Crónicas habaneras II
por Daniel Rodríguez

Crónica habaneras I

 

Llega el lunes y el inicio de cursos. Cubanos, nicaragüenses, bolivianos, y ecuatorianos en dupla integran el grupo, completado por un mexicano, la argentina y yo. Es el segundo “diplomado” internacional, de casi dos semanas de duración, que el Instituto de periodismo José Martí lleva adelante para periodistas deportivos.

 

Con las primeras charlas se ven los puntos en común en la materia: La minoría de los periodistas deportivos del continente se preparan en Ciencias de la Comunicación, la informalidad es altísima en el ejercicio de la profesión y abunda el multiempleo por necesidad económica. En muchos casos prolifera la venta de publicidad por parte de los propios periodistas en radio, TV o prensa, para permitir la existencia de sus propias fuentes de trabajo.

 

También aparecen las carencias de participación. Varios círculos o asociaciones de la prensa deportiva de la región sufren la falta de militancia y de compromiso. Los avatares del Círculo uruguayo, con 65 años sobre el lomo, son motivo de interés. En la Federación Latinoamericana y la Asociación Mundial de la Prensa Deportiva tienen el problema muy presente y por eso se financian este tipo de emprendimientos.

 

Los cubanos escuchan y comparan. Ellos trabajan en medios que son dependientes del estado y no saben nada sobre publicidad o sponsors. Se prepararon y estudiaron en base a una metodología que atraviesa a las profesiones. Su drama principal pasa por el espacio asignado (sobre todo en diarios con pocas páginas), carencias materiales para desarrollar su trabajo y salarios muy justos, como la mayoría en la isla.   

 

La mezcla latina tiene su gracia: Unos aprendemos de béisbol y la jerga caribeña para los deportes. Otros se ríen con las leyendas urbanas de las estrellas deportivas de cada país.  Ese día se pasa volando en franca  integración y termina con una cálida y sencilla bienvenida, hasta muy tarde.  El ron con hielo terminó de decidir la hora de irse a dormir. No por la ingesta, sino porque se terminó.

 

Al cruzar en la mañana del martes la Avenida de los Presidentes, Salvador Allende saluda desde su monumento, rodeado de flores. Reconozco su figura días después de estar allí, por el contraste de las flores frescas y coloridas con la piedra negra de su escultura.  Es 11 de setiembre y de forma sencilla y anónima, cualquiera que pasara a su frente se detendría un instante a pensar en lo que pasó. Bah, eso al menos pienso yo, que estuve contemplando la imagen por un rato. 

 

Esa noche, en el cable (exclusivo para hoteles y residencias de extranjeros) vería por HBO una película-documental inglesa “La última parada de Pinochet”: reconstrucción de su detención en Gran Bretaña, apañado por la dama de hierro y maldiciendo a Baltasar Garzón. No recuerdo el nombre del actor, pero si como su rostro componía magistralmente la bronca del impune dictador, cuando sintió en carne propia que su soberbia y autoritarismo no lo sacarían de su prisión. Al otro día las frescas y coloridas flores sintieron el dolor, pero siguieron igualitas, al pie de Allende.  

        

Eso lo tengo claro porque el miércoles me levante a las cuatro para trabajar en la computadora de lobby. La Residencia estaba casi a tope y esa PC con su acceso a la red era objeto de deseo por todos, llevando a esperas de una hora incluso. Estoy convencido que la madrugada es fantástica para leer y escribir con sosiego. Y en el caribe aún más, según lo comprobé al fresco de la noche, porque la pequeña computadora está al lado de las puertas de la casona, totalmente abiertas. A lo lejos se movían con las brisas aquellas flores frescas.

 

En Cuba la conexión a Internet es por satélite y no por fibra óptica, por obra y gracia del bloqueo norteamericano. El ejemplo de “Harvard tiene más ancho de banda que toda la isla”, lo escuché varias veces para graficar lo lento y caro que es ingresar a la Web. Quienes tienen una máquina en su casa acceden vía telefónica, bajando parte del paquete de minutos gratuito que tienen por mes, ya que los servicios básicos son subvencionados. No hay cibercafés en la ciudad pero navegar por Internet no es algo oculto ni lejano para quienes lo necesitan por trabajo o estudio.

 

En carpeta hay un megaproyecto a realizar con Venezuela, para que el tendido submarino llegue desde el Sur. Como en su momento llegó el petróleo que permitió empezar a caminar con más holgura, después de una década de los 90 signada por las carencias energéticas y los apagones de horas y horas.

