aún no acaba. Han muerto cerca de 100
personas de las cuales sólo se sabe de las recogidas
en el momento: los heridos cuentan por miles. En
Posdata, Octavio Paz recogió el número que el diario
inglés The Guardian consideró más probable: 250
muertos.
El periodista José
Alvarado escribió: Había belleza y luz en las almas
de los muchachos muertos. Querían hacer de México
morada de justicia y verdad, la libertad, el pan y
el alfabeto para los oprimidos y olvidados. Un país
libre de la miseria y el engaño.
Y ahora son
fisiologías interrumpidas dentro de pieles
ultrajadas.
Algún día habrá una
lámpara votiva en memoria de todos ellos.
A partir de esa
fecha, muchos nos dimos cuenta de que habíamos
vivido en una especie de miedo latente y cotidiano
que intentábamos suprimir, pero había reventado.
Sabíamos de la miseria, de la corrupción, de la
mentira, de que el honor se compra, pero no sabíamos
de las piedras manchadas de sangre de Tlatelolco, de
los zapatos perdidos de la gente que escapa, de las
puertas de hierro de los elevadores perforadas por
ráfagas de ametralladora.
Hoy, en 2007, a 39
años de la masacre, la ventanilla sigue cerrada.
Todavía hoy, a 39 años, faltan nombres en la estela
del Memorial levantado por el Comité de 1968 que
encabeza Raúl Álvarez Garín. Quizá nunca sepamos el
número exacto de muertos en Tlatelolco. Sin embargo,
resonará en nuestros oídos durante muchos años la
pequeña frase explicativa de un soldado al
periodista José Antonio del Campo, de El Día:
Son cuerpos,
señor...
A 39
años, la consigna Dos de octubre no se olvida se
grita en la marcha en la que participan jóvenes que
ni siquiera habían nacido. El Comité del 68 logró
llevar al ex presidente Luis Echeverría al banquillo
de los acusados y hoy vive preso en su casa.
Pero necesitamos que los responsables sean
enjuiciados, que la historia de los jóvenes
asesinados sea rescatada, necesitamos rendirles
homenaje porque a ellos los mataron por creer que
podían cambiar al
mundo.
La matanza del 2 de
octubre es una de las masacres más evidentes de
los comienzos del terrorismo de Estado en América
Latina. En Argentina los familiares de los
desaparecidos persiguen a los culpables, señalan su
casa con pintura roja de sangre. En México, no
tenemos aún el número exacto de muertos ni hemos
enjuiciado a los responsables.
No pretendemos hacer
justicia por mano propia, pero señalar a los
culpables es la única manera de que la historia no
la escriban sólo los poderosos. Es la única forma de
hacer más habitable un país, en el que mueren de
hambre 5 mil niños al año.
Es de toda justicia
que Tlatelolco, ese espacio en el que cayeron
universitarios y politécnicos, pertenezca hoy a la
UNAM. Es de toda justicia recordar al rector
Javier Barros Sierra. Es de toda justicia
señalar a los responsables. En esta explanada hubo
una matanza; esclarecer los hechos es el mejor
homenaje que podemos rendirles a los muertos y
desaparecidos. ¡Qué gran vergüenza mirar la plaza
día tras día sin saber cuántos ni quiénes eran! La
tarea corresponde a todo México, a cada quien desde
su lugar. Es nuestro legado a los universitarios
para que la atrocidad no quede impune. Si no lo
logramos seguirán los criminales corrompiendo a
nuestro país.
Si no hay verdad y
justicia, el 2 de octubre del 68 puede asolarnos de
nuevo. La universidad es la gran educadora, el
barómetro moral de nuestro país, y la primera de sus
enseñanzas es la ética. A partir de ella puede
construirse el México que todos buscamos. Es la UNAM
quien convertirá esta plaza en una lámpara votiva,
como pidió José Alvarado.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|