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Ironía roja
por
Joselo González Olascuaga
Cuando
Marx en El 18 Brumario... ironizó que la historia se
repite primero como tragedia y luego como farsa, no
podía ni siquiera sospechar el bochorno farsesco de
la derrota bolchevique en Europa con la caída del
muro de Berlín, que Esteban Valenti aborda en su
novela de título irónico Las viudas rojas.
El mayor mérito de la
estructura de la novela es el cierre desopilante de
la intriga y de la creciente tensión de la trama. Se
trata de un final que resume en imágenes de
ficción lo que ocurrió en la realidad, un
inesperado aquelarre donde todo se resuelve sin
disparar un tiro, sin que corra sangre, mientras el
mundo festeja y los medios disparan sus fhashes
sobre un sorpresivo circo.
Pero si el desenlace y el
remate son lo más importante en una novela de
espionaje (audaz incursión de Valenti en un género
donde otro oriental ya se había destacado, Daniel
Chavarría, pero desde Cuba), Las viudas rojas
tiene una apertura pautada por una frase de Onetti
como acápite: El que pretende dirigirse a la
humanidad, o es un tramposo o está equivocado. La
pretendida comunicación se cumple o no; el autor no
es responsable, cuando ella se da es por añadidura.
El que quiera enviar mensajes como se ha dicho
tantas veces- que encargue la tarea a una
mensajería. Con este encabezamiento, Esteban
Valenti nos tranquiliza: no habrá bajada de línea
ni nada que se le parezca. A la tercera página Las
viudas rojas ya es una novela de suspenso.
El estilo de la narración tiene
la cadencia y los tics propios del género duro y en
ebullición, con párrafos que secuencian la acción
terminados en frases bofetada. Pero la intriga se
estanca a veces en lagunas de detalles muy
especializados.
Por largos momentos, la
erudición demostrada por el autor sobre servicios de
inteligencia es excesiva (si el valor de una novela
policial consistiera en la cantidad de información
que contiene, como pretendía Julian Semionov, Las
viudas rojas merecería el Premio Chandler). Hay
capítulos que acumulan indicios sin ninguna
funcionalidad y hay otros, especialmente los
iniciales, donde cada copa de oporto y cada dato de
coyuntura política internacional se integran con una
función narrativa.
Porque aunque no nos dé
mensajes, esta primera novela de Esteban Valenti es
una novela política no podía no serlo-. Su temática
y su operativa lo son. Opera en el plano de diversos
orgullos políticos y nacionales.
La vindicación de un orgullo
tiene sentido artístico (disconforme con la
realidad) cuando se trata de un desagravio. El
orgullo gay, por ejemplo, adquiere su sentido
irreverente de la discriminación y del escarnio
secular. Establecer un día universal del orgullo
machista no tendría sentido porque ese son todos los
días del año, con sus violencias domésticas y sus
despliegues militares. Valenti reivindica un
orgullo rojo que ha sido humillado por la historia
de estas últimas décadas. Su operación tiene
sentido y la realiza en concreto sobre cada
nacionalidad que aparece implicada en el relato por
los nueve protagonistas de esta versión Le Carré
del planteamiento de Arlt en Los siete locos, un
plan secreto y a la vez desesperado y divertido
para, de alguna manera, conmover al mundo y darle a
un Vázquez Montalbán la oportunidad de otra
crónica brillante.
Así el orgullo ruso se
reinvindica para la izquierda con las desmitificadas
acciones de la resistencia del coronel soviético
Vladimir Tujmeniev (el personaje que juega el rol
principal en el hilo conductor del relato y acaso el
mejor retratado y el más carismático) a la invasión
alemana mientras se critica el actual (y tan
antiguo) orgullo imperialista ruso de los herederos
de Yetin y del Zar Nicolás. Así se recuerda que el
serbio fue un pueblo invadido y valiente antes que
invasor mientras se ridiculiza a los jefes de la
atractiva periodista y agente Slava. Y muy
especialmente se desagravia al checoslovaco Otakar,
el títere de una guerra más sucia que fría. No así
con el italiano Neddo y el judío Samuel, dos locos
que por carácter nacional se implican sin excusas de
honor en la opereta y el solemne acto de el gran
golpe final. El español Sánchez del Valle y el
inglés David Poole son cálidos homenajes a los dos
mayores cultores europeos de la novela política
(realista, policial y de espionaje) del siglo XX. La
portuguesa María le permite al autor insertar buenos
momentos de aventura en África, a la vez que
informar, entreteniendo, sobre la revolución en
Angola y la participación allí de los cubanos.
Finalmente aunque aparece desde la firma y es su
alter ego- el uruguayo Ernesto Rinaldi, ¿qué mayor
pretensión de orgullo que un protagonista uruguayo y
comunista en una novela de espionaje universal? Yo
solo pude haber imaginado algo así sobre Rodney
Arismendi en la crisis de los misiles del año 62.
El vodevil de remate, el
divertimento que finalmente Las viudas rojas es, la
gran farsa, ocurre precisamente por el contraste con
un mundo donde todavía cabe preguntarse cuáles serán
en definitiva los peores y por contraste con la
historia de la derrota de los comunistas en Europa
cuando ocurrió ésta como tragedia, a sangre y fuego,
con millones de rojos masacrados por el stalinismo
en las purgas, incluido el ochenta por ciento del
ejército rojo, el noventa del PCUS y la totalidad
del Comité Central bolchevique del año 17 fusilado,
salvo Lenin secuestrado y momificado- y Trotsky
asesinado en México por el sicario de Stalin, Ramón
Mercader. (Son hechos que no admiten paliativo en
nada que las víctimas puedan haber influido en sus
asesinos).
Otra de las pocas frases de
Onetti con cierta intención de constituir
novelística es: El pasado depende de la dosis de
presente que le demos; podemos darle mucha, poca y
hasta podemos no darle ninguna. Que en Las viudas
rojas tres de los cuatro partisanos fusilados por
los nazis mueran gritando ¡Viva Stalin! es injusto
con los nazis, con Stalin y con los partisanos. Hay
quienes creen que atendiendo a ese dato, para no
deshonrar a quienes más dieron en la lucha
antifascista, a los rojos, conviene mitigar las
críticas al stalinismo. Valenti no es de esa
opinión. Su novela es tajante sobre la santa
inquisición roja ante las flexibilidades heréticas.
Vale el testimonio. Después de todo resulta un buen
plato donde el comunismo se cuece en su propia
salsa. Al partisano que murió por lo que en su
momento le representaba Stalin, le bastaría un poco
nomás de información para dar la vida por que Stalin
no hubiese existido aunque la trágica derrota de la
revolución en Europa pudo haber ocurrido igual de
otras diversas formas.
Valenti al respecto hace lo más
apropiado. A los héroes de esta época stalinista los
describe con infinita piedad. Porque aunque la
irretocable historia del stalinismo dice lo
contrario, la piedad es el más humano de los
sentimientos.
Y sí... después de la farsa,
Ernesto Rinaldi queda derrotado. Más derrotado que
antes, cuando estaba derrotado y no lo sabía.
La
piedra en el charco
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