Esa noche nos encontró a todos los compañeros recorriendo La Habana Vieja. Llegamos divididos en varios grupos, bajo la guía de los cubanos. Los taxis para extranjeros se cobran en Cubanos Convertibles y son más caros. Los locales, para locales, salen 10 pesos en moneda nacional por cabeza. César y yo fuimos los últimos en conseguir carro.

 

–Vos no hables porque nos va a salir más caro. Me dijo.

La cosa es pararse en la vereda mirando a la calle. Un gesto o una leve frenada invitan a preguntar si hay lugar y si van para tal lado. En el fondo de una furgoneta nos acomodamos para llegar hasta el Capitolio. Allí quedamos para caminar hasta el monumento a Martí, para encontrarnos todos. Unas fotos y una breve espera, obligada por las averiguaciones de un policía que le pidió los documentos a uno de los colegas del curso. Esto pasó porque pensó que podía ser un “jinetero”: alguien que se aprovecha de los turistas ofreciendo alcohol, cigarros, mujeres o lo que venga.

 

A uno de verdad vimos una cuadra después, cerca del Floridita. Ataviado con un saco blanco un talle más grande, el joven fiolo nos pregunto a los hombres que íbamos en el primer grupito si queríamos conocer a la chica que estaba cruzada de brazos, unos metros atrás, por 50 dólares. Todos pasamos de largo y seguimos viaje por Obispo. Poca gente caminando, mucha más dentro de los boliches y restaurantes y la música en vivo de los locales ponía la banda sonora. En la caminata me entero que no por acá no hay moteles y que si alguno hubiera agarrado viaje podría haber caído en vaya a saber que lugar. Aunque no descartan que haya gente que te alquile una pieza o la casa por un rato, para consumar el acto. Por lo que me dicen, los hoteles internacionales son estrictos en el tema y no dejan subir a nadie que no sea pasajero.                      

 

Al final de la caminata llegamos a una plaza colonial impresionante. Es enorme y se la nota remozada, pero respetando su estructura original. Allí hay una gran cervecería artesanal en donde paramos para la escala técnica. Nos bajamos unos chopp al son del ritmo cubano. Poco tiempo demoraron los más entusiastas en convencer a los compañeros que dudaban en seguirla. A la noche, aclaro, no a la chica de los brazos cruzados.

 

Después de la caminata para bajar la bebida, nuestros guías nos llevaron a una disco en las entrañas del Hotel Duville, en el Malecón.  Si bien había gente, no estaba repleto y se podía estar tranquilo, mirando como un noruego totalmente borracho bailaba solo imitando los pasos de un grupo de chicas que bailaban solas. Tratando de imitar, mejor dicho. Él mismo mostraba su simpatía en el baño, al cual concurría seguido. Si te lo cruzabas allí te saludaba a los gritos, aunque una fuera más de una vez (a esa hora la cerveza fría obliga a ciertos menesteres). También se vio a otra chica que se hacía conocer por 50 verdes, pero en vez de cruzarse de brazos, se contorneaba al ritmo de la música.

 

Con una disciplina a prueba de balas, el grupo se trasladó caminando hasta la residencia, sin contorneos ni regateos. En un momento, ya sobre la vereda de enfrente al Malecón, para doblar por 23, pasamos frente a una muchedumbre. Según parece, formada por gays y lesbianas que allí estaban alejados de prejuicios y tomando un lugar en la ciudad.

 

La trepada terminó en una pizzería abierta las 24 horas. Con Ricardo, uno de los ecuatorianos, llevando la voz de mando y pidiendo que sacaran todas las pizzas posibles. Había que calmar el apetito y apagar el fuego, que recibió combustible en un par de paradas en el camino desde la disco hasta allí. En uno de esos bolichitos al paso, uno de los mozos nos dio una pequeña clase de geopolítica, hablando sobre los perfiles de cada gobierno latinoamericano y su cercanía o lejanía de Cuba.  Aplausos y solo aplausos.

 

El jueves, a pesar de todo, estuvimos en hora en clase luchando contra el sueño. Como era un día de afloje a las emociones, se prestó para las charlas mano a mano o en las mesas de a cuatro del almuerzo. Los profes, además de estar formados en comunicación social, son todos periodistas en ejercicio. Para ellos, la mirada dentro y fuera de Cuba de su realidad está más desarrollada. Esto gracias a que tienen la posibilidad de viajar y contrastar, siguiendo el rumbo de los exitosos deportistas cubanos por el mundo. Los compañeros cubanos, todos periodistas con incipiente carrera, aportaban lo suyo.

