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Diseño de la nueva jerarquía del
poder imperial, después
del fin de la Guerra Fría
por el profesor José Luis Fiori
Elecciones en EEUU y
opciones estratégicas
Es
común atribuir a la elección de George W. Bush, y a
los atentados de septiembre de 2001, la definición
de la nueva doctrina estratégica, de tipo imperial,
por parte del gobierno norteamericano. A pesar de
que había sido su padre, George W. Bush, quien
propuso, en primer lugar, en 1990, inmediatamente
después de la caída del Muro de Berlín, que los
Estados Unidos adoptasen una política
internacional preventiva, de contención
universal, para impedir la aparición de nuevas
potencias capaces de rivalizar con los Estados
Unidos, después de la desaparición de la Unión
Soviética. Por esto, además, el bombardeo
teleguiado Bagdad, en 1991, cumplió un papel
similar al del bombardeo atómico de Hiroshima y de
Nagasaki, en 1945: presentó al mundo el nuevo
arsenal, y la nueva estrategia americana, y
al mismo tiempo, definió la nueva jerarquía de
poder, dentro del sistema mundial, después del fin
de la Guerra Fría. Con la diferencia que, en
este caso, no hubo una rendición explícita de los
derrotados, ni un acuerdo de paz entre los
victoriosos, que consagrase un nuevo orden
mundial, como sucedió inmediatamente después de la
Segunda Guerra.
En un primer momento,
la ausencia de este pacto entre los victoriosos,
fue encubierta por la conmemoración colectiva de la
victoria, y después, durante la era Clinton, fue
encubierta por la fuerza envolvente de la utopía
de la globalización, con su creencia en el fin
de las fronteras, de las guerras, y de la propia
historia. Pero aún así, a la sombra de la
globalización, durante los años del gobierno de
Bill Clinton, los Estados Unidos mantuvieron y
profundizaron la doctrina estratégica propuesta por
el presidente Bush (padre), a pesar de la retórica
liberal y multilateralista del presidente Clinton.
En sus ocho años de gobierno, los Estados Unidos
hicieron innumerables intervenciones militares
alrededor del mundo, y lo que es más importante,
avanzaron silenciosamente, ocupando posiciones
militares en los territorios que habían
pertenecido, o habían estado bajo influencia
soviética, hasta 1991.
Un movimiento de
ocupación que comenzó por el Báltico, atravesó
Europa Central, Ucrania y Bielorrusia, pasó por la
pacificación de los Balcanes; y llegó hasta Asia
Central y a Pakistán, ampliando las fronteras de la
OTAN, contra el voto de los europeos. Como
consecuencia, al terminar la década del 90, los
Estados Unidos ya habían construido un verdadero
cinturón sanitario, separando Alemania de Rusia, y
Rusia de China. Y habían consolidado una
infraestructura mundial de poder, con cerca de 750
bases y medio millón de soldados fuera del
territorio americano, con control casi absoluto de
los océanos y del espacio, y con una red de acuerdos
de defensa y ayuda militar, con cerca de 130 países.
Después del gobierno
Clinton, con la elección de George W. Bush (hijo), y
con los atentados de 2001, la política externa del
gobierno americano adoptó, de hecho, una nueva
retórica, más militarista y belicista. Pero la
estrategia imperial del estado americano ya venía de
antes, y se mantuvo igual, desde el fin de la
Guerra Fría, a pesar de las elecciones y de la
alternancia de los gobiernos demócratas o
republicanos. En estos diecisiete años, esta
estrategia imperial acumuló victorias, pero también
tuvo fracasos y viene enfrentando problemas cada vez
mayores para seguirse expandiendo y para dirigir
el poder global que ya acumuló desde el fin de la
Guerra Fría. Las derrotas y dificultades de los
últimos años, en Afganistán y en Irak, no son un
síntoma del fin del poder o de la hegemonía
americana, pero explicitan los límites y las
contradicciones estructurales de una estrategia que
va generando resistencias, en la medida en que
avanza y expande sus instrumentos, y sus espacios de
poder. Del punto de vista vertical, está cada vez
más difícil para los Estados Unidos, mantener el
orden e imponer sus posiciones dentro de los
territorios periféricos: más de cien estados
nacionales que nacieron del desmontaje del sistema
colonial europeo, en la segunda mitad del siglo XX,
con el apoyo, en muchos casos, de los propios
Estados Unidos.
Además de esto, del
punto de vista horizontal, fue la estrategia
expansiva de los Estados Unidos que incentivó en
gran medida la transformación asiática que hoy
le escapa al control. Los norteamericanos ya
no tienen más como frenar la expansión económica de
China, ni pueden más seguir al frente con su
estrategia global sin contar, por lo menos, con una
sociedad china. Pero además de esto, la victoria
americana en la Guerra Fría también trajo de vuelta
a Alemania y Rusia, para dentro del juego del poder
europeo e internacional. Y hoy, estos dos países
están reconstruyendo sus zonas de influencia, en
Europa y en Asia Central, y compiten y limitan las
ambiciones americanas en estas regiones. Estos
límites y presiones externas están aumentando las
divisiones dentro de los Estados Unidos, y es
probable que después del fracaso de Irak, haya un
re-alineamiento de fuerzas dentro del
establishment norteamericano, como ocurrió al
comienzo de los años 50, y en la década del 70,
después de las Guerras de Corea y de Vietnam. Son
momentos en que se forman nuevas coaliciones de
poder y pueden definirse nuevas estrategias
internacionales.
Pero estos procesos
de re-alineamiento son lentos, y no es probable, por
lo tanto, que en esta coyuntura tal, pueda
coincidir con las próximas elecciones presidenciales
norteamericanas. Basta analizar los programas
de los principales candidatos demócratas y
republicanos1 a las elecciones
presidenciales de 2008, para percibir que la vieja
estrategia imperial se mantiene de pie,
integralmente
Hasta ahora, todos los candidatos
se proponen reconstruir el liderazgo mundial de los
Estados Unidos, y su imagen ética sacudida por
la Guerra de Irak, y todos defienden la necesidad de
una diplomacia multilateralista. Pero al mismo
tiempo, todos proponen aumentar los gastos
militares, expandir los contingentes, y
multiplicar las inversiones en investigación e
innovaciones tecnológicas para uso en guerras
asimétricas. Y lo que es más interesante: casi
todos los candidatos proponen la creación de
cuerpos, brigadas o agencias civiles, encargadas
de reconstruir y administrar los territorios y los
gobiernos incorporados o alcanzados por el poder
americano, alrededor del mundo. Una propuesta que
recuerda mucho las instituciones y los servidores
encargados de administrar el imperio británico: los
imperial builders, de la Reina Victoria.
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