Con ellos hablé de todo: Las libertades que yo entendí que no hay, el partido único, los periodistas presos, los deportistas desertores, el bloqueo, la vida en Cuba, la educación, la salud, el deporte y lo que fuera. A partir de ese día y en charlas individuales o colectivas posteriores, fuimos profundizando en varios aspectos; discutiendo con elevadísimo respeto y sobre todo, escuchándonos.

 

Además del intercambio sobre Cuba, me agradó sobremanera el interés por Uruguay. Pensé cuidadosamente cada detalle de mi país que era consultado, sin abandonar mi subjetividad y mi óptica. No oculté mis ideas pero traté especialmente de ser justo y riguroso; especialmente en que siempre podrían escuchar una opinión distinta.

 

Al final del día, con la última cerveza y su correspondiente cigarrillo, me quedó bien presente que, pese a lo que dicen los detractores de la revolución, nadie me censuró ni objeto mis preguntas. Nadie me dijo que de “eso no se habla”. Y mis interlocutores tampoco fueron bloqueados  la hora de decir su verdad.    

  

El desayuno del viernes fue un momento de repaso deportivo entre todos. Con la temporada del béisbol culminada, la pasión por el deporte se trasladó transitoriamente a otras disciplinas. Los colegas cubanos seguían día a día el mundial de lucha. La TV te pasaba en las noches el ascenso  en el baloncesto y en el estadio Pedro Marrero, la Sub 23 jugaba la liguilla zonal en la zona de clasificación a los JJOO de Beijing. El día anterior estuvimos allí, viendo como Cuba le hizo seis a Islas Caimán, mientras Puerto Rico y Bermudas jugaron a primera hora. Los locales mostraron la diferencia abismal con sus rivales de serie, al meterle 20 goles y no tomar ninguno en los tres partidos, que contó como victorias. Después, con los “grandes” de Centroamérica y el Norte, la cosa sería distinta.

 

La ida al “Marrero” sirvió de paso para conocer a la capital mirando al suroeste. En la zona de Vedado, mi barrio, se ven edificios, casonas regias de época, jardines, árboles y construcciones readaptadas para otros fines. Yendo al estadio se ve una ciudad más baja, con mucho verde también. En la velocidad del viaje, no se alcanza a percibir mucho el paso del tiempo en las fachadas, seña identitaria de muchas viviendas en Cuba. Es que el revoque y la pintura dejaron de ser prioritarias en tiempos de crisis, pero las lluvias tropicales y la humedad reinante en el Caribe no se apiadan de ello.

 

Al llegar al estadio entramos por la puerta de la Federación Cubana de Fútbol. Allí están las fotos, color y blanco y negro, los trofeos dentro de una vitrina y la sala de sesiones. El salir al balcón, se ve a la cancha, dentro de una especie de pozo, rodeada por la tribuna principal que forma una “ele” acostada con una de las cabeceras; la más alejada al balcón. A la más cercana se accede por una escalera que comunica al edificio de la Federación. Frente a la principal hay otra, que luce los emblemas de la FIFA. La cancha es espectacular, con el pasto bien cortado y un verde parejo. Las torres de la iluminación no tienen lámparas y los hierros están de adorno. Una de las tantas reformas que hay que hacer es renovar eso y el techo de la tribuna en “ele”, que tiene agujeros importantes. El proyecto “Goal” de la FIFA puso plata por encima del bloqueo, y “for the good of the game” mediante, están sus banderitas amarillas, himno del fair play y la parafernalia correspondiente a la familia del fútbol.

 

En la tribuna se mezclan hombres, mujeres y niños. No hay barras bravas ni “trapos”. La TV y la radio emiten en la parte alta de la tribuna, sin cabinas. Una mesa común y unas sillas alcanzan. No se necesita separa a los hinchas porque no hay intolerancia por los comentarios que puedan hacerse. Los periodistas no son una válvula de escape para la bronca de los fanáticos.

 

Cuando comienzan a sonar las estrofas del himno de Islas Caimán me avivé de la situación y salí corriendo a buscar una planilla con la formación del equipo. Suspiré aliviado cuando comprobé que no había ningún Peirano en el plantel, al tiempo que sacaba las manos de mis bolsillos, que estrujaban con fuerza los pocos CUC que tenía conmigo. Viéndolos jugar me alegre por ellos, pensando en que el turismo y la actividad financiera les reservarían el futuro que el fútbol no podría darles. Porque son espantosos. También pensé en los miles de futbolistas frustrados que podrían bailar, en un partido marca FIFA, a estos muchachos de Caimán. Gracias por mantener nuestra ilusión viva.